turismo

Domingo, 16 de noviembre de 2008

JUJUY > VIAJE DE HUMAHUACA A SUSQUES

De la Quebrada a la Puna

Desde la ciudad de Humahuaca, un itinerario por los paisajes del extremo noroeste. Purmamarca y el cerro Siete Colores, la Cuesta de Lipán, el mundo blanco de las Salinas Grandes y en lo profundo de la Puna, el pueblito de Susques. En el camino, las pinturas rupestres de Barrancas y el bosque de cardones de Hornaditas.

 Por Julián Varsavsky

La mayor parte de los viajeros que llegan a Jujuy visitan los tres principales pueblos de la Quebrada de Humahuaca, a veces en una excursión fugaz en el día desde Salta. Otros también incluyen las Salinas Grandes para aproximarse a la Puna. Sin embargo, la riqueza de paisajes y vivencias que depara Jujuy merecen una exploración más a fondo, aprovechando que desde hace unos años prácticamente toda la provincia tiene sus caminos asfaltados y en buenas condiciones. Y entre esos lugares menos conocidos están el poblado puneño de Susques con su iglesita que parece salida de una fábula, el bosque de cardones gigantes de la comunidad aborigen de Hornaditas y la localidad de Barrancas con sus pinturas rupestres.

DESDE HUMAHUACA Al descender hacia el sur por la Quebrada de Humahuaca –como volviendo hacia San Salvador por la ruta nacional 9– se ven a la izquierda los caracoleos del río Grande y los sembradíos de cebolla, ajo y lechuga donde se ara la tierra con caballos y burros.

En el poblado de Huacalera se pasa frente a la iglesia donde fue descarnado el cuerpo del General Lavalle para evitar que cayera en manos de sus enemigos. Y en plena ruta un arco inconcluso y un reloj de arena marcan el punto exacto por donde pasa el Trópico de Capricornio.

A lo largo de toda la ruta 9 se observan una serie de fortalezas indígenas emplazadas en lo alto de los cerros y muy visibles hasta el día de hoy. Se sabe que alrededor del año 1000 existió una línea de veintidós pucarás o fortalezas en la Quebrada de Humahuaca. Pertenecieron a la cultura omaguaca, que tenía distintos subgrupos como los tilcara, los ocloya, los purmamarca, los uquía y otros, quienes basaron su estrategia defensiva en la abrupta geografía quebradeña. La única forma de llegar que tenían los enemigos era, justamente, por la quebrada. Y desde los pucará se los divisaba a la distancia. Ante el peligro todo el mundo subía a los cerros y al caer la noche emboscaban al invasor. En general los omaguaca guerreaban con los diaguitas –que venían desde la selva de las yungas– por el control de las zonas más fértiles.

El más visible es esos pucarás es el de Tilcara, que fue muy restaurado. Pasando apenas Tilcara, está el pueblo de Maimará, con uno de los paisajes más bucólicos de Jujuy. Maimará tiene su cementerio justo en la entrada del pueblo, sobre la ladera de un cerro erizado de cardones, con un fondo de líneas de colores en zigzag llamado la Paleta del Pintor que se despliega por más de un kilómetro sobre una cadena de montaña.

Una de las formaciones que más llama la atención al costado del camino es Los Amarillos, una especie de meseta rojiza coronada en amarillo por la presencia de azufre.

SIETE COLORES Al cruzar el río Quebrada de Purmamarca se abandona la ruta nacional 9 para doblar a la derecha en la ruta nacional 52 hacia el pueblo de Purmamarca, quizás el más pintoresco de la Quebrada, tanto por sus casitas que se encaraman a los primeros faldeos del cerro, como por su famoso cerro Siete Colores.

Tras una hilera de álamos aparece de repente el arco iris de piedra del cerro con sus extrañas franjas de minerales en forma de zigzag. El color más llamativo es el violeta intenso que, hacia abajo, va cambiando al turquesa, verde, azul, celeste y blanco. Hacia el otro extremo de la escala cromática –siempre de manera desordenada–, las líneas se tornan rojizas, rosadas, naranjas, amarillentas y grisáceas, con imperceptibles tonos de transición.

La visita a Purmamarca, con su iglesia y su mercado artesanal, es corta –a menos que se realice el circuito de Los Colorados–, así que se puede seguir viaje hacia el poblado de La Ciénaga y su escuelita albergue.

Quienes partan muy temprano –o tengan planeado alojarse en Susques– pueden explorar a fondo todo y desviarse 8 kilómetros a la izquierda por un camino de tierra que se abre junto a un puente que cruza el río Huachichocana (se requiere vehículo elevado). Al final de ese camino hay una comunidad aborigen y unas cuevas con pinturas rupestres de alrededor de 9000 años.

CUESTA DE LIPAN Y SALINAS GRANDES Retomando la ruta nacional 52 comienza la famosa Cuesta de Lipán, que sube caracoleando desde los 2000 metros de Purmamarca hasta los 4170 del Abra de Lipán, su punto más alto. A los costados de la ruta las llamas pacen en libertad y los cardones parecen subir las montañas alineados como soldados.

Después del Abra de Lipán empieza un descenso por escarpadas cornisas. Al fondo de los valles se ven los caseríos de adobe con paneles solares y una iglesia blanca también de adobe con cúpula redondeada. En los senderos que rayan la montaña se suele distinguir a lugareños llevando mercaderías a lomo de burro rumbo a otros parajes en la montaña.

La ruta es bastante transitada, ya que va hacia el cruce a Chile llamado Paso de Jama, que a su vez conduce a San Pedro de Atacama (380 kilómetros desde Purmamarca). Hay incluso dos líneas de colectivos que van a Atacama desde San Salvador de Jujuy y la ciudad de Salta.

Una de las curiosidades de este trayecto es que se suelen ver grandes camiones transportando dos pisos de autos encima, que fueron usados en China y Japón y ahora son exportados a Paraguay para su reventa, vía Argentina por el paso de Jama.

Desde los distintos miradores de la Cuesta de Lipán se pueden contemplar los caracoleos y las zetas que traza el mismo camino en la Puna occidental. Finalmente, tras una lomada, la ruta se convierte en una recta larguísima que divide por la mitad ese “mar blanco” de las Salinas Grandes. La llegada es deslumbrante. En las Salinas no hay un solo arbusto, ni una rama seca, ni vestigio aparente de vida. Es una planicie perfecta donde sólo se vislumbra un suelo liso y radiante, con resquebrajamientos en forma de pentágono que se reproducen con la exactitud matemática de una telaraña. La única excepción son unos misteriosos conos de sal –en realidad, acumulados por los trabajadores de la salina–, y unos piletones naturales de forma rectangular llenos de agua que reproducen el mismo celeste del cielo. Y difícilmente otro paisaje norteño pueda transmitir mejor la idea de la nada más absoluta.

HACIA SUSQUES Dejando atrás la salina se llega al departamento de Cochinoca, cuya capital es Abra Pampa, llamada La Capital de la Puna. En el caserío de Santuario Tres Pozos se puede hacer un alto para comer (empanadas, milanesas de llama o una sopa de maíz blanco pelado llamada frangollo). Allí viven muchos de los trabajadores de la salina y sus mujeres, que trabajan en el tejido de ponchos y otras indumentarias.

La ruta –siempre la 52 hasta Susques– ingresa unos kilómetros en Salta y sale otra vez a Jujuy con un paisaje de fondo donde sobresalen el imponente volcán Tuzgle y los nevados del Acai y del Chañi, este último el más alto de la provincia (5968 m.s.n.m.).

El departamento de Susques está en lo profundo de la Puna, donde en el árido paisaje sólo crecen pastos ralos como la tola y arbustos como la muña muña. Al llegar a Susques –a 3896 metros de altura y al fondo de una pequeña hoya rodeada de mesetas– se descubre un pueblito con calles de tierra y casas de adobe que al mediodía parece desierto.

El atractivo principal de este pueblo andino de un millar de habitantes es su pequeña iglesia de adobe del siglo XVI. La iglesia Nuestra Señora de Belén de Susques tiene un muro perimetral con un arco de entrada que, al igual que los techos de la iglesia, está cubierto con una torta de arcilla y paja. Por dentro, tiene vigas de cardón unidas con tientos de llama y piso de tierra. Además hay un singular púlpito con tribuna cilíndrica sobre un tronco en forma de pirámide invertida.

HORNADITAS De regreso a Humahuaca por el mismo camino de la ida, pasando las salinas, un cartel indica un camino de tierra que se desvía unos kilómetros hacia la localidad de Barrancas, donde se visitan unos rectos paredones de piedra con petroglifos y pinturas rupestres de varios miles de años de antigüedad.

Una vez en Humahuaca –como fin de la jornada o al día siguiente– por la misma ruta nacional 9 se pueden hacer 15 kilómetros hacia el norte de la ciudad y visitar la comunidad kolla de Hornaditas y su bosque de cactus gigantes, uno de los “secretos” mejor guardados de la quebrada. Al llegar a una iglesia blanca e inexplicablemente grande en medio de la nada, hay que dejar el auto y caminar unos 50 metros hacia la izquierda, donde está el extraño bosque de cardones. Allí hay uno en particular con dos siglos de vida, diez metros de altura y una profusión de brazos entremezclados a lo pulpo. Cuando son jóvenes los cardones crecen como una columna solitaria, pero con los años se van ramificando en forma de candelabro. Sus espinas miden 8 centímetros de largo y sus flores amarillas son grandes y vistosas, aunque se abren sólo de noche y no viven más de dos días.

Alrededor de los cardones hay unas pocas casas desperdigadas de las 82 familias kollas de la comunidad de Hornaditas, la mayoría de las cuales habitan solitarias en las montañas, dedicadas a la agricultura y el pastoreo de ovejas. En Hornaditas los viajeros pueden alojarse en las casas de familia, preparadas para recibir turistas que experimentan las delicias y la dureza de la vida de campo, durmiendo en camas sobre piso de tierra, sin luz, televisión, microondas y computadoras, que aquí nadie parece extrañar.

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Desde los miradores de la Cuesta de Lipán se ven los caracoleos del camino en las laderas.
Imagen: Julián Varsavsky
 
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