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Viernes, 20 de noviembre de 2015

MES PASOLINI/ NOVIEMBRE 1975-2015

Pasolini queer

La homosexualidad no era para él un signo de diferenciación en relación con los demás o una seña de identidad, sino el signo de una oposición radical a los otros.

 Por Daniel Link

Ser sexual y político, Pier Paolo Pasolini supo explotar la especial popularidad que proporcionan los periódicos y la televisión para expresar ante el gran público su verdad (la “sinceridad” era para Pasolini una actitud irrenunciable), que colisionaba contra las ideas corrientes (de entonces y de ahora). Mientras la cultura de la Italia del milagro toleraba a Pasolini como un «caso», un «fenómeno», un «escándalo», intentando simplificar su vocación subversiva y reducirla a una «alteridad» patológica, Pasolini más se aferraba a su deseo homosexual y su “pederastía” (Pasolini gustaba sexualmente de ragazzi menores de 20 años, y así lo declaraba). Ese deseo fue para él un elemento decisivo en su arte: un tema recurrente, a veces central (Orgía, Teorema, Petróleo). 

La homosexualidad no era para él un signo de diferenciación con relación a los demás o una seña de identidad, sino el signo de una oposición radical a los otros: «Pasolini siempre prefirió la Alteridad a la Diferencia» (Benedetti). Por eso, no se detuvo en la mera reivindicación de derechos para las personas homosexuales (consideraba inútiles o vanos esos aspectos del ser sexual y político) sino que propuso la conciencia homosexual como una forma previa al pensamiento y a la imaginación y la asimiló a su obsesión por el Tercer Mundo. 

Los 33 procesos. Entre 1949 y 1977, Pasolini fue sometido a 33 procedimientos judiciales: se lo acusó sobre todo de delitos de pornografía, obscenidad, ofensa al pudor, y ofensa a la religión del Estado. Cuando el estreno de Accatone, el cine Barberini fue asaltado al grito de “hinojo” (como se llamaba a los pederastas por entonces, recordando la práctica medieval de tirar granos de hinojo a los pies de los condenados a la hoguera, para disimular el olor a carne quemada). El colmo: en 1961, un joven ragazzo encargado de una estación de servicio en San Felice Circeo lo acusó de intento de robo (Pasolini habría tenido, en ese quimérico episodio, guantes, sombrero negro y una pistola cargada con balas de oro). Ante la imposibilidad de probar el robo, la acusación se centró en la hipótesis de una agresión sexual. La fiscalía ordenó una pericia psiquiátrica que describió al inculpado como «una anomalía sexual, un homófilo en el sentido más absoluto de la palabra [...] anomalía tan profunda que él acepta conscientemente su anomalía mostrándose incapaz de sentirla como tal. Homosexual exhibicionista y voyeur [...] un sujeto con instintos profundamente tarados y que muestra signos profundos de inseguridad». Mucho antes, el 22 de octubre de 1949, el joven Pasolini (maestro de literatura en una escuela a pocos kilómetros de Casarsa, en el Friul) fue denunciado por los carabineros locales por corrupción de menores y actos obscenos en un lugar público. Los dirigentes del Partido Comunista Italiano, del que Pasolini formaba parte, lo expulsaron de sus filas.  

El sacrificio. El verdugo de Pier Paolo Pasolini fue Pino Pelosi, un joven de diecisiete años que después de golpear salvajemente a su víctima, pasó varias veces con su coche sobre su cuerpo. Al ser detenido, Pelosi se defendió declarando que había reaccionado contra una agresión del escritor que, después de haberlo recogido cerca de la estación central de Roma, le habría exigido una retribución sexual. La tarde del 2 de noviembre la televisión italiana describió el asesinato como un crimen sórdido, típico del mundillo homosexual. Nadie se detuvo en los numerosos indicios encontrados en la escena del crimen, que permitían suponer la presencia de otras personas y quizá una verdadera emboscada (de hecho, Pino Pelosi fue condenado en 1976 por homicidio voluntario con cómplices desconocidos, que luego fueron eliminados de la causa).

La “actitud Pasolini”, que le permite ser “más moderno que todos los modernos”, tiene que ver al mismo tiempo con una sexualidad entendida como inocente (o incluso santa) y una convicción del propio lugar sacrificial en una cultura que no hace sino disimular sus fantasías de exterminio en formas culturales cada vez más asfixiantes y que Pasolini entendía como una “mutación antropológica” (hoy diríamos una “catástrofe biopolítica”) cuya dirección lo horrorizaba. En ese contexto, lo que Pasolini intenta desarrollar es el rechazo a toda posible instrumentalización de la sexualidad por parte de la cultura: sostenerla en su negatividad y en su pureza. En la “Abjuración de la trilogía de la vida”, Pasolini constató que la presentación gozosa de los cuerpos que, para él, debía constituir un gesto de ruptura, había sido asimilado por la sociedad de consumo. Y por eso que Pasolini abjuró de esas tres películas declarando que habían perdido toda fuerza crítica. 

La crisis cultural y antropológica de los años ’60, tal y como Pasolini describe al período, opuso los cuerpos inocentes con la arcaica violencia vital de sus órganos sexuales (entendidos, estos cuerpos, como el último baluarte de la realidad), a la irrealidad de la subcultura de los medios masivos de comunicación. 

La realidad, esa obsesión pasoliniana, supone una comunión, en última instancia, imposible porque, como le responde a Jean Duflot sobre Teorema, no hay evangelio de la sexualidad (pero tampoco del arte, o de la vida): 

P: Yo no propongo absolutamente ninguna solución. Para hacerlo, sería preciso que yo mismo la hubiese encontrado. No, [los míos] son films libres, en el sentido del experimentalismo al que antes nos referíamos. No proponen ni salida ni solución. Son, a la manera del movimiento poético anteriormente evocado, “poemas en forma de grito de desesperación”.

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