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Viernes, 5 de agosto de 2016

Prejuicio olímpico

Uno de los fantasmas que recorre el mundo del deporte y que se hace más evidente en el contexto olímpico es el de la competencia desleal encarnada en cuerpos masculinos que, bajo la categoría femenina, trafican una potencia que los hace siempre superiores. ¿Qué hay de fantasía y qué hay de cierto en el factor testosterona con el que se justifican humillaciones, análisis y hasta hormonizaciones obligatorias a las atletas?

 Por Dolores Curia

El Comité Olímpico Internacional (COI) en estas nuevas olimpíadas no exige como años atrás a lxs atletas trans una cirugía de cambio de sexo y dos años de tratamiento hormonal como mínimo para poder competir en la categoría femenina. Pero hay letra chica: se exige un año de hormonización y se deja a las federaciones nacionales de cada deporte seguir o no estas sugerencias del COI. Otra cuestión: “la declaración para competir dentro de uno de los dos géneros contemplados no se puede cambiar durante un mínimo de cuatro años”.

Esta noticia para Mónica Santino, ex jugadora y pionera en dirigir futbol femenino en Argentina, representa algo positivo tomándolo como de quién viene: “Las entidades deportivas siempre han estado obsesionadas con delimitar dónde termina lo femenino y dónde empieza lo masculino. El establishment deportivo, compuesto desde el principio por varones de la nobleza, ha pretendido que no existen las identidades lésbicas, intersex y trans. Cuando no les ha quedado otra que reconocerlas, las ha relegado al prejuicio y disciplinamiento. Como éstas solo son recomendaciones, hay que ver qué pasa del COI para abajo: es decir, qué actitudes tomarán las federaciones de cada deporte”.

Cuestión de peso

Joanna Harper estaba a apenas ciento cincuenta metros de la recta final en el torneo nacional conocido como Masters Championships, en California, cuando se dio cuenta de que estaba dejando atrás a Suzanne Cordes, una corredora y entrenadora muy bien ranqueada, que había sido su enemiga íntima durante años. Joanna nunca antes había logrado vencerla. ¿Qué había cambiado esta vez? ¿Cómo había logrado esa ventaja? La respuesta generalizada fue que Joanna era trans y corría con ventaja. ¿Por qué no había logrado ganarle antes, entonces? Luego se conoció una posible respuesta. Es cierto, Suzanne estaba en desventaja: estaba recuperándose de una operación de columna.

Joanna había empezado su tratamiento hormonal años atrás, en 2004, y -como las reglas de entonces lo estipulaban- había comenzado a competir en la categoría femenina dos años después. Y aunque la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo la había aceptado, sus rivales no tanto. Las más simpáticas aclaraban que estaba “todo bien, siempre y cuando no les ganara”. Esos comentarios la dejaban pensando: “¿Qué tan lenta debo ser para que se queden contentas? Podría señalar a por lo menos cinco atletas cis de mi edad que me vencieron año a año en ese mismo torneo porque tienen la ventaja de vivir en la soleada California mientras yo he entrenado bajo la lluvia invernal de Portland.” ¿Con qué varas se miden las ventajas y desventajas en el deporte? ¿A alguien se le ocurre agrupar a lxs competidorxs por variables como el origen, la vida afectiva, etc., más allá de los genitales y el nivel de testosterona? “Por supuesto que, cuando me vieron vencerla, nadie pensó en que ella venía de una operación, la mayoría pensó que gané porque soy trans -dice Joanna-. Para algunos no hay más variables que el sexo asignado en el nacimiento. No pueden superar la idea de que soy un hombre compitiendo en un deporte femenino”.

Sigan participando

En el relato de Joanna Harper resuenan muchos otros. Entre ellos, el de Renée Richards, probablemente la atleta trans más conocida de la historia. Richards demandó a la Asociación de Tenis de Estados Unidos en los 70 para jugar como mujer y finalmente se convirtió en la primera trans en participar en un torneo de la categoría del US Open. Todo empezó cuando decidió hacerse una cirugía de cambio de sexo y luego se mudó de incógnito a California, donde comenzó a jugar en torneos femeninos. Hasta que una periodista que la conocía de otros tiempos la denunció y se desató el escándalo. Quedó fuera de competencia pero, finalmente, en 1977 la Corte Suprema le dio la razón y le permitió continuar jugando dentro de la categoría femenina. Años después se convirtió en la entrenadora de Martina Navratilova. A Lana Lawless, campeona de golf en 2008, le impidieron seguir jugando, luego de que se “descubriera” que no era una mujer cis. Caster Semenya, campeona del mundo de 800 metros en Berlín en 2009, fue obligada a dar explicaciones sobre la verdad de su sexo, porque su velocidad y sus valores de testosterona la ponían bajo sospecha. Fue sometida a exámenes médicos hasta que finalmente el tribunal del género le dio permiso para seguir participando. Le dejaron conservar su medalla y el dinero del premio. Pero ninguna medida fue aplicada para compensar el escarnio mediático que vivió durante la pesquisa. En 2009 Santhi Soundarajan -corredora nacida en la India- no pasó las pruebas de feminidad por “su alto nivel de testosterona, más elevada de lo normal” y le sacaron la medalla de plata obtenida en los juegos asiáticos de Qatar. A partir de ese caso, en 2015, el Tribunal de Arbitraje del Deporte, con sede en Suiza, cuestionó la afirmación tan extendida en el mundo deportivo sobre las ventajas que suponen los altos niveles de testosterona. Y le dio a la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo dos años para proporcionar evidencia científica más convincente que vincule “los niveles de testosterona con mejorar el rendimiento deportivo.”

Certificado de feminidad

Uno de los mayores pánicos de las autoridades olímpicas, que compite codo a codo con el doping, es la “avivada genérica”: que algún varón biológico “pase por mujer” y les saque ventaja a sus competidoras. Las pruebas de “verificación de género” han sido parte del mundo atlético desde los 60, cuando se hicieron obligatorias. Al principio los testeos incluían una revisación médica y el visto bueno de una junta de expertos -endocrinólogos, ginecólogos, etc. Con el tiempo se complejizaron y se sumaron un test de cromatina sexual (para distinguir entre cromosomas XX y XY) y análisis hormonales. En la década del 2000 estos testeos dejaron de ser obligatorios para todo el mundo. Solo se realizan en caso de delación o “sospecha de sexo dudoso”. Fue en 2004 que el COI contempló expresamente la participación de atletas trans e intersex, a quienes les exigió la cirugía y hormonización. Detrás de ese pretendido gesto de justicia del COI hay otras preguntas como: ¿Hasta cuándo estará legitimado el uso de estos test de normalidad que humillan a aquellas acusadas no ser mujeres completas y que hoy serían impensables en otros ámbitos? Los hombres trans no parecen generar los mismos resquemores para las autoridades del Olimpo: solo se les pide que presenten un certificado que avale su consumo de testosterona en el marco de un tratamiento controlado por un médico.

La historia de los que ganan

¿Pueden las mujeres trans competir en igualdad de condiciones con las mujeres cis? Para Joanna Harper, que además de atleta transexual es médica deportóloga, la respuesta es: en muchos deportes sí. “El tratamiento hormonal para mujeres trans involucra estrógenos y bloqueadores de testosterona. Esto disminuye la masa muscular, la densidad ósea y la proporción de glóbulos rojos que transportan oxígeno en la sangre. El estrógeno aumenta el almacenamiento de grasa”. De esto da cuenta también Mía Doll, jugadora profesional admitida en 2012 por la Federación Argentina de Tenis en la categoría femenina después de cambiar su DNI: “Cuando empezás un tratamiento hormonal bajás tu rendimiento mucho antes de los dos años que te exigían antes. Si compito contra una alemana de mi edad, que tienen en general otra contextura física -más altura, más masa, más potencia-, te puedo asegurar que me doblega. ¿Entonces, cómo sería la cosa? ¿Habría que prohibirles participar a las alemanas? Yo, que me hormonizo desde hace años, perdí masa muscular y potencia. Pero, ojo: potencia no es igual a técnica. Podés perder potencia pero no por eso técnica, y la técnica no tiene nada que ver con tus genitales”.

En el aire queda la pregunta de qué pasa para las que no se quieran hormonizar. “Debe ser estudiado caso por caso y disciplina por disciplina -dice Harper-. Las mujeres trans velocistas pueden tener ventaja sobre otras corredoras por que tienden a tener más masa muscular, permitiendo una mayor velocidad en distancias cortas. Pero no siempre es así. Como la transición no afecta a la altura, las mujeres transexuales podrían tener ventaja en deportes como el basquet, donde la altura es importante, y desventajas en la gimnasia, donde es un impedimento”. ¿Sobre qué se sostiene tanto pánico a la competencia desleal? Según Joanna Harper: “en dos de los casos más famosos en los que se ha dado la situación, la tenista Renée Richards y la peleadora de Artes Marciales Mixtas, Fallon Fox, quedó en evidencia que no hubo ventaja competitiva. Richards fue eliminada en primera ronda del Abierto de Estados Unidos y Fox todavía no ha logrado estar entre las peleadoras de élite de la MMA (Artes Marciales Mixtas).” Y completa Mónica Santino: “Lo de la competencia desleal es una pantalla para cubrir otras cosas. En el deporte siempre se han puesto en tensión conceptos de género. Las feministas y transfeministas interesadas en este terreno tan árido hemos venido luchando para desmontar el mito de que los niveles de testosterona ‘mayores de lo normal’ implican de por sí una ventaja deportiva. Lo que debemos desmantelar es nada menos que un siglo de historia deportiva oficial.”

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