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Domingo, 14 de junio de 2009

PASEO CULTURAL > EL FONDO ANTIGUO DE LA COMPAñIA DE JESUS

El regreso de los incunables

El Fondo Antiguo de la Compañía de Jesús restaura libros de los siglos XV al XVIII que pertenecieron a la antigua biblioteca jesuita. Una visita interesante a uno de los tantos y sorprendentes rincones porteños.

 Por Pablo Donadio

Los libros atesoran –y tal vez esconden– mucho más que palabras. El contexto de su escritura, los motivos que llevaron a su armado y los testimonios de quienes vivieron el tiempo de su creación son un verdadero tesoro que el Fondo Antiguo de la Compañía de Jesús sabe valorar. Por eso cuida y restaura con modernas máquinas antiquísimos incunables de la antigua biblioteca jesuita, que en su mayoría se remontan a un período comprendido entre los siglos XV y XVIII. Allí, quien recibe al visitante es el licenciado Diego Villaverde, coordinador del proyecto, que saca un libro y explica: “Este, ¿ves? –pregunta y afirma a la vez, mientras su mano derecha sostiene la obra y la izquierda lo señala– es un ejemplar único del siglo XVII, una reliquia que seguro fue cosida a mano por los indios ¡Qué maravilla!”, dice emocionado. “Y este otro –agrega– es una Biblia escrita en seis idiomas, ¿qué te parece?” A medida que los presenta, vuelve a acomodarlos en pequeñas, medianas y grandes cajas de cartón que han sido diseñadas para protegerlos del descuido más que del irremediable paso del tiempo. Tras un largo rato, la exhibición Villaverde termina, y mientras lleva con un cuidado casi paternal cada ejemplar único a su sitio, completa: “La maquinaria y las técnicas aprendidas nos permiten encuadernan, limpiar, montar y desmontar cada libro, pero lo fundamental aquí es preservar las características originales de las obras, las marcas de uso, eso que constituye su mayor valor”.

AL RESCATE “El libro encierra el alma del hombre y de los pueblos, resucita el pasado, prepara para el porvenir.” La cita alusiva al Día Internacional del Libro –23 de abril– refleja brevemente alguno de los valores que muchas sociedades le han dado a lo largo de la historia. Este verdadero renacer de algunas antiguas obras consideradas “oro en polvo” por su contenido tanto informativo como paratextual, es también una apuesta al futuro. Los hacedores de este proceso lo saben, y no pueden disimular su satisfacción, especialmente por la comunión de colaboraciones que derivó en el proyecto: ubicados en el nuevo laboratorio de conservación que se emplaza en medio del espacio cedido por el Colegio del Salvador de la avenida Callao, la Compañía de Jesús trabaja con obras de antiguas bibliotecas, cuyos ejemplares estuvieron diseminados por varias provincias. Allí, gracias a asombrosas máquinas adquiridas por un aporte del Instituto Italo Latinoamericano y de la región de la Lazio (Italia) por más de 250 mil euros, vuelven a la vida libros de características únicas e irrepetibles. Quienes conocen la historia afirman que fue la tenacidad del padre Martín Morales, jesuita y director del Instituto Histórico de la Compañía de Jesús, quien dio el primer puntapié. Así el Laboratorio de Conservación Nicolás Yapuguay comenzó a trabajar con más de 15.000 obras manuscritas e impresas, producidas entre los siglos XV y XVIII, que eran propiedad de los jesuitas y fueron rescatadas del descuido. Entre ellas hay clásicos latinos y griegos, libros de carácter científico, textos de devoción, de filosofía y de humanidades, muchos de ellos impresos en importantes tipografías europeas. Esta colección representa uno de los repertorios más importantes por calidad y antigüedad de América latina: su origen se remonta a las Librerías Grandes de los Colegios de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, y a las bibliotecas de otras residencias de la antigua Provincia Jesuítica del Paraguay. Cuentan en los pasillos del laboratorio que aquellos libros eran para los jesuitas que llegaban a América mucho más que una guía del Viejo Mundo con algunos parámetros de enseñanza: sobre todo significaban un nexo con aquello que se dejaba del otro lado del océano. Miles de estas obras constituyeron importantes bibliotecas en los llamados “pueblos de indios”, así como lo testimonian algunos tomos: “del pueblo de los Apóstoles...”, “del pueblo de San Angel....”, “de la Estancia de Jesús María”. Cuando los jesuitas fueron expulsados de América en 1767, este patrimonio se dispersó: parte fue llevado a la actual Biblioteca Nacional de Buenos Aires, mientras otros volúmenes quedaron en la Universidad Nacional de Córdoba, y otros tantos terminaron en colecciones privadas o se perdieron definitivamente.

REVIVIR LAS OBRAS El laboratorio está provisto de equipos, instrumentales y materiales necesarios para conservar los libros y su papel. El trabajo no es sencillo, pero el resultado es elocuente: a diario se renuevan obras con centenares de años que son rehabilitadas a la lectura. Si bien el tratamiento de cada ejemplar no es el mismo, hay cierta regularidad en el proceso: los incunables ingresan al laboratorio por una mesa de luz, donde comienza un examen en detalle y el sopleteado fino de las páginas para quitar basuras e impurezas. De allí se pasa a una máquina de limpieza superficial o a la máquina de limpiado hoja por hoja, para los libros más delicados. Luego se mide el pH sobre el papel con un electrodo de contacto y se le quita el ácido. Allí, de ser necesario, se realiza un lavado en una pileta de baño termostático con carga alcalina. Lo que sigue es la mesa de succión, que cuenta con un sistema aspirante que permite un secado veloz de algunos líquidos con los que son tratados los papeles. Si la obra está muy dañada entra en acción la “vedette” del laboratorio, la reconstructora de hojas. Aquí hay básicamente dos partes, una de ellas dedicada a la investigación histórica, que ayuda a determinar lo que falta de las obras y a seguir “el hilo” de lectura que permite completarla, mientras otra es la estrictamente material. Sobre esta última se aplica la “reintegradora mecánica con dispersor y agitador de fibra”, como lo indica su nombre completo, cuyo proceso es fabuloso: una vez sacada la hoja del lomo –en general cosido con soga–, y elegida la página a restaurar, se rellenan mecánicamente con pulpa de celulosa los lugares donde se ha perdido papel (por lo general muy cercanos al lomo). En el proceso final, el ejemplar es llevado a un secapliegos –un sistema de bandejas metálicas apiladas entre sí–, para luego pasar cada página por distintas prensas antes del rearmado. “El trabajo está orientado a garantizar la mayor permanencia a lo largo del tiempo, tanto del contenido como de la información del soporte material del documento”, explica Villaverde.

AL ALCANCE DE TODOS Si bien el lugar está abierto a todo el público, en general lo visitan quienes tienen alguna cercanía con la historia y/o la literatura (el anexo del laboratorio y su biblioteca recibe a investigadores y escuelas sin problema alguno). Sin embargo, hay un importante control de las obras, ya que “son muy requeridas para el tráfico de arte, especialmente en Europa”, según cuenta Villaverde. Es importante destacar que estos modernos elementos de trabajo le permiten al laboratorio brindar servicios de conservación a bibliotecas y archivos públicos y privados, garantizando un tratamiento similar al realizado con las joyas jesuíticas. Además del cuidado y restauración, la idea de quienes llevan adelante este emprendimiento es crear una escuela de conservación capaz de otorgar títulos habilitantes en la materia.

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TESORO JESUITA. OBRAS MANUSCRITAS E IMPRESAS, PRODUCIDAS ENTRE LOS SIGLOS XV Y XVIII.
 
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