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Viernes, 25 de octubre de 2013

CINE

Thriller de primera cita

Se buscan, se encuentran, se arriesgan, se besan, se declaran sus principios eróticos, se enredan, se traicionan. Se estrenó Solo, película argentina que pone en primer plano los tópicos más visitados de la cultura gay. Una excepción a la regla: los actores ponen los cuerpos.

 Por Diego Trerotola

Se conocieron en un chat. Julio no tenía foto, pero igual Manu aceptó encontrarse. Riesgos modernos. Se citaron en una esquina y se gustaron. Sin mucho protocolo terminaron en la casa de Manu. Ese es el inicio de Solo, película de Marcelo Briem Stamm, que sigue con el primer beso de los protagonistas en un sillón, mientras sobrevuela este diálogo:

Manu: ¿Y vos qué onda? ¿Sos bi?

Julio: No, soy gay. ¿Por?

Manu: No, qué sé yo, no se te nota.

Antes de pasar del sillón a la cama, antes de que los besos y el manoseo con la ropa puesta se transformen en sexo softcore, Manu decide contarle a Julio el fracaso de su primera y única relación con quien lo introdujo en el mundo gay. “Teníamos una vida normal, de putos, pero bastante normal. Y después no sé, empezó a aparecer la mierda: en menos de seis meses conocí todos los antros gays. El sexo telefónico, las teteras, los tríos, el chat, lo que es un gangbang. Todo. ¿Sabés lo que más me jodió? Que no me avisó que iba a ser así. Y lo peor de todo, y no me juzgues por esto que te voy a decir, es que a mí me empezó a calentar todo eso.”

Casi toda una baraja de tópicos de la cultura gay queda exhibida en los primeros minutos de Solo. Ahora hay que saber si esa partida es la peligrosa ideología de la película o solamente las cartas que le toca jugar a un personaje. Y la clave está en el juego, que es el código, algo incómodo, que propone Marcelo Briem Stamm. Un juego teatral simple de duelo entre violencia y erotismo, con vueltas de tuerca y tensiones con los lugares comunes de la crónica policial del chongo que invitás a tu casa y te termina robando, del retrato del gay consumista de diseño, de la homofobia internalizada, de la “promiscuidad del ambiente”, del erotismo convencional, del culo que se entrega o que no. Tópicos que ahora son sólo un poco más visibles socialmente, y que se tensan en la película como nervios del relato-ejercicio para tratar de seguir regando un subgénero que se podría llamar “thriller de primera cita”.

En Solo hay un compromiso físico de ambos actores, algo inusual en películas sobre diversidad sexual. Y también hay, por momentos, un vaivén ideológico que provoca cierta ambigüedad narrativa y política, y que a veces sólo logra provocar por puro efectismo. Fácil es indignarse por la relación crimen y homosexualidad que sobrevuela la película y estalla con exceso. Difícil es pensar cómo llegamos a estas ficciones, quién reproduce, o entiende, estos tópicos como violencia y quién cree que son un juego sin peligro.

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