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Domingo, 10 de mayo de 2009

TRADICIONES > CELEBRACIONES POPULARES

De fiesta en fiesta

Llueva o truene, las fiestas populares se repiten cada año. Reflejan la diversidad cultural del país y, en algunos casos, también expresan mitos y costumbres seculares. Jinetes en la Fiesta de la Tradición en San Antonio de Areco, improvisados toreros en Casabindo, músicos peregrinos en Tilcara y mucha harina y albahaca en la Chaya riojana.

 Por Julián Varsavsky

Las fiestas populares reflejan diversas expresiones culturales arraigadas en nuestro país. En la Puna, por ejemplo, hay quienes siguen desde hace siglos la tradición española de las corridas de toros, pero sin lastimar al animal. También en Jujuy, cerca de 4 mil músicos forman bandas de sikuris que suben a lo alto de un cerro tocando por las laderas. Muy cerca de allí, los habitantes de Humahuaca se apropian de una fiesta medieval de origen europeo y celebran su propio Carnaval, sincretizado con las rogativas a la Pachamama. Y lo mismo hacen los riojanos, claro que carnavaleando a su manera. Por último, en San Antonio de Areco se celebra la cultura gaucha con increíbles jineteadas en la Fiesta de la Tradición.

TOROS EN CASABINDO Cada 15 de agosto, en el pueblito jujeño de Casabindo se realiza una corrida con improvisados toreros que homenajean así a la Virgen de la Asunción, patrona de ese lugar con casas de adobe perdido en la inmensidad de la Puna.

El Toreo de la Vincha transcurre frente a la iglesia conocida como “la Catedral de la Puna”, que luce desproporcionada para un pueblo de tan sólo 200 habitantes que en un día normal parece desierto. Pero cada 15 de agosto una larga caravana de vehículos levanta una nube de polvo en la lejanía, rumbo a un Casabindo ruidoso y alborotado. De los autobuses bajan centenares de personas llegadas desde toda la provincia, y la fiesta comienza con una misa y una procesión. El aroma a incienso impregna el ambiente y aparecen en escena los samilantes, unos adoradores de la Virgen con plumas de suri (ñandú) en la ropa y el sombrero. Los samilantes bailan la danza de los suris casi todo el día frente a la iglesia, al son de la caja, la flauta y los cascabeles que llevan en sus muñecas y rodillas.

A las dos de la tarde comienza lo que todos están esperando. Un bombazo inaugura la corrida y sale al ruedo el primer joven que intentará arrebatar la vincha con monedas de plata que cuelga de los cuernos del toro. Un gran rectángulo limitado por un muro de piedra y adobe y algunas gradas hacen las veces de “ruedo”. Algunos toros se niegan a correr y se dejan quitar la vincha con mansedumbre. Otros parecen tranquilos, pero cebados por la multitud emprenden violentas carreras de 50 metros que obligan al torero a esquivarlos, lanzándose al suelo como un arquero atajando un penal. En general, los valientes pobladores se enfrentan al toro con un paño rojo algo tajeado que, a diferencia de las capas españolas, no esconde ninguna espada traicionera.

A las seis de la tarde, el frío y el viento señalan que la fiesta ha terminado y la caravana de autos levanta una nueva polvareda que se pierde en la lejanía del Altiplano. Y en la noche, los ínfimos arroyos de alrededor se congelan y el pueblo de Casabindo, en medio de la nada, vuelve a sumirse en el silencio y la absoluta oscuridad.

SUKURIADAS Cada Lunes Santo, en la ciudad jujeña de Tilcara se inicia una multitudinaria y sonora peregrinación en la que 4 mil personas y medio centenar de bandas de sikuris suben en fila por las laderas hasta el santuario del Abra de Punta Corral, a 3480 metros de altura, desde donde bajarán en andas a la Virgen de Copacabana, la “mamita de los cerros”.

Durante la marcha por los senderos de la montaña –abiertos hace siglos por los habitantes de la zona–, las bandas superponen sus repertorios a lo largo de toda la noche. A media mañana del martes las bandas suben todavía más, hasta la punta del Cerro de la Cruz, donde hay otro calvario a casi 4000 metros de altura. Esta nueva procesión implica dos horas más de caminata muy empinada, con la mayoría de los músicos sin dormir desde el día anterior. Y a las 4 de la tarde, ya de regreso en el santuario, se hace la misa de los sikuris, donde las bandas tocan otra vez sin respetar los ruegos del cura por un poco de silencio. El Miércoles Santo a las 5 de la mañana la procesión parte del santuario con la Virgen en andas. Al llegar al pueblo la recibe una “guardia romana” compuesta por cuatro hombres con casco dorado y capa violeta portando lanzas de madera. Finalmente, con gran pompa y fuegos de artificio, y con un esfuerzo tremendo de las bandas por imponer sus melodías por sobre las demás, se juntan todos frente a la plaza de la iglesia de Tilcara y se entroniza a la Virgen en el altar.

En su libro sobre la Virgen del Abra de Punta Corral, el antropólogo tilcareño René Machaca escribió que “el carácter de peregrinación que asume la festividad combina elementos que remiten tanto a expresiones características del catolicismo popular como a formas rituales prehispánicas... Al mismo tiempo, muchas de sus características nos permiten pensar en una relación asociada con las antiguas peregrinaciones precoloniales a los santuarios de altura, donde los incas y sus antepasados manifestaban sus creencias a través de ofrendas y sacrificios”.

ENCUENTRO CON EL DIABLO Cada mes de febrero –entre el 16 y el 19–, en los barrios de la ciudad de La Rioja y en la mayor parte de la provincia se celebra la Fiesta de la Chaya, cuyo origen se remonta al tiempo de los indios diaguitas, quienes más o menos para la misma época del año realizaban una celebración en agradecimiento a los dioses por las cosechas. La costumbre se mezcló más tarde con la fiesta de Carnaval, que llegó de Europa, incorporando rasgos de raíz autóctona como el pujllay, un diablillo libertino.

La Chaya tiene como escenario las calles de los barrios populares de La Rioja y casi todos los pueblos del interior. La ceremonia central es el topamiento, en el que participan las comadres y compadres de cada barrio. Para realizar los topamientos, los vecinos decoran las calles con gallardetes, flores, globos, hojas de albahaca y colocan en algún lugar clave un arco que cruza de vereda a vereda lleno de adornos, bajo el cual se realiza el encuentro de los cumpas y las cumas (por lo general se topan mujeres con mujeres y hombres con hombres, quienes se tienen un afecto especial).

Cada “pacota” de chayeros sale desde un determinado punto de reunión –por lo general una casa o una enramada o rancho especialmente construido– y se dividen en dos grupos que caminan detrás de la cuma y el cumpa. Los acompañantes se acercan saltando y bailando y traen puñados de harina y ramilletes de albahaca detrás de la oreja. Cuando los dos grupos están a 50 metros uno del otro, el bastonero repite tres veces el llamado a toparse y las comadres hacen sonar los tambores cantando la polquita o vidalita de Carnaval, mientras bailan a los saltos entre gritos de “¡Chaya! ¡Chaya!”. El ruido de tambores y cohetes es ensordecedor, vuelan serpentinas por todos lados y las coronas hechas con harina, huevo y azúcar les son arrebatadas a los coronados y se las comen entre todos. Por último los invitados se dirigen a la casa de una de las comadres o compadres donde se realiza un baile al son de vidalitas chayeras.

Además de los topamientos, en todos los barrios de la capital se realizan comparsas a caballo que recorren al galope las calles y se detienen en muchas casas donde los espera una guerra de agua y harina. Durante la fiesta aparece en cada barrio la figura del pujllay, un muñeco de trapo desarticulado y andrajoso que preside la algarabía popular. Y al atardecer de la última noche de fiesta, el muñeco es incinerado en medio de la multitud que baila y canta en un contagioso frenesí.

ESTAMPA GAUCHA En el poblado bonaerense de San Antonio de Areco, la Fiesta de la Tradición se celebrará este año entre el 31 de octubre y el 9 de noviembre, en su versión número 70. La fiesta en sí comenzará el viernes 6 por la noche, cuando se encienda el fogón de la histórica pulpería La Blanqueada. A lo largo de la noche empezarán a llegar los paisanos, y los tríos y cuartetos musicales irán animando la fiesta con su música y baile, siempre restringidos a los ritmos sureños de la provincia de Buenos Aires: gato, triunfo, huella, triste y estilo.

A lo largo del día sábado, el ambiente comienza a animarse de a poco, con los gauchos a caballo que van llegando desde Azul, Arrecifes, Salto, Rojas y otros pueblos. Pero lo más llamativo es ver el arribo de las tropillas de caballos, arreadas desde los diversos pueblos.

En la tarde comienza la parte más vertiginosa de la fiesta: las competencias de destreza criolla. La jineteada es la prueba más tradicional, que consiste en montar el mayor tiempo posible a un caballo no domado. La “piolada puerta afuera” es otra prueba muy popular: hay que enlazar a un caballo desbocado antes que cualquier otro de los contendientes. Además hay carreras de sortija y las populares cuadreras, carreras de caballo a campo abierto.

El domingo es el día de la gran fiesta, el Día de la Tradición, en homenaje al natalicio de José Hernández. Las actividades comienzan en la mañana con el desfile de dos mil gauchos y todas sus tropillas. Con la caída del sol llega la ceremonia de cierre, inspirada en una “retreta del desierto”: grupos de jinetes giran alrededor de un gran fogón con antorchas en la mano mientras resuena una banda militar.

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Una banda femenina de sikuris en el Abra de Punta Corral, provincia de Jujuy.

El Toreo de la vincha en Casabindo, frente a la “Catedral de la Puna”.
 
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