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Domingo, 15 de julio de 2007

ITALIA > EN LA REGIóN DEL VéNETO

Una tarde en Verona

Inmortalizada en el célebre drama de Shakespeare, Verona sigue siendo un imán para aquellas mentes románticas que saben apreciar lo exquisito. Distinguida y encantadora a la vez, la ciudad es un delicado mosaico de arte e historia con infinitos detalles para descubrir.

 Por Mariana Lafont

A orillas del serpenteante río Adige, se encuentra una de esas pequeñas y hermosas ciudades italianas, inolvidables en la mente del viajero. Desde que se pone un pie en Verona se respira un aire diferente y relajado, y su belleza –que ni siquiera opacan los días grises– provoca un suave cosquilleo. Mágicamente, Verona tiene brillo propio.

La mítica ciudad –famosa por la célebre tragedia de William Shakespeare– está ubicada en la región del Véneto y es uno de los sitios más atractivos del norte de Italia porque, además de ser preciosa, se encuentra próxima a solemnes lugares como Venecia, Milán y el lago de Garda. Además, desde que los jóvenes amantes fueron inmortalizados, Verona parece haber quedado envuelta en un halo de eterno romanticismo.

Verona, el río Adge y los puentes. Una pequeña ciudad para recorrerla sin prisa.

Mire por donde mire, vaya donde vaya, todo parece perfecto y pulcramente hecho. Cada paso es una satisfacción porque en el camino siempre hay algo que llama la atención: una estatua, un edificio, una ventana o, simplemente, una vidriera exquisitamente armada. Todo resulta un deleite para la vista, y más aun contemplar a los veroneses pasear tranquilamente por sus callejuelas, con un lindo ritmo en los pies y con un porte distinguido y sencillo a la vez. Sin dudas, Verona parece vivir en su propio mundo.

HISTORIA DE UNA CIUDAD Como suele ocurrir en el Viejo Continente, los grandes avatares de la historia han ido marcando y moldeando sus ciudades. Verona no es una excepción y cada época ha dejado en ella una huella indeleble.

Sus orígenes se remontan a los antiguos pueblos indoeuropeos hasta que, en el año 216 a. C., tuvo lugar el primer contacto significativo con el mundo romano, convirtiéndose en un municipio del imperio en el I siglo a. C. De esa época proviene el apodo de “pequeña Roma” dado por la belleza de sus monumentos y por su importancia política en el norte de la región.

La Arena de Verona. El famoso anfiteatro romano donde se montan grandes óperas.

Luego llegarían los ostrogodos –pueblo de origen germánico– y finalmente los longobardos, pueblo belicoso que habitó la zona de la Lombardía, entre los Alpes y el valle del Po. Bajo el reinado de Alboino –alrededor de 568–, Verona fue ungida primera capital del reino longobardo en Italia hasta que Desiderio, el último rey, fue derrotado por Carlomagno en el año 774. Y tal era la fascinación por la pequeña localidad que el hijo del gran emperador la escogió para establecer su residencia.

Siendo un municipio libre durante la tardía Edad Media, Verona alcanzó su máximo esplendor de la mano de los Scaligeri. Durante el señorío de esta familia la ciudad se embelleció y transformó completamente. En esa época, también se generó un importante movimiento artístico y cultural que atrajo a numerosos artistas y poetas, entre ellos, Dante Alighieri, Petrarca y Giotto. La aristócrata familia Scaligeri levantó en el siglo XIV su imponente castillo-fortaleza, con un magnífico fuerte y pasarela sobre el ondulante Adige. El Castello es, en la actualidad, el Museo Civico d’Arte en el que se exhiben pinturas y esculturas de Pisanello, Stefano da Verona, Giordano, Tiziano y Tintoretto. Y es justamente en ese tiempo cuando florece la historia de Romeo y Julieta. Si bien Shakespeare fue el responsable de eternizarla, el relato original fue escrito por Luigi da Porto, de Vicenza, en el año 1520, con el nombre de Historia novellamente ritrovata di due nobili amanti. Luego, otro escritor, Matteo Bandello, la adaptó y bautizó Romeo e Giulietta. En esta versión se basó Shakespeare para idear su famosa obra, que se representó por primera vez el 29 de enero de 1595.

Durante el Renacimiento, la ciudad pasó a formar parte de la República de Venecia, compartiendo su esplendor tanto en el arte como en la vida social. Las grandes familias de la nobleza y de la nueva burguesía mercantil la enriquecieron con jardines, edificios, villas e iglesias, promoviendo así el desarrollo económico, social y artístico. Con la caída de la república y la llegada de Napoleón, Verona y sus alrededores se convirtieron en punto estratégico del panorama internacional y en escenario de numerosas batallas. Luego vendría el imperio austríaco hasta que finalmente, en 1866, se convirtió en una ciudad italiana.

EN LA ARENA La Arena de Verona es un anfiteatro romano célebre en la actualidad por las grandes producciones de ópera que se realizan cada verano. Sin embargo, también es reconocido por ser una de las estructuras de su estilo mejor conservadas –desde el año 30 a. C.– y por ser el tercer anfiteatro romano más grande en el mundo. Según los historiadores, los juegos que allí se realizaban eran tan suntuosos y famosos que los espectadores recorrían grandes distancias para poder presenciarlos.

Una vista de la ciudad desde lo alto de la Arena.

La fachada original era de piedra caliza, blanca y rosa pero luego de un terremoto acaecido en el año 1117 –que casi destruye el anillo externo– la Arena pasó a ser una cantera. Afortunadamente, durante el Renacimiento se iniciaron trabajos de restauración para recuperarla como teatro. Más tarde, en 1913, y debido a su excelente acústica, fue el escenario elegido para la ópera.

Además de la Arena, existen otras dos construcciones romanas: la de mayor antigüedad es el Puente Pietra, cuyos arcos unen las dos orillas del río. Este puente, que marca el nacimiento de la ciudad, fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial. Una vez finalizada la contienda, se lo reconstruyó con parte de los restos encontrados en el lecho del río. Semejante tarea llevó nada menos que veinte años.

La otra construcción es el antiguo foro romano que, durante el Medioevo, se transformó en la plaza del mercado y con el Renacimiento fue adornada con hermosos frescos y una alta torre de reloj. Hoy en día este espacio es la animada Piazza Erbe (Plaza de las Hierbas). Es el centro de la vida de la ciudad: allí se mezclan los puestos de frutas, souveniers y demás objetos con gran cantidad de mesas de cafés donde tanto veroneses como visitantes simplemente gozan un buen momento.

TODO POR UN BALCON “[...] En la hermosa Verona, donde colocamos nuestra escena, dos familias de igual nobleza, arrastradas por antiguos odios, se entregan a nuevas turbulencias, en que la sangre patricia mancha las patricias manos. De la raza fatal de estos dos enemigos vino al mundo, con hado funesto, una pareja amante, cuya infeliz, lastimosa ruina llevara también a la tumba las disensiones de sus parientes [...].”

El pasaje que desemboca en el patio del balcón de Julieta está tapizado con mensajes de amor.

¿Quién no se ha identificado con los personajes de la inolvidable Romeo y Julieta? ¿Cómo no sufrir por la suerte de los enamorados y anhelar un final feliz en el que triunfe el amor? Y luego de tanta pasión y sentimiento vivido en la obra, ¿cómo no visitar el mítico balcón de Julieta?

Poco importa saber la veracidad de la historia. Lo cierto es que en la casa que se dice de Julieta –en una posada restaurada del siglo XIII, en la Via Cappelo 27– efectivamente vivió la familia Capuleto y existían rivalidades importantes entre la mayoría de familias de Verona. Al arribar a la legendaria casa y antes de llegar al patio donde se ve el balcón y una estatua de Julieta –la tradición dice que hay que tocarle uno de los pechos para que el amor perdure–se atraviesa un pequeño pasaje cubierto. Allí es sorprendente ver los miles y miles de trozos de papel de todo tamaño y color que se amontonan unos sobre otros –algunos pegados incluso con chicle– transformando ese pasaje en una suerte de “túnel del amor”. Gente de todas las edades estampa su deseo y se saca fotografías en ese gigantesco y romántico collage que, más allá de los diversos idiomas de los mensajes que alberga, parece querer expresar lo mismo: al menos por una tarde, se puede vivir del amor.

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Verdadero o no, el balcón de Julieta es casi una meca para los románticos.
Imagen: Mariana Lafont
 
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