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Viernes, 7 de febrero de 2014

Todos los fuegos

En el año Cortázar y en la semana en que se cumplen treinta de su muerte, Soy rescata un aspecto poco frecuentado en las críticas: la representación de personajes gays y lesbianas en más de un cuento.

 Por Adrián Melo

En Encyclopedia of Lesbian and Gay Histories and Culture (editada por George Haggerty), el destacado investigador Gustavo Geirola se lamenta de que la crítica aún no haya desarrollado la importancia del deseo homosexual masculino y femenino en la obra de Julio Cortázar.

En la entrada que le dedica se refiere, entre varias ficciones cortazarianas, al homoerotismo presente entre Oliveira y Traveler en Rayuela, a “Las babas del diablo”, donde asoma diabólica y perversamente el deseo homosexual y al relato “Sobremesa”, donde el suicidio de uno de los personajes, que sucede aparentemente a causa de un conflicto amoroso entre amigos dentro de una cofradía exclusivamente masculina, puede leerse dentro del tópico del secreto homosexual. También encuentra una metáfora homoerótica en Las armas secretas, donde un muchacho francés es poseído por el espíritu de un nazi y viola a su novia como lo hiciera ese soldado muerto unos años atrás.

Si algunas de estas lecturas puede parecer forzada, hay al menos dos relatos y una novela en donde Cortázar situará a gays y lesbianas como personajes centrales de la trama: se trata de “Los buenos servicios” (1959), “La barca o Nueva visita a Venecia” (escrito en 1954 y publicado en 1977) y Los premios (1960).

En el cuento “Los buenos servicios” (1959) la narradora, Madame Francinet, es contratada para que se haga pasar por la madre de un muerto que no tiene quién llore por él. El muerto resulta ser Monsieur Octave Linard, conocido como Monsieur Bébé, un joven modisto, soltero, que vivió alocado y que muere tan escandalosamente que es necesario que su socio comercial orqueste un funeral honorable para salvar la continuidad de la Casa de Modas y para tapar el affaire. Antes habíamos asistido a algunas escenas de Monsieur Bébé en una fiesta en la casa de su socio: “jugando con el dueño de casa y unos perros en la sala”; “totalmente borracho jugando con sus amigos a disfrazarse”; “rubio, muy pálido, vestido de blanco..., el rostro más bello que jamás haya visto..., los dientes perfectos, las manos demasiado blancas para un hombre”; “riendo, bromeando, abrazado a los gritos con otros muchachos que parecían sus admiradores y que lo celaban”. Así eran representadas las vidas de los gays en las ficciones de la época: sórdidas, solitarias, alocadas y breves. Sin embargo, es esa marginalidad quizá la que acerca tiernamente a Monsieur Bébé con Madame Francinet, una pobre empleada de servicio.

La voz lesbiana

Aún más interesante resulta “La barca o Nueva visita a Venecia”, donde el relato del narrador es interrumpido por una voz marginal, en letras pequeñas, que interrumpe el fluir de la narración y cuenta su propia versión de los hechos: la de Dora, la lesbiana. El cuento narra, a grandes rasgos, los amores de una mujer, Valentina, durante un viaje turístico a Venecia en el que la joven encontrará su destino. Valentina se debate aparentemente entre dos amantes ocasionales que conoce durante sus vacaciones. Pero silenciosa, ignorada incluso por el narrador (“Claro que yo estaba. Desde el comienzo se finge no verme, reducirme a comparsa a veces cómoda y a veces afligente”) y fuera de juego aparece Dora, una muchacha que Valentina conoció en los mostradores de American Express (“me pregunté si no sería como yo”, refiere Dora de aquel primer encuentro “esa manera de clavarme los ojos siempre un poco dilatados”), que se convierte en su compañera de viaje y que se apasiona por ella.

Sin embargo, en una obvia referencia a Henry James (que es aludido), fuera de la posición siempre subjetiva del narrador y en esa voz que se alza marginal aparece la clave de lo que realmente sucede en el cuento. Es Dora y no los amantes de Valentina quien logra penetrar en las tempestuosas profundidades del desasosiego de la mujer. Y es Dora quien precipita la tragedia a partir de una traición que buscaba al menos “la delicia” de que Valentina se lo reprochara, la insultara, “de que fueras tú gritándome, el consuelo de volver a verte, de sentir tus bofetadas, tu saliva en mi cara”. El experimento de Cortázar resulta efectivo en tanto aquello que aparece destinado a aparecer en la invisibilidad y en las márgenes emerge combativamente a la superficie.

El monstruo homosexual

A su vez, en Los premios (1960), su primera novela, Cortázar indaga en tres imágenes de la homosexualidad representada en tres personajes: Raúl, un gay maduro y solitario condenado a contemplar la belleza del adolescente Felipe pero nunca a disfrutarla. La de Felipe, un Narciso que contempla su cuerpo desnudo de atleta frente al espejo y lo sabe objeto de deseo y termina siendo violado brutalmente por un marinero. Y la de “Bob” el salvaje y bestia marinero, que seduce y engaña a Felipe antes de atacarlo. El escenario de las pasiones es un crucero de lujo con destino incierto donde se encuentra un conjunto de personas que ganaron un viaje con un billete de lotería. El barco aparece como metáfora de la Argentina. Cada grupo de pasajeros representa un segmento de la sociedad porteña con sus lenguajes, sus estilos, sus clisés y sus monstruosidades.

De entre los monstruos, destaca el monstruo homosexual. Es uno de los marineros, pero se diferencia de ellos. Es un gigante, un “urso” con “enormes manos que se movían como arañas peludas” y con el cuerpo tatuado con una serpiente azul en el antebrazo, un águila enorme en el pecho y otras inscripciones en el hombro”. Para Gabriel Giorgi, el monstruo homosexual encarna, en la novela, el extranjero, el otro, el afuera de la nación, “mezcla de marinero corrupto y águila imperial, seduciendo y violando a un adolescente de la clase media argentina”. Por ello la narración de Cortázar se detiene obsesivamente en la manera en que el águila tatuada en el pecho del marinero se mueve al ritmo de su respiración: “Tumbado entre Felipe y la pared, el águila azul alzaba y bajaba estertorosamente las alas a cada ronquido”. Si el marinero representa la homosexualidad como violencia, Raúl, el otro enamorado de Felipe, representa a aquellos homosexuales que no llegan a la sexualidad, otra tragedia de gran parte del siglo XX.

Los textos de Cortázar ponen en el centro de la escena el problema de la representación del deseo homoerótico, un deseo que carece de paradigma a su disposición y por ello necesita encontrar su propio espacio y voz entre los pliegues y las fisuras que le permite el sistema y la narrativa heterosexual y sexista. No hay narrativa anterior que sostenga ese deseo. Como ya ha advertido Eve Kosofksy Sedwick, el deseo homoerótico, como consecuencia de la discriminación de la cultura heteronormativa, se ha estructurado históricamente entre lo secreto, lo sabido y lo no dicho. Por ello, en estas ficciones los gays y las lesbianas vienen formateados como personajes adversos, representados con su carga de silencio, entre la piedad y la obligación. Ya lo había explicitado el propio Cortázar en el prólogo que escribe a la segunda versión de su cuento “La barca”, la versión en la que permite que Dora irrumpa y ponga “las cartas sobre la mesa”: “Lo que sigue es una tentativa de mostrarme a mí mismo que el texto de ‘La barca’ está mal escrito porque es falso, porque pasa al lado de una verdad que entonces no fui capaz de aprehender”.

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