turismo

Domingo, 22 de junio de 2003

MISIONES UN INVIERNO TROPICAL

La tierra de todas las aventuras

Verde y roja, como la tierra y la selva, Misiones promete aventura de punta a punta. Té, yerba mate, cataratas, ruinas jesuíticas, saltos de agua: todo se da cita para que este extremo tropical de nuestro mapa sea el escenario ideal de las vacaciones de invierno.

Por Graciela Cutuli Misiones parece un imán que atrae todos los colores de la naturaleza. El clima tropical favorece la exuberancia de las plantas y la proliferación de los animales, todo bajo un sol que hace relucir desde los saltos de agua hasta las gemas semipreciosas incrustadas en la tierra. No es de extrañar que la provincia sea un auténtico “crisol de razas”, no sólo por su posición fronteriza sino también porque recibió a lo largo del siglo XX oleadas de inmigrantes llegados de toda Europa. Hoy, los europeos siguen viniendo, pero para asombrarse ante el espectáculo imponente de las Cataratas del Iguazú, las “aguas grandes” que –junto con las ruinas jesuíticas– son el pasaporte de Misiones al mundo. Y poco a poco van ganando espacio en la agenda turística también los Saltos del Moconá, preferidos por los amantes del turismo aventura.

DESDE POSADAS Entre Paraguay y la provincia de Corrientes, Posadas –la capital– es la heredera de una antigua misión jesuítica hoy transformada en ciudad administrativa y fronteriza, donde los turistas pueden encontrar todos los servicios necesarios antes de partir rumbo a las cataratas. Por otra parte, basta cruzar el puente San Roque González de Santa Cruz para cruzar a Paraguay. Siempre cerca de Corrientes, pero más al sur, también Apóstoles merece la visita: conocida como la Capital Nacional de la Yerba Mate –de hecho, esta franja de Misiones es el corazón yerbatero de la provincia–, esta localidad debe su desarrollo a los inmigrantes polacos y ucranianos que la eligieron como destino a fines del siglo XIX. Además del Museo Ucraniano, que cuenta con una interesante colección de iconos, hay que ver el Museo Histórico Juan Szychowski, situado dentro de las instalaciones de una de las empresas que se dedica a la explotación de yerba. Szychowski era un inmigrante polaco y también un auténtico pionero, que fue miembro de la National Geographic Society y fabricó toda clase de objetos hoy expuestos en el museo: desde algunos muy personales, como la cuna que usaron todos los niños de la familia, hasta el molino de yerba, arroz y maíz, la primera máquina que hubo en el país para coser bolsas de yerba o el sorprendente torno de precisión cuyas piezas son íntegramente artesanales.
BRILLO MISIONERO Yendo hacia el este se llega a la segunda ciudad de la provincia, Oberá, o “la que brilla” en lengua guaraní. Particularmente conocida por la Fiesta Nacional del Inmigrante que se realiza en septiembre, en Oberá se asentaron numerosas colectividades, desde franceses, suizos e italianos hasta japoneses, ucranianos, polacos y suecos. Es una ciudad agradable, dividida por un bulevar central donde cada plazoleta recuerda justamente a alguna de esas comunidades. En las afueras, varias chacras manejadas por descendientes de los primeros colonos proponen acercarse a diversas culturas, hábitos gastronómicos y las tareas del campo.
Oberá no queda muy lejos de San Ignacio, en dirección al río Paraná. En ese lugar muy tradicional de la provincia, que es habitual combinar con la visita a Iguazú, está el importante grupo de ruinas que revela todavía, pese a los siglos pasados, la imponente obra de los jesuitas en esta parte de Sudamérica. No son las únicas de Misiones (que a ellas les debe su nombre): también hay en Candelaria, San Javier, Mártires, Loreto y Apóstoles, entre otras localidades. Pero las de San Ignacio Miní son las más famosas y mejor conservadas en nuestro país. Dos escritores célebres las “devolvieron a la luz” apenas comenzado el siglo XX: eran Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga, que terminaría enamorado del único lugar tan exuberante como para contener su desbordante talento. Dos casas en las que vivió, en las cercanías de San Ignacio, se conservan todavía y pueden visitarse: no es difícil encontrar allí los ecos del poderoso llamado de la selva que invadió buena parte de su obra.

PURA AGUA Y PURA
SELVA En Misiones también los ríos son “de color león”, por la tierra colorada que distingue a la provincia y colorea también las aguas. Pero cuando se transforman en cataratas, como en Iguazú, se tiñen de espuma y ponen un toque inmaculado en el paisaje verde y rojo. Es un espectáculo inolvidable e irrepetible, cambiante y eterno como el agua. El invierno es ideal para conocerlas, gracias al clima más moderado, pero en verano la explosión de naturaleza quita el aliento. Como lo hizo sin duda con Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el primer español que vio las cataratas allá por 1542. Un extendido sistema de pasarelas permite caminar al borde mismo de los saltos, bañarse en su espuma y admirarse de los miles de arco iris en que se descompone el sol tropical cuando choca con el agua de las cataratas. Así se pasa por el impactante Salto Bossetti, el Dos Hermanas, el Adán y Eva, el San Martín, entre los cuales hay numerosos puntos panorámicos (aunque la mejor visión de conjunto es la del lado brasileño). Distintas agencias ofrecen un poco más de aventura en gomones que llevan a los turistas casi al pie de los saltos, o bien cruzan hasta la Isla San Martín. Un tren ecológico a gas llega hasta la estación Garganta del Diablo. Allí, una pasarela se asoma a este asombroso agujero que parece no tener fondo, donde ruge el agua cubierta por una densa nube de gotas pulverizadas, y se hunden misteriosamente los vencejos que anidan detrás de las “cortinas de agua”, como las llamaba Horacio Quiroga. El complejo de pasarelas cuenta con un Centro de Interpretación donde se explican más datos sobre la fauna y flora del Parque Nacional Iguazú, en tanto una suerte de torre que es en realidad una antiguo tanque de agua del Viejo Hotel local se convirtió en un excelente punto panorámico sobre los saltos y la selva.
La selva, justamente, es el gran marco de las cataratas y merece visitas especiales. Hay que tener tiempo para descubrir sus más profundos secretos y avistar a los huidizos animales, pero se ofrecen muchos safaris fotográficos y caminatas durante las cuales, con un poco de suerte, no se harán negar los tucanes, coatíes y multicolores mariposas. Algo más difíciles serán los pecaríes de collar y el yaguareté. La selva es un espectáculo único. Envuelta en una humedad que a veces podría cortarse con tijera, entre el follaje denso se filtran los rayos de sol formando juegos caprichosos sobre las lianas y hojas. Donde se mire es verde, y donde no es verde es el azul de las alas de una mariposa, o el rojo de las flores tropicales.

LAS MINAS DE WANDA Dejando atrás Iguazú, y yendo hacia las Minas de Wanda, se pasa por el Embalse Urugua-í, que abarca 9 mil hectáreas y es la represa hidroeléctrica más grande de la provincia. El Parque Provincial del mismo nombre fue creado para proteger el paisaje afectado por la construcción del embalse. A un paso está Wanda, cuyo nombre –extraño entre los topónimos guaraníes de la zona– le fue impuesto por colonos polacos en memoria de una princesa de su pueblo. Es un lugar que vale la pena ver: aquí se encuentran canteras a cielo abierto, y para sorpresa de los visitantes se camina entre las geodas aún incrustadas en el piso, abiertas para que se pueda apreciar el deslumbrante brillo de su interior. Hay, además, una sección de túneles que también se pueden visitar. Los artesanos de Wanda se encargan de cortar y pulir cada geoda, que a veces se exhiben simplemente abiertas, y otras se transforman en toda clase de artesanías y adornos de todos los colores (amatista, cristal de roca, topacio). Siempre por la Ruta Nacional 12, al sur de Wanda se pueden visitar Eldorado –un pueblo fundado por suizos, alemanes y polacos– y Montecarlo, localidad famosa por los viveros donde se cultivan orquídeas.

SALTOS DEL MOCONA Hay que irse al otro lado de la provincia, sobre el río Uruguay, para encontrar los Saltos del Moconá, que se están imponiendo como destino turístico en los últimos años. Lejos de la cuidada infraestructura de las Cataratas del Iguazú, aquí todo es un poco mássalvaje e inaccesible, pero tiene el encanto de lo intacto y de lo agreste. El Parque Provincial Moconá es relativamente reciente (1988) y está unido a la Reserva de la Biosfera Yaboti y el Parque Estadual do Turvo (Brasil). A lo largo de unos tres kilómetros, enmarcados por la selva paranaense, los Saltos del Moconá caen paralelos del curso del río Uruguay, a diversas alturas –menores a las de Iguazú–, pero impactantes por su extensión y distribución. También aquí es posible contratar un gomón para ver los saltos desde el agua, e internarse con cuidado en los caminos de la selva para intentar ver animales, como el tapir. Es la última postal de la provincia misionera, donde la naturaleza es dueña y señora, se adueña del paisaje y le pone un remate sorprendente a este extremo de la Argentina.

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Las cataratas se tiñen de espuma y ponen un toque inmaculado en el paisaje verde y rojo.
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