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Domingo, 20 de mayo de 2007

SALTA > EXCURSIONES Y AVENTURAS

Por cerros, ríos y cielos

Con la llegada del frío, las provincias del noroeste se afirman como uno de los destinos preferidos del invierno. Y para ir pensando en las vacaciones de julio, Turismo/12 presenta un informe con algunas alternativas de turismo aventura en Salta: rafting en el río Juramento, tirolesa en el cerro Peñas Blancas, 4x4 en la Cordillera y la Puna, parapente en el cerro Aladelta y trekking en la quebrada de San Lorenzo.

 Por Julián Varsavsky

El Tren de las Nubes, las peñas folklóricas, las empanadas y los pueblitos perdidos en los Valles Calchaquíes, son el atractivo tradicional de Salta, una provincia cuya esencia es justamente lo tradicional. Lo alternativo, en cambio, es tirarse de un puente sobre un río con los pies atados a una soga elástica, cruzar un cañón colgado de una tirolesa, o “trepar” la cordillera hasta la Puna en una camioneta 4x4. Pero esto no es mejor ni peor que lo tradicional, sino simplemente una manera distinta de vivir la experiencia de un viaje que combina naturaleza y aventura.

En los últimos años Salta se ha convertido –aunque suene paradójico–, en el destino clásico del turismo alternativo en el NOA. A continuación, un informe sobre algunas excursiones de este tipo en la provincia.

EN 4X4 Para muchos la mejor forma de conocer paisajes es en camionetas 4x4, que permiten recorrer gran variedad de panoramas en muy poco tiempo. Desde Salta, las excursiones de este tipo suelen llegar a provincias vecinas como Catamarca y Jujuy. Una de las preferidas por los turistas es la travesía de seis días por la Puna y los Valles Calchaquíes que parte de la ciudad de Salta por la Ruta Nacional 68 rumbo a Cafayate. Luego de visitar el mercado artesanal y el Museo Antropológico de esta ciudad, el viaje continúa por la legendaria Ruta 40 para cruzar a tierras tucumanas y llegar a los restos arqueológicos de la ciudad de los indios Quilmes. En el pueblo de Amaicha del Valle se puede hacer noche y partir al día siguiente rumbo a la Puna, retomando la Ruta 40 hacia el sur para llegar a Catamarca. A los costados de la ruta se extienden amplios viñedos y más adelante se empalma con la Ruta Provincial 43 para comenzar a subir por la cordillera Oriental. El paisaje va ganando en aridez, y al subir la cuesta de Randolfo la vegetación se reduce a los pastos ralos de las tolas y los coirones. Ya a las puertas de la Puna las subidas se atenuan y los terrenos se hacen planos, mientras la camioneta se interna en las soledades del altiplano.

Tras la ventanilla de la camioneta desfilan los pueblos de Laguna Blanca y El Peñón, los únicos asentamientos humanos hasta Antofagasta de la Sierra, a 3500 metros sobre el nivel del mar. Este pueblo está a 500 kilómetros de la capital catamarqueña, pero a simple vista parece uno de los lugares más solitarios del planeta (y de hecho lo es). Su entrada está custodiada por dos de los 220 volcanes que hay en la zona. Al pueblo en sí se va a dormir.

Al quinto día de viaje se abandona Antofagasta para reingresar a Salta por una zona de salares. Así se atraviesa el poblado de Antofalla –40 habitantes– y el salar de Arizaro, que mide 1500 kilómetros cuadrados. El destino final de este tramo es el pequeño poblado de Tolar Grande (unos 150 habitantes), donde cada 31 de agosto se celebra la fiesta de cierre del mes de la Pachamama. En este pueblo se pasa la noche en el refugio Franco Argentino, un albergue construido por la embajada de Francia, que tiene dos dormitorios con 20 camas cada uno, separados por sexo y calefaccionados con salamandras.

Desde Tolar se toma la Ruta Provincial 27 hasta empalmar con la 51, atravesando un espectacular paisaje de rocas sedimentarias coloradas llamado el Valle de los Sueños. Y luego de dos horas se llega al famoso viaducto de La Polvorilla, esa fantástica obra de ingeniería por donde el Tren de las Nubes atraviesa un gran cañadón. Unos 22 kilómetros más adelante está el poblado de San Antonio de los Cobres, con su economía basada en el tejido del famoso barracán, una tela de lana de llama u oveja. En este pueblo reseco y polvoriento se almuerza para luego retomar la Ruta 40 hacia el Abra del Acay, un paso de tierra que llega al punto más alto de la Puna donde se puede transitar en vehículo, a 4895 metros sobre el nivel del mar. A partir de allí comienza el descenso para ir dejando atrás la Puna y entrar de nuevo a los Valles Calchaquíes.

Un último trecho conduce hasta al pueblo de Cachi donde se visitan el museo arqueológico y la iglesia, para emprender el regreso a Salta Capital atravesando el Parque Nacional Los Cardones y la cuesta del Obispo.

A LAS NUBES Además del Tren de la Nubes –que por el momento no está en funcionamiento–, existe la posibilidad de recorrer la Puna salteña en un camión remodelado para brindar a los turistas una óptima visibilidad de los paisajes. En el itinerario de esta excursión llamada Safari a las Nubes se pasa por pueblitos extraviados en medio de la nada, sumidos en el absoluto silencio, con unas pocas casas de adobe con techo de paja. Unos llamativos corrales con paredes de piedra sobre piedra (pircas al estilo incaico) forman cuadrículas en medio de la inmensidad arenosa, donde cada tanto aparece algún pastor de poncho rojo y sombrero ovejón, arreando un tropel de chivos. A la vera del camino se ven algunos cementerios cercados por un murito de adobe, tras el cual sobresalen unas pocas cruces decoradas con flores que le dan al paisaje una dolorosa belleza.

Atrás van quedando San Antonio de los Cobres y el viaducto La Polvorilla. Al avanzar por la Ruta 40, aparece en la lejanía un resplandor blanco que irradia una extraña luminosidad. Más de cerca se vislumbra una planicie desértica totalmente blanca que se pierde en el infinito: las Salinas Grandes. Allí no hay un solo arbusto, ni una rama seca. Tampoco hay tierra, ni ninguna otra cosa; solamente sal. La lisura del suelo es casi perfecta, salvo por los resquebrajamientos en forma de pentágono de un metro por lado que se reproducen con la exactitud matemática de una telaraña.

TREKKING EN LA MONTAÑA Una de las más sencillas alternativas de trekkings está en la zona de San Lorenzo, una villa veraniega a 12 minutos del centro de la ciudad. Es una excursión en el día que comienza junto al río San Lorenzo. Después de dos horas y media de caminata se llega al abra Las Tres Cruces, desde donde se tiene una vista increíble de la quebrada de la Mujer Muerta, con la precordillera de los Andes al fondo. Durante este trekking, que dura tres horas y se caminan 15 kilómetros en total, a todos les llama la atención los cambios de la vegetación en tan poco tiempo, que van desde la frondosa selva de montaña en la parte baja hasta los áridos pastizales de altura.

Una opción más esforzada es el ascenso al volcán Tugzle, a 5500 metros sobre el nivel del mar. Se parte temprano desde la ciudad de Salta para llegar en vehículo al pueblito de San Antonio de los Cobres, en plena Puna salteña. Por la tarde se recorre el pueblo a pie para aclimatarse a la altura –3700 metros–, y a la mañana siguiente se hace una caminata hasta el cerro Terciopelo. De regreso al pueblo en la tarde se parte en vehículo hasta el campamento base del volcán Tugzle, para pasar la noche en carpa. Al tercer día se realiza la caminata final para llegar al mediodía a la cumbre, con una simple caminata que de todas formas es cansadora por la altura. Un portentoso atardecer es el marco del descenso por la ladera del volcán, y se pasa la noche otra vez en el campamento o en San Antonio de los Cobres, según la hora de regreso.

PARAPENTES A pesar de lo que parezca, volar en parapente está entre las actividades más relajadas de turismo aventura e incluso es de las más sencillas. El turista no tiene que hacer absolutamente nada, salvo sentarse sobre el arnés y mirar el paisaje. Por supuesto que no es tan simple como una vuelta en calesita –el despegue implica el esfuerzo de arrastrar la vela contra el viento–, pero en un parapente biplaza el control de todo está en manos exclusivas del piloto. En las afueras de Salta el lugar ideal para esta actividad es la zona del cerro Aladelta, donde se hacen vuelos de bautismo y se ofrecen cursos de iniciación.

POR LOS RAPIDOS Unos 100 kilómetros al sudeste de la ciudad de Salta, pasando por el dique Cabra Corral en la Ruta Provincial 47, se realizan todo el año vertiginosas bajadas de rafting por el río Juramento, atravesando una docena de rápidos de niveles II y III (dificultad intermedia y baja). Chaleco salvavidas, casco y ropa impermeable conforman el uniforme para esta actividad. Y previa charla explicativa sobre la coordinación de los remos, la balsa sale al río, primero muy despacio y después “desbocada” a toda velocidad. El paseo dura dos horas y media en las que se recorren 12 kilómetros por un estrecho cañón de paredes de piedra. Estas paredes rocosas se formaron en la era Mesozoica del período Cretácico –hace 65 millones de años–, y ofrecen un increíble agregado a la aventura: en las paredes hay huellas petrificadas de dinosaurios de un metro de largo.

El cañón del río Juramento también se puede cruzar con la técnica de tirolesa con un arnés que cuelga de una cuerda de acero tendida sobre el abismo de lado a lado. En el cerro Peñas Blancas está el primer cable –el más corto, de 190 metros–, que sirve para probar la técnica y ganar confianza. El segundo ya cruza el cañón en toda su longitud –349 metros–, a una altura de 140 metros sobre el río. En total hay nueve tramos que llegan a una altura máxima de 500 metros y a una velocidad de 35 kilómetros por hora. En cada plataforma, mientras se toma un poco de aliento, se pueden ver ejemplares de la avifauna local: algún cóndor en lo alto, garzas blancas picoteando en la orilla del río, águilas, biguás y loros barranqueros.

Salto al vacío

En Salta son los saltos al vacío con las modalidades llamadas puenting y bungy jumping. La primera consiste en tirarse desde lo alto de un puente atado con una soga y un arnés desde 45 metros de altura sobre el dique Cabra Corral, y hacer un movimiento pendular a toda velocidad que roza el agua. Cuando el movimiento se detiene bajan a la persona y la suben a un bote –sin mojarse–, que la lleva hasta la orilla. El bungy jumping, por el contrario, consiste en lanzarse directamente en picada, de cabeza, con una cuerda elastizada muy bien sujeta a los tobillos, que se tensa al máximo varias veces mientras la persona toca el agua con las manos en cada estirón. Literalmente, no apto para cardíacos. Más información en www.extremegamesalta.com.ar

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Un alto en la excursión para admirar el maravilloso paisaje de los cerros salteños.
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