turismo

Domingo, 5 de agosto de 2012

NIEVE I. TEMPORADA CHILENA EN CHILLáN

Frío, tibio, caliente

Al sur de Santiago, sumergida en un paisaje encantador de bosques y rutas de montaña, Chillán propone vacaciones invernales de temperaturas combinadas: el frío de la nieve para jugar, esquiar, andar en motos de nieve y dejarse pasear por perros; el calor de las termas para descansar y revitalizarse. Una salida activa para un invierno transcordillerano.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

Más de 400 kilómetros al sur de Santiago de Chile, se abre un panorama de bosques y carreteras de montaña que llevan directo a otro mundo. Basta un vuelo corto de Santiago hasta Concepción para lograr un cambio de aire rotundo y un primer avistaje hacia el paisaje típico del sur de Chile en la Octava Región: de un lado la cordillera, del otro el Pacífico, y en el medio todos los verdes. Cruzando los Andes, la provincia argentina a la misma altura es Neuquén, y aunque hay parecidos –sólo el perfume a bosque permitiría saber, con los ojos cerrados, a qué latitud nos encontramos–, también hay diferencias que permiten orientarse rápidamente: la tonadita del chofer que nos viene a buscar desde el Hotel Termas de Chillán, nuestro destino final, es la primera pista. La siguiente, esa curiosa cercanía del mar y la montaña que sólo Chile puede ofrecer: en Concepción, el avión aterriza a orillas del Pacífico, y en apenas un par de horas ya habremos llegado al corazón de la precordillera. El resto son las casas con sus típicos listones de madera, los techos a dos aguas por donde se escurre la nieve, los bosques de lengas, coihues y coníferas.

Desde el Gran Hotel se puede salir directamente con los esquíes puestos.

AIRE DE FAMILIA La ruta entre Concepción y Chillán lleva unas tres horas, aunque todo depende del clima y la nieve (la pericia del chofer en el último tramo de curvas y contracurvas se da por descontada). Por suerte, antes de nuestra llegada una buena nevada puso blancas las pistas en torno del Gran Hotel Termas de Chillán, un gran edificio abrigado por las montañas que parece haber nacido mimetizado con el paisaje. Aunque todavía faltan unos días para las vacaciones invernales, y el hotel está bien tranquilo, basta poner un pie para advertir que la tónica de Chillán es totalmente familiar: aquí y allá, los chicos ponen esa cuota de calidez y alegría que los desborda después de levantar muñecos de nieve, de caerse una y otra vez de los esquíes como si nada hubiera pasado, de sumergirse en la pileta termal con energía que sobra como para regalar.

El complejo hotelero, que tiene en total tres establecimientos de distintas categorías, está situado a 1650 metros sobre el nivel del mar y permite acceder a las 10.000 hectáreas del centro de esquí, con un desnivel vertical de 1100 metros y 33 pistas, entre ellas la famosa Tres Marías, cuyos 13 kilómetros de extensión la coronan como la más larga de Sudamérica. Para recorrerlas –la superficie se reparte en forma equitativa entre sectores para principiantes, medios y avanzados– hay varios medios de arrastre, sillas dobles y triples. Pero no hace falta ser un experto ni mucho menos: los principiantes, que pueden alquilar sus equipos dentro mismo del hotel, tienen una pista de aprendizaje a muy corta distancia del Gran Hotel, con un poma –un medio de elevación de arrastre para pendientes poco pronunciadas– que les permite subir el desnivel una y otra vez hasta “tomarles la mano” a los esquíes o el snowboard, según lo que se haya elegido. Todo resulta más fácil de lo previsto, comentan María y Rodrigo, una pareja de brasileños que –¡oh atracción de los opuestos!– eligieron pasar aquí sus vacaciones para sacarse el gusto de la nieve, y hay que decir que Chillán los recibió gloriosamente, con un cielo radiante y una cordialidad que dan ganas de quedarse para siempre.

Con paciencia y práctica, los instructores van guiando a cada uno de sus voluntariosos alumnos en los primeros pasos: así se colocan los esquíes; así se sube paso a paso con los pies paralelos; así se separan los talones y se forma una cuña para terminar el descenso con algo de elegancia y no rodando por las laderas. Antes de lo pensado, María y Rodrigo suben en el poma y bajan esquiando como si lo hubieran hecho toda la vida. Tanto que, si en los próximos días hay más nieve, se prometen desafiar nuevas alturas. Mientras tanto, los principiantes del snowboard ya están consiguiendo dominar sus tablas en lugar de dejarse dominar por ellas, y a la vez que los chicos juegan sin pausa, algunos grandes descansan y toman sol junto a la pista. La postal de un día en la nieve, que sin embargo en Chillán se multiplica en muchas otras opciones.

Alaskan malamute, la raza que arrastra los trineos de Chillán.

PERROS Y CANOPY Es que no siempre la nieve es sinónimo de esquí. Hay muchas otras maneras de disfrutarla, y la cartelera del Gran Hotel tienta todos los días con varias propuestas diferentes (en las que conviene reservarse un lugar) según el día y la hora: una de ellas sobre todo viene ganando popularidad en los últimos años, para aprender a caminar en la nieve sin hundirse. El truco son las raquetas de nieve, una suerte de plancha con grampones que se sujeta a un calzado común de trekking y permite andar sobre el manto blanco con toda comodidad. Es una manera de internarse en bosques nevados, en pendientes suaves, en senderitos estrechos donde no hay otra forma de llegar, sin gran esfuerzo y al ritmo que cada caminante elija. Algunos de esos lugares también son accesibles para el esquí de fondo, o esquí nórdico, una técnica que también se practica en Chillán y consiste en deslizarse caminando sobre una superficie sin pendiente: al principio parece raro, pero en poco tiempo se adquiere el ritmo del movimiento y, una vez más, la nieve parece no tener secretos.

Felipe, Andrea, Melissa y María José son los encargados de la recreación en esta temporada. Siempre disponibles, siempre amables y con el consejo listo para recomendar las actividades en función de tiempos, edades y estado físico. Cuando la nieve alcanza son los que llevan al grupo hasta el canil donde esperan los perros de trineo. La tarde que nos toca, el sol derritió demasiado la nieve como para salir arrastrados por los perros, pero la manada de alaskan malamutes –tal es la raza parecida al siberiano que vive entre las nieves del sur chileno, herederos de aquellos primeros ejemplares oriundos de las tribus inuit del Artico– igualmente espera visitas. Para los chicos, es la hora más deliciosa: se acercan a los perros, les conversan y se sacan fotos con ellos como si fueran estrellas de cine. Fuertes y robustos, estos animales –que pueden pesar hasta 40 kilos– tienen una increíble resistencia a la carga y la distancia, por lo que resultan ideales para el arrastre de los trineos, una de las actividades recreativas más lindas que puede proponer un centro de esquí o parque de nieve. Por supuesto, si se quiere ponerle un poco más de energía a la salida, habrá que optar por los motores, y para eso están las motos de nieve, otra de las opciones de Chillán, a un paso de la entrada del Gran Hotel. De a uno o de a dos, se sale por los alrededores del complejo –la hora ideal es después de esquiar– y se puede disfrutar de una visita privilegiada y de la adrenalina de la velocidad sobre la nieve.

Otra posibilidad para aventureros es internarse por los circuitos de canopy que rodean el hotel. Hasta aquí también se puede llegar, si el manto blanco es muy denso, con raquetas de nieve. Y luego todo es cuestión de vencer el vértigo y apelar al equilibrio y la fuerza de los brazos, para recorrer el sistema de puentes colgantes que, uno tras, otro, invitan a caminar sobre troncos movedizos, sobre pasarelas suspendidas a varios metros del suelo, sobre senderitos de cuerdas que dejan ver el bosque bajo los pies. Es lo que se llama también “arborismo”, simplemente porque se camina a la altura de las copas de los árboles: para lograrlo, hay que respetar el principal consejo, es decir, caminar siempre con la vista al frente y sin mirar hacia abajo. Milagrosamente, la perspectiva cambiará y se verá, sin duda, el mundo con otros ojos.

Si durante el día todo es actividad –porque las posibilidades son tantas que siempre alguna invita a romper el sedentarismo–, por la tarde llega la hora deliciosa del descanso y, para eso, nada mejor que el agua. Porque Chillán tiene la propiedad de combinar la nieve y las actividades invernales con las aguas termales, cuyas propiedades curativas ya eran conocidas por los aborígenes que fueron habitantes originales del lugar. Construida con un práctico sistema in-out, las aguas de la piscina están a una temperatura de unos 37 grados y cuentan con chorros hidrojet: si adentro es agradable, afuera es directamente mágico, porque se puede permanecer sumergido en el agua caliente pero totalmente rodeado de nieve y bajo el manto de un cielo profundamente azul y tachonado de estrellas.

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Probando la velocidad de las motos de nieve entre los bosques de Chillán.
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