turismo

Domingo, 18 de marzo de 2012

NEUQUEN SAN MARTIN DE LOS ANDES Y VILLA PEHUENIA

Lagos, volcanes y araucarias

Crónica de un viaje al pie de la cordillera neuquina, donde la naturaleza se mueve silenciosa y transforma el paisaje a lo largo de inconmensurables períodos de tiempo. Volcanes, lagos de origen glaciar y araucarias milenarias en un recorrido por San Martín de los Andes y Villa Pehuenia.

“Entren en contacto, toquen, huelan, el lugar es de ustedes”, dice Javier, guía de turismo, no bien ponemos un pie en la apabullante inmensidad de la apabullante belleza del Parque Nacional Lanín. Sí, todos esos adjetivos, repetidos y muchos más, le caben a este paraje de belleza extrema.

Para llegar hasta aquí, viajamos unas dos horas desde San Martín de los Andes, una aldea de montaña de 40 mil habitantes en la que no hay semáforos en las esquinas ni rejas en las puertas de las casas. Pasamos por Junín de los Andes –capital nacional de la trucha– para hacer un alto en su particular Iglesia de las Nieves, de un sincretismo inusual por estos lares: fue erigida con elementos de la culturas cristiana, mapuche, y árabe (Junín tuvo una numerosa inmigración sirio-libanesa). Un Cristo mapuche custodia el santuario de arcos góticos.

Luego recorremos el último tramo de las Ruta 234, más conocida como Camino de los Siete Lagos, y nos adentramos en el valle del Chimehuin bordeando el río homónimo, uno de los cursos fluviales más buscados para la pesca de truchas, especie introducida a comienzos del siglo pasado y que cuenta con varios criaderos en la región, algunos de los cuales se avistan en el camino. Poco después, bajamos en una playita del “Huechu”, como todos abrevian cariñosamente por aquí al lago Huechulaufquen. “Con ustedes, el volcán Lanín, amigos. ¡Una be-lle-za!”, exclama el guía. Es una mañana de sol radiante. “Disfruten, saquen fotos. ¡Tienen un día fantástico!”, agrega entusiasmado Javier. Desde esta apacible playa, observamos, perplejos, aquel gigante dormido.

LA VUELTA AL PARQUE Corría el año 1937 cuando se delimitaron las 412 mil hectáreas que hasta el día de hoy forman el Parque Nacional Lanín, que resguarda el bosque andino patagónico y las especies que lo habitan, algunas en peligro de extinción como el huemul, el pudú, el huillín y el puma. También pueblan este vergel el pato de los torrentes, el pato zambullidor grande y el pato de anteojos, los patos crestón y vapor volador, y la gallareta ligas rojas, entre otros. Y sobrevuelan el ambiente pájaros como el chucao y huet-huet, y rapaces como el halcón peregrino, el águila mora y el aguilucho común. En sus lagos nadan truchas, pejerreyes patagónicos y el puyén. Además de la fauna autóctona, aquí hay especies introducidas como el ciervo colorado, el jabalí y la liebre, que han desequilibrado el ciclo natural. Es por eso que está permitida la caza controlada para regular su crecimiento. Lo mismo ocurre con la trucha –también introducida– cuya pesca se habilita por temporadas.

Por aquellos tiempos, Argentina solo contaba con dos parques nacionales: el Nahuel Huapi e el Iguazú. Así, el Lanín fue el tercero en crearse en el país y el quinto en el mundo. Además de la clara intención de preservar especies autóctonas y cuidar los recursos hídricos, este parque, al igual que los mencionados, fue creado con el objetivo de consolidar la soberanía en cierto sectores conflictivos. “En el Lanín se termina la Argentina. Es una de las altas cumbres que nos separan de Chile”, afirma el guía.

Estamos en la tierra de los volcanes, en el sitio conocido y reconocido mundialmente como el Anillo de Fuego del Pacífico, la mayor concentración de volcanes en el mundo, que abarca desde la Cordillera de los Andes hasta parte de Canadá, y gira hacia el otro lado del mundo, pasando por Rusia y Japón hasta llegar a Papúa, Nueva Guinea y Nueva Zelanda entre otros.


El volcán Domuyo, al norte de la provincia, con sus 4709 metros es el más grande, y a su alrededor se erigen el Tromen, el Villa Rica, el Llaima, el Osorno, el Arenal, el Mocho-Choshuenco y, por supuesto, el Lanín, con 3776 metros, y cuya última erupción se calcula entre 1500 y 1700 millones de años.

Bajo sus dominios nos encontramos ahora. Vamos hacia Puerto Canoa, donde nos embarcaremos en una excursión fluvial para descubrir los secretos del Huechulaufquen y su brazo mayor, el Epulaufquen. Según la etimología mapudungún, Huechulaufquen quiere decir “el lago que está en la cima”, o “el lago de las alturas” o “el lago de las cumbres”. Es que el “Huechu” está situado a 900 metros sobre el nivel del mar. Epulaufquen, uno de sus brazos, significa dos lagos. El otro brazo es el Paimún, que completa esta especie de Y que forman los tres juntos, que en realidad son uno solo. Según algunas interpretaciones del mapudungún, Paimún significaría solitario, tranquilo o pacífico.

En la embarcación nos recibe Vanina, la guía responsable de contarnos alma y vida de estos cristalinos lagos que bañan el Parque Nacional Lanín. El Huechulaufquen, con sus 80 kilómetros cuadrados, es el más grande de los lagos neuquinos, y por supuesto también de todos los del Parque Nacional, que suman 24 lagos de origen glaciar. Su profundidad, en tanto, se estima entre 500 y 800 metros, dato que hasta ahora nunca se pudo saber a ciencia cierta: las ecosondas utilizadas nunca dieron con el fondo.

A medida que el catamarán se aleja de la costa y Vanina cuenta las bondades de estos espejos de agua, la cara sur del volcán Lanín –con sus 3776 metros coronados por un glaciar en su cumbre– se aprecia en todo su esplendor. Las cámaras fotográficas no cesan de disparar y los turistas, sobre todo los extranjeros, no dejan de asombrarse. La Patagonia despierta fascinación entre aquellos que nos visitan de tierras lejanas, como un bullicioso grupo de israelíes que enmudece ante tamaña muestra de naturaleza viva. “Llama la atención porque duplica al resto de los cerros de la cordillera, que aquí promedia los 2 mil metros”, señala la guía.

En la costa, en medio del bosque patagónico dominado por lengas y coihues, divisamos una alameda. Los álamos son una señal inequívoca de que en el lugar hay presencia humana. “Ahí vivía un paisano de apellido Novoa que se dedicaba a la cría de chivos”, cuenta Vanina. Tras navegar un buen rato, llegamos al punto cúlmine de esta excursión: El Escorial, un bosquecillo de árboles enanos. “Bienvenidos a una manifestación de la naturaleza” –se entusiasma la guía–. La tierra habló y dejó esta maravilla”, dice mientras la embarcación desacelera su marcha frente a este bosque de bonsais naturales.

Por aquí corría un río de lava de unos ocho kilómetros de largo por dos de ancho, que se iba enfriando al tomar contacto con el agua e iba amontonando la lava sobre sí misma. A medida que comenzó a enfriarse, originó distintos tipos de roca volcánica convirtiendo este terreno en una superficie “irregular, áspera, llena de poros y de grutas, oscura por el basalto, un componente infaltable en las manifestaciones volcánicas”, según palabras de Vanina. El viento, por su parte, trajo partículas de tierra y semillas,y la humedad favoreció el desarrollo de algunos ejemplares que se adaptaron al suelo. “Estos arbolitos son los mismos que más atrás miden cuarenta metros. Acá, en el suelo del Escorial, la roca volcánica actúa como maceta natural conteniendo las raíces, por eso crecen chiquitos y retorcidos. Son una excelente adaptación a la dificultad del terreno”, asevera la guía, quien deja una recomendación final: “Miren. No dejen de contemplar. No dejen de respirar. Porque es eso lo que se van a llevar de este lugar”.

Y de este lugar, también nos llevamos las instantáneas y el recuerdo de un puñado de hermosas araucarias, el milenario árbol símbolo de Neuquén, a la vera del Paimún, donde nos dirigimos luego de la navegación para finalizar el día con una ronda de mates y emprender la vuelta hacia San Martín de los Andes.

EL REINO DE LA ARAUCARIA“Esta es una aldea de montaña que nació y se planificó como destino turístico. Se fue haciendo de manera que le gustara al turista cuando ingresa aquí. No queremos que cambie, queremos que crezca de manera limitada”, apunta María Luz Laino, secretaria de Turismo de Villa Pehuenia. “Pehuenia es turismo todo el año. Empezamos con dos estaciones importantes, invierno-verano, y ahora recibimos gente todo el año. Pehuenia te ofrece en las diferentes estaciones un paisaje diferente”, enfatiza y concluye la funcionaria.

Desde San Martín de los Andes hasta aquí son 214 kilómetros, el último tramo de ripio consolidado. Pehuenia, como villa turística, se fundó el 20 de enero de 1989, pero sus pobladores originarios, los mapuches, habitan este paraje a orillas del lago Aluminé desde hace siglos.


En esta encantadora y apacible villa de unos 1500 habitantes estables, custodiada desde lo alto por la curiosa cumbre achatada del volcán Batea Mahuida, se ha logrado algo casi inédito en otros destinos turísticos: la mancomunión entre las comunidades originarias y aquellos que llegaron buscando “calidad de vida” y hacer de este enclave un paraíso turístico. En Pehuenia se enorgullecen de tener el primer y único parque de nieve, el Batea Mahuida, administrado por una comunidad mapuche. El parque, que se encuentra dentro del territorio de la comunidad Puel, funciona a pleno en el invierno, y durante el resto del año, resulta uno de los tantos hermosos paseos que hay para hacer por estas tierras. Aquellos que estén en forma y disfruten del ejercicio pueden ascender en mountain bike o a pie. También hay excursiones en 4 x 4 hasta los 1900 metros donde se encuentra la cima. Martín Maldonado es guía de turismo y hacia allí arriba conduce su camioneta doble tracción. Pasamos por un bosque de araucarias o pehuenes, especie que aquí, en Pehuenia se reproduce de a miles, y que es milenario y sagrado para los mapuches. Milenario, porque además de ser originario de aquí, es un árbol longevo y sobrevive al milenio. Y sagrado, porque su fruto, el piñón, alimentó –y aún lo hace– a generaciones de pobladores. Un pehuén puede llegar a dar hasta cien kilos de piñón. Los mapuches solían enterrarlo para conservarlo durante todo el año. Hoy en día, hasta los platos más sofisticados de la culinaria local llevan piñón. Una vez arriba, solo queda extender los brazos, llenar los pulmones de aire a pesar del agite que provoca la altura, y apreciar la fantástica panorámica. Martín señala y nombra uno a uno los volcanes que nos rodean: el Lanín y el Copahue, del lado argentino; y hacia el oeste el Llaima, Solipulli, y el Villarrica, entre otros, del lado chileno. También se aprecian el lago Aluminé y el Moquehue, que da nombre a la villa vecina, y las cinco lagunas.

Al descender Martín conduce, justamente, hacia Moquehue, para hacer un alto y un almuerzo frugal a orillas del lago. El lugar es precioso. Aguas azules, arenas blancas, cauquenes volando y nadando, el bosque a un lado y el otro. El sueño patagónico resumido en esta playita. Desde allí nos vamos a disfrutar de un canopy en el camping Trenel, una de las tantas actividades que hay para hacer por estas tierras, además de la tradicional pesca con mosca, caminatas varias y paseos en barco por el lago Aluminé.

En Trenel nos espera Fernando López, responsable de este emprendimiento que tiene una tirolesa de cinco tramos y dos rapeles con vista privilegiada al lago y final con mate en la playa, frente a una islita cuyo único habitante es una pequeña, milenaria y alucinante araucaria solitaria.

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Extrema belleza: el imponente volcán Lanín y el lago Huechulaufquen.
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