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Viernes, 22 de agosto de 2008

ENTREVISTA> LEOPOLDO BRIZUELA

Ratones en la biblioteca

Escritor platense, autor de poemas, cuentos y varias antologías, son suyas las novelas Tejiendo agua (1985) e Inglaterra. Una fábula (1999), que recibió el Primer Premio Clarín. Editó también una antología de escritores gays que le aportó bastantes sinsabores, conflictos y no poco orgullo.

 Por Leonor Silvestri

Aquella famosa antología que hiciste se llamaba Historia de un deseo, el erotismo homosexual en 28 relatos argentinos contemporáneos. ¿Cómo elegiste el título?

—Bueno, no lo elegí yo. No se iba a llamar así. Se iba a llamar El deseo homosexual, la palabra “erotismo” no estaba, la puso la editorial Planeta con claros fines comerciales.

Tu tono indica que no fue una buena experiencia...

—Y... No es lo que yo quería, principalmente porque al momento de pedir las autorizaciones de los textos, hubo muchas idas y venidas, en especial con los deudos, que parecía que no querían que se supiera que la abuela era lesbiana o el abuelo gay, problemas con los autores más inesperados, que no había ninguna duda de qué eran. Y aparecieron otros autores que no eran los que yo quería en principio. No quería un libro de autores gays sino dar cuenta de lo que la literatura argentina pudo hacer con este tema. No recuerdo la antología como una buena experiencia, para ser sincero, porque además de todo esto que te digo significó una exposición personal muy complicada porque yo no soy de hierro ni soy un héroe, y me han insultado en ferias. En Córdoba, por ejemplo, una persona se levantó con un arranque homofóbico; a Canal 7, cuando hubo que promocionarla, nadie vino. Pero, bueno, era una apuesta política que había que hacer.

¿Qué había que hacer?

—Ya no me siento muy de esa época ahora, pero en ese entonces me parecía importante dotar un pasado, y tener una tradición, y me parecía que lo tenía que hacer. Tengo esa noción de mi trabajo como escritor, de ayuda a quienes me interesa ayudar, ya que tengo la llegada. Pese a mi idea de que el libro no salió como yo quería, me parece que fue importante hacerlo. Hasta el día de hoy en cualquier lado, en las provincias, la antología está.

¿Cuál es la imagen que no quisiste dar con esa antología?

—Me interesa no conectarme con la autocomplacencia, el lugar siniestro de creerse víctima, y el peligro que implica creerse “somos maravillosos”... en ese sentido no me arrepiento para nada de la antología, que es anterior a la uniformidad gay del mercado, donde no son todas loas. Toda persona en este mundo si quiere sentirse víctima para estructurarse una personalidad lo va a lograr y eso me parece muy peligroso. Por otro lado, yo no me dispuse a hacer esa antología, ya la había hecho naturalmente de chico, detectando los cuentos. Pero una vez que comencé a hacerla con el objetivo de publicar, fue muy sorprendente la pobreza del tema, lo poco que había, salvo en los poetas. Hay poetas enteros que escriben toda su obra, sin poner marca de género, que es un código a interpretar en ese sentido. Volúmenes de poesía enteros de una mujer a otra, de un varón a otro, sin una marca de género, lo cual es un gran esfuerzo.

¿Quiénes están en tu biblioteca personal Glttb?

—El bosque de la noche, porque ahí el tema lésbico es simplemente un campo para la experimentación, pero de lo que se habla es más general: es una novela sobre la pasión, extraordinaria, y no sólo del amor lesbiano. Otra es Araceli de Elsa Morantes, Emecé año ’85, que provoca algo muy extraño. Es una novela con un protagonista gay, imaginada por una mujer que tenía muchos amigos homosexuales como era Morante, y que se anima a decir mucho más que cualquier gay. Araceli es la madre del protagonista, y la relación entre ellos es impresionante, ciertas escenas de una exposición absoluta. También En la noche de bodas, el cuento de Birmajer que está en la antología. Tanto en él como en Morantes hay una zona de animarse que va mas allá de un límite donde muy pocos de nosotros iríamos. Otro libro es Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers.

¿Libros que hayan salido últimamente?

—Estoy nombrando libros viejos y no es casual. Por ejemplo, cuando leía Mientras Inglaterra duerme, de Leavitt, me parecía que ya era un texto que estaba trabado por lo que uno debe decir, y no por lo que no se debe decir, los cuerpos no son así, el levante no es así, una incapacidad del autor de colocarse en la piel, y no lo digo por una cuestión de realismo sino porque está sumergido en la corrección. También son maravillosos los cuentos de Juan José Hernández en La ciudad de los sueños, donde hay un erotismo que sugiere y no nombra directamente en esta cultura cada vez más pornográfica. O los grandes poetas como Sandro Penna. Y siempre se puede leer a Proust, aunque no sé si me engancho con esa imagen de lo gay que tan bien analiza Didier Eribon en su ensayo Reflexiones sobre la cuestión gay, que me cambió la vida, por la concepción de la infancia y de cómo influye la injuria y cómo estamos marcados de entrada por el propio lenguaje.

¿Cómo es esa marca del lenguaje?

—No necesitás hacer nada para que te castiguen por ser de esa manera, y para saber que así no se debe ser. Como un chico que desde la infancia va creando un mundo aparte, secreto, para protegerse, que en mi caso tiene que ver con la literatura, sin eso yo no hubiera sido escritor, ése es mi mundo imaginario para cuidarme, eso fue lo ficcional en mi vida.

Parece que hablaras de un tiempo lejano y perdido...

—Y, yo soy viejo porque pertenezco a otro momento, hace 30 años era todo tan distinto. En los años ’70, donde yo vivía, en La Plata, te creías que el único puto de este mundo eras vos y Pedrito Rico, no es como ahora, se dio un salto. Había una enorme represión, pero también una enorme variedad, ahora parece que hay sólo un camino. Como la autora de Una novela real de Minae Mizumura, a los gays nos pasa lo mismo que a las mujeres, el problema no es que ellas ahora no pueden hacer lo que quieran, pueden hacerlo siempre que lo hagan de acuerdo con lo que el mercado les dice. También estaba acostumbrado a redes de solidaridad entre gays y lesbianas más espontáneas. Tengo un espanto y resquemor por el chico de 14 años que ya tiene un manual de cómo ser gay, aunque no tengo la nostalgia de la clandestinidad de Sebreli.

Insistiendo con lo nuevo: ¿ningún autor argentino en el horizonte?

—Pablo Pérez, que no es nada acomodaticio, me gusta mucho. Vengo de una generación que valora muy poco el realismo, de Pablo De Santis a Alan Pauls. Yo me estoy aquerenciando con los escritores como Pablo o Birmajer, de quienes se podrá decir cuando mueran “el aire de su tiempo está acá”. Además le tengo un afecto especial al libro Un año sin amor, y Pablo es una persona muy entrañable, él es una especie de conejito con chaqueta de cuero.

¿Y vos cómo te definirías? ¿Podríamos decir que Brizuela es un autor gay?

—No existe una literatura única de nada, existen vetas. De todas formas, no es tarea de quienes escribimos definirla sino de los críticos. Pero creo que no se puede escribir una ficción como estrategia. Aunque hay autores que escriben para el mercado. Yo no quiero ser considerado como un autor de literatura gay, escribo literatura y ese tema está, y es mi experiencia. Será una tontería, pero no me gustan los rótulos. Tampoco pienso a mis personajes enamorados en términos gays, o de una calificación. El mercado rotula por temas. Es lo mismo que decir que una novela es heterosexual. La experiencia homosexual es tan central como la de cualquier otra sexualidad. Es lo mismo que me pasa con la literatura latinoamericana vs. la del resto del mundo. Hay una asignación de temas. ¿Por qué tengo que escribir sobre ciertos temas? Me revelo contra la asignación de temas. Estoy muy conforme y me costó mucho no ser un escritor “gay” y no trabajar de eso.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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