turismo

Domingo, 26 de febrero de 2012

PATAGONIA. CUATRO NAVEGACIONES AUSTRALES

Proa hacia las aguas del sur

La extensa Patagonia también puede ser recorrida de otra manera, surcando sus fríos mares y lagos para tener una visión diferente de los confines del continente americano. Una invitación a embarcarse para descubrir desde paisajes clásicos como el Nahuel Huapi hasta extremos como el Cabo de Hornos.

 Por Mariana Lafont

Dulce o salada, el agua invita a navegar. Más aún si es en uno de los últimos extremos de la tierra, la Patagonia, una región todavía remota no sólo para los viajeros de ultramar sino también para muchos de sus propios habitantes. En el mar o en sus lagos, se la puede descubrir con otra perspectiva desde la Cordillera de los Andes hasta la costa del Atlántico sur.

El Mare Australis navega los confines más australes por la Isla Grande de Tierra del Fuego.

EL MAS AZUL El Nahuel Huapi es un clásico de la Patagonia, accesible no sólo desde San Carlos de Bariloche y Villa La Angostura, sino también punto de conexión entre dos de los destinos más visitados de la región: Isla Victoria y Bosque de Arrayanes. Este espejo de agua está dentro del Parque Nacional más antiguo del país, y ocupa 56.000 de sus 750.000 hectáreas. Los primeros colonos comenzaron a navegarlo por la ausencia de caminos y transporte terrestre, pero a partir de 1920 comenzó a ser visto también como un atractivo turístico: así surgieron las primeras excursiones.

El paseo más tradicional va a Isla Victoria y Bosque de Arrayanes, aunque también se puede elegir la navegación a Puerto Blest y Lago Frías. Las excursiones parten de Puerto Pañuelo, en Bariloche, así llamado porque en el pasado se solían usar pañuelos para llamar la atención de los barcos. Una hora de navegación conduce hasta la Península de Quetrihue, donde está el famoso arrayanal con ejemplares de hasta 200 años de antigüedad. También se puede ir desde Villa La Angostura, navegando 45 minutos o bien a pie. Una vez en el Bosque de Arrayanes, se recorre un sendero de tablas hasta la casa de té y luego se sigue hasta la Isla Victoria. De 31 kilómetros cuadrados, tiene playas de arena volcánica, acantilados y espléndidos puertos naturales en las bahías Anchorena y Totoras.

Misioneros jesuitas europeos llegaron al lago en 1670 provenientes de la residencia de Castro, en Chiloé. Entre ellos iba Nicolás Mascardi, que fundó la Misión del Nahuel Huapi en la península Huemul para evangelizar nativos. Sin embargo, la misión fue abandonada en 1718 luego de la matanza de cinco miembros de la orden. Casi dos siglos después, en 1876, el perito Francisco Moreno remontó el río Limay y llegó a la costa este del lago. Por su parte, la historia de la Isla Victoria data de 1620, cuando el conquistador español Juan Fernández la avistó mientras buscaba la Ciudad de los Césares y encontró puelches y poyas que la llamaban “Isla Nahuel Huapi”, que en mapudungun significa “Isla del Puma o Tigre”.

A fines del siglo XVIII llegó el misionero Francisco Menéndez, que la encontró deshabitada. El nombre de la isla cambió con cada explorador: Fonck la llamó Isla de Fray Menéndez y Guillermo Cox la rebautizó Isla Larga, hasta que una expedición en 1883 la llamó “Victorica”. Finalmente los lugareños (y algunos errores de trascripción) definieron su nombre actual. El primer “turista” en arribar fue el excéntrico Aaron Anchorena, quien llegó con amigos en 1902 y se instaló en una bahía reparada, precisamente la que hoy se conoce como Puerto Anchorena. El millonario obtuvo el permiso y creó una estancia modelo en 1907, con aserradero, muelle y un chalet. En sus viajes llevó plantas exóticas, faisanes y ciervos axis para cazar. Pero el transporte era complicado y muchos objetaban el otorgamiento, por lo que Anchorena finalmente devolvió la isla al Estado en 1916.

Por su parte, los orígenes de Puerto Blest se remontan al 1900 y se vinculan con la empresa Sociedad Comercial y Ganadera Chile-Argentina, que transportaba carga y pasajeros en un vapor llamado El Cóndor (y hacía en siete días un viaje que demoraba sesenta por tierra). La empresa se disolvió, pero la familia Roth continuó y construyó muelles y hoteles en ambos países, brindando un servicio completo y creando una de las primeras agencias de viajes de la zona. La excursión actual sale de Puerto Pañuelo, navega el brazo Blest (el más importante de los siete que tiene el lago) y al comienzo permite ver los cerros Capilla y Millaqueo, además de la Isla Centinela, donde descansan los restos del Perito Moreno. Luego se aprecian el Cerro López y las Islas Gemelas: ésta es la parte más profunda del lago, de 464 metros. Luego de una hora se llega a Puerto Blest y allí hay dos opciones: se puede continuar en bus hasta Puerto Alegre y embarcarse por el Lago Frías en medio de un frondoso bosque con la blanca cumbre del Tronador asomando; o bien seguir a Puerto Cántaros –en plena selva valdiviana– y ascender hasta el lago y la cascada homónimos.

Fin del mundo. Excursiones en zodiac para ver bien de cerca a los pingüinos de Magallanes.

AGUAS DEL FIN DEL MUNDO ¿Quién no sueña con ir al Fin del Mundo? ¿Y qué mejor que navegar las mismas aguas por donde pasaron tantos exploradores y aventureros? Una travesía única navega de Punta Arenas a Ushuaia (y viceversa) en tres días, recorriendo el Estrecho de Magallanes, el Canal de Beagle, el Paso Drake y, si hay buen clima, hasta el Cabo de Hornos. En el camino se avistan la flora y la fauna más australes del continente. Partiendo de Chile, la embarcación surca fiordos solitarios hasta el Parque Nacional Alberto De Agostini para conocer la blanquísima Cordillera Darwin –el extremo sur de los Andes– y el Marinelli, el más grande de todos los glaciares que bajan de estas montañas. Una o dos veces al día hay desembarcos en zodiac y, si el lugar lo permite, se realizan caminatas para ver los diques de castores que causan un gran desequilibrio en el ecosistema de la isla de Tierra del Fuego. El problema es que el castor fue introducido, no tiene depredadores y para hacer diques derriba 400 árboles al año. Se cree que en la isla hay más de 70.000 ejemplares: en otras palabras, una verdadera plaga.

Durante la travesía hay excelentes charlas educativas sobre historia, glaciología y la fauna que se ve en cada desembarco: sobre todo pingüinos de Magallanes, elefantes marinos, toninas y aves como cormoranes, gaviotas australes, chimangos, carancas, halcones y skúas. El viaje sigue y se ven más glaciares, entre ellos el imponente Pía y la “Avenida de los Glaciares”, donde se suceden regios ventisqueros: España, Romanche, Alemania, Italia, Francia y Holanda. Pero el punto más esperado es, sin dudas, el Cabo de Hornos, el punto más austral del mundo. Este promontorio de 425 metros azotado por ráfagas de 100 km/h fue, por años, el paso clave de las rutas comerciales de navegación hasta que se abrió el Canal de Panamá.

Finalmente se llega a Bahía Wulaia, que antiguamente, fue uno de los asentamientos yámanas más grandes de la región. A Wulaia llegó Fitz Roy en 1829 y al volver a Inglaterra se llevó cuatro indígenas a los que llamó York Minster, Fuegia Basket, Boat Memory y Jemmy Button. Quería educarlos y devolverlos a su tierra para que civilizaran a sus pares. Pero, si bien aprendieron inglés y se vestían como occidentales, apenas regresaron volvieron a sus viejos hábitos. Button fue el más célebre por un triste y confuso hecho: en 1859 misioneros anglicanos recalaron aquí pero, no se sabe por qué, fueron masacrados por los fueguinos, supuestamente dirigidos por Button. Wulaia es la última excursión del tour, que termina con una cena de despedida frente a la costa de Ushuaia.

Desde los cruceros, se hacen desembarcos en zodiac para conocer la fauna y flora austral.

LAGO PUELO Este hermoso lago custodiado por el inconfundible Cerro Tres Picos, de 2650 metros y nieves eternas, se encuentra dentro del Parque Nacional Lago Puelo, en el extremo noroeste de la provincia de Chubut y en el límite con Chile. Se abre sobre un valle estrecho y alargado de origen glaciario, a 200 msnm, con un benigno microclima que vuelve sus aguas sean más templadas en comparación con otros lagos cordilleranos.

De un color azul verdoso que le debe a las partículas de óxido de bronce en la superficie del agua, el lago –que en su parte más profunda alcanza los 200 metros– tiene tres brazos. El más largo, de 16 kilómetros, es el brazo sur, que va hacia el río Turbio. El brazo este tiene cuatro kilómetros y está detrás del cordón Currumahuida (“Cerro Negro” en mapuche). Y el brazo oeste tiene ocho kilómetros y es el que va hacia el límite con Chile. Finalmente, tres ríos alimentan al lago Puelo, el río Azul (que desemboca en forma de delta), el Turbio y el Epuyén.

Su nombre deriva de la deformación del término “puelco” (“agua del este” en mapuche) con el que los aborígenes chilenos se referían al río y al lago en el actual territorio argentino que desemboca en el Océano Pacífico a través del Estuario de Reloncaví. Lago Puelo fue descubierto en 1621 por el conquistador español Juan Fernández, que buscando la mítica Ciudad de los Césares navegó desde Chiloé hasta la desembocadura del río Puelo y luego cruzó la cordillera. Si bien no llegó a la ciudad, encontró aborígenes poyas, que luego serían invadidos por mapuches.

Cuando se llega al Parque se ve el muelle con las embarcaciones que realizan las excursiones. Entre ellas está Juana de Arco, una reliquia de acero naval galvanizado que se construyó en 1931 y permaneció en el puerto de Tigre hasta 1959. Luego fue llevada en tren hasta el Nahuel Huapi, donde navegó durante 25 años. En 1985 volvió a viajar, esta vez a Lago Puelo, donde fue reacondicionada y se convirtió en el primer barco que llevó turistas por este rincón chubutense. Para trasladarla fue necesario ir por la meseta, ya que por el ondulante y elevado Cañadón de la Mosca era imposible.

Actualmente son dos las salidas tradicionales: un paseo costero de media hora y una navegación de más de dos horas hasta el límite con Chile. El paseo continúa con una caminata liviana de una hora donde se aprecia la frondosa vegetación de la selva valdiviana. Además se puede llegar hasta los rápidos del río Puelo y los hitos fronterizos. Otra opción es ir hasta la desembocadura del río Turbio, donde se puede disfrutar de una bonita playa de arena blanca.

Gran panorámica del lago Nahuel Huapi desde la cima del Cerro Campanario.

NAVEGAR CON BALLENAS Puerto Madryn, en el Golfo Nuevo en Chubut, es la puerta de entrada al mundo de la ballena franca austral. Este cetáceo peregrina desde las gélidas aguas del sur hasta las costas patagónicas, y al fin del otoño entre 450 y 600 ejemplares arriban a Península Valdés para aparearse, parir y amamantar, transformando al lugar en uno de los mejores sitios de reproducción y cría de la especie del mundo. Después de siglos de persecución, en 1937 se firmó el Acuerdo Internacional para la Regulación de la Cacería de Ballenas, que les dio protección total, y en 1984 fue declarada Monumento Natural Nacional.

Para observar ballenas basta ir a la costanera de Puerto Madryn o, a 17 kilómetros, apostarse en las playas de El Doradillo, donde las madres juguetean con sus ballenatos a escasos metros de la costa. Al nacer las crías miden cinco metros de largo y en la adultez llegan a los 13 o 15 metros, pesando 40 o 50 toneladas. Casi un tercio de su cuerpo lo ocupa la cabeza y en ella se destaca una gran boca curva con más de 200 barbas que cuelgan de la quijada superior y filtran el agua reteniendo el minúsculo plancton, su alimento principal. Pero uno de los rasgos más llamativos son las callosidades que brotan como consecuencia del endurecimiento de la piel, sobre las que se asientan diminutos crustáceos.

Para tener un buen acercamiento, lo mejor es ir a Puerto Pirámides, en Península Valdés, a 100 kilómetros de Puerto Madryn. Además de ballenas, en distintos lugares de la Península se ven elefantes y lobos marinos de un pelo –en Punta Norte y Punta Delgada–, orcas, pingüinos de Magallanes e infinidad de aves. Desde Puerto Pirámides, el único lugar autorizado para los avistajes embarcados, salen lanchas y catamaranes con gente de todo el mundo deseosa de ver la monumental ballena. Las excursiones duran horas, durante las cuales la lancha se transforma en una ballena más moviéndose entre ellas con total naturalidad y sin perturbar su rutina. Uno de los momentos más extraordinarios es el apareamiento, ya que el acto se realiza en forma “cooperativa” y varios machos se ayudan (aunque también compiten) entre sí para copular a una sola hembra. Con gran asombro se observa al grupo de cópula y se contempla la actividad, que puede extenderse durante horas. Finalmente, la hembra es inseminada por varios machos pero sólo uno fecunda al único óvulo. También se ven juegos de las madres y las crías, momentos de alimentación de las ballenas y toda clase de saltos y juegos de asombrosa agilidad de estos gigantes del Atlántico.

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Ballenas. Para admirarlas lo mejor es el avistaje embarcado desde Puerto Pirámides.
Imagen: Mariana Lafont
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