turismo

Domingo, 4 de julio de 2010

CHILE. UNA VISITA A PUNTA ARENAS

En la Patagonia Austral

Crónica de una excursión náutica entre fiordos y glaciares hasta Punta Arenas, la pequeña ciudad-puerto conocida como la capital de la Patagonia chilena donde fondeaban las embarcaciones europeas en su paso del Atlántico al Pacífico, mucho tiempo antes de la construcción del canal de Panamá.

 Por Guido Piotrkowski

El Vía Australis se acerca a tierra. Luego de tres días de navegación desde Ushuaia, entre fiordos y glaciares por el canal de Beagle y el estrecho de Magallanes, tras la huella de exploradores de la talla de Charles Darwin, llegamos a buen puerto. A diferencia de las fragatas de antaño, navegamos en un confortable crucero. Desembarcamos en el mítico Cabo de Hornos, donde Darwin no pudo hacerlo, y en bahía Wulaia, una isla que el célebre naturalista sí pudo recorrer para afianzar su revolucionaria teoría de la evolución. Poco antes de llegar a destino final, la embarcación se detiene frente a la isla Magdalena, reserva de una colonia de más de sesenta mil pingüinos de Magallanes que nidifican en estas tierras. Llegan en septiembre, ponen huevos en octubre, e incuban por 40 días. Nos acercamos hasta allí en botes zodiac y descendemos ante la atenta mirada del guardafaunas. Las recomendaciones son claras: no interrumpir el paso cuando van o vienen del mar, no hacer ruidos molestos, no acercarse demasiado. En la isla, declarada Monumento Natural en 1982, hay un hermoso faro con un centro de interpretación, hasta donde se llega a paso lento, disfrutando de los sonidos de la naturaleza allí reinante: el viento, los cormoranes, pingüinos y gaviotas.

Isla Magdalena, declarada Monumento Natural, reserva de una colonia de más de sesenta mil pingüinos de Magallanes.

LLEGAR A BUEN PUERTO Finalmente arribamos a destino. El buen puerto se llama Punta Arenas, y aquí amarramos durante una fría mañana, con un tibio sol que intenta asomar mientras un puñado de aves sobrevuelan el muelle. Desde la cubierta se atisba una pequeña y colorida ciudad. Así como en La Boca, los techos de las casas fueron pintados con los restos de pintura de los barcos que navegaban por allí tiempo atrás. Es que antes de la construcción del canal de Panamá, esta pintoresca y señorial mini ciudad, de unos 120 mil habitantes en la actualidad, tuvo un rol muy importante y activo a pesar de estar en los confines del mundo. Punta Arenas fue, por mucho tiempo, paso de las embarcaciones del Atlántico al Pacífico, atrayendo una buena cantidad de aventureros, comerciantes, buscadores de fortunas, y misioneros.

La ciudad continental más austral del mundo se encuentra en la región chilena de Magallanes, a poco más de 3 mil kilómetros de Santiago de Chile y 230 km de Ushuaia. Chile tomó posesión de este enclave en 1843, luego de que el gobierno enviara una expedición que se estableció en Fuerte Bulnes, un peñón rocoso en el bosque magallánico, alejado de lo que constituye el núcleo urbano actual. La propia ciudad, finalmente, fue fundada en 1848 pero a 55 kilómetros del fuerte por las inclemencias climáticas de aquel lugar. Hay excursiones hasta allí donde aún están en pie la capilla, la cárcel, el patio de los cañones, algunas casas, y caballerizas.

Julio Sopik es nuestro guía y a modo de introducción al paseo que nos llevará por los principales puntos turísticos, asegura que el gobierno chileno tenía la región “abandonada”. “Es que este lugar no interesaba, estábamos en guerra con Perú y Bolivia por la región de Atacama, que tenía más valor que la Patagonia, a causa del salitre”, afirma el guía. A pesar de todo, Punta Arenas llegó a convertirse, en poco tiempo más, en el polo cultural, comercial, industrial y ganadero más importante de la Patagonia Austral.

CITY TOUR El recorrido comienza en lo alto. Estamos en el mirador del cerro de la Cruz. El primer vistazo hacia el horizonte, dominado por un mar azul y omnipresente, recorre esta pequeña y simpática ciudad, donde se mezclan las típicas construcciones patagónicas de zinc coloridas con los caserones de impronta europea, que se destacan sobre todo alrededor de la plaza principal Muñoz Gamero. La madera ya no se utiliza más aquí, luego del incendio de la antigua catedral. “Antes se calentaba todo con braseros. Era un día de viento y toda la cuadra, incluyendo el palacio de la gobernación, se prendió fuego. De ahí que se dejó de construir con madera”, cuenta el guía.

Desde el mirador del cerro de la Cruz, un panorama de la ciudad y la plaza Muñoz Gamero.

Desde el punto panorámico se destacan la torre con el reloj de la nueva catedral, el Gran Hotel Cabo de Hornos –una de las construcciones más antiguas y recientemente remodeladas– que contrasta notoriamente con el futurismo vidriado del hotel casino Dreams, emplazado cerca del puerto. Un poco más atrás, descansan los cruceros turísticos cuyos pasajeros desembarcan rumbo a la muy concurrida Zona Franca, un centro comercial donde se puede adquirir todo tipo de productos libres de impuestos.

Descendemos en dirección al centro. A lo largo de las calles llama la atención la gran cantidad de cipreses perfectamente podados y distribuidos en hileras –una imagen que se repite en gran parte de la ciudad– como los que encontramos en la prolija plaza Muñoz Gamero. Allí se erige un monumento en homenaje al descubrimiento del estrecho de Magallanes, inaugurado en 1920. Es una gran estatua de Hernando de Magallanes, bajo cuya figura dominante se encuentra la de un aborigen. Según dice una antigua leyenda, quien besa los pies del indio, vuelve a Punta Arenas.

Alrededor del monumento despliegan sus creaciones los artesanos locales. Gorros, guantes y bufandas, orejeras, pingüinos en formatos diversos, y otras chucherías. En el área que circunda la plaza se encuentran los palacios de algunas de las familias más tradicionales –inmigrantes como los Braun Menéndez, Montes o Blanchard–, que hicieron su fortuna en base al comercio marítimo y la explotación de ganado bovino. También allí está el bellísimo teatro municipal, inspirado en el Colón de Buenos Aires, y otros edificios de la época dorada de esta perla austral.

LOS MUSEOS Aunque los primeros asentamientos datan de 1584, la región cobró una importante relevancia en el siglo XIX, cuando el gobierno chileno finalmente tomó posesión de ella. A partir de allí, y hacia la Primera Guerra Mundial llegaron una gran cantidad de inmigrantes que se fueron instalando definitivamente. Algunos de ellos recibieron tierras del gobierno, como una manera de alentar el desarrollo local. Aquellos primeros colonos se dedicaron al comercio de pieles de lobos, a la búsqueda del oro, o al ganado bovino, hecho que marcó el inicio de la lucha con los indígenas, quienes comenzaron a cazar al “guanaco blanco” –como llamaban a las ovejas–, un animal hasta el momento desconocido e introducido por los europeos. Los habitantes originarios no podían entender cómo unos pocos hombres tenían tantos animales. Esto desató una persecución que prácticamente terminó con las etnias locales que habitaron la región, como los Tehuelches u Oanikenk, Onas, Yaganes y Alacalufes.

“La matanza de los nativos es un tema tabú”, apunta Sopik durante la visita al Museo Salesiano, frente a una foto de un Ona muerto en el suelo. A su lado, se ve un hombre blanco parado con su rifle, y más atrás, otros europeos disparando al resto de los aborígenes. “Una evidente cacería”, señala el guía. El hombre de la foto es Julius Popper, un austríaco que llegó en busca del oro. Fue uno de los muchos que contribuyeron a borrar la historia más antigua del lugar, la de los pobladores originarios, quienes no dudaban en entrar en los campos que se habían adueñado los hombres blancos para cazar con arco y flecha, las mismas armas con las que se defendían de las balas.

El Museo Salesiano Maggiorno Borgatello es uno de los tantos que ayudan a entender la rica historia del lugar. Además de los objetos y documentos que dan cuenta del trabajo de la orden, hay artesanías y utensilios indígenas, fósiles, una sala repleta de animales embalsamados de la fauna local, una recreación de la cueva de las manos, y objetos personales y sorprendentes fotografías tomadas por el padre Alberto María de Agostinni, incansable explorador de la región hacia comienzos del siglo XX. El misionero escaló varios de los montes y glaciares de la zona hasta el momento inexplorados, desde los de la cordillera Darwin hasta las Torres del Paine, uno de cuyo picos lleva su nombre.

Desde allí andamos unas pocas cuadras hasta el Museo Regional de Magallanes, una casona que fue la residencia de la tradicional familia Braun Menéndez, en pleno centro histórico. Declarada Monumento Histórico Nacional en 1974 y cedida íntegramente al Estado por sus herederos en 1983, esta mansión fue construida en su totalidad con materiales, muebles y objetos decorativos traídos desde Europa. Hoy en día, además del exquisito mobiliario y los cuadros de la familia, se puede ver aquí una colección relacionada con los orígenes de la Patagonia: mapas, documentos, fotos y más.

Vista de la pequeña ciudad continental más austral del mundo.

LA HISTORIA VIVA Nos trasladamos al cementerio, uno de los puntos más turísticos y representativos de Punta Arenas. “Todas las comunidades están representadas acá”, explica Sopik mientras caminamos por un pasillo de cipreses misteriosos. “Son como bonsai gigantes”, agrega el guía, intentando describir a estos árboles que nos remiten al universo de una película de Tim Burton.

La visita al muy cuidado cementerio es aprovechada por Sopik para explicar las intrincadas historias familiares que dieron nacimiento a las familias más adineradas de aquí. La más conocida es la de Sara Braun –hija de un inmigrante judío de Lituania, Elías Braun– quien contrajo matrimonio por conveniencia con José Nogueira, un marino portugués que le llevaba más de veinte años. El hombre hizo una fortuna comerciando pieles y el gobierno le concedió más de un millón de hectáreas de tierras. A su vez, el padre de Sara también se había enriquecido mucho en estas latitudes. Con el compromiso consumado, las dos fortunas se potenciaron. Al morir su esposo, la joven viuda heredó una enorme riqueza. A partir de allí, se tejieron muchos mitos amorosos alrededor de la figura de esta adinerada mujer cuyo hermano, Mauricio Braun, se casó con la hija de otro inmigrante potentado: José Menéndez, un asturiano conocido como el rey de la Patagonia.

Fue Sara Braun quien donó las tierras y dineros para construir este señorial cementerio –inaugurado en 1919– donde está su tumba, una réplica de una iglesia ortodoxa rusa. Pero la mujer más famosa de Punta Arenas puso como única condición que sellaran la entrada principal después de su entierro. Y así fue. Desde que murió en 1955, a los 93 años, la entrada principal permanece cerradaz

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En el centro de la ciudad, señoriales edificios de antiguos esplendores.
Imagen: Guido Piotrkowski
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