turismo

Domingo, 31 de octubre de 2010

CORDOBA. EN EL VALLE DE TRASLASIERRA

La ciudad de los ríos

En plena primavera, Mina Clavero es un remanso ideal para un adelanto de vacaciones serranas sin el bullicio turístico de la temporada veraniega. Esta ciudad, atravesada por tres ríos y ubicada al pie de las Sierras Grandes, es la puerta de entrada al Valle de Traslasierra.

 Por Pablo Donadio

Dicen que el alma de los comechingones vuela en cada águila o cóndor que atraviesa el cielo de Traslasierra. Ese arraigo a los orígenes y a la vida en pleno contacto con la naturaleza se nota en Mina Clavero de manera especial. Este recodo ubicado al pie de las Sierras Grandes, a 150 kilómetros de la hiperactiva capital provincial, es ni más ni menos que la puerta de entrada para descubrir el pródigo Valle de Traslasierra. Allí, entre picos azulados y la vista vigía del emblemático Champaquí, se desperdiga una seguidilla de localidades como Yacanto, San Javier, Villa de las Rosas, Los Molles, Villa Dolores, Los Hornillos, Las Tapias, Cura Brochero y Quebrada de los Pozos. En todas ellas, distintas pero siempre bajo un mismo registro nativo, se ofrece una férrea comunión con la naturaleza, aire puro y un río cercano para bañarse. Terapias alternativas, reiki y productos orgánicos se suman a la propuesta naturista.

El disminuido cauce del río Mina Clavero refleja el problema hídrico aún vigente en la región.

Pese a que Mina Clavero es una importante localidad turística, la tríada de ríos, diques y arroyos parecen tener lugar para todo el mundo sin colapsar. Sin embargo, esos ríos que la atraviesan y dan origen a numerosos balnearios con playas de arenas o piedritas sufren hoy la falta de caudal. Las discusiones puertas adentro en torno al trato de los recursos hídricos es el gran tema de estos últimos años, y si bien en invierno es normal que no llueva, no todo es culpa del clima, y hay quienes creen que la sequía sirve a algunos productores vecinos para sus cosechas. “La cosmovisión andina habla de la tierra, la lluvia y el aire como factores centrales de la vida. Dañar alguno de estos elementos es dañarse a uno mismo”, asegura Eugenia Bouchon, vecina de la localidad de Nono, quien también añora los fuertes aguaceros que alimentaban históricamente los ríos, sin duda el orgullo local.

DIAS DE RIO Aquí hay un ritmo de pueblo, no de ciudad. Al punto de que algunos se preguntan si ésta es la famosa Mina Clavero que desborda de gente en verano. Efectivamente lo es, y como toda ciudad turística, cambia radicalmente en épocas no vacacionales. Pero los ríos siempre están, y son tres los que dan lugar a múltiples playas para empezar desde ahora a disfrutar del sol y el agua. El Mina Clavero, que nace en las Altas Cumbres y continúa abriéndose camino en medio de la ciudad, posee frías aguas, que se unen con las del río Panaholma, reconocidos por sus aguas mesotermales de propiedades curativas, que se disfrutan al aire libre y desde las playas de arenas finas. Camino abajo, de Norte a Sur, su encuentro con el Mina Clavero da vida al principal espejo del valle, el río Los Sauces, que más adelante alimenta al dique La Viña y luego al dique Nivelador, hasta desaparecer en los bañados de San Pedro. Una buena forma de empezar la recorrida es alejarse del centro de la ciudad unos 1500 metros hasta Nido del Aguila, una olla cercada por enormes paredones que hacen las veces de trampolín. En este escenario, quizás el más paradisíaco de la zona, el reto es para los valientes clavadistas que se lanzan de los mogotes (algunos llegan a los ocho metros de altura) hacia las profundidades más importantes del Mina Clavero, que se encajona entre las moles de granito esculpidas por la erosión del aire y del agua. Es, en resumen, una pileta de dimensiones gigantes, con algunos sectores que superan los tres metros de profundidad. Pese a la escasez de agua en algunos sectores, aún se puede disfrutar de rápidos que se asemejan a saunas e hidromasajes naturales, debido al paso salvaje y a veces un tanto violento de las aguas entre las rocas. Eso pasa en Los Cajones, sobre el cauce del río Los Sauces, donde el agua transita la cuenca cerrada. Al final de estos “cajones”, la cuenca se abre y surge a ambos costados una formación rocosa elevada que simula la figura de dos elefantes. Esos lugares son tierra y piedra fértil también para el rapel, la escalada, las caminatas recreativas y algunas cabalgatas, con la opción colateral de avistar aves y fauna salvaje muy propia de la zona. Asimismo, la pesca de truchas y pejerrey (que se come fresco en varios restaurantes locales) es otra de las actividades en ríos y diques, con datos y servicios para el pescador en el Club de Pesca.

El valle se enciende por las noches como una constelación de estrellas.

Ya de paseo por la ciudad y sobre todo los domingos, las exposiciones de los artesanos y algunos encuentros culturales en el Teatro El Candil, con la famosa Doña Jovita, comienzan con luz de día y suelen ser acompañadas por presentaciones de títeres y teatro callejero a partir de estas fechas, que convocan a jóvenes y adultos en torno de su plaza mayor. El recorrido por las calles céntricas implica indefectiblemente tentarse con los locales comerciales, que ofrecen desde la recurrente peperina para el mate al aceite de oliva extra virgen, y desde las canastas de mimbre a las piedras de colores y propiedades diversas. Por las noches, mientras algunos eligen el concurrido casino otros saben que la cita es sobre la San Martín, si se desea probar platos típicos. Desde ya, se degusta el infaltable fernet en cada esquina, pero acompañado no de cuarteto sino de las viejas zambitas que se cuelan por los ventanales coloniales de Atahualpa, el reducto folklórico al que llegan principalmente artistas de provincias vecinas y del Noroeste cordobés, de lo más fuerte en la materia.

DON FALCON Hecha la recorrida de rigor, algunos visitantes matean en la Plaza San Martín, de curioso puente metálico, que hace una especie de “L” hasta un salón ubicado en el centro verde y florido. Sobre uno de sus ángulos, un artista completa dibujos y figuras de los cuatro elementos de la naturaleza con venecitas, seguramente para dejar a punto a comienzos de la temporada. Esa es toda la actividad que se ve y escucha en pleno centro. Ha pasado el mediodía y en un chasquido de dedos la gente desaparece de las calles, mientras otros recorremos la ciudad con cierto aire de envidia y esa pregunta recurrente: “¿Podría vivir aquí?”. A ella le sigue una poco trascendental, pero no menos importante: “¿Dónde quedaba la Residencia Serrana? Las calles de Mina Clavero están dibujadas por sus sierras, y sabido es que no se caracterizan por la regularidad en el trazado. Pero si algo maravilloso tiene este sitio y muchos de los pueblos y ciudades chicas además de los paisajes, son sus personajes. Un Renault 4 L de la década del setenta, impecable, pasa por la calle desolada y presiente al desorientado. “Buenas”, dice Don Falcón, que ofrece llevar a este visitante a su hospedaje. Falcón es lo más parecido a lo que uno quisiera ser de viejo, y parece estar recorriendo sus últimos años con la satisfacción de una vida plena. Se le ve en los ojos. Anda despierto porque era mozo de un hotel céntrico por las mañanas, y plomero por la tarde. “Entonces, como no había tiempo para tirarse andábamos por el río con los amigos, con la familia. Ahí cerquita de donde usted va”, cuenta. La Residencia Serrana, como Falcón, es otro ejemplo local. Se trata de un viejo complejo de 1922, de fuerte estilo colonial, y pegado al cauce del Mina Clavero, a unos mil metros del puente central. Sus muros se levantaron con piedra de las sierras, cortada a cincel en “moldes grandes” y pegados con cal criolla traída de Altauitina, localidad vecina, ante la ausencia de cemento. La edificación es similar a la de otros hoteles construidos por la presidencia del general Perón en la provincia, con miras al esparcimiento de los trabajadores municipales, como el emblemático complejo de siete módulos en Embalse, Río Tercero. Además de instalaciones confortables, amplios comedores populares, salas de juego y pileta, el lugar se emplaza en una sierra fina que hace las veces de mirador de un balneario, al cual se tiene acceso directo. Desde allí se baja a la boca del Mina Clavero, que separa esta parte del pueblo con las casitas perdidas en la sierra, del otro lado.

Los continuos zigzags de la Ruta 34, que conecta Mina Clavero con Carlos Paz.

ALTAS CUMBRES Estar cerca de los picos más renombrados de la región y de algunas localidades famosas es una tentación. Una buena opción de un día para conocerlos es tomar el trayecto Los Túneles, un paseo que atraviesa, entre otros lugares, la vecina Villa Cura Brochero, que recuerda al popular cura gaucho. O tomar un antiguo camino de ripio que sale de Mina Clavero y conduce al “Puente del Cura”, en su honor, desde donde parte una huella poco marcada, por donde los cuatriciclos hacen de las suyas. Ese camino desemboca en la quebrada del arroyo San Lorenzo, y ofrece una de las vistas hacia “el” destino a conocer: las Altas Cumbres. El camino de ascenso desde Mina implica adentrarse en una ruta que se menea a derecha y a izquierda incansablemente, y dibuja zigzags que ladean los filos de las montañas. Por momentos hay vértigo y también adrenalina en la media hora pisando fuerte el acelerador que lleva al reino de paisajes imponentes de precipicios y nieblas. Cuenta Sebastián, dueño de la camioneta que nos transporta, que el camino viejo a las Altas Cumbres era complejo y lento, pero pasaba por pueblitos perdidos, con grandes historias. Villa Benegas, el puesto serrano La Mesilla, el paraje La Ventana y unos 14 kilómetros al Norte el hogar-escuela Fray José María Liqueño son algunas de esas postas. Otro imperdible es Las Palmas, y Pocho, una pequeña villa que atesora una capilla de 1776, con leyendas sobre el origen del pueblo. El microclima en esta zona es impresionante, y como ocurre en el paso de San Miguel de Tucumán a Tafí del Valle, lo que es sol y clima seco se transforma acá en humedad y niebla espesa hasta las entrañas de la Pampa de Achala, custodiada por los macizos de Los Gigantes al Norte, las cumbres de Achala en el centro y la parte de la Sierra de Comechingones, al Sur, con el cerro Campaquí (2790 metros) como su límite austral.

Panorámica serrana desde uno de los tantos miradores de la ciudad.

De regreso a la ciudad por la misma Ruta 34, un lugar recomendable para comer e indagar aún más en el pasado de la región es La Posada del Qenti, un paraje antiquísimo convertido hoy en resort de montaña. Su predio linda con el Parque Nacional Quebrada del Condorito y está dentro de la Reserva Hídrica Provincial. Con más de 200 años de vida, algunas de sus paredes de piedra y sectores preservados rememoran el paso de las antiguas carretas y caballos que descansaban en esta posta, denominada así por proveer de alimento y hospedaje a los mensajeros y viajeros de entoncesz

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Los enormes mogotes en los ríos hacen de miradores y trampolines para el chapuzón.
Imagen: Pablo Donadio
 
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