turismo

Domingo, 29 de agosto de 2010

ECUADOR. EN PUERTO LóPEZ, PESCA Y ECO-TURISMO

Mar y selva tropical

Puerto López, una zona de barrios pesqueros sobre el Pacífico, a cuatro horas de Guayaquil, conjuga el encanto de las playas con excursiones de eco-turismo. Allí se ofrece un colosal encuentro con las ballenas jorobadas, que llegan a las aguas tropicales a parir, y una visita al Parque Nacional Machalilla, hábitat de monos aulladores salvajes.

 Por Pablo Donadio

En pleno Parque Nacional Machalilla, a unas cuatro horas de Guayaquil, Puerto López es un tesoro sin estridencias y al aire libre, donde la vida muestra dos caras de una misma moneda: por un lado está la pesca; por otro, una disposición permanente a brindar la atención que requiere cada turista que pisa este suelo. A lo largo del malecón, la extensa escollera costera, se puede ver precisamente parte de los 84 puestos gastronómicos, de hospedaje y operadores turísticos que concentra Puerto López frente al Pacífico. Dos razones traen al viajero hasta este lugar, ambas de carácter natural y propias del eco-turismo: disfrutar de los variados escenarios que ofrece el Machalilla, con llegada al selvático hogar de los monos aulladores, y tener mar adentro un mano a mano con las ballenas jorobadas, gigantes marinos que se acercan a estas aguas tibias para parir sus crías hasta fines de septiembre.

El show de las jorobadas acompaña a las lanchas turísticas.

ARTE PESQUERO Cabecera Cantonales es un típico poblado de pescadores, donde no pasa nada y todo es tan calmo que por momentos genera un “¿y ahora qué hacemos?” entre quienes llegan con otros ritmos a cuestas. Es el amanecer, y al salir por completo la figura del sol sobre las aguas, el puerto comienza a teñirse de color anaranjado, mientras se divisan a contraluz, lejos, algunas embarcaciones. Poco a poco, el mismo tiempo que dura un termo de mate entre seis, las naves acortan distancia, y entonces sorprende la cantidad de aves marinas que les hacen de satélite: no buscan, claro, otra cosa que ahorrar trabajo, ya que los buques llegan repletos de la pesca fresca del día. Al rato ocurre algo llamativo, pero que según dicen es un clásico local: la gran nave suelta el ancla, y sus hombres descuelgan un barquito de madera, tiran unas cajas y bolsas, y se lanzan ellos a bordo. Al rato están ya sobre la arena, con el pescado recolectado para ofrecer en la costa.

Poco después llega otra gran embarcación, con un grupo de cinco a siete hombres que hace exactamente lo mismo. Al poco rato, la playa ya es un gran mercado, con pescadores exhibiendo lo suyo en un mostrador improvisado, gente llevando su compra y más y más barquitos descargando esa bendición que el mar les da a los trabajadores locales y sus familias. Algunos son ya clientes: se nota en la relación que establecen “del otro lado” del mostrador, y se animan a especies conocidas y otras que a simple vista son rarísimas. Los pescadores afirman que la limpieza de la pieza obtenida es fundamental, y sacan a relucir toda su experiencia y capacidad en lo que mejor saben hacer: filetear. Luego lo posan como si fuera un trofeo, esperado a la clientela. “Sí, venimos casi todos los días. Se vende bien aquí. Adentro se sacan varias especies. Las traemos y nuestras mujeres nos ayudan con el resto que sobra, vendiendo al mercado”, explica escuetamente uno de ellos. De este modo, lo que no es llevado por los vecinos directamente es colocado en el almacén cercano, que se asegura pescado fresco casi a diario, y así puede ser vendida toda la tanda de los pesqueros.

Fileteadores en pleno mercado de Puerto López, con la pesca fresca del día.

CON LAS JOROBADAS De julio a septiembre se pueden disfrutar en Puerto López la gracia y las ceremonias de cortejo de las ballenas jorobadas (Megaptero novaeangliae, si se es riguroso), enormes mamíferos marinos de más de 15 metros de largo y casi 40 toneladas, que migran hacia las aguas tropicales desde la Antártida en un viaje épico de 7 mil kilómetros. Una travesía que impresiona, y que deja sin palabras cuando esas moles van y vienen cerca de las embarcaciones en la costa media ecuatoriana, sitio ideal para parir sus crías, asegurando la supervivencia de la especie.

La excursión comienza en la costa, que al rato se ve pequeña desde mar adentro. En la lancha-yate, los ojos de los pasajeros buscan y buscan una señal, hasta que un grito los alborota: están allí. Comienza entonces un espectáculo fabuloso, y hay corridas de la popa a la proa en busca de su figura, fotos sin tregua y hasta algunas lágrimas, en respuesta a la fascinación que provocan los animales. De cerca, su piel se asemeja a la cubierta de un neumático, de color gris oscuro a negruzco, con claras ranuras verticales. Al rato, casi en respuesta al pedido del público, sale a la luz su titánica cola, bella y armónica, que regresa bajo el agua con la delicadeza de un cornalito. Ahí sí el alma se contenta por completo. “A veces tenemos suerte y algún macho salta, de forma impresionante, buscando atraer alguna hembra en la que está interesado. Pero nunca se sabe cuándo va a pasar, sólo es cuestión de suerte”, afirma Cintia, guía que acompaña al grupo. Si bien no hay salto en esta oportunidad, otra escena se torna inolvidable cuando un grupo de tres ballenas se entrelazan jugueteando, yendo en la misma dirección de la embarcación y sacando fuera del agua la espalda y la cola, para volver a meterse debajo del agua y desaparecer. Y volver, y desaparecer, varias veces, como jugando a las escondidas con el grupo. “Woow, no puedo creer... qué feliz, qué muy bello”, dice John, un estadounidense que vino especialmente a la costa ecuatoriana para ver las ballenas, en un español poco académico, pero perfectamente expresivo. Tanto es el interés local en esta especie que precisamente de Puerto López partió la iniciativa para declarar el Día de la Ballena en Ecuador, el 22 de junio.

La panorámica del mirador del Parque muestra la costa siempre activa de Puerto López.

CON LOS AULLADORES Desde la creación del Machalilla, el único Parque Nacional isleño-continental del país, que se extiende sobre 55 mil hectáreas y tiene un clima tropical de 24 grados promedio, Puerto López se convirtió en su centro de operaciones. Allí hay “guías naturalistas” para hacer la expedición por el área, como Rosendo, que conducirá al conjunto de argentinos hacia las entrañas del bosque. El personalmente busca a los turistas, les entrega los elementos de seguridad y folletos antes de comenzar. Luego, la cabalgata lleva seis horas y aporta imágenes únicas. También se puede hacer el recorrido a pie, explorando más y con campamento incluido en los dos días que dura la travesía.

Comenzando a andar, el vaivén de los caballos relaja el cuerpo y permite concentrarse en el entorno, repleto de orquídeas y bromelias salvajes, hasta un mirador donde se puede observar la costa del López. Al rato llega la frutilla del postre: entre las ramas y casi sin verse, pero sí oírse, da la bienvenida un mono aullador. Ellos y los simpáticos capuchinos son las especies más buscadas, y en algunas oportunidades suelen mostrar acrobacias aéreas en vivo. En algunos lugares estratégicos, Rosendo hace un alto y tantea el lugar. El camino sigue de a pie y en silencio, a la espera de algún mono amigable, porque en general suelen temerle al humano y esconderse de inmediato. Mientras aguardamos, en su afán explicativo, Rosendo cuenta la anécdota: “Una vez se nos paró un mono capuchino en medio del camino, mientras caminábamos con una señorita. Le dije que se detuviera y lo observara, mientras yo me escondía lentamente. A los pocos segundos escuché su risa, me asomé y le pregunté qué había pasado. Con una sonrisa imborrable en su rostro, me contó que el mono le había tirado un beso y se había golpeado el pecho, antes de salir corriendo. Je je, es de no creer, pero eso sólo lo hacen con las mujeres”. Comprometido con su historia y con su tierra, Rosendo explica que hace 20 años que trabaja en el parque, y está luchando con su gente para darlo a conocer. “Presentamos un proyecto a la municipalidad con unas 20 familias de la comunidad para contar con más herramientas que nos permitan trabajar mejor aquí, para que crezca un poco más y la gente lo disfrute entero”, detalla.

Pueblo pesquero por excelencia, Puerto López es una postal de la vida junto al mar.

Como si fuera poco, el final se corona con una deliciosa cena en casa del propio Rosendo, que suele invitar a sus viajeros y agasajarlos junto a su mujer, una cocinera de excelencia. A partir de allí surgen nuevas recomendaciones, que van desde el disfrute de los cuatro kilómetros de playa que posee el López hasta los deportes náuticos o la visita a las ruinas arqueológicas prehispánicas cercanas, sin olvidar la posibilidad de conocer la Isla de la Plata. Ubicada en los límites del Machalilla, esta reserva protegida de vegetación tropical muestra múltiples colonias de aves marinas que llegan a anidar, por lo que es conocida también como la mini-Galápagos. Y, según la leyenda, incluye la posibilidad de hallar la plata robada a varios galeones españoles siglos atrás...

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Especies exóticas de orquídeas y bromelias salvajes en el Parque Nacional Machalilla.
Imagen: Adrian Cardozo
 
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