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Viernes, 30 de septiembre de 2011

GLTTBI

Leather cleaner

 Por Juan Manuel Burgos

Es difícil encontrar un verdadero amo BDSM en Córdoba. En Córdoba y en todas partes. Pero de vez en cuando asoman, y hace unas semanas apareció uno en el chat de recon.com, se hace llamar Lucio y es lo que se dice un verdadero master de la dominación. Luego de tenerme como un animalito en celo durante días, acosándome con llamadas, con amenazas y con toda clase de humillaciones virtuales, por fin llegó el momento de conocernos personalmente.

Llamé un taxi para ir a su casa, confiado en que la gélida noche del miércoles no podría contra todo el calor acumulado en semanas. El taxista que me llevó estaba sacadísimo: ni bien me monté al auto comenzó a hablar sobre el caso de la niña de once años que fue hallada asesinada:

–Justo estaba pensando en todo lo que le haría al puto que mató a esa criatura. Le arrancaría las uñas de las manos, lo tajearía por todo el cuerpo hasta que se muera de-sangrado, me pediría que por favor lo mate, el maricón ése... Le daría de comer su propia mierda; mirá, le cortaría el cuerpo de a poco. ¿Ves lo que tengo acá? Mirá.

Y me mostró un arma que tenía entre las piernas, alcancé a ver la culata y el gatillo que asomaban. Se me heló el pecho.

–No, si en este país hacen lo que quieren. La gente se dispara en pleno centro, si tienen un problema con vos te matan a tu familia, en la época de los militares había zonas, si te tenían que pegar un tiro era atrás del Parque Sarmiento o camino a La Calera, pero no así; yo por eso, ¿ves? –y desenfunda por decirlo de alguna manera, maneja con una mano el volante y con la otra el revólver–, yo por eso siempre ando con este chumbo, hace casi cuarenta años que estoy en el taxi. Me va a venir a querer chorear un caco de estos vestidos de mormones... La otra vuelta subí a uno en la terminal, ya se le notaba que era un caco y un puto –y sacude el arma, asintiendo cual experto ventrílocuo que me habla por el retrovisor, y yo sudaba y sudaba–. Me vienen a decir a mí de los derechos humanos... claro que hay que dejarlos vivos hasta que ellos solitos se maten. La otra vuelta, te contaba, este mormón me hace que lo lleve a barrio Malvinas; ya lo olía yo al negro y le dije: “¿Seguro que tenés plata pa’ pagarme?”. Y me dijo que sí, cuestión que lo llevo y cuando llegamos me quiere asaltar con una navaja... ¿Qué? Yo ya la tenía cargada, le apunté a la cabeza y lo hice llorar al puto, le dije que me pague el viaje. No tenía guita. Le dije que me dé el celular, el anillo, algo... No tenía. Le abrí el baúl y le dije que se saque la ropa, los mocasines se los regalé a mi cuñada y lo demás para el mío más grande. Le vi el culo paradito y dije “a éste se le acaban las ganas de andar choreando”; le puse el chumbo en la cabeza y lo hice que me la chupe, no quería y pegué un tiro al aire. ¿Quién nos iba a ver ahí en el medio del monte? No sabés cómo se me prendió, como una mina; lo di vuelta y me lo culié.

Pavor. Pavor es la única palabra con la que puedo describir lo que sentí en ese, el viaje más largo de mi vida. No pude más que sonreír, asentir con la cabeza. El corazón me latía a mil por hora, mi calentura había desa-parecido, un frío me calaba los huesos y el alma, estaba asustado y me sentía culpable de no decir nada.

–Pero, ¿se te paró? –dije con un hilo de voz–. Digo, se la pusiste bien puesta al culiado ése –agregué retractándome.

–Sí, hasta la garganta –me respondió desconfiado–. Y se me paró porque me la chupó antes –me miró fulminante y guardó de nuevo el arma, yo bajé la mirada.

Habíamos llegado a la casa de Lucio. Me bajé aturdido, pague rápido y le dije que se quede con el cambio, miré el número del taxi, pero a los dos segundos me había olvidado. Lucio me hizo pasar, y supongo que se dio cuenta del terror que tenía porque intentó hacer algún chiste para descomprimir.

Me largué a llorar en su cocina. El, todo vestido de cuero, se sentó en una silla de caño y me sentó en su falda; de su bolsillo sacó un frasquito de popper y me lo acercó a la nariz. Me reconfortó mucho y, secando mis lágrimas contra su campera, le encontré sentido a la etiqueta falsa que anuncia IRON HORSE Leather Cleaner.

Prendió la tele y la voz de Moria Casán opinando sobre Graciela Alfano me devolvió el sentido de realidad. Unos minutos después puso la tele en mute, me paró y me quitó toda la ropa. Me metió en la bañadera y abrió el agua fría, me dejó unos minutos encerrado en el baño, cuando volvió tenía puesta una bata negra. Me enjabonó fuerte las axilas y las rodillas con una esponja vegetal que me irritó bastante. Me secó torpemente, me sentó sobre el inodoro, me puso colonia y me peinó raya al costado, me abrió la boca y me cepilló los dientes durante media hora, secando con un algodón la baba que me chorreaba por no poder cerrarla. Me prestó un calzoncillo largo y una remera de algodón blancos que me quedaban muy grandes, me acostó en su cama y me hizo tomar un vaso gigante de leche tibia a fondo blanco, la leche también chorreaba por la comisura de mis labios. Me obligó a comer una galleta de pasas, le dije que todavía tenía náuseas, pero no le importó. Me acomodó boca arriba con las manos cruzadas en el pecho, bien rígido, y se sentó junto a la cama. Me clavó la mirada y la aguantó hasta que me venció el sueño y el cansancio de no poder moverme, ni hablar. Quietito sin chistar, me dormí. Estoy seguro de que sostuvo su mirada y su erección durante horas.

Cuando desperté me sentía como nuevo y misteriosamente excitado. Sobre la mesa de luz había una nota y plata para un taxi; en el living, la señora que limpia. Preferí volver caminando. Y caminando pensaba en esa frase de las feministas que dice: “Las herramientas del amo nunca desmantelarán su casa”.

Estoy de acuerdo, siempre lo estuve; sólo que por momentos el Amo Lucio me hace dudar.

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