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Viernes, 5 de diciembre de 2008

OUT

Papá paga el psicólogo

 Por Christopher Ciccone

En la víspera de la Navidad de 1987, mi padre decidió afrontar el problema. Me pide que vaya con él al garaje para cambiarle el aceite a su viejo Ford. Estamos los dos solos. Mientras me dispongo a destapar el tanque, mi padre, que estaba callado hasta el momento, me pregunta:

—¿Sos homosexual?

Se me cae la pinza al suelo y me doy la frente contra el capot.

—¿Qué?

Un silencio larguísimo.

—No tenés novia. Nunca hablás de mujeres. Quiero saber si sos gay.

Rápidamente reflexioné: tengo 27 años, vivo una relación estable con un hombre. ¿Por qué ocultar la verdad?

—Sí, soy gay.

Esperé que mi padre, católico ultraconservador, estallara en furia. Pero él dijo:

—Hace rato que tendría que haberme dado cuenta, pero recién hace muy poco se me pasó por la cabeza.

Estaba totalmente sorprendido por esta reacción tan buena y me sentí muy desconcertado. Tenía la suerte de no tener que ocultar más mi sexualidad. Luego seguimos con nuestra tarea mientras yo pensaba que ya podríamos vivir sin nubes ahora que él sabía todo. Volví a Nueva York. Pasó un mes. Llegó una carta de mi padre. “Christopher: he reflexionado mucho luego de nuestra conversación. No creo que estés bien. No estás sano. Creo que deberías consultar con un psiquiatra que te podría ayudar a resolver este problema. Y yo con todo gusto pagaré tus honorarios.”

No nos vimos durante un año después del cual, sin gran alharaca y para mi sorpresa, me llamó por teléfono y me dijo: “No quiero que esto sea una causa de ruptura. Quiero que seas parte de nuestra vida. Puedo aceptarte como sos y te amo”.

Me emocionaron mucho las palabras de mi padre y le respondí que yo también lo amaba, y él me invito para el fin de semana siguiente a su casa, con Danny. Llegamos y al tiempo me di cuenta de que éramos los dos únicos invitados. Durante toda la visita mi padre contó chistes, y se comportó exactamente como cuando mis hermanas llevaban un novio. Pero para demostrar su amor fue más lejos, ya que si yo hubiera venido con una novia no nos habría permitido dormir en la misma habitación. A Madonna no la dejó dormir con Carlos León porque no estaban casados. Sin embargo, mi padre ordenó preparar una habitación matrimonial para Danny y para mí. Como un chico, sabiendo que las paredes eran como de papel, le propuse a Danny que hiciéramos el amor. No pudimos porque nos reíamos todo el tiempo, pero brincamos un rato en la cama como para incomodar a mis padres. En fin, más allá de esta expresión de inmadurez, el fin de semana fue maravilloso.

Un tiempo después, mi hermana Melanie nos invitó a Danny y a mí a su casamiento. Unos días antes, mi padre me llamó y me preguntó si iría con Danny. Le dije que sí, y entonces él me pidió si podía ir solo porque el resto de la familia no sabía nada de lo mío. ¿Saben qué le contesté? “Voy con Danny porque Melanie nos invitó.”

Entendí entonces que a mi padre le iba a costar bastante entender por completo mi sexualidad. En la fiesta presenté a Danny como un amigo y mi padre nos evitó toda la noche.

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