turismo

Domingo, 30 de diciembre de 2007

MEXICO > CHICHéN ITZá Y LA CIUDAD DE VALLADOLID

Viaje al planeta maya

Al sudeste de México, en el estado de Yucatán, se erigen las ruinas de Chichén Itzá, recientemente elegidas como una de las siete nuevas maravillas del mundo. Muy cerca de allí se encuentra Valladolid, una pequeña ciudad colonial, no tan visitada como la ciudadela maya pero que bien vale la pena conocer.

 Por Guido Piotrkowski

Valladolid es una ciudad detenida en el tiempo a 40 kilómetros de las ruinas de Chichén Itzá, bastión maya en los tiempos de esplendor de la cultura prehispánica. Caminar por sus estrechas calles de antiguas casas color pastel es como trasladarse a otra época. Fundada en 1543, se erigió junto a Mérida como una de las ciudades principales de la península del Yucatán y quedó marcada a fuego por la revolución indígena conocida como “guerra de las castas”. El levantamiento maya contra blancos y mestizos se originó ante la injusta discriminación en el reparto de tierras –luego de la conquista–, que había ido empobreciendo cada vez más a la población indígena de la península del Yucatán. El enfrentamiento comenzó en 1847 y se prolongaría por más de 50 años, en los que rebeldes indígenas consiguieron algunas mejorías en su calidad de vida.

Chichén Itzá. Pirámide de Kukulkán y la leyenda de la serpiente emplumada.

Baños de historia

Actualmente, Valladolid es un lugar de paso para visitar las ruinas de Chichén Itzá, pero es, a la vez, un sitio muy interesante para pasear con tiempo y atravesar siglos de historia. Hay que darse una vuelta por las iglesias y el Palacio Municipal, perderse en sus callejuelas o descubrir alguno de sus cenotes, pozos subterráneos de agua dulce donde es posible darse un chapuzón de frescura. En las inmediaciones de la ciudad, hay dos cenotes que son muy frecuentados por los habitantes y ocasionales turistas: el X’kekén o Dzitnup, y el Zaci, ambos de aguas cristalinas, verdes o turquesas, que según los relatos locales se comunican entre sí por un túnel o canal subterráneo. EL X’Kekén es una impresionante cueva subterránea poblada de estalactitas, con un agujero en el techo por donde se filtran los rayos solares en un haz de luz. Dicen que su profundidad es de unos 15 metros, mucho menos que su vecino Zaci, que no es subterráneo y que tendría de 80 a 100 metros de fondo. Los cenotes, que en español significan abismos, están impregnados de antiguas leyendas, ya que allí se realizaban sacrificios: eran considerados como la entrada a otros mundos y el centro de comunión con los dioses. Asimismo, funcionaban como fuente de agua para las antiguas civilizaciones. Cuentan que el X’Kekén fue descubierto por un hombre que intentaba cazar un venado y lo confundió con un jabalí que tenía su refugio allí dentro. En el techo, entre las miles de estalactitas, se pueden observar dos pequeñas estatuillas, que según los guías del lugar se encuentran allí desde tiempos inmemoriales. El Zaci también era una especie de cueva, pero un día cayó un rayo y partió la pared superior al medio, dejando sus aguas a cielo abierto. Lo cierto es que darse un baño en alguno de estos pozos sin igual, plagados de mitos y leyendas, es una experiencia única que ayuda también a paliar el calor de estas tierras.

Iglesias y conventos Valladolid está dividida en siete barrios y cada uno de ellos cuenta con su respectiva iglesia. Para conocer esta pequeña ciudad, hay que saber perderse entre las callecitas donde las mujeres charlan en el umbral de sus casas, los niños corretean en cada una de las plazas y los hombres de andar cansino se recuestan en alguna esquina a tomar su aguardiente. Es curioso ver varias peluquerías dispersadas por el centro que parecerían no tener puertas, totalmente abiertas a la mirada del transeúnte distraído.

Cenote X’Kekén. Un haz de luz se filtra por un agujero del techo sobre las aguas del pozo.

Temprano en la mañana, las calles céntricas se pueblan de campesinos y vendedores ambulantes que se acercan a ofrecer sus mercancías. Muchos se sientan en las angostas veredas improvisando sus puestos con cajones de verduras, obligando al peatón a circular por la calle y esquivar bicicletas, autos y demás medios de transporte.

La catedral de San Gervasio, una construcción barroca del siglo XVII con dos torres que pugnan por llegar al cielo, se erige frente a la plaza principal. Allí, un grupo de mujeres mayas se sienta pacientemente a exhibir sus artesanías día tras día. Mantas y huipiles –vestidos típicos– bordados a mano como hace varios siglos, esperan colgados en las rejas de la plaza la visita de algún comprador. Las mujeres parecen tan pacientes en el minucioso arte de bordar como en el de vender.

El antiquísimo convento San Bernardino de Siena, fundado en 1552 por la orden franciscana en el barrio Sisal, es otra de las majestuosas construcciones barrocas de esta típica ciudad colonial. Levantado con piedras milenarias, su frente ostenta una hermosa galería con arcadas, y pesadas y trabajadas puertas en hierro y madera.

El Palacio Municipal y Casa de Cultura, construido en el siglo XVI, alberga en su interior una gran cantidad de cuadros alusivos a la intensa historia mexicana. Desde sus balcones de aire colonial se pueden ver la plaza central y la catedral de San Gervasio.

En las calles de Valladolid. Una artesana maya muestra un huipil de su producción.

Chichen Itza, la ciudadela sagrada

A media hora de Valladolid se encuentra la antigua ciudadela sagrada de los mayas –donde se eleva la soberbia pirámide de Kukulkán–, cuna de infinitas historias y relatos.

Chichén Itzá, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1988, fue votada este año como una de las nuevas siete maravillas del mundo. Este yacimiento arqueológico fue uno de los principales asentamientos mayas en la antigüedad y hoy es uno de los lugares más visitados de México, especialmente durante los equinoccios de primavera y otoño, cuando la mítica serpiente emplumada hace su mágica aparición. Durante esos días, la lenta caída del sol proyecta un juego de luces y sombras sobre la pirámide, cuyos escalones parecen cobrar vida, ondulándose como una serpiente que desciende desde la cúspide. En esos instantes previos al atardecer, la leyenda de Kukulkán, el dios maya por excelencia, renace en las ruinas de la ciudad sagrada.

En la pirámide, conocida también como El Castillo, se le rendía culto a este dios, muchas veces mediante sacrificios rituales. También servía de calendario agrícola; de hecho la sombra de la serpiente reflejada durante el equinoccio era señal de que se iniciaba el período de siembra.

El Templo de los Guerreros parece emerger de la tupida selva que rodea la ciudadela maya.

En las noches, otro juego de luces, pero ficticio, ilumina la pirámide mientras una voz en off, acompañada de efectos sonoros, transmite la historia de Chichén y el pueblo maya, desde su época de esplendor hasta la llegada de los colonizadores españoles.

Para acceder a la cima y así obtener una panorámica del lugar, es necesario subir 91 escalones, que no están allí por mera casualidad. Al contrario, como grandes matemáticos y astrónomos que eran, todo parece estar fríamente calculado en el universo maya: cada una de las caras posee la misma cantidad de escalones y la suma de los peldaños más la plataforma superior da como resultado 365, el número de días del año solar. Además los nueve cuerpos de la pirámide, al ser divididos por la escalera, suman 18, que son los meses del calendario maya. Increíble pero real.

Adentro, descansa la figura de un Chac Mool y en el santuario de la cima hay un tigre pintado de rojo con incrustaciones de jade, que habría sido un trono.

Mujeres mayas exhiben sus artesanías en la plaza de la ciudad de Valladolid. Fotos: Guido Piotrkowski

Un dia en las ruinas

La visita a Chichén Itzá puede llevar un día entero, ya que hay varias cosas por hacer: caminar por el grupo de las mil columnas o acercarse hasta la cancha de juego de pelota, que es la más grande que se ha descubierto en toda la región, con sus 168 metros de largo por 70 de ancho. Allí los pobladores pasaban sus horas de ocio y recreación. También se impone ingresar a El Observatorio, también llamado Caracol por su forma circular, en el que se puede subir –de a uno– por la escalera e intentar desentrañar los secretos del universo, emulando a los antiguos mayas.

O acercarse hasta El Gran Cenote, el abismo maya donde se encontraron una gran cantidad de anillos, collares y otras piezas de oro y jade, además de huesos humanos. El lugar era utilizado para los sacrificios rituales en honor a Chaac, dios de la lluvia. Y finalmente visitar el Templo de los Guerreros o simplemente quedarse hasta el atardecer y ver el crepúsculo desde lo alto de alguno de estos edificios, tal como lo hacían los antiguos habitantes de Chichén Itzá. Sabia decisión.

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