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Viernes, 4 de abril de 2014

BAFICI

HISTORIA CON PRINCIPIO FELIZ

En octubre de 2013, Lulú fue la primera nena trans del mundo en recibir un DNI que respeta su identidad de género sin intervención judicial. Hoy esa historia es narrada por su madre en el documental Yo reina, yo princesa, de Valeria Paván y María Aramburú, que acaba de estrenarse en el Bafici.

 Por Rosario Bléfari

No se trata de un “caso”, no hablemos de “caso”, porque esa denominación suele rodear de un velo misterioso cualquier historia de vida, dejando que impere la necesidad de resolver algo, como si se tratara de un crimen del que hay que buscar un culpable. “Caso” es algo extraño, único y aislado, rodeado por una cinta peligro. El testimonio de una madre es lo que tenemos aquí, y la historia de su hija, corta pero intensa, es la historia de Lulú (su verdadero nombre se trata de preservar todo lo que se puede para no sobreexponerlo en los medios). Pero la primera vez que escuchamos sobre la nena de 2 años que le avisó a su madre que ella era una nena aunque hubiese nacido con pene y sus padres le hubiesen puesto nombre de nene, fue en un diario o en la tele. Trascendió la historia porque había podido conseguir que al fin le extendieran el DNI acorde con su identidad de género autopercibida. La noticia caía como caen las noticias, se miden los estruendos, la gente se queda con la boca abierta mirando los televisores en los bares, en las salas de espera de los consultorios, en las casas. En Internet empiezan a aparecer los comentarios abajo del artículo –como aparecen ahora debajo del adelanto del documental–, esos comentarios que sirven para medir cómo piensan algunos. Se arman discusiones, por escrito, pero también en los lugares de trabajo, en los pasillos, donde alguien esté dispuesto a mostrarse incrédulo, a señalar lo raro, a desconfiar de todo, a escandalizarse. “Yo ya no entiendo el mundo”, dice alguno. “No soy tan moderno”, se escucha decir a otro. Todo eso que genera una historia así, donde un niño dice algo, un menor, alguien a quien no deberíamos prestar tanta atención. Se enciende ese tipo de apreciaciones en las charlas de los que comentan o discuten: un niño no sabe nada, no entiende nada, mienten, fantasean, están confundidos. Y más aún si se trata de saber si son hombres o mujeres. Los adultos somos los que sabemos si alguien es hombre o mujer; los niños no saben.

Entonces, a pesar de pasar por la aplanadora de las noticias, entra en los dominios de la opinión pública también. Pero tiene que aparecer, en todas partes, por una razón única e importante: porque es el “caso” de la madre que escuchó y que cuando escuchó no quiso creer, y pensó mil cosas, consultó a pediatras y psicólogos que la aconsejaron mal que querían que “corrigiera” la desviación, la anomalía, la confusión del menor que no entendía lo que le pasaba, que estaba equivocado y había extendido las fronteras del juego más allá de lo conveniente. La madre tuvo que escuchar a la persona a la que le pasaba algo, porque en realidad la única que podía saber qué sentía, cómo y de qué manera, era la persona a la que le estaba pasando, tuviera dos o tres o noventa años. Y como cuando alguien habla se necesita otro para que escuche y muchos más que empiecen a escuchar porque puede ser que haya situaciones que no estemos escuchando, por eso es importante contar y difundir. Y porque, en la práctica más concreta de los hechos, cuando la madre de Lulú vio un documental (National Geographic) sobre transexualidad en la televisión fue que se dio cuenta de lo qué podía estar pasando, y aunque lloró mucho antes de reaccionar, a partir de eso empezó a recorrer otro camino. La licenciada Valeria Paván, a quien llegaron cuando se pusieron en contacto con la CHA, fue indispensable en ese recorrido porque pudo guiar a Lulú y a su familia en la búsqueda de la libertad. Ella llamó a María Aramburú para registrar este testimonio con las cámaras, con el despojo necesario que deja que se imponga la verdad con toda su fuerza, y que constituye el documental Yo reina, yo princesa. Una madre es la portavoz de la hija, se trata de una transmisión audiovisual que nos habilita la posibilidad de entender empatizando con quién habla. Eje y propósito de este documental que conmueve y nos hace pensar en demasiados temas que nos involucran a todos desde la particularidad de una experiencia trans: que otros lo vean y puedan escuchar más a los demás. ¿Y el marco de un festival de cine? Si en la rotación de noticias el asombro se lava y requiere más sorpresas, más sangre, más dolor, para seguir prestando atención, en un festival de cine, con mayor sensibilidad predispuesta, cómo no ver y escuchar este registro imperdible que cumple la máxima ambición del documentalista: tratar de ser invisible para darle toda la cámara a aquello que intenta documentar y difundir. “En realidad no había una intención artística, pero luego consideramos al auditorio del Bafici como un lugar más posible para el debate. Y nos interesa mucho ver también cómo esta experiencia atraviesa el Bafici”, explica Paván.

¿Cómo se originó la idea y el proyecto de hacer este documental, qué las motivó a eso?

–Conocí a Lulú y su familia a mediados de 2011 en el Area de Salud de la CHA, cuando Lulú apenas había cumplido los cuatro años. Hacia fines de 2012 sentí la necesidad de tener un registro en imágenes de la experiencia que estábamos atravesando desde hacía más de un año, con la certeza de que con el tiempo este testimonio constituiría un documento muy importante para la sociedad en general y en particular para aquellos niños/as que estuvieran pasando por una situación parecida. Es así que convoco a María Aramburu para la realización y a Gabriela, la mamá de Lulú, para que diera su testimonio.

¿Por qué les pareció que el audiovisual era el medio adecuado para hablar del tema?

–Hasta el momento había recogido el testimonio escrito de más de trescientos adolescentes, jóvenes y adultos. Con Lulú no me alcanzó sólo con el registro escrito, necesitaba hacerlo también de otra manera, con otro soporte. Sentía que era muy importante la experiencia, y no sólo para la familia y para la CHA, sino que podía convertirse en un camino posible para muchas otras familias.

¿Cómo utilizaron los recursos del medio audiovisual?

–De manera absolutamente económica en cuanto a los recursos y poniendo el peso en el testimonio de la madre.

Algunas personas, que se consideran a sí mismas librepensadoras, admiten que les cuesta entender el reconocimiento de la identidad sexual a tan temprana edad, ¿qué les dirían a quienes se ofuscan por no entender o no querer creer?

–En otro calibre, en los comentarios debajo del adelanto del documental, en Internet se leen algunas cosas terribles como: “¿por qué no le dan un par de cachetazos y se acabó?”.

Se trata de poner en tensión las representaciones tradicionales del sexo y el género para poder así reflexionar sobre otras formas de construir la identidad que hoy por hoy se viven como un de-safío a la Ley de la cultura. Lo novedoso de la experiencia de Lulú no es su expresión temprana, como sabemos que lo han hecho muchos niños y niñas en su infancia y como consecuencia han sido reprimidos, humillados, castigados, estigmatizados, sometidos a violencia efectiva y psicológica, etc., sino que hubo adultos que pudieron escuchar eso que la niña les decía.

¿Cómo y con qué colabora la difusión de este material?

–Mostrar este material en diferentes foros es nuestra propuesta de reflexión y debate.

¿Cómo cuidan la madre y ustedes a la niña y cuándo se les hace más difícil hacerlo para equilibrar entre la difusión y la privacidad?

–Se expone la experiencia y esto después del resultado de largas discusiones con la mamá, con la CHA y con María. Es un testimonio que no estará libre en la web, sino a disposición por nuestra intermediación para informar y discutir y sobre todo dejar a la luz una cantidad de núcleos prejuiciosos que muchas veces, por no decir la mayoría, conducen nuestras opiniones. También entendemos que ser la primera niña trans en el mundo que logra que el Estado le reconozca la identidad tan temprana y sin intermediación de la Justicia expone, no sólo por la novedad en sí misma, sino que nos creó obligaciones sociales respecto de otros niños/as.

Yo reina, yo princesa. Funciones: 3 de abril, 19.40 Village Recoleta; 9 de abril, 15.10 Village Recoleta y 11 de abril, 16.40 C. C. San Martín.

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