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Sábado, 19 de abril de 2014

La espía que mamó

En los siete relatos que componen Sofoco, el avezado aunque púber mamador de piel lampiña transita un mundo hostil donde todavía mandan los códigos contravencionales, las razzias, los caprichos de los comisarios, las traidoras de clase alta. Sin embargo, no hay lamento. ¿Por qué habría de haberlos si en los mas sórdidos contextos la Noy cae siempre arrodillada?

 Por Diego Trerotola

”La poética es el placer. Poronga se escribe con P de poesía. La certeza de que los ángeles son fálicos. Y que las alas también tienen espadas, pero de espuma, no las militares”, dice Noy, hablando ese idioma único, de trovador atropellado, lenguaraz de verso libertino y belleza insólita, haciendo zancadas a las fronteras de cualquier género, siendo todo desborde, siempre a borbotones como un cachetazo que nos da vuelta la cara para que miremos desde otra perspectiva. Ahora su mirada imprime un libro de relatos autobiográficos, crónicas muy marcianas. “No puedo alimentar más a ese amor tan loco. ¡Qué sofoco!”, canta Noy, como cantaba la brasileña Alcione en su samba “Sufoco”, de 1978, justo cuando él estaba exiliado en Bahía, huyendo de la dictadura argentina. Esa canción le hizo entender mejor a Noy esa sensación de ahogo, casi de orgasmo gutural instantáneo, que sentía y aún siente cuando un chongo surfista se cruza en su campo visual. Sobre su barrenador con potencia de motor fuera de borda, Noy repasa en Sofoco su erotomanía de loca desatada que le permitió domar unos cuantos maremotos.

Sofoco es un libro de memorias eróticas.

Todos los personajes son reales, pero están ficcionados porque le saco alguna anécdota: no hago más que ficción documental, es un sueño dirigido, el del placer, el del deseo, el del sexo. Desde un ángulo muy raro que es el de la eunuca pasiva: en el harem es la que viene a estar al lado de la madre del harem. Yo ahora soy eunuca madre, pura, antigua. Soy la propia encarnación de lo que cuento, pero no es una guía de todos mis placeres, son siete situaciones donde puedo cantar la dicha del sexo, con la posición de una eunuca geiya, geiya con y griega. Es un relatorio del placer de una pasiva, brindado en su energético y máximo esplendor.

En el libro y en tu biografía hay una forma de seducción casi mitológica, que tiene mucho de lírica lasciva y de la bohemia porteña con ecos de tu abuelo, el Noy, que está nombrado en el tango “El cantor de Buenos Aires”.

Son notas musicales de una misma militancia del placer. Porque también mi abuelo era tremendo, el Noy del tango célebre, que mi abuela siempre se quejaba de sus amoríos. Te cuento. Yo me crié en un pueblo mapuche, un pueblo maravilloso donde José Donoso escribió en esa atmósfera, cuando se escapa de Chile, eso de “obsceno pájaro de la noche”. Y mi abuela siempre me decía: “Al abuelo lo amé hasta que supe que me engañaba con una negra”. “Pero cómo me dice eso –le decía yo–, si sabe que yo amo los negros, usted sabe que me crié entre mapuches.” “No, le decían La Negra.” Y se enfervorizaba porque tomaba bastante. Y me seguía diciendo: “Le decían La Negra, pero ella era una cantante que se llamaba Sofía Bozán”. Y yo no sabía en ese momento quién era La Negra Bozán, pero sabía que estaba enamorada de mi abuelo. Porque mi abuelo Noy, por las dos fotos que vi, era un galán fabuloso. Porque soy una Electra de tercera generación.

¿Y el Abasto como espacio de la seducción del cruce también tiene una tradición que se remonta a tu abuelo?

El Abasto es un lugar ideal para mí. Yo caí en el Abasto porque mi abuelo tenía un hermano que era el dueño de tres o cuatro puestos de carne en el Abasto. Y mi papá me traía al Abasto y justo enfrente estaba el sector de flores. Y yo me enloquecía y me perdía entre las flores, cantidades inmensas de claveles. Mi padre ya se daba cuenta de que yo era rara. Y la llegada mía a Buenos Aires al Colegio Militar a los once años, me incendió para siempre, porque después nunca vi en otro país que me gustara tanto, ni París, porque me encantó, que te corre una cosa rara por todo el cuerpo. Yo tenía once o doce años, era una muñeca y morí de amor cuando fui al Colegio Militar y tuve que irme a duchar con los chicos de quinto año. Un club donde todos se bañaban desnudos y yo ahí enloquecí de placer y de éxtasis. Lástima que yo no pude seguir más. A fin de año vinieron a decirle a mi abuela: “No puede seguir tu nieto”. Mi abuela, que ya estaba viuda hace veinte años, se tuteaba con el que era nuestro torturador, el preceptor. Y él le dijo: “¿Querés que te lo diga claro? A la noche se lo rifan los de quinto”. Y era verdad. Y yo fui muy feliz cuando los machos reinaron. Y no es que era una arrodillada dependiente.

Ese mundo que describís tiene mucho del homoerotismo de Jean Genet, que decía que encontraba una relación muy estrecha entre las flores y la virilidad peligrosa de los rufianes. En su obra, estar encerrado en la cárcel era como vivir en un jardín edénico.

Era como si se hubiese hecho real ese cuadro que me impactaba desde niña, que veía porque estaba en la casa de mi padre, que era El rapto de las sabinas. Ah, sí, yo me casé con ese cuadro, yo vivía mirando horas y horas ese cuadro. Yo simplemente quería ser una sabina más. Y me transformé en una sabina. Y después me transformé en una Barbarella allá en la Bahía. Y en el medio hubo mucho circo con el hippismo. En realidad el hippismo fue la única religión que me admitió por completo. Porque con la izquierda tuve muchos problemas por ser tan trola, hubo una especie de stop. Y la derecha yo la detesto, yo fui antiyanqui desde que me parieron y si no Frida Kahlo me estrangula.

Hay en Sofoco una idea de evocación lujuriosa que podría ser la continuación de un libro maldito, pero imprescindible de la mariconería rioplatense, tal vez fundador de un tipo de literatura, que es La cabeza contra el suelo, valientes memorias de Paco Jaumandreu.

Sí, y aparece Paco en uno de mis cuentos, que se llama “El centímetro dorado”, donde relato mi viaje con Paquito Jaumandreu a Chile. Lucho, su asistente, se enferma, tiene gripe, y Paquito me llama y me ofrece mil quinientos dólares si lo acompaño a Chile. Yo fui una semana antes a hacer la prensa. Y cuento todo, la estadía de Paco, las modelos y el momento en que él me dice: “A esta altura de mi vida tendría que agregar una cláusula a mis contratos: un hombre distinto cada noche, mira si voy a tener que salir a yirar yo”. Y yo le busco el hombre, y me encuentro uno para mí. Es una locura. Y eso todo es real. Aunque veces puede ser que cambie los nombres. Jaumandreu fue el colmo de todo y fue muy combatido por la inteligentzia vacuna nacional. Pero además maldito, despreciado, porque él fue olvidado como lo había sido Fanny Navarro. Paco era un gran mago: en su habitación tenía un búho y hablaba con él. Era un gran amigo del padre Mario. Era un duende, era Puck de Sueño de una noche de verano. La utopía la viví con él.

Es que un poco los relatos hacen pensar que no es necesariamente una búsqueda sino que lo erótico aparece precipitadamente, es otra escena que se revela, casi como un fenómeno alucinatorio.

El transcurrir erótico, el transitar en esas noches de lujuria, no tiene principio ni fin. Y la percepción siempre es la misma. Y esa otra escena puede ser que está escondiendo la inmediata desnudez. El libro busca cantar, contar, cantar, contar. Morder, callar, revelar lo erótico. Desencantarlo. También tiene que ver con todo lo efímero que aparece. En la efímera eternidad del placer; la acabada perpetuada por la memoria. Lo que acá estoy tratando de hacer es romper el canuto de la experiencia y pasarla. Acá revelo la escritura que vibré, que viví, que soy. Porque como decía un gran músico, Miguel Abuelo, hoy famoso: el drama de los argentinos es que somos canuteros, nos encanta encanutar. Yo era muy amigo de Miguel Abuelo, y es verdad, encanutan tanto que hasta encanutan su propio sexo. Entonces yo acá rompo el canuto.

En tus narraciones hay mucho de lo festivo del esperma, una sensibilidad que se perdió con el sida. Hace mucho inventaste una palabra que era “espermofobia”, refiriéndote a que había un miedo al esperma muy contemporáneo. Como contracara, hay una celebración gozosa del esperma en esos cuentos.

Está en los cuentos y está en la realidad. Lo que pasa es que a mí la banana con pajita no me gusta. Pero tampoco puedo ser vulgarmente una estaqueada por los virus. Creo que es necesario tener precauciones y todo eso. Pero yo siento que no. Mi militancia erótica, la más grossa, fue cuando el sida no había llegado. Pero he permanecido incólume al sida, que es raro con todo lo que yo he hecho. Me he inyectado heroína, de todo. Pero no entró ese bicho.

El deseo, el sexo, como tu poesía, aparece en legión, orgiástico, plural, pocas veces singular.

Pero es poco comparado con lo que he visto de otros gays de mi época. Todo eso estará en el libro que viene, que es una especie de novela, son como mil páginas. En ese libro hablo de esas otras. Una de ellas se pasaba a cien chicos por noche. Me acuerdo en el hoy terrible oeste, que antes era Twin Peaks, un potrero donde había fila para que una los felara, por ejemplo. Yo como era medio adicta a la anfetamina, era más la espiona. Para mí la droga siempre me pareció un sexo superior, me ponía en otro estado. Todo lo que queda por contar va a ir a otro libro antes de que me vuelva a otro planeta. Porque yo no me voy a morir, soy extraterrestre y voy a volver a mi misterioso origen.

A fines de los ’90 escribiste que ya no querías más ser La Noy, sino Lo Noy, que preferías el artículo neutro.

Era para neutralizar el hecho de La sostenido en La Mayor o en La Divine, yo quiero ser neutro, invisible. Una vez, Susana Viau, que fue una gran entrevistadora y siempre me gusta recordarla, me hizo una nota y el título fue “Yo quiero ser una más”. Y en ese momento estábamos reinando con Batato, Urdapilleta y Tortonese en el Parakultural, las cuatro arrasábamos. Pero yo quería ser una más. Y todavía quiero ser una más. Yo sé cómo hacerlo, tengo mis mañas, sé invisibilizarme. También con los gays me invisibilizo. Nos amamos y nos adoramos y somos la misma piel, pero me vuelvo un tatuaje invisible. Por suerte, eso es un don que te deja fuera de los guetos. El gueto es como Ouroboros, que es una serpiente eterna que se muerde la cola y arma un mundo cerrado. Pero a mí me gusta que cada mundo armado se abra y sea visitado por el espía que yo soy.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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