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Viernes, 21 de agosto de 2009

A LA VISTA

Mi cuerpo es todo lo que tengo

Hace diez días las personas trans y gays aisladas en un mismo pabellón del penal federal de Marcos Paz iniciaron una huelga de hambre denunciando la discriminación constante en su acceso a lo que en la cárcel se llama “beneficios”, pero que no es otra cosa que derechos: a trabajar, a circular fuera de la celda, a comunicarse con otros y otras.

 Por M. D.

Para la representante del Obispado de San Isidro, Marta Curty, este es el “pabellón de los delitos morales”. Para quienes se alojan allí, es el pabellón de las maricas. Porque esa es la palabra que se elige cuando no hay que estar explicando por qué hay quien se llama Emilce o Shajaira y quien se llama Pedro o Carlos. Quien se reconoce como travesti y quien, como loca, lisa y llanamente. Están presos y están presas. Esa constatación cotidiana que nunca termina de domesticarse —se sueña con el afuera, se despierta con el ruido de la reja, otra vez, y otra más—, a veces puede engañarse con las tretas de siempre: un taller, un trabajo que da la ilusión de un peculio para el futuro —la hora de trabajo dentro de los penales se paga menos de 3 pesos y el 25 por ciento se lo queda el Servicio Penitenciario por los daños que el interno o la interna pudieran causar en su estadía—, el aprendizaje de un oficio, la tarea de convertir la comida que se recibe en platos digeribles gracias a algún arte cotidiano. Nada de eso es posible desde hace cuatro meses en el módulo 1, pabellón 4, del complejo penitenciario federal de Marcos Paz. El nombre técnico del pabellón de las maricas. El nombre que se usa a diario para hablar del lugar donde se mantiene encerradas durante 18 horas diarias, en celdas individuales de 2x3, a las personas gays y trans que están institucionalizadas. Presas. Pero el encierro sobre el encierro, el castigo sobre el castigo no podía durar para siempre y un día, hace ocho días, se dijo basta. Aunque sea el propio cuerpo la única herramienta con la que se cuenta para ejercer presión, aunque sea la propia salud la que se debilite con tal de llamar la atención sobre una situación silenciada tras los muros de un penal de alta seguridad. Hace diez días que las y los internos del pabellón 4, módulo 1, están en huelga de hambre. Entre esta población vulnerable hay al menos tres personas que viven con vih sida y que también se sumaron a esta protesta. Su situación es todavía más delicada: no sólo necesitan la comida como cualquiera, también es fundamental para soportar la medicación diaria.

La emergencia comenzó hace casi cuatro meses, cuando se decidió incluir en este pabellón a hombres condenados por delitos relacionados a la integridad sexual. En el imaginario de las autoridades del penal era una manera de protegerlos de las represalias de otros presos que suelen pagar con la misma moneda el delito cometido en la calle. En su corto imaginario, el director del módulo 1, Ariel Escobar, no pudo pensar en los problemas de convivencia que podrían surgir en este pabellón. No podía pensar que, como sucedió, quien viola afuera, como si su prerrogativa de macho tuviera derecho sobre el cuerpo de las mujeres y aun sobre la ley, iba a pretender seguir ejerciendo esa misma violencia con quienes se desmarcan de los mandatos de género. ¿La solución? Estos nuevos presos-machos circulan libremente, van a los talleres de oficios que organiza el Obispado de San Isidro, tienen recreo y visitas. Las personas trans y gays detenidas, en cambio, pagan con encierro constante su “desviación”. “Las autoridades se niegan a un régimen común abierto de convivencia por discriminación y homofobia. Así, quedamos doblemente presas y privadas del acceso a las actividades laborales de los talleres —mencionan en una carta que lograron sacar del penal y hacer llegar a Alba Rueda, operadora del teléfono de denuncias del Inadi—. Queremos vivir de manera justa y humana como el resto de internos de este penal.” ¿La respuesta a la huelga de hambre iniciada hace 10 días? Para Marta Curty, delegada del Obispado, no existe. Así se lo dijo a un periodista de este diario, Emilio Ruchansky. El Servicio Penitenciario, por su parte, organizó mejor la represalia: ahora la luz se corta antes y para acceder a las duchas y cocinas el horario es limitado a dos horas en las que es imposible que todos y todas las afectadas puedan usar el agua caliente.

La situación es crítica: por la discriminación estructural que impide visitas íntimas a parejas del mismo sexo, porque exige que las visitas sean de familiares cuando es de público conocimiento que la mayoría de las travestis han roto sus lazos familiares al hacer visible su identidad de género. Porque parte del castigo invisible, ese que no contempla la pena por el delito pero que se ejerce de todos modos, limita la comunicación, el contacto con otros y otras, la correspondencia y hasta la posibilidad de recibir ayuda de afuera. Por eso las personas trans y gays de Marcos Paz están en huelga de hambre, porque todo lo que les queda es el cuerpo y saben bien ponerlo en juego.

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