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Viernes, 15 de mayo de 2015

¡Mamita querida!

En Las Guardianas, Maiamar Abrodos encarna a una cruela madre que junto a su hijo y a una enfermera dibujan un triángulo de amores, odios y voyeurismo de teteras.

 Por A. D.

Un departamento antiguo, con algo de aristocracia en decadencia y bastante decadencia de clase media, se transforma en el escenario del lazo entre una madre brutalmente sincera y su extraño hijo, ambxs recién salidos de un trasplante de riñón. A ellxs se les suma una servicial y calentona enfermera, que lxs cuida y observa durante el pozo operatorio. De inmediato la debilidad, en su diversas facetas, se vuelve el leitmotiv de la obra: debilidad física de la mamá y el chico por las cirugías recientes, pero también debilidad por la crueldad hacia el otro como forma de satisfacción personal, debilidad por no poder concretar los deseos sexuales que los consumen de tanto espiar y espiarse, y sobre todo por ese afuera tan excitante que aflora por una ventana lejana, inmensa, erigida como un santuario en el fondo del claustrofóbico ambiente. La ventana-panóptico no tarda en revelar sus secretos: se asoma sobre la estación de un tren y tiene vista exclusiva al baño de hombres, una tetera que rebalsa de chongos en constante circulación y sexo casual al aire libre, tan puro y fresco como enviciado. Curiosidad, relatos y obsesiones ingresan del exterior hacia el interior y alimentan gradualmente el voyeurismo de lxs personajes, inflando la imaginación que estalla de fantasías en un latente triángulo amoroso, sutil y profundo, que de a poco se vuelve empírico en el toqueteo de algunxs con otrxs.

Evocando ciertos aspectos de las complejas relaciones maternales que retratan películas como Tarnation, de Jonathan Caouette, o la más reciente Mommy, de Xavier Dolan, madre e hijo construyen una relación feroz, psicosexual, distante y, a su vez, inquietantemente próxima; un vínculo de perpetuo infantilismo que alimenta el deseo por el placer en el daño, en el dolor y en el regocijo de un amor que se solapa con el odio, como un aditivo similar al oxígeno que deben consumir a través de un catéter para mantenerse en pie y continuar con el juego de quererse con el asco con el que lo hacen. Ese vínculo incluye también a la enfermera, invitada a ensayar con la mamá sus ensueños lésbicos, hasta ahora herméticos, como la ventana cerrada del cuarto, pero ansiosos de liberarse tanto como los chongos de la estación. Así sucumben lxs espectadorxs, voyeurs de los voyeurs, las chicas y sus caricias ardientes con la mirada en el afuera, y ese nene ya adulto que, como un niño revoltoso, simula estar dormido para escuchar a las guardianas.

Drama sado, musical esotérico o comedia negra, a la obra de Hernán Costa se le suman también los olores humanos que, aunque tácitos e imaginarios, inundan toda la escena y se instalan debajo de las narices de lxs presentes: olor a heridas mal suturadas, a humedad femenina y a meo rancio de baño público. Mamá Maiamar ríe, llora y amamanta con brutal delicadeza a su pequeño gran monstruo sin abandonar jamás la sonrisa maternal, siniestra y sutil, haciendo de Las Guardianas, junto al resto del elenco, un combo explosivo que siembra el terreno para que la tragedia, finalmente, le gane la batalla a esa risa incómoda y constante, la de ellxs y la de todxs nosotrxs.

Jueves a las 23 en La Casona Iluminada, Av. Corrientes 1979.

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Imagen: Laura Castro
 
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