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Domingo, 3 de mayo de 2009

ESPAñA > UNA CRóNICA DE ALEJO CARPENTIER

En tren por los Pirineos

Entre 1925 y 1937, el escritor cubano Alejo Carpentier publicó en revistas de su país una serie de artículos sobre personajes y ciudades de España que fueron compilados en el libro Bajo el signo de la Cibeles. A continuación, su crónica de un viaje en tren desde Burdeos atravesando los Pirineos, hasta la costa vasca.

 Por Alejo Carpentier *

Al alba me despierto en Burdeos. Las ruedas de los vagones truenan a lo largo de un puente con osamenta metálica, tendido sobre un río lento y caudaloso como los ríos siberianos. Ya van tres veces que vivo esta entrada en la metrópoli del vino, contemplando el alquitranado paisaje de mástiles y diques, de colinas de barricas y humo de remolcadores, con los ojos aún mal descansados después de una noche de medio sueño en que me he despertado, automáticamente, cuando se erguían ante las ventanillas del tren unos cuarteles que afirmaban, en altos caracteres de epigrafía ferroviaria, los nombres de Orleáns, Tours, Poitiers, Angoulème...

El tiempo de desayunar presurosamente bajo la bóveda de cristales de la estación de Burdeos, y ¡en marcha otra vez! Después de la consabida parada en Arcachon, la locomotora, ebria de vapor, comienza a correr vertiginosamente por las Landes, paisajes de selvas que remozan las primeras visiones del hombre cuaternario. Pinos hasta el infinito. Pinos que se apoderaron de la llanura, como un interminable ejército vegetal. Pinos que sólo revelan su conocimiento del hombre por medio de un cubilete metálico, colgado al pie de una hendedura que hiere sus troncos para recoger su preciada resina. ¿Bastará la humanidad entera para consumir todos los pomos de tónico pulmonar que se llenan con ese extracto perfumado y denso? Lo cierto es que no aparece una sola silueta humana al pie de esos árboles de cuerpo liso y cabellera redondeada. Las casas chatas, aplastadas sobre la tierra, que pueden divisarse entre Arcachon y Dax, no llegan a cifra de dos guarismos... Se dice que, por las noches, los calveros de los bosques se ven animados por la presencia de individuos gigantescos y misteriosos, cubiertos por anchos sombreros pajizos y montados en zancos descomunales, que regresan a sus viviendas dando pasos de cuatro metros. Pero el amanecer no nos permite divisar esos compases ambulantes. El aire a savia fresca y a tomillo, a menta y a espliego. El sol se oculta aún detrás de cortinas de hojas, y sólo unas bandadas de mariposas de azufre evocan su color...

Un vaso de vino blanco para celebrar la llegada a Dax, centro de aguas termales, y después de este reconfortante episodio, el paisaje seguirá desarrollándose en el mismo tono, multiplicado por sí mismo en progresión geométrica, hasta que veremos aparecer las aguas amarillentas y pacíficas del Adour. Maletas que desfilan por los pasillos del tren. Estamos en Bayona, ciudad pequeña y alegre, celebrada por su buena mesa, a partir de la cual todo el mundo entiende nuestro idioma. Población dominada por un castillo histórico, habitado aún por las sombras de don Pedro el Cruel y de Palafox, y donde solían refugiarse y conspirar los compañeros de Aviraneta, el hombre de acción cuyas fantasiosas memorias escribió Pío Baroja.

En Bayona, la boina y la alpargata anuncian al país vascongado. Los semblantes ofrecen características de pureza étnica que en vano buscaríamos por los barrios de París. Una iglesia, severa a pesar del realismo incipiente de sus imágenes, nos recibe con un letrero en que se lee:

Las señoras vestidas de modo indecoroso deben abstenerse de entrar en la iglesia.

Pero, ¿a qué le llamará el buen párroco “vestirse de modo indecoroso”? Porque, de acuerdo con la multiplicidad de modas impuestas en las playas actuales (¡no olvidar que estamos a unos kilómetros de Biarritz!), es difícil saber ya dónde termina el bien y comienza el mal. En materia de indumentaria femenina, lo que era perfectamente indecoroso hace años, se ha vuelto ahora atributo de una mojigatería imperdonable. ¿Indecorosos los brazos desnudos, las piernas sin medias? ¿Qué diría el excelente cura de Bayona si su iglesia fuera visitada por algunas muchachas adictas al short, ese pantaloncito corto que hizo furor, este año, en todas las playas de Europa? ¡Oh, señor! ¡Cuán oscuros son los designios de la Providencia...!

Confieso que Biarritz no me atrae. Me urge respirar aires de España. Y además, siempre he huido con santo horror de esas playas que sólo sirven de pretexto a exhibiciones del príncipe Mdivani, de las colegas de lady Owen, de una que otra estrella de cine mantenida suntuariamente por algún rey de las finanzas, mientras el príncipe de Gales pasea sus knickerbockers por el golf del Sporting Club, en compañía de unos cuantos señores tan decorativos como inútiles a la sociedad que los mantiene. Siempre he tenido lástima a los individuos que babean de estupefacción ante el espectáculo de ese alto rastacuerismo contemporáneo. Yo, por mi parte, no me dejo epatar. Demasiadas oportunidades he tenido de cerciorarme de su vaciedad irremediable, de su intelectualismo novelero y prendido con alfileres, de su podredumbre física y moral. ¡Que Antoine el peluquero se las entienda con esas gentes! Ya habrá, además, algún pintor mundano que fije sus siluetas ociosas en el lienzo, para edificación de las generaciones futuras. También habrá un Fierre Frondaire que las exalte en sus novelas almibaradas. Y con ello tendrán oportunidad de alegrar su existencia, en espera de otra guerra que les permita vivir nuevos días felices, con los beneficios indirectamente realizados en la venta de cañones y torpedos...

¡Cómo no lamentar que semejante fauna humana vulgarice el paisaje! Porque en esta parte de Francia el paisaje es de una soberana belleza. Tiene todo el encanto de la Provenza lejana, sin el excesivo dulzor de la Costa Azul. Es pintoresco y lleno de color, con una cierta gravedad que le confiere la altiva cercanía de los picos pirenaicos. La costa, mordida a dentelladas por las olas de un mar que sabe mostrarse enérgico en el invierno, presenta un sinnúmero de recodos, de conchas, de acantilados, que ocultan playas diminutas y maravillosas. La campiña es de un verde unido, que hace resaltar con más relieve la arquitectura geométrica de las casas vascas, con sus techumbres rojas y sus teoremas de viguetería azul añil... La Negresse, estación de entronque, con su laguna en forma de botija; Bidardt, con su granja de perros finos; Guethary, con su frontón de pelota vasca; San Juan de Luz, donde todas las casas son baitas o eneas, con su puertecito lleno de barcas multicolores, que lo separa de Ciboure, pueblo de pescadores, cuya iglesia es adornada por veleros de madera, ofrecidos en testimonio de tempestades vencidas por supuesta intervención divina. Aquí el arte moderno ha sentado sus fueros en un casino construido por Mallet Stevens en cemento armado, y dos casas habitadas por músicos ilustres: Mauricio Ravel y Joaquín Nin, nuestro compatriota.

El mar juega al escondite con el ferrocarril. Aparece fugazmente entre dos colinas. Se oculta detrás de los olivos. Vuelve a mostrarse a nuestra derecha, con sus olas que se enlazan en fuga de volutas jónicas... Lo prefiero, con su verdor orgulloso, al azul demasiado perfecto del Mediterráneo. Tal vez porque pienso que este mismo océano es el que conoce a nuestra América, y que bastaría trazar una línea recta hacia el horizonte para llegar a las costas de nuestro mundo nuevo... Súbitamente, el mar se cansa de jugar con nuestra impaciencia. Helo aquí, pleno, completo, redondo, sin reticencias, para anunciarnos que llegamos a Hendaya, último pueblo francés de la línea. Y con él –visión impresionante– los Pirineos que se yerguen con todo esplendor ante nuestras miradas. ¡Cómo no sentir deseos de gritar de admiración ante la eterna maravilla de las montañas! Mi amigo el doctor Atl, que vivió años enteros en los flancos de los volcanes mexicanos, me contó cierta vez una historia digna de ser narrada por Lord Dunsany: la de un pueblo sedentario, fijado en las estepas desde hacía siglos, cuyos habitantes, llevados en cautiverio a un país de altiplanicie, habrían caído de rodillas al descubrir la existencia de las montañas... Hacía tres años que yo no había tenido oportunidad de contemplar verdaderas montañas. Y confieso que, al verlas nuevamente, el relato del doctor Atl me volvió mecánicamente a la memoria. Y con él, por asociación de ideas, la imagen de aquella muralla de rocas, coronada de nubes, que se alza de Orizaba a Esperanza, creando el más prodigioso panorama...

...Hendaya, playa austera, con todas las características de la playa española, donde Unamuno, desterrado, me decía una tarde, junto al puente fronterizo:

–Ya ve usted... ¡Estoy de ujier de España...!

El Bidasoa, de aguas lentas. Y un enjambre de casas desperdigadas entre los árboles, que ya pertenecen a Irún. ¡Estamos en España! Apenas nos aventuramos en una primera calle, advertimos que el ambiente ha cambiado de color. Los ultramarinos nos acogen con sus muestras pintorescas. Las tabernas están adornadas con botijos policromos. Las gentes se interpelan desde las plataformas de los tranvías. Hay Ateneo y parroquia. Casas con escudos arcaicos. Las miradas de las mujeres han variado de carácter. Volvemos a hallar el trópico en la arquitectura magnífica de sus cuerpos que desconocen la estilización forzosa de una delgadez artificial...

–¡Ayer fuimos a Fuenterrabía con la Pili y la Jesusa! –clama una chicuela desde un balcón, hablando a gritos con una amiga.

Esta réplica de género chico me llena de júbilo. Las palabras han sido pronunciadas con un tono afectadamente madrileño, que revela su provincianismo delicioso en este rincón de tierra vasca... Y sin esperar más, me instalo en un auto que me llevará a Fuenterrabía, cuyo campanario se alza junto al mar, en el tope de un cono de rocas...

(Carteles, 14 de enero de 1934.)

* De Crónicas de España (1925-1937), Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2004.

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Un bucólico monasterio entre las montañas de los Pirineos.
 
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