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Viernes, 12 de abril de 2013

El cuchillo en la liga

El dúo sueco The Knife editará este mes su primer disco en años. Activistas visuales y sonoros inquietan con su nueva imagen y presentan un primer corte que desafía los límites del pop que ellos mismos supieron redefinir. Veamos por qué importan tanto.

 Por Ignacio D’Amore

Nórdico amor

“Estoy enamoradx de tu hermano, ¿cómo se llama?” Con voz de penumbra, que repica al uso de Björk, Karin Dreijer despliega el enigma romántico llamado “Pass this on”. En el clip, tan extraño como la canción, una transformista embruja a un joven buen mozo en medio de una performance improvisada en una reunión de hinchas futboleros. Entre el machimbre y las flores plásticas color coral, ella se planta con su pie de micrófono en una esquina del salón y sacude a la platea improbable, que absorta la contempla frotar la gasa de su símil Pucci en tonos de verde. Terminan todxs bailando, gran tecno hipnosis, salvo una chica que desde su mesa observa lo que ocurre.

Karin y su hermano Olof componen desde 1999 el dúo sueco The Knife, figuras indispensables de la escena tecno pop de la última década. A nivel masivo, se los conoció gracias a un cover que el cantautor folk José González hiciera de “Heartbeats”, tema incluido en el segundo disco del grupo, Deep Cuts, de 2003. Comenzaba a apreciarse en ellos un sonido particular, sumamente pop y accesible en su estructura y en sus estribillos pero claustrofóbico y amenazante en su temática y sus arreglos. El tintineo caribeño de steelpans sintetizados, por ejemplo, articula el sentir robótico del recién comentado “Pass this on”, mientras que la paranoia noctámbula y bailable de “Is it Medicine?” perfila un costado más bien contestatario, como el de la gritona y amorfa “The Cop”. La voz de Karin, cada vez más, es descompuesta y reformulada hasta deshacerse en un aullido ancestral, de género indiscernible. No podría adivinarse si se trata de una cantante o de un espectro atrevido.

Con Deep Cuts se convirtieron en superestrellas en su tierra natal, enfrentándose de modo imprevisto con un nivel de fama y reconocimiento del que prefirieron mantenerse al margen. Casi no concedían entrevistas, se ocultaban con máscaras en las fotos de prensa y a las entregas de premios enviaban gente disfrazada. La intriga en torno a ellos crecía sin freno. Sin embargo, aceptaron componer un tema para su compatriota Robyn, “Who’s that Girl?”, especie de himno feminista que inevitablemente remite al sonido patentado por sus productores, con marimbas y todo.

A grito pelado

En 2006 se produjo la consagración universal de The Knife con Silent Shout, disco en el que radicalizaron con éxito su sonido característico y que compusieron en parte en el sótano enmohecido de una catedral del siglo XV. Las voces de Karin aparecen pitcheadas o roídas hasta la onomatopeya; temas como el machismo y la prostitución ya no se sugieren en las letras sino que se arrojan cual cascotazos a los tímpanos del planeta; los beats y arreglos ganan violencia, como en el caso de “Neverland” y su loop arrítmico de marcha militar. A su vez, se entregan a una balada atípica para ellos en “Marble House”, cantada a dúo por Karin y el también sueco Jay-Jay Johanson. Parece tratarse de un guiño radial entre semejante armamento tecno tenebroso.

En apoyo de Silent Shout, The Knife recorrieron Europa y Norteamérica en una pequeña gira. El show, que sería editado en DVD meses más tarde, da cuenta de un estado de delirio escénico lindante con la esquizofrenia: es imposible discernir quién (o qué) canta de quién (o qué) se encarga de los teclados, sin contar el diseño de luces y proyecciones, propios de una pesadilla láser.

Agotados, caídos, drenados de todo aquello que para ellos importa, los Knife comenzaron a desarrollar proyectos individuales lejos del ojo público y con toda calma. Además de colaborar (nuevamente) con los Röyksopp, Karin encaró una carrera solista bajo el nombre de Fever Ray. El disco homónimo, de 2009, es un recorrido apaciguado, trip-pop remixable de ese que suena en la clase de locales donde es mejor no comprar ropa. Olof, en cambio, se calzó un par de seudónimos más difíciles que cantar en sueco y editó de modo independiente una serie de EPs que podrían catalogarse como minimal lúgubre.

Los hermanos sean unidos

Patrocinados hasta pedir piedad, en 2010 compusieron una ópera tecno encargada por un importante grupo de artistas performáticos de su país a modo de homenaje a Charles Darwin (!). Con la teoría evolutiva en mente, grabaron sonidos en el Amazonas profundo, entre otros cómodos destinos, e invitaron a los productores Mount Sims y Planningtorock a producir la obra junto con ellos.

Sobre el desenlace de 2012 anunciaron la salida para abril próximo de un nuevo álbum, titulado Shaking the Habitual. El primer corte, “Full of Fire”, surgió online a mediados de enero y fue borrado de la faz de la web casi automáticamente. Con más de nueve minutos de duración, se trata de un Frankenstein post-tecno compuesto por capas y más capas de chirridos y disonancias. Las voces de Karin provienen aquí del rígido corroído y mal defragmentado del fin de la humanidad. Para el clip convocaron a la videasta Marit Ostberg, especializada en post-porno feminista. “Let’s talk about gender, baby!”, desafían los hermanos tremendos, y lo dicen en serio. La fauna del video entrecruza mujeres crossdressers que se aman en secreto, mariquitas punks no videntes y tortas okupa.

Ya que hablamos de géneros y degeneradxs, la anticipación por Shaking the Habitual pone a prueba a los débiles de ánimo: el tracklist incluye canciones que van de los 37 segundos de duración hasta los casi 20 minutos, todo un statement para un grupo que años atrás vendiera los derechos de un tema (el infame y antes comentado cover de “Heartbeats”) a la firma Sony. Los hermanos, no tan anónimos pero más inaccesibles que nunca, no parecen dispuestos a negociar. El género y sus variantes, se ve, es cosa de suecas.

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