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Viernes, 19 de septiembre de 2014

PISTAS

Nunca hubo en Buenos Aires una oferta nocturna para público lgbtiq tan variada. Canilla libre, cumbia estricta, shows de mediáticxs, dj alta gama, gratuitas o pagas, hay más fiestas itinerantes que discos, más códigos grupales que boliches. ¡No bastan los fines de semana de un mes para recorrerlas! Aquí, apenas un posible recorrido en plena explosión primaveral en busca de pistas.

 Por Ignacio D’Amore

Teen Angels

“Ayer en Plop pasaron la canción de Pokémon y casi me hago pis.” Así recapitula una sagaz twittera adolescente su noche de viernes, recién desperezándose, luego de haberse redimido en la fiesta del barrio de Colegiales. Además tuvo suerte en el levante: “Me chapé a una con Floricienta de fondo”. No parece ser éste el escenario en el que tradicionalmente una chica, después de unos pasos de baile o una diestra caída de párpados, se atrevía a cruzar una esquina de la pista para decirle a otra un piropo al oído. La música que en algún momento no osaba transgredir los límites de los cumpleaños infantiles o las pantallas televisivas es, en la noche de la Plop y sus fiestas hermanas Puerca y Ambar, presencia obligatoria y uno de sus sellos.

La Plop, que viene haciéndose desde 2006, es probablemente una de las pioneras en diluir las más o menos rígidas pautas del supuesto buen gusto musical que monopolizaba hasta hace unos años la noche de Buenos Aires. Plop surgió con desfachatez teen cual estribillo maricón, como si alguien de la concurrencia hubiese conectado a los amplificadores su reproductor de mp3 en modo random. En un momento dado, no había en los viernes de la Plop otro pogo más extraordinario que el exigido por “Ilarié” de Xuxa. Chicxs con más piercings que septiembres se pegoteaban en malón furtivo en el marco de una fiesta cuya musicalización siempre apostó al desparpajo generalizado, con fugaces hits de mediáticas como Noelia Pompa o Las Rickitas. Ezequiel Comeron, uno de los organizadores, cuenta cómo se gestó ocho años atrás este espíritu de irreverencia: “Cuando salíamos los fines de semana, veíamos que a todos los lugares les faltaba algo desestructurado y lúdico. Para romper con eso decidimos generar una temática propia para cada fiesta, con vestuario, personajes y flyers pensados especialmente, y una performance central que sintetizara el concepto”. Con evidente inspiración en los míticos jueves del Club 69, en donde semana a semana se presenta un show distinto a cargo de una lábil troupe de performers, la Plop se estableció en la noche apoyándose en el desarrollo de las puestas en escena, en la oferta de alcohol muy barato y en la desacralización del rol de lxs dj. La fiesta, entonces, se volvió refugio de toda clase de adolescentes con ansias de bailar los mismos hits que tenían por ringtone o que habían acompañado su primer lustro de vida. De a poco se fue llenando también de chicxs hetero, curiosxs y no tanto.

ADN pop

En la misma sintonía de la fiesta Plop están sus primas hermanas, Ambar y Puerca, con las que comparte público y equipo creativo. Si bien no son temáticas como su festejo matriz, la diferencia cabal está dada por la música que suena: en Ambar todo es techno pop en español e inglés, aunque también son bailadas Yelle y Róisín Murphy (cuando se viste de ítalo houser); en Puerca, rock nacional y éxitos veraniegos en portugués (de los que se bailan con pasito) matizan la noche.

Por otro lado, en los ocho años de vida de Plop han nacido distintas herederas salpicadas en la agenda semanal, todas ellas concentradas en sacudir a queers sub 25. Una de las más convocantes es la Jolie, inicialmente una fiesta para chicas, que consiguió recuperar la noche de los miércoles como paréntesis en la semana hábil. De una esquina antigua que detonaba el barrio de Palermo debieron trasladarse, hace ya meses, a un lugar más amplio. El secreto parecería ser la entrada gratuita, toda la noche y para todo el mundo, además de la indiscutible buena onda de lxs organizadorxs. Maryan Noeli, conocida hostess que recorre las fiestas con una metralleta de juguete llena de aguardiente, sabe de borracheras ajenas y propias a fuerza de noche. “Escucho gente que me viene a hacer planteos sobre cómo patentar la imagen de tekilla grrrl. Algunas personas hasta me confiesan todos sus amores secretos.” Su fama la impresiona y excede el ámbito de Jolie, “como hace un tiempo en el subte, que me dijeron ‘Vos sos la chica de la pistola’ y todos me miraron como si fuera una terrorista”. En plan weekend, las creadoras de Jolie instalaron los sábados La Guarra, a pocos metros de su fiesta originaria. La idea es la misma: nadie paga entrada, pop por doquier, alcohol barato.

Trabajo, placer, performance o todo a la vez: evidentemente, formar parte del staff de una fiesta supone numerosas satisfacciones y algunos sobresaltos. Kaien Abella, una de las creadoras de la Kiki, sintetiza en forma de crisis amorosa sistemática los dos años de vida que ya llevan desde su origen en una fiesta de disfraces, lamentándose. “A más de una nos dejó nuestra pareja por estar involucradas en la fiesta, por el tema de los celos, o por eso de salir y que toda la gente te salude. Las superó. Varias de las chicas dejaron la Kiki por salvar su relación.” Hoy tienen una o dos fechas al mes, en lugar rotativo y con mucho público lesbo adolescente, cosplays de Miley Cyrus desde el jopo con claritos hasta la cerveza en maxivaso descartable. Se percibe el esfuerzo de un grupo que impulsa las fechas pensando en la diversión propia y ajena por sobre todo. Muchas veces el sonido podría ser mejor, pero todxs bailan sin reparos; las entradas anticipadas se consiguen en el McDonald’s del Obelisco, a diferencia de los tickets de fiestas de infraestructura mucho mayor como Mostra Fest o Plop, que pueden comprarse a través de Ticketek.

Mostras y perreos

En Cerrito Mix no es fácil toparse con concesiones musicales. La cumbia y el reggaeton marcan la pauta de la noche y, si bien algunos de los dj intercalan hits techno y pop, la gente está ahí para otro tipo de agite. No por casualidad la fiesta se autodenomina “La katedral gay de la cumbia”. El intrépido animador se infiltra en ambas pistas, superponiendo su arenga con micrófono en mano a los himnos de Tu Papá o Las Culisueltas. “¡La que no hace palmas está embarazada!”, se escucha, y la respuesta es un indefectible aplaudir rítmico que une a wachigays y tortas cumbieras. Ellas ostentan sienes rapadas, chombas Kevingston y un atisbo de boxers Caro Uomo (la línea dirigida al mercado masculino de la marca de lencería Caro Cuore). Ellos perrean montados a 220.000 voltios y besan las pajitas flúo de un sex on the beach calibre jurásico. Mientras tanto, en la pantalla se proyecta el perfil de Facebook de la fiesta, en cuyo muro van incrustándose comentarios, fotos y propuestas de toda índole efectuadas vía smartphone desde el interior mismo de la acción. Al respecto, existe una increíble crónica de Cecilia Palmeiro y Paula Bistagnino, publicada en 2013 en la revista Anfibia, que ilustra los vaivenes extra hormonados (y nada homonormalizados) de la juventud queer kumbiera y suburbana.

De esa misma periferia marica surgió hace un par de años Emi Guzmán, estrella de YouTube gracias a su menear desenfrenado y a su personalidad feroz de rapera de González Catán puesta en la mira enemiga. Diani y Amanda, organizadoras del Mostra Fest, la convocaron hace un año y medio para bailar en escena en la primera edición de la fiesta, que también contó con un show de Dani Umpi y la conducción de Pablo Carayani Camará, otra rutilante celebridad de YouTube. Por el Mostra Fest han pasado figuras como Cristal Flúo, Alejandra Pradón y Silvia Süller, aunque quizá la presencia más recordada sea la de Orianna Junco. El relato de Diani: “La invitamos a la tercera edición para bendecir la fiesta y cantar un par de temas. Quizás ella no estaba del todo en sus cabales y tampoco tenía un buen dia, y a raíz de un malentendido agarró su cartera y se fue, diez minutos antes de empezar el show. La corrimos por la calle tratando de convencerla de que volviera. La gente de la fila que esperaba para entrar presenció la secuencia y empezó a sacar fotos. Después de rogarle, accedió a volver e hizo un show increíble, el más punk que vi en mi vida. Al día siguiente hablamos y quedamos reamigas. ‘Todas las divas tenemos nuestros caprichos’, nos dijo, y la entendimos. Las mostras somos así”.

El génesis de Mostra Fest está directamente relacionado con el intercambio online de mariconadas varias, y la asistencia al evento es puntualmente acorde. Comenzó con un sarcástico perfil de Facebook que en un dado momento se fue de escala, sumando de manera exponencial seguidorxs ávidxs de publicar y comentar imágenes y videos de mostras varias, con Moria Casán encabezando. La puesta en marquesina del término mostra, a un tiempo nombre y adjetivo, logró vaciarlo de su connotación negativa y lo reformuló en status de estrellato adquirido. Los homosexuales asistentes se saben mostras como quien observa fama ajena, mientras que las celebridades invitadas permiten ser tageadas de ese modo sin ofenderse, al menos por unas horitas. Sus organizadoras suelen describir el espíritu de la fiesta con una frase de la diva ortomolecular: “Yo te voy del rancho al cielo”, slogan que se vuelve modus operandi en las manos de DJ Traviesa y DJ Visera, que se encargan de hacer cuadrar todos los hits posibles a lo largo de la noche.

Nuevos destinos

La pista de la Mansa no da abasto. No cabe un puto más. Entre el calor atípico para la época y la cerveza más barata que en el supermercado, es posible que sea éste el mejor lugar para bailar el festejo (implícito) por los 56 agostos de Madonna. Abundan los chicos lindos y hay alto yire. En el patio, dos que vienen charlando cada vez más juntos, campari y porro mediante, ponen freno de mano cuando desde la cabina de djs disparan “Impressive Instant”, subestimada gema que la popstar cumpleañera incluyó en su álbum Music. Uno de los dos corre a bailar, y el otro, atónito, duda entre seguirle los pasos para hacerle un planteo por maleducado o proseguir el levante pero con otro candidato. Termina la canción y el que bailaba regresa al acecho, con tanta mala suerte que minutos después debe abandonar por segunda vez a su potencial chongo cuando se escucha el fraseo inicial de “Jumpin’, Jumpin’”, de las Destiny’s Child versión ’99. Así no hay otro flirteo posible más que con los parlantes. Como sea, el chico que no puede dominar el llamado de la pista no está solo: hay un maremoto de trolos que primero corea (sin coreo) el vocoder de Madonna repitiendo “samba, samba, samba” en el tramo final de su temazo, y más tarde intenta emular los pasos que Beyoncé y sus tres coristas repetían en el clip de las Destiny’s. En medio de Arianas, Iggys y Katys contemporáneas, éstos son dos ejemplos de cómo un buen dancefloor puede (debe) honrar a sus próceras.

Entretanto, en un sótano vecino a Tribunales, una parva de trolos hermosos se ondula en trance, enfundados en telas multicolores. La dj encastra un gemido radial (es Rihanna derruida) sobre un beat ralentado que bien podría asomar un viernes en Cerrito Mix. El género es híbrido: mezcla de moombahton (similar al reggaeton pero minimal y muy mimoso) con trap (deriva del hip hop yanqui más agresivo y despojado). “Podés encontrar desde ritmos latinos como el dembow, reggaeton o baile funk a pop y hip hop de los ’90, pasando por dubstep y kuduro.” Nahuel, una de las mentes detrás de la HiedraH, ancla el sonido de la fiesta como “global bass”, una categoría amplia que agrupa a muchos estilos de música bailable con un cariz de ritmos originarios (el funk carioca, de las favelas de Brasil, o el kuduro, que es angolés). “Para nosotros una fiesta no es sólo un espacio de baile y música sino un momento de celebración de lo que es uno mismo y de reconocimiento de la diferencia del otro. El espíritu de HiedraH es poder celebrar esas diferencias a través de la música. Los ambientes, ya sean heterosexuales o gays, pueden ser muy heteronormados y clasistas, y eso responde a una lógica de mercado que termina imponiendo la matriz cultural frente a cualquier cambio. Tal vez por este espíritu de bailar la diferencia del otro la fiesta termine siendo tan diversa”.

Hasta la pista

Año 2000. La música electrónica está dejando de ser banda sonora exclusiva de los lugares de ambiente y se instala en el paladar de medio mundo, siendo esto testimonio del influjo cultural que el mítico puterío Bunker arrojó sobre la ciudad. Se puede ir a bailar a Amerika, hija de Bunker, y también a Oxen, a Glam, a Palacio, cada una con sus remixes de “Believe” de Cher y su nutrido dark room. Son versiones más o menos similares, más o menos caretas, de un mismo concepto de boliche.

Como alternativa frente a este panorama de discotecas que en la práctica no resultaban realmente inclusivas –probablemente ni siquiera fuese una de las metas–, un miércoles de mayo del año 2000 se hizo la primera Brandon Gay Day. Llevada adelante por una pareja de chicas y una amiga, la idea era abrirle las puertas y la mente a cualquiera que buscase un espacio de público diverso, amoroso, y de musicalización atípica y de calidad. “No nos sentíamos representadxs ni cómodxs con la escena nocturna lgbitq de ese entonces, ni por los espacios, ni por la música”, dicen las chicas. “Todas los propuestas compartían una misma estética homonormativa, con flyers mayormente ilustrados con imágenes de gays blancos y cuerpos moldeados en gimnasios. Nunca una lesbiana, menos que menos una persona trans. Por lo tanto, pensamos en hacer nosotrxs mismxs un espacio acorde con nuestros gustos e ideales. También nos pareció clave darle visibilidad, por eso decidimos poner la palabra ‘gay’ en cada flyer.” La fiesta, con el tiempo, fue ganando popularidad y debió sumar fechas los fines de semana, cambiando de formato y de lugar. La masacre de Cromañón las obligó a cerrar sus puertas hasta que, en noviembre de 2005, regresaron a la noche en El Teatro, donde ahora se hace la Plop. Y el cambio, aunque intenso, terminó favoreciéndolas porque las forzó a permitirse un coqueteo –medido– con el mainstream discotequero. Saben que Brandon abrió camino a muchas fiestas de hoy en día y que afianzó como posibilidad concreta y viable una fiesta sin dj residentes e inclusiva por defecto, universalmente friendly.

El resto es historia bailable.

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