turismo

Domingo, 3 de octubre de 2010

CHILE. ASCENSO AL VILLARRICA

Termas, volcán y aventura

La hermosa ciudad de Pucón, en la región de la Araucanía, ofrece múltiples posibilidades para entretenerse en medio de un entorno de volcanes, lagos, parques nacionales y complejos termales. Desde allí, crónica de una esforzada caminata para llegar al cráter del cono blanco del Villarrica.

 Por Mariana Lafont

Pucón, con su emblemático volcán, es sin duda uno de los destinos turísticos más importantes y visitados del sur de Chile, en invierno o en verano, gracias a su entorno, arquitectura y el amplio abanico de actividades al aire libre. A orillas del lago Villarrica, a 100 kilómetros de Temuco y 780 al sur de Santiago de Chile, esta villa fundada por el ejército chileno en 1883 se desarrolló de la mano de los colonos europeos –especialmente alemanes– que llegaron a fines del siglo XIX y comienzos del XX para poblar el sur del país. Tiempo más tarde llegó el crecimiento turístico, que tuvo su esplendor en la década de 1930 cuando se construyó el Gran Hotel Pucón, perteneciente a los ferrocarriles estatales.

Siempre humeante, la cumbre del Villarrica atrae desde cualquier ángulo que se la mire.

ECHANDO HUMO El humeante Villarrica (o Rucapillán, que significa “casa del espíritu o del demonio” en mapuche) es el volcán más activo de Chile. Tuvo hasta el momento 82 erupciones, la más trágica de todas en diciembre de 1971, cuando hubo más de doscientos muertos y desaparecidos. Con sus 2840 metros de altura, domina el Parque Nacional al que da nombre, es el símbolo de Pucón y seduce desde todos los ángulos. Por eso la experiencia de asomarse al cráter volcánico resulta tentadora, impresionante e inolvidable. Eso sí, la caminata no es para cualquiera.

El trekking comenzó alrededor de las siete de la mañana, cuando nos encontramos en la agencia, punto de reunión para recoger el equipo y partir a bordo de una camioneta rumbo al Parque Nacional. Durante el breve trayecto conocimos a los tres guías que nos acompañarían: Guido, José y Joaquín. Por suerte había buen clima y todo indicaba que podríamos subir (los días anteriores había sido imposible debido a la gran cantidad de nubes en la cumbre). Luego de recorrer doce kilómetros, ingresamos al área protegida y registramos nuestro ascenso. Era un noviembre muy atípico, lleno de nieve, y fue necesario ponerle cadenas al vehículo para poder llegar a la base del volcán. En condiciones normales cualquier auto puede subir hasta el punto de partida de la aerosilla del centro de esquí. Sin embargo, aquella vez tuvimos que caminar desde una base totalmente nevada. Bajamos de la camioneta y allí mismo los guías nos explicaron cómo usar la piqueta y cómo caminar con grampones. Nos pusimos más protector solar, aseguramos las mochilas, cargadas con mucha agua (en todo el ascenso no hay un solo arroyo) y con la vianda para el almuerzo. A los pocos metros la mayoría nos quitamos el abrigo de más, mientras dos brasileñas se rendían y abandonaban el grupo con uno de los guías. El resto continuamos caminando y en cuanto apareció un poco de hielo tuvimos que calzarnos los grampones para ir más seguros y no resbalar. Junto a nuestro grupo había muchos más que se iban perdiendo a lo lejos, como diminutos puntos negros.

ESFUERZO DE ALTURA A los 1900 metros sobre el nivel del mar comenzamos a subir en hilera y haciendo zigzag, fundamental para todo ascenso. A partir de ese momento empezamos a sentir más el cansancio y comprobamos que, si bien no es una ascensión técnica, subir al Villarrica requiere estar en buen estado, tener resistencia física y, sobre todo, mucha paciencia y voluntad. Afortunadamente parábamos cada quince minutos y cuando costaba retomar la marcha el guía nos alentaba a seguir. Los pasos se hacían cada vez más cortos y la charla inicial del grupo dio paso a un profundo silencio para ahorrar energías al máximo.

Después de poco más de dos horas de subida, fue un alivio ver a lo lejos el galpón de donde partía la aerosilla: había llegado la hora del almuerzo y estábamos a 2200 metros de altura. Devoramos la vianda frente a un entorno completamente blanco, apreciando la gran vista de los lagos Villarrica y Caburga y, a lo lejos, de los volcanes Llaima y Lonquimay. Sólo restaban 640 metros para la cima, pero sabíamos que serían los más duros: como suele ocurrir en los ascensos, la meta siempre parece estar más cerca de lo que en está en realidad. A esa altura sólo quedaban la mitad del grupo y un solo guía, Guido, ya que los otros habían bajado con los pasajeros que no pudieron seguir.

En el tramo final había mucho hielo y había que afirmar bien los pies. En ese momento Guido nos explicó cómo colocar la piqueta y nuestro cuerpo en caso de resbalar y comenzar a deslizarnos hacia abajo. No tardamos mucho en agradecer el consejo, cuando un turista europeo resbaló y, afortunadamente, se reincorporó haciendo lo que había explicado el guía poco antes. Fueron instantes muy tensos, pero había que mantener la mente serena para no cometer errores. Luego llegamos a un punto en el que se había formado una suerte de refugio de hielo y nieve y comenzamos a sentir el fuerte olor a azufre. Dimos unos pasos más y entramos en una gran nube. No se veía absolutamente nada, pero podíamos sentir el cráter e imaginarlo. Guido nos felicitó: éramos el único grupo que había logrado la cumbre ese día, en poco más de seis horas y media. Aunque el viento era muy fuerte y el olor tan intenso que costaba respirar y picaban los ojos y la garganta, estábamos felices y nos sacamos la foto obligada en la cumbre.

Satisfechos de haber logrado nuestra meta comenzamos el descenso que, por suerte, fue rápido, fácil y muy divertido: culipatín. Guido nos explicó cómo deslizarnos por la nieve con las piernas hacia delante y usando la piqueta de freno. Así fuimos bajando la ladera del volcán y en poco más de dos horas llegamos a la base. Allí nos esperaba la combi, volvimos a la agencia para devolver el equipo y nos premiaron con un diploma de honor y una buena cerveza helada. Estábamos exhaustos, pero felices.

Diferentes grupos se preparan para la larga caminata en ascenso hacia el cráter del volcán.

RELAX TERMAL Luego del gran esfuerzo que implica subir al volcán Villarrica nada mejor que un baño termal para relajar los músculos agotados. En Chile existen cerca de 270 fuentes termales, de las cuales más de 70 se encuentran en la parte austral del territorio, entre la IX y la XI región, desde el volcán Llaima hasta el volcán Hudson. Los entornos que rodean a estas fuentes son variados, pero suelen caracterizarse por tener frondosos bosques nativos, como las termas de Huife, a 33 kilómetros de Pucón. Este gran complejo turístico se encuentra en el Valle del río Liucura, a orillas del propio río y en las cercanías del Parque Nacional Huerquehue.

El camino en sí ya es un paseo y un despeje para la mente, entre verdes praderas cultivadas y pobladas con animales. El complejo está abierto todo el año y tiene tres piscinas al aire libre, con aguas a 40ºC y vista al río. Hace seis años se inauguró una piscina hidroterapéutica rodeada de bosque nativo, con camas de burbujas, cascada para masajes cervicales, hidromasaje y un sector de nado contra corriente. También tiene un pabellón con baños termales individuales, tinas de hidromasaje, sauna y salas de masajes. Pero además de descansar, en las inmediaciones del parque termal se puede practicar canopy en una instalación de más de 500 metros de extensión o caminar por alguno de los senderos en medio de 300 hectáreas de bosque. Se puede ir a pasar el día o dormir en el complejo en tranquilas y acogedoras cabañas de madera.

Por su parte, el Complejo Termal Menetúe se encuentra a 26 kilómetros de Pucón y ofrece tres piscinas techadas, dos al aire libre y baños termales individuales con aguas a 36º C. También brinda fangoterapia, spa y sala de masajes. Menetúe está abierto todo el año y las termas se pueden complementar con actividades como trekking, mountain bike, kayak, remo y pesca con mosca en una laguna privada ubicada en el mismo complejo.

Por último, el Complejo Termal San Luis se ubica a 27 kilómetros de Pucón por el Camino Internacional Pucón-Currarehue. Este centro termal es uno de los más antiguos de la región y posee dos piscinas, una techada y otra al aire libre. Ambas reciben el agua proveniente de doce vertientes con temperaturas que fluctúan entre los 30º y los 45º C. La fuente que se encuentra al aire libre está rodeada de grandes helechos y frondosa vegetación. Además hay baños de tina y saunas y, como en otros centros termales, aquí también se puede practicar pesca deportiva y hacer caminatas en pleno contacto con la naturaleza. El mejor relax

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Rélax ideal post ascenso en las Termas Huife enclavadas en medio de un bosque nativo.
Imagen: Mariana Lafont
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