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Viernes, 25 de abril de 2014

DANZA/TEATRO

¡Éste es mi poyo!

La histeria en danza, el pavoneo teatral para narrar el primer beso.

 Por Magdalena De Santo

Uno de los binarismos que estructuran nuestras cabezas –ya lo denunciaron incansablemente los estudios queer– son el par varón-mujer. Pero también, en esa lógica de oposiciones, podemos incluir las dicotomías humano-animal, mente-cuerpo, razón-sensación. El primer término siempre tiene más valor que el segundo. En el orden sexual, entre la heterosexualidad-homosexualidad, ya sabemos quién se lleva los privilegios. Y en el ámbito de los espectáculos en el par teatro-danza, el primero condensa popularidad y admiración, mientras que la segunda, feminizada, asociada al cuerpo y a las sensaciones, parece lo abyecto, lo otro inferior de la representación: el patito feo de las artes del espectáculo.

A propósito: el próximo martes 29 de abril, en el Día de la Danza, se convoca a tod*s al Congreso de la Nación para presentar el proyecto de Ley Nacional de Danza, que aspira al reconocimiento por parte del Estado de su particularidad (ahora l*s laburantes en danza están subsumidos a las entidades de teatro); la creación del Instituto Federal para la Danza y, de este modo, generar mejoras en las condiciones laborales de sus miembr*s, junto con partidas presupuestarias autónomas.

Un poyo, una danza

Ahora bien, hay una obra en cartel, altamente recomendada, que desde hace seis temporadas realiza funciones a sala llena. Paradójicamente, no deja de rolar sobre todos aquellos términos menos importantes del imaginario occidental. Homosexualidad, cuerpo, animal, incluso feminización del deporte con el lenguaje de la danza. Todo eso sin palabras, mucha resignificación y parodia. Efectivamente, Un poyo rojo se construye desde y en la periferia con sencillez. En un teatro underground con problemas con los vecinos, dos jóvenes apuestos (Luciano Rosso y Alfonso Barón) desatan la histeria corporal y el pavoneo de dos chongos que no hacen más que desearse. “La fábula es muy simple –dice Hermes Gaido, su director–, es la historia del primer beso.” Un beso, contextualiza en el sitio paroxístico del homoerotismo: el vestuario de un club deportivo. Allí, con toalla al cuello y el locker abierto, la masculinidad hegemónica de fútbol y boxeo se mezcla con el indecoroso revoleo de ojos y aleteo de los cisnes –cualquier asociación con el épico ballet de Chaikowsky es pura coincidencia–. Con ese dispositivo visual mínimo se desarrolla la acción dramática en pos de alcanzar la resolución del conflicto: un mínimo momento de acuerdo entre labios. La constante medición del miembro viril –aquí en clave de destreza física y lucha por el dial– aspira a ceder su lugar en favor de la comunión de las partes: único e ínfimo momento conclusivo donde ambos parecen decir “sí, quiero” con amor.

Pero para llegar al sí se recorren largos trayectos que se condensan en 60 minutos de puro movimiento. No sólo aquellos momentos intensos y ridículos que la seducción nos suele arrojar –hiperbolizar ese tipo de acontecimientos es uno de los grandes hallazgos de la puesta, allí donde fumarse un pucho es cualquier cosa menos pitar–, sino que incluso hay alusión al sexo antes que al beso (en esa coreografía íntima y agresiva el público heterosexual es el gran reidor). Además, antes del encuentro afectivo también se bailan la cumbia “En tu pelo”, la versión de Lía Crucet, referente de la putada sin igual –tema interpretado también por Carlos Casella– e improvisan al son de las frecuencias que la AM impone. En cada escena, los intérpretes descuellan expresividad y talento.

Un poyo rojo, “¿nació del amor?”, le pregunto a Luciano –uno de los intérpretes y creadores–. “Sí, con Nico Poggi éramos pareja y de ahí surgió el nombre de la obra. El apellido de Nico se dice ‘poyi’, entonces poyo. Y mi apellido es rojo en italiano. A partir de eso empezamos a ver riñas de gallo, por lo que disparaba el nombre, y a armar partituras quinéticas con ese material. Después Nico se fue y entró Alfonso.”

Sin dudas, esta expresión artística persiste a los avatares de la pareja, con la fuerza de las hormonas del pollo que, como dijo Evo Morales, nos hace a tod*s homosexuales.

Un poyo rojo, Teatro del Perro (Bonpland 800), viernes 23 hs.

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