turismo

Domingo, 22 de septiembre de 2002

BUENOS AIRES PEQUEñOS PASEOS

Pasajes porteños

La ciudad tiene múltiples secretos que con tiempo y paciencia es posible descubrirlos en inesperados rincones de Palermo, Belgrano, Núñez, Constitución, Parque Patricios y Pompeya. Entre los más conocidos, un paseo por el Pasaje Bollini, el de la Piedad, el Rivarola y otras callecitas inconclusas.

Por Leonardo Larini

La sobriedad de la Avenida de Mayo, la elegancia de Santa Fe, el lujo de la Avenida Alvear y los restos bohemios de Corrientes bien podrían definir gran parte del alma de Buenos Aires. Pero a la vez, escondidos en muchos de los barrios de la ciudad, existen más de cuarenta pasajes que, tanto para sus habitantes como para los visitantes, pasan inadvertidos y ni siquiera figuran en las guías turísticas. Nacidos como consecuencia de errores de cálculo en los diferentes trazados urbanísticos que le dieron forma a la Capital Federal, estas pintorescas callecitas inconclusas rompen con belleza la simetría de las manzanas y son verdaderos remansos de serenidad en medio del vértigo ciudadano. Y si bien los nombres de muchos de ellos son muy conocidos, casi todos permanecen ocultos, esperando ser descubiertos por caminantes que quieren adentrarse en los ángulos inexplorados de la ciudad o turistas no tradicionales que buscan mucho más que tango, asado y fotos del Obelisco.

El malevaje extrañado... Los pasajes porteños, que en sus primeros tiempos fueron habitados por personas de pocos recursos o utilizados para la instalación de grandes inquilinatos y conventillos, están dispersos a lo largo y ancho de la ciudad y con tiempo y paciencia es posible hallarlos en inesperados rincones de Palermo, Belgrano, Núñez, Constitución, Parque Patricios y Pompeya. A pesar de su marginación, y mucho después de sus humildes orígenes, estos bellos recovecos se fueron transformando con el paso del tiempo en los sitios favoritos de varios artistas o gente que quería vivir en un lugar especial y distinto o abrir locales extravagantes o exclusivos. Tal es el caso del legendario Pasaje Bollini, cuya memoria encierra en sus dos cuadras de espaldas al Hospital Rivadavia –desde Pacheco de Melo al 2800 hasta la misma altura de French– tanto míticas historias de cuchilleros como interminables noches de música y diversión a fines de los años 80. Jorge Luis Borges recreó esas antiguas historias de malevos en su libro Evaristo Carriego y también homenajeó al pasaje en su poema “La Cortada Bollini”. Actualmente, además de cenar o almorzar en algunos de los restaurantes que lo rodean, se pueden pasar muy buenos momentos en el elegante café La Dama de Bollini, donde se organizan encuentros poéticos, recitales de boleros, tango o jazz y muestras de plástica y pintura.

Rincones para el arte En Barrio Norte está el llamado Rue des Artisans, con galerías de arte, casas de antigüedades, locales de muebles y hasta un taller de diseño e indumentaria. Situado entre Libertad 1240 y Arenales 1239, en sus orígenes tuvo forma de ele. Pero una disputa familiar dio como resultado el paredón que los separa y divide sus estilos, italiano y parisino, respectivamente. A pocas cuadras de allí –en Vicente López 1661, entre Paraná y Rodríguez Peña– se encuentra el Pasaje del Correo, muy concurrido durante todo el día ya que, en su breve trazado, este prolijo y sobrio pasillo dispone de un restaurante y un café sobre su entrada. Además, quienes lo frecuentan pueden adquirir exóticas hierbas para té en un comercio especializado, o disfrutar de los óleos y marcos clásicos expuestos en una galería artística. El constante trajín de gente se debe, también, a los cursos y talleres de pintura, encuadernación y dibujo que se dictan en uno de sus reductos culturales.

Un hueco aristocratico Los limoneros desprenden su aroma, que se confunde con el de variadas plantas y flores, mientras el canto de los gorriones flota en el aire evocando la placidez que reina en las siestas de provincia. Y sin embargo, esta bucólica escena tiene lugar a sólo tres cuadras de las bocinas, el humo y los empujones de la frenética Corrientes, en Bartolomé Mitre entre Paraná y Montevideo. Allí, frente a la iglesia Nuestra Señora de la Piedad del Monte Calvario, se encuentra el Pasaje de la Piedad, uno de los más hermosos y tradicionales de la ciudad. Con su forma de herradura, su estilo barroco italiano y su aire parisino,este mágico hueco de Buenos Aires es un verdadero oasis de paz y belleza. Recorrerlo representa ingresar a un tiempo y un espacio paralelos en el que entran en juego esos misterios tan bien escondidos que guarda la Reina del Plata. Si bien algunos de sus frentes están un poco deteriorados, las aristocráticas rejas, los distinguidos faroles y los balcones aportan su cálido glamour. Las tres casas ubicadas al fondo, con sus porches, elegantes puertas de madera y columnas, redondean el encanto único de este lugar construido en 1890 y cuyos departamentos fueron los que inauguraron la modalidad de alquilar viviendas en Buenos Aires.

Juego de espejos El recorrido puede continuar en las cercanías, más precisamente en los cien metros que unen las calles Bartolomé Mitre con Tte. Gral. Juan D. Perón, entre Talcahuano y Uruguay. El Pasaje Rivarola, construido en los inicios de la década del 20 por la firma Petersen, Thiele y Cruz, una muestra antológica de la arquitectura secreta de Buenos Aires. Como en un efecto de espejo, muestra a lo largo de su única cuadra frentes idénticos. Cada fachada, desde las vidrieras de los locales y las entradas de los edificios hasta las cúpulas de las esquinas y los balcones, tiene su correspondiente réplica en la vereda de enfrente. Un verdadero hallazgo que pocos porteños conocen y que vale la pena recorrer. En sus veredas abundan las casas de instrumentos musicales y las imprentas, pero el local que más llama la atención es una antigua relojería conocida como “La Chacarita de los relojes”. Visitada por coleccionistas de todo el mundo, es un auténtico santuario en cuya vidriera yacen apiladas y colgadas piezas oxidadas de todos los tiempos, variedad y orígenes.
Los pasajes porteños esconden, además de historias y misterios, el silencio verdadero imposible de sentir en el resto de la ciudad. En ellos, Buenos Aires detiene su marcha frenética y rabiosa y adquiere la calma necesaria para equilibrar su sistema nervioso y replegarse en una intimidad de ensueño. Quienes deseen comprobarlo, también pueden acercarse al Pasaje Dellepiane, entre Viamonte y Tucumán, a la altura de Avenida Córdoba al 1600; al Bernardo Vélez, en La Pampa 2990; al San Carlos, en Quintino Bocayuva 151; o al Santamarina, al que se puede acceder por Chacabuco 641 o México 750. En esos lugares, Buenos Aires devela, una vez más, el encanto de sus infinitos secretos.

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Pasaje de la Piedad. Con su forma de herradura, encierra un lugar casi mágico en el caótico centro porteño.
 
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