turismo

Domingo, 15 de julio de 2012

CORDOBA. CURIOSIDADES DEL VALLE DE TRASLASIERRA

En Nono, todo en uno

El pueblo de Nono, en el oeste cordobés, atesora mucho más que aires serranos, ríos y recetas caseritas. Sobre todo en el curioso Museo Polifacético Rocsen, donde “hay de todo como en botica”, un lugar creado por un personaje de novela que recorre íntegramente la vida humana con un mensaje de cultura, paz y amor.

 Por Pablo Donadio

Fotos de Pablo Donadio

¿Ya son dos años que no vienes por acá? Entonces no conoces las dos salas nuevas. Vamos, es por acá...”, propone entusiasmado Juan Santiago Bouchon en la entrada del Rocsen. Y lo seguimos. De camisa, tiradores y pantalón de trabajo, a sus 90 años el francés nacido en Niza sigue andando de acá para allá con la algarabía de un niño inquieto, igual que la última vez que este cronista estuvo aquí. En todo este proyecto mucho tiene que ver su pasado, trazado por los horrores vividos durante la Segunda Guerra Mundial, que lo llevaron a cruzar el océano en busca de paz y trabajo. Bouchon llegó al país en 1950 y se instaló a cinco kilómetros del humilde ejido urbano de Nono, uno de los recodos más viejos del Valle de Traslasierra, cuando todo esto era apenas campo. Hoy su pueblo lo sigue enamorando, igual que a tantos visitantes que llegan a disfrutar de la belleza paisajística y su rica historia, con el Rocsen como destacado.

Las callecitas coloniales de Nono son entrañables y tranquilas para andarlas de a pie.

HACER HISTORIA Unos años después de su llegada, Bouchon dio inicio a un museo que concibió como una forma de honrar la vida del hombre. “Creo en el amor, la paz y la cultura para darles solución a los problemas de los seres humanos”, postula como meta de su museo y su vida, mientras recuerda los inicios. “Creo que nací con una firme vocación de coleccionista, porque ya de niño vivía con los bolsillos llenos de piedras, insectos o raíces. Se rompían y mi madre los cosía, pero no había caso: era más fuerte que yo. A los ocho años, escarbando en el anfiteatro de Cimiez, en el sur de Francia, desenterré un soldadito romano de barro, de unos 2000 años de antigüedad. Ese mismo año, jugando en una playa de Normandía encontré mis primeros fósiles. Ya había iniciado mi museo”, cuenta. Museólogo de la Nación, Bouchon también es miembro del Consejo Internacional de Museos, del Centro de Museos de Córdoba y miembro titular de la Sociedad de Antropología e Historia Médica de Buenos Aires. Su pasión por el arte y la cultura de los pueblos comenzó en París con estudios de Antropología, Bellas Artes y Artes Aplicadas a la Industria, y al llegar al país comenzó a trabajar en la Embajada de Francia con una exposición itinerante por toda la Argentina. “Descubrí que aquí se me ofrecía un campo de acción ilimitado en las disciplinas que me apasionan, como la arqueología, la antropología, la paleontología y la entomología, así que pedí la radicación definitiva y me instalé en el campo”, relata. Ya contaba con 23 contenedores de piezas (unos 8000 kilos) de su primer viaje, a los que fue sumando elementos y piezas diversas de otros destinos y gentes que se interesaron por su proyecto. Pero sobre todo incorporó conocimientos y voluntades para crear un espacio polifacético, donde el contenido y la forma de presentación de los objetos en cada sala produjesen nuevo interés, y al mismo tiempo un descanso del tema anterior.

Entre chistes cordobeses y galantes piropos a las damas, El Francés asegura que es el diálogo con los visitantes lo que más le permite desarrollar el lugar. La fachada del museo es otra respuesta a la historia, con 49 estatuas (por el místico “siete veces siete”) de tamaño natural que él mismo esculpió durante ocho años. En ellas predomina la evolución del pensamiento y los hombres de paz: “El Africanus (cinco millones de años de antigüedad) y Martin Luther King (Nobel de la Paz 1964) son los extremos de una línea predominantemente pacifista y humanista, que incluye a místicos, filósofos, artistas y científicos. Seleccioné a esos representantes de la humanidad porque no quise en el frente del museo señales de violencia y muerte, que corriera sangre en mi obra, sino que brillara toda la luz posible”.

Declarado de interés público y con reconocimiento provincial y nacional, el Rocsen figura en la Guía de Museos Argentinos y varios sitios web internacionales lo indican como “imperdible” por su aporte a la ciencia, el arte y la tecnología. Todo eso se desparrama en más de cien temas y diversas salas donde se encuentran elementos sorprendentes: cabezas reducidas de tribus del Amazonas, un meteorito de misteriosa composición, un taller mecánico con autos de carrera originales, un clavicordio de raíz de ébano, un caballo tibetano de barro cocido, copas de cristal sopladas a boca, alfombras persas del siglo XVII o un óleo original peruano de la escuela de Cuzco.

Un poco de ejercicio en una caminata por las rocas del paisaje de Nono.

ENTORNO PERFECTO A sólo ocho kilómetros de Mina Clavero, una de las villas turísticas más importantes de Córdoba, desde luego Nono no ofrece sólo el museo. Lo ideal es llegar a varios espacios naturales regidos por sus dos ríos, así como a los cerros cercanos y el acogedor andar de su pueblito donde la preservación es una ley natural. La ausencia de explotaciones o industrias contaminantes en toda la región, y el extenso cordón montañoso que lo resguarda, hacen del pueblo un remanso para los visitantes y mantiene a salvo sus atractivos.

Esta vez elegimos visitar el río Chico y sus enormes mogotes, que forman balnearios ideales para disfrutar en verano, con aguas que llegan hasta la llanura de Villa Dolores. El día es lindo y disimula el frío; como la salida es tempranera permite andar sus orillas bien arriba, hasta internarnos en la playa Los Remansos, un lugar genial donde las piedras alcanzan más de 10 metros y forman trampolines naturales, miradores, pozones y cascadas colosales. Es “el” lugar para descansar y matear hasta quedar verde.

Al otro lado está Los Sauces, de 70 kilómetros de extensión, por cuyo lecho corren aguas puras y cristalinas creando un escenario completamente distinto al Chico, más plano y casi sin caudal. Eso permite improvisar el picnic en sus amplias arenas, e incluso cruzar su cauce de un pique hasta los dos cerros con forma de pecho de mujer que los pobladores originarios bautizaron “Ñuños”, nombre que derivó luego en Nono. Cerquita, el camping La Rueda propone mediodías de asado y mate con criollos, y es un buen parador para entender cómo se fue creando el pueblo. Desde allí parten senderos para caminar en la soledad de la naturaleza, por callecitas de tierra donde los vecinos venden aceite de oliva orgánico y prendas de autor, e incluso ofrecen talleres teatrales y de folklore. Así se comprende por qué Nono se erige como uno de los entrañables enclaves donde la pausa la pone el lugar, y uno se adapta o huye. Desde La Rueda se observa la cúpula roja de la capilla jesuítica del pueblo, recientemente centenaria, que sobresale por sobre las casitas bajas. Al otro extremo se ven los 2800 metros de altura del cerro Champaquí, en la cadena montañosa más alta de la provincia. Si todo eso no basta, a 25 kilómetros se encuentra el dique La Viña, una monumental obra de ingeniería con uno de los murallones más altos de América, que supera los 100 metros y es responsable de embalsar las aguas de Los Sauces en un lago de más 1000 hectáreas.

En ese colosal espejo se pueden practicar deportes náuticos y pesca deportiva del pejerrey, como para hacer aún más variada la visita. Un menú más que atractivo de recorridos antes de regresar al pueblo, a probar las mejores colaciones cordobesas y dulces caseros o dar una última pasadita por el Rocsen. En la despedida Bouchon nos regala un pergamino con una leyenda del Mahatma Gandhi, y dice: “Todo esto no es más que el trabajo responsable de hacer un museo, que va más allá de la conservación de un elemento, porque en nuestros días todo se tira, todo se recicla. Desaparecen los restos materiales, los objetos que nos hablan de una época, de un estilo de vida, de un sentimiento, de una historia. Y si desaparece la historia de un pueblo desaparece su identidad. Y sin identidad, pierde su soberanía”. Nos aferramos al pergamino entonces, y nos vamos pensando en ese mundo dentro del mundo que El Francés supo construir, donde todo es útil y habla de nosotros.

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Estatuas emblemáticas en el Museo Polifacético Rocsen.
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