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Viernes, 11 de noviembre de 2016

Daños y prejuicios

La xenofobia viene marchando. Cuando hay crisis la culpa la tiene el extranjero. Cuando hay colonización, el loco es el otro. La mentalidad que se cree con superioridad para decidir quién recibe salud, educación o techo es una heredera directa de la que criminalizó durante siglos las sexualidades originarias aplicándoles un filtro similar a lxs migrantes de hoy: la desviación. En diálogo con SOY, Florencia Tola y Mariana Gómez, antropólogas e investigadoras del Conicet, trazan varias líneas de investigación que permiten concebir las sexualidades originarias como migrantes, mutantes, creativas y libres de fronteras estigmatizadoras.

 Por Alejandro Dramis

A pesar de que el Preámbulo y el artículo 20 de la Constitución Nacional otorga todo tipo de libertades para lxs extranjeros en el país, algunos insisten, como el senador Miguel Ángel Pichetto, en desconocer estos derechos y descargar una violencia inhumana contra las comunidades paraguaya, boliviana, colombiana y peruana locales, acusadas de “ocupar” hospitales y universidades públicas e incrementar la inseguridad y el narcotráfico. En la misma sintonía el macrismo creó recientemente la cárcel para migrantes, en cuyos muros resuena el eco de las declaraciones del presidente Mauricio Macri en 2010, que exigía desde su jefatura de gobierno un plan nacional para frenar “una inmigración descontrolada y el avance de la delincuencia y el narcotráfico”. En el informe “Argentina, país generoso” emitido hace pocas semanas, Jorge Lanata destilaba odio desde la caja boba contra lxs inmigrantes latinoamericanxs que estudian o se atienden en hospitales públicos gratuitamente -como si al residir aquí no contribuyeran al consumo interno, pagaran impuestos y aportes jubilatorios que probablemente nunca percibirán en el futuro.

No es nada nuevo. Dudas, certezas, documentos, testimonios del pasado y datos del presente contribuyen a teorías que se proponen hoy descolonizar las sexualidades originarias, silenciadas por el manto religioso de la conquista. Algunas investigaciones sostienen que anteriormente las tribus nativas reconocían entre tres y cinco géneros diferentes: mujer, hombre, hombre-mujer, mujer-hombre y transexual. “Dos Espíritus” es la denominación que en el norte de América se utiliza para referirse a personas que convivían o conviven con ambos géneros en un solo cuerpo, y las familias que descubrían que un pariente poseía estas características se sentían afortunadas por considerarlas un regalo divino, dotadas de una inteligencia y sensibilidad muy desarrolladas que implicaba una gran capacidad para el arte y la compasión, según explican las investigaciones publicadas en Indian Country Today. En la misma región lxs recién nacidxs eran vestidos con ropas neutrales y cada persona elegía su propio género durante el desarrollo de su vida, sin determinaciones impuestas ni asignaciones predeterminadas. Otras fuentes también cuentan que algunas fiestas sexuales entre los Mayas incluían sin miramientos a lo que hoy se entiende por homosexualidad, y que los Aztecas adoraban a la diosa Xochiquétzal, que con el nombre de Xochipilli en su aspecto masculino protegía a la homosexualidad y a la prostitución masculina. En Ecuador también se respetaba la bisexualidad, como en el caso de la cultura Valdivia, que dejó plasmada en sus cerámicas las relaciones entre personas del mismo sexo que concretaban sus comunidades a diario. Y aunque es cierto que no todos los grupos indígenas aceptaban libremente las prácticas homosexuales, también es cierto que los documentos que recogen esa supuesta intolerancia hacia las relaciones no heterosexuales están fechados con posterioridad a la conquista europea y, además, escritos en idioma español, lo que habilita pensar que la estigmatización proviene del dominio europeo-cristiano sobre las comunidades nativas y no de parte de ellas mismas.

El pasado pisado

Varias investigaciones confluyen hoy para descolonizar las sexualidades indígenas y redescubrir su fluidez de géneros, el aborto o el travestismo. Tras diecinueve años de visitar el interior del país, Florencia Tola, antropóloga, docente e investigadora del Conicet, considera que dar cuenta de esta búsqueda contribuye a reconocer otras maneras de pensar las relaciones y los afectos, a propiciar otros modos de actuar en el mundo. Mariana Gómez, antropóloga, docente e investigadora del Conicet, acaba de publicar el libro Guerreras y tímidas doncellas del Pilcomayo (Editorial Biblos), un detallado estudio sobre las mujeres tobas del oeste de Formosa, en donde devela los cambios en la construcción cultural del género femenino causados por el proceso de conversión sociorreligiosa a cargo de misioneros anglicanos desde la década del treinta. En diálogo con SOY, las especialistas analizan usos y tradiciones en suelo latinoamericano y evalúan condiciones a tener en cuenta para destapar la olla de este encubrimiento histórico, que continúa justificando la violencia segregacionista.

¿Cuánto se conoce de las sexualidades no heterosexuales anteriores a la conquista?

Florencia Tola: Según se lee en algunas fuentes de Paraguay o del Chaco brasileño, antiguamente entre los antepasados de los Caduveo existían personas que se llamaban Cudinas, que hoy en día podríamos decir que eran travestis u homosexuales, como han sido llamadas por los antropólogos del siglo XX. Las fuentes dicen que se vestían de mujeres, que realizaban las tareas de trabajo femeninas, hacían pis sentadas y también simulaban la menstruación.

Mariana Gómez: En torno a las sexualidades indígenas en la zona del Chaco, los primeros antropólogos que llegaron a esa zona en la década del treinta, como el suizo Alfred Métraux, hablaban de mucha libertad sexual, sobre todo entre las mujeres. Métraux hizo trabajo de campo con tobas del oeste y menciona un término para referirse a los homosexuales: Yauat, para hablar de un hombre afeminado o “mujerizado”.

¿Y qué experiencias encontraste en tus viajes?

M. G.: Registros sobre la homosexualidad yo no encontré. No creo que los misioneros se animaran a dar cuenta de ese tema o que hayan indagado demasiado. Sí encontré hombres que eran afeminados, que tienen sexo anal y que no eran para nada discriminados. Una vez llegué a una casa y había un hombre tejiendo, con pantalón y pollera. Todos sus movimientos eran muy femeninos, siempre estaba rodeado de mujeres, y me dijeron que era un Yauat.

¿Esas costumbres constituían una identidad independiente de la masculina y la femenina?

F. T.: Las Cudinas y otros datos que uno observa te permiten hablar como de un gradiente entre dos polos, en donde no se es ni plenamente hombre ni plenamente mujer cuando se nace, sino que el género es un proceso permanente de transformación, de hacerse. Entonces uno no necesariamente nace con un género ni con sus atributos, sino que es algo que se tiene que ir modelando permanentemente a través del cuerpo. Y en ese hacerse intervienen humanos, y también entidades no humanas.

M. G.: No te podría decir que esas costumbres constituyen una identidad. No hay muchas investigaciones sobre géneros y sexualidades indígenas aún. En el caso de los mapuches es diferente, ellos tenían la figura del Machi, y las o los machis podían ser hombres o mujeres. Pasaban por procesos de transición, se travestían y los espíritus que ingresaban o encarnaban en la persona podían ser tanto de hombres como de mujeres.

Aficción a la fusión

El universo precolombino está poblado de entidades de diversas características, en donde las fronteras entre los cuerpos-personas no son absolutamente delineadas como lo suelen ser para la mentalidad occidental, blanca y católica de origen europeo, que concibe a cada cuerpo como la sede de una individualidad cerrada. Muchas sociedades chaqueñas consideran que el cuerpo es poroso, permitiendo la entrada y la salida de otros seres, habilitando la susceptibilidad de ser habitado por otras entidades y permitir que el cuerpo experimente un momento de fusión de elementos, de mezcla, que en otro momento se pueden separar.

¿Entidades no humanas de qué tipo?

F. T.: Por ejemplo, la apariencia corporal de un bebé puede tener que ver con la intervención o la fusión o mezcla con el espíritu de un jaguar, de un jacaré, de un muerto, de un ñandú. Para los tobas la apariencia es algo que incluso puede ser modificada por intenciones de otros. No hay que pensar en términos de exterior-interior, el cuerpo como el límite de la persona, sino pensarlo más como cosas fluidas que circulan entre unos y otros, que se transforman y dan lugar a la apariencia, a la sexualidad, al género, al comportamiento de la persona.

M. G.: Había un estado corporal abierto a la recepción de espíritus masculinos o femeninos, y en ese tránsito algunas personas se podían travestir. Tengo entendido que ocurría en ciertas ceremonias.

¿Travestirse era reconocido como un tercer género?

M. G.: Las Muxe en Méjico eran un tercer género instituido socialmente. En las familias que tenían siete hijos, si el séptimo hijo nacía varón lo feminizaban desde chiquito y lo preparaban para que se quedara a cuidar a los padres cuando fueran ancianos. Eso implicaba toda una travestización desde pequeñas. Eso era algo prehispánico, y eran completamente aceptadas.

F. T.: Las Cudinas, del norte argentino, tenían esposos de los cuales eran muy celosas y los abrazaban permanentemente, cosa no muy común en esas comunidades, que no son muy corporales para expresar sus emociones. Hace poco, una persona toba me confirmó algo que ya contaban las crónicas de la conquista del Chaco y que se refiere a la existencia y vida cotidiana de las cudinas. En la casa de su abuelo vivía una persona que se vestía de mujer, hacía las tareas femeninas, además iba a buscar sangre de una presa para poder simular su menstruación.

¿Y había exclusión, segregación o algún maltrato hacia las Muxe o hacia las Cudinas?

M. G.: Hoy las Muxe tienen sus organizaciones, y algunas comenzaron a transexualizarse. Anteriormente no existía la necesidad de estar marcando a estas personas o planteando conceptos como “identidad de género”, porque no representaban ningún tipo de amenaza. Los esquemas cristianos de los misioneros que estaban llevando a cabo una política de conversión religiosa eran binarios.

F. T.: Hoy los tobas son prácticamente todos evangélicos y sabemos que la mirada que tienen sobre la sexualidad está muy ligada a la reproducción, a los géneros masculino y femenino y hoy, cuando se habla de estos temas, muchos te dicen que eso es contrario a lo que dice la Biblia. Según lo que se lee en las fuentes, antiguamente esto no era motivo ni de burla, ni de shock ni de sorpresa. Es más, se insertaba en todo un modo de entender el género y la sexualidad desde la perspectiva indígena que es muy diferente de como lo podemos pensar nosotros, como casilleros estancos o como dos polos opuestos: masculino y femenino.

Mi cuerpo y yo

Trabajos de campo en Chaco y Formosa y estudios sobre la ontología toba, la historicidad y el territorio la condujeron a Florencia a publicar Yo no estoy solo en mi cuerpo (Editorial Biblos, 2012), un tratado sobre las complejas y múltiples relaciones que componen los cuerpos y las personas en esas sociedades. En sus estudios afirma que todos los seres humanos estamos atravesados por una ontología, por una teoría de lo que es el mundo, de lo que existe y de las relaciones entre los seres que habitan ese mundo. Reconociendo que nosotros tenemos una ontología y que los otros tienen una ontología podemos darnos cuenta de que, al dirigirnos a observar la otredad, lo hacemos a partir de un filtro ontológico determinado. El filtro ontológico occidental, naturalista, parte de la concepción de que existe una oposición entre naturaleza y cultura: esa “gran división Naturaleza/Cultura”, como se la llamó, es la madre gestora de una infinidad de oposiciones binarias que se suelen aplicar, erróneamente, de forma indiscriminada y sin cuestionamientos.

¿Cómo se abordan estos temas sin imponer concepciones occidentales que no pertenece a esos modos de concebir la sexualidad?

M. G.: Mi planteo es que existía antiguamente y en el presente un contexto para una sexualidad no conyugal y una conyugal. En la no conyugal, los estados de deseo sexual eran experimentados por la posesión. Parte de esta cosmología híbrida entre el mundo indígena y el cristianismo, de la conexión entre humanos e inhumanos, el vínculo que tienen los pueblos indígenas con entidades no humanas, espirituales. El estado de enamoramiento, pasión sexual y amorosa era vivido como un estado de posesión, de pérdida de dominio de tu propio deseo. Es una manera de conceptualizar esta pérdida de control que le pasaba a los tobas.

F. T.: Sexualidad, afectividad, parentesco, ontología, cosmología forman un conjunto del cual es parte la sexualidad como una forma de transformación del cuerpo para hacer una persona. Así como, con el ejemplo de las Cudinas, no habría dos polos masculino y femenino estancos y ya formados por el sexo con el que naciste, pasa lo mismo con los fluidos corporales: no son ni masculinos ni femeninos per se.

¿Fluidos andróginos?

F. T.: Por ejemplo, en esas comunidades la palabra que sirve para designar el esperma es masculina y femenina. La sangre de la mujer ayuda a la transformación y a crear del cuerpo del bebé. Si observás los fluidos y analizás el funcionamiento de los fluidos cuando dos cuerpos se conectan con la sexualidad, te das cuenta del carácter andrógino que tienen: no son masculinos o femeninos ante dos cuerpos cerrados en sí mismos.

Las relaciones entre hombres, el travestismo y la transexualidad aparecen con frecuencia en estas investigaciones y relatos. ¿Qué pasaba con las relaciones amorosas y sexuales entre mujeres?

M. G.: Yo pregunté y siempre me dijeron que no había. Vi varias situaciones de mucho contacto corporal entre mujeres, chicas jóvenes que se abrazan mucho, que caminan de la mano o duermen juntas. De ahí a que eso se transforme en un vínculo sexual no lo sé. Es cierto que los tobas no tienen un término para referirse a la relación entre dos mujeres, como sí lo tienen para los hombres.

F. T.: No lo podría asegurar, no lo observé ni escuché comentarios de los tobas, ni en contra ni a favor. Entre ellos, lo que yo observo es un respeto muy grande a la propia autonomía y libertad de decisión. En general hay un respeto de la voluntad del otro desde que son chiquitos. Y en el caso de personas que optan por otra sexualidad me parece que concuerda con ese espíritu de no imponerle al otro la voluntad de uno, no ser coercitivo. Como mucho, aconsejar, sin imposiciones ni proselitismo.

¿Y en ese contexto de autonomía personal el aborto era una práctica corriente?

M. G.: Las mujeres tobas practicaban el aborto, usaban plantas contraceptivas. Las más grandes cuentan que era una práctica común: hacían un brebaje con plantas del monte, palo santo y cáscara de quebracho. También había mujeres que sabían dar unos golpes que lo provocaban. La gente cambiaba de pareja, tenía hijos con diferentes hombres. Hoy en día tiene toda una carga moral extra. Si las mujeres antiguamente estaban embarazadas y eran abandonadas, podían hacer eso.

F. T.: Algunas de las crónicas cuentan que lo hacían las jóvenes tobas solteras, las que tendrían amantes premaritales. Cuando esas jovencitas quedaban embarazadas de sus amantes y estos hombres no reconocían sus bebés porque estaban casados, no había problema con el aborto. No estaba mal visto. Era una común en estos pueblos antes de la inserción plena en el Estado Nación.

Retrato de una pareja de Navajos Dos Espíritus

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