turismo

Domingo, 5 de octubre de 2008

EE.UU. > CRóNICA DE UN VIAJE EN TREN POR EL FAR WEST

A bordo del “caballo de hierro”

El California Zephyr es un legendario tren que va de Chicago a San Francisco por una de las rutas ferroviarias más bonitas de Estados Unidos. Su recorrido tiene casi cuatro mil kilómetros y atraviesa (en poco más de 51 horas) los estados de Illinois, Iowa, Nebraska, Colorado, Utah, Nevada y California.

 Por Mariana Lafont

El California Zephyr es una experiencia inolvidable para todo tipo de gente: fanáticos de trenes, historiadores apasionados y exploradores sin prisa. En mi caso, siempre había querido viajar en tren en Estados Unidos, quizá porque todo el mundo me decía que no lo hiciera. La mayoría suele ir en avión porque el país es enorme (¡y lo es!) y no pueden perder tantas horas para ir de un punto a otro. Sin embargo, para “descubrir” un territorio, para explorarlo y conocer su geografía en detalle, lo ideal es ir en tren. Mi experiencia fue hallar “otro Estados Unidos”, uno que no tiene tanto apuro y donde el viaje mismo obliga a relacionarse con los demás pasajeros. La gente que se conoce es muy interesante: desde el clásico viajero amante del tren (que sabe el placer que brinda dejarse llevar) hasta alguna señora que nunca subió a un avión. Pero más allá del motivo que nos impulse a pasar más de dos días en un tren, una de las grandes ventajas es no tener que padecer la “psicosis de seguridad” que reina hoy en día en cualquier aeropuerto. Me parecía increíble subir a un medio de transporte de larga distancia sin que nadie me registrara y recordé lo bien que eso se sentía.

DENVER, UNION STATION Esta hermosa y añeja estación fue erigida en 1881, pero en 1894 fue reconstruida a raíz de un incendio. Sus techos son elevados y en el amplio hall central hay antiguos asientos de madera con altos respaldos. El guarda nos indicó que fuéramos al andén y mientras éste me ayudaba con el equipaje vi que éramos pocos pasajeros. Además, el tren no había llegado de Chicago sino que partía de Denver, ya que habían cancelado el servicio por las grandes inundaciones en Iowa. Para completar un día atípico, el California Zephyr desviaría su recorrido, no iría por las Rocallosas sino por Wyoming, ya que estaban arreglando vías en las montañas. No podía creer que todo esto pasaba justo el día en que había decidido abordar el tren. Pero no era la única desilusionada: una pareja había volado especialmente desde San Francisco para hacer el viaje y ver las Rocallosas. Como nada se podía hacer, me relajé y pensé que en una travesía diferente seguramente algo interesante veríamos. Mientras pensaba esto, arrancó el tren. Eran las 8 y media de la mañana.

En un recorrido normal, el tren trepa los 2816 msnm y atraviesa la Divisoria Continental de Aguas por el túnel Moffat. Al salir se ve el centro invernal Winter Park y la pequeña localidad de Granby, puerta de entrada al Parque Nacional de las Montañas Rocallosas. A partir de allí surge el río Colorado, que nace al pie de este cordón montañoso y recorre más de 2300 kilómetros hasta desembocar en el Golfo de California. El tren acompaña al Colorado durante 380 kilómetros. En ese tramo se ve cómo el inicial angosto curso de agua se transforma en un ancho río luego de pasar los cañones Glenwood y Grand Junction. Una de las mejores etapas del trayecto es la sucesión de los cañones Byers, Gore, Red, Glenwood, De Beque y Ruby. Al llegar al Cañón Ruby, el tren se despide del río Colorado, entra a Utah y continúa hacia el oeste a través del desierto. Una vez más trepa hasta la cima de las montañas Wasatch a 2268 msnm para luego descender y llegar a Provo y Salt Lake City, capital del estado, fundado por los mormones en 1847.

CAMBIO DE RUMBO En este viaje fuera de lo habitual varios nos acomodamos en el coche mirador (con grandes ventanales hasta el techo) para admirar el paisaje. Al dejar Denver ingresamos en una amplia y verde planicie llena de venados, con las Rocallosas a la izquierda. La formación tomó rumbo noroeste e ingresó a la inmensa y alta meseta que es el estado de Wyoming. El cambio fue inmediato, la aridez dominó el panorama durante horas y la monotonía sólo fue interrumpida por algunos búfalos y antílopes pastando en los campos. Sin lugar a dudas estábamos atravesando el estado menos poblado de Estados Unidos. A la hora del almuerzo fui al coche comedor y comprobé que los pasajeros seguían decepcionados (en especial cuando miraban a través de la ventanilla). De repente apareció un enorme y corpulento camarero que se hacía llamar “Mr B”. Pese a su intimidante presencia era muy cordial y en minutos hizo reír a todos. Estábamos comiendo cuando, con voz seria y profunda, Mr B dijo: “Atención por favor, miren a su izquierda e imaginen el hermoso río Colorado corriendo a través de las Montañas Rocallosas” (cuando en realidad no había otra cosa más que una chata y desértica llanura). Luego pasamos entre medio de dos interminables trenes de carga (de los muchos que pasaríamos durante todo el viaje) y Mr B dijo: “Ahora estamos atravesando el Gran Cañón”.

Green River fue la primera parada donde nos permitieron bajar, ya que había que esperar operarios que debían sumarse al tren. En medio de un seco e intenso calor caminé hasta la locomotora, luego fui hasta el último coche y le pedí a un pasajero que me sacara una foto junto al tren. Su nombre era Mark y gracias a él mi percepción del viaje se transformó totalmente. Este apasionado de la historia sabía del cambio de recorrido y había viajado expresamente para hacer el tramo Denver-Salt Lake City a través de Wyoming. Así supe que este recorrido era muy especial históricamente y que muy pocas veces al año se hace para pasajeros. Mark me explicó que viajábamos por el trazado del primer ferrocarril transcontinental, es decir, la primera línea que unió el este y el oeste de Estados Unidos yendo de la ciudad de Omaha (en el este, en Nebraska) a Sacramento (en el oeste, California). Este tren (la mayor proeza tecnológica estadounidense del siglo XIX) fue un cambio revolucionario en el Viejo Oeste y su construcción requirió enormes hazañas de ingeniería. Las compañías involucradas fueron la Union Pacific (con 1749 km de vías) y la Central Pacific (con 1110 km). Para semejante empresa trabajaron miles de inmigrantes (chinos en su mayoría). En Sierra Nevada las obras se complicaron y fue necesario construir túneles, lo cual dilató la tarea. Por su parte, la Union Pacific avanzó más rápido por las llanuras, pero al entrar en territorio indio todo se retrasó. Los nativos veían en el ferrocarril una violación de sus tratados con Estados Unidos y querían impedir el inevitable avance del “caballo de hierro” (así llamaban al tren).

DE SALT LAKE CITY A LA VERDE CALIFORNIA Las horas volaron y el tren ya había entrado en las rojizas tierras de Utah. Al pasar Echo Canyon descendimos hasta ver las Montañas Wasatch (uno de los límites naturales del Valle de Salt Lake), luego Weber Canyon con una espléndida vista del río homónimo y finalmente entramos en el valle y cuna de los mormones. Al ir por Wyoming, el terreno plano hizo que el tren fuera más rápido y llegamos tres horas antes de lo estipulado, tiempo suficiente para una breve visita a la ciudad. Pasadas las 23 horas, el California Zephyr se puso en movimiento y atravesó el largo puente que cruza el lago salado iluminado por una gran luna llena. Mientras dormíamos entró al desierto de Nevada, donde permaneció hasta la mañana siguiente. Al despertar, el tren estaba parado en Winnemucca y, si bien ya era de día, el paisaje era monótono y todo el pasaje seguía durmiendo.

Al pasar Reno, frontera con California, todo cambió en minutos y el verde se apoderó del terreno. Al entrar a Sierra Nevada miles de pinos invadieron las laderas mientras manchones de nieve coronaban las montañas. Una sucesión de curvas y túneles nos entretuvo por largo rato con excelentes vistas del tren y la locomotora. Llegamos al Blue Canyon, luego al río Truckee, donde se podía ver la interestatal 80 y, por último, un hermoso espejo de aguas azules, el lago Donner. El paisaje siguió igual hasta el Valle de Sacramento, la parte norte del Valle Central de California. En este valle de 600 kilómetros de largo se concentra la mayor parte de la agricultura del estado. No bien dejamos la estación de Sacramento cruzamos el puente que atraviesa el impresionante río que da nombre a la capital de California. Al llegar a la bahía de Suisun (brazo norte de la bahía de San Francisco, donde desembocan el Sacramento y el río San Joaquín) vimos viejos barcos abandonados de la Segunda Guerra Mundial. Continuamos por el estrecho de Carquinez hasta la penúltima estación, Martínez, ubicada en el extremo sur del estrecho. La ansiedad por llegar se sentía en el aire, pero la intrincada geografía de las bahías y el mar era un espectáculo imperdible. El último tramo lo hicimos paralelos al mar, en medio de la neblina típica del verano en San Francisco y vislumbrando las siluetas de los puentes colgantes. Finalmente paró en Emeryville y todos nos saludamos con alegría: ¡habíamos llegado a la meta!

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Sierra Nevada. Miles de pinos en las laderas y manchones de nieve en las montañas.

El paisaje del Lejano Oeste tras las ventanillas del “caballo de hierro”.

La terminal de Denver, Union Station, donde el tren inicia su marcha a San Francisco.
Imagen: Mariana Lafont
 
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