turismo

Domingo, 28 de octubre de 2012

CORDOBA HUELLAS DE ROCA EN LAS SIERRAS CHICAS

Historias de Ascochinga

Estancias y algunas construcciones antiguas como la iglesia de Ascochinga jalonan la ruta que hoy sigue la huella de Julio Argentino Roca en Córdoba. Famosa por su río, el bello entorno natural y sus canchas de polo y golf, la región tiene muchas historias para contar sobre ese pasado que la puso, a fines del siglo XIX y principios del XX, en el centro de la vida política.

 Por Cristian Walter Celis

Poco a poco, a lo largo de los 20 kilómetros que separan Jesús María de Ascochinga, los campos sembrados al costado de la ruta se van elevando y formando el paisaje de las Sierras Chicas. Destacada por el polo y el golf, la zona también es tierra fértil para el turismo histórico, en particular con circuitos que tienen como eje a Julio Argentino Roca, conocido como “el Zorro” desde su infancia, por la habilidad para salir airoso de las travesuras. Con el tiempo, el apodo reflejaría sobre todo su astucia para manejar los hilos políticos de la Argentina naciente, a lo largo de treinta años de actividad política y dos presidencias. ¿Pero cómo es que Roca está tan ligado a esta zona del norte cordobés si nació en 1843 en Tucumán y pasó gran parte de su vida, hasta su muerte en 1914, en Buenos Aires? Eso sin olvidar la asociación ineludible de su nombre con la Patagonia, donde impulsó la “conquista” de un de-sierto que, en verdad, no era tal.

Una mujer tiene la respuesta: Clara Funes, su esposa. El militar tucumano y la dama cordobesa se conocieron en 1872 en Río Cuarto, mientras Roca se desempeñaba como Comandante de Fronteras, y se casaron al poco tiempo en Córdoba. Allí también comenzó su amorío con estas tierras, desde donde fue planeando su estrategia política junto a colaboradores como Miguel Juárez Celman, su concuñado, para ganar las presidenciales de 1880. “El entonces presidente Roca pasaba largos veranos, acompañado por su familia, ministros y asesores presidenciales en su estancia La Paz, convirtiendo a Ascochinga en uno de los puntos políticos más importantes de finales del siglo XIX y principios del siglo XX”, cuenta Gustavo Longhini, director de Cultura de La Granja, localidad de la cual depende Ascochinga, un pueblito de 550 habitantes a 60 kilómetros de Córdoba.

Santa Catalina, la mayor de las estancias jesuíticas cordobesas.

SANTA CATALINA Antes de llegar a destino, dos estancias se destacan por su arquitectura, el entorno natural y sus historias, ligadas también a la familia de Roca. Una de ellas es Santa Catalina (1622), la más grande de las estancias jesuíticas que en el año 2000 fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al ingresar impacta la fachada de la iglesia, de estilo barroco colonial y otras influencias arquitectónicas. Tras la expulsión de los jesuitas, Santa Catalina se convirtió en una de las estancias más codiciadas, que logró adquirir el comerciante Francisco Antonio Díaz. Debido al gran tamaño de esas tierras, los Díaz subdividieron la estancia en fracciones, heredando una de ellas Clara Funes, la esposa de Roca. Así fue como el tucumano llegó a las Sierras Chicas, dando origen al Clan de Santa Catalina, un grupo de influyentes políticos que solía reunirse en esa zona.

“Roca condujo los hilos de la política nacional durante más de 30 años, y su clan puso en la Primera Magistratura del país nada más y nada menos que a tres presidentes: Roca, Juárez Celman y Figueroa Alcorta, todos parientes y muy allegados a él”, analiza Gustavo Longhini, mientras imaginamos a esos políticos tejiendo estrategias bajo los algarrobos.

La histórica estancia La Paz, testigo silencioso de los vaivenes políticos del siglo XIX.

LA PAZ ESTE CON USTEDES Tres kilómetros antes de Ascochinga, La Paz conserva vestigios de esa etapa de la historia. La estancia heredada por Clara Funes, que fuera parte de Santa Catalina, se convirtió en el refugio preferido de Roca durante los veranos de fines del siglo XIX. Roca solía pasar en ella al menos dos meses. Allí también se alojaban las figuras políticas que lo visitaban: Sarmiento, Avellaneda, Pellegrini. Hoy, la estancia de 2100 hectáreas es un exclusivo hostal con 20 habitaciones; salas de video, lectura y juegos; pileta; spa y salón para eventos. La carta gastronómica, basada en la cocina criolla, es otro atractivo. De allí que La Paz resulte una de las vidrieras de Córdoba ante el turismo internacional (por el momento el hostal está cerrado, en proceso de refacción).

El casco de la estancia, con rojos tejados, paredes amarillas, arcadas, columnas y sillones de mimbre, data de 1830. En algunas fotos en blanco y negro se lo ve a Roca junto a su familia tomando el té en esas galerías. En tanto, el mobiliario de época le otorga al hostal aires aristocráticos que condicen, al salir, con el verdor de los árboles centenarios del parque, digno de un cuadro de Monet. Entre tipas, plátanos, algarrobos y otras especies autóctonas, el jardín fue diseñado en 1903 por el paisajista francés Carlos Thays, autor también del Jardín Botánico de Buenos Aires y numerosos parques porteños, donde imprimió el sello de la Belle Epoque. La obra de Thays en La Paz le rinde honor al nombre de la estancia y permite que una simple caminata junto al lago sea inolvidable.

Acerca de sus años en Córdoba, el tucumano –como escribe Félix Luna en Soy Roca– decía: “La Paz ha sido mi refugio desde que me instalé en Buenos Aires. Allí paso todos mis veranos, gozando de la cascada natural que forma un lugar para bañarse muy agradable, aprovechando un parque que ha crecido y se ha refinado con el tiempo y disfrutando, en fin, de la fresca hospitalidad de la vieja casa”.

El río Ascochinga, recreo refrescante de las tardes veraniegas provinciales.

PAISAJES CON BUEN HANDICAP La zona de Ascochinga es ideal para practicar mountain bike entre los pueblos vecinos, caminar por el tranquilo monte nativo, avistar aves o hacer paseos en carruaje, en caso de alojarse en una estancia rural. En el pueblo es común cruzarse con paisanos a caballo. Las cabalgatas son unas de las actividades más solicitadas por los turistas, especialmente durante el Festival de Jesús María.

Sin embargo, si algo distingue a Ascochinga en materia deportiva son sus canchas de polo y de golf, reconocidas a nivel nacional. Estos deportes denotan los aires distinguidos que aún conserva la zona, rincón de la oligarquía nacional a principios del siglo XX. El Ascochinga Golf Club cuenta con una cancha de par 72 y 18 hoyos que surgió, más modesta, en 1931. Desde ella se obtienen magníficas vistas serranas. Hay una extensa arboleda repleta de pájaros y bordeada por arroyitos. De noche, el show lo brinda el cielo repleto de estrellas. En tanto, los seguidores del polo aprovechan los torneos que se organizan en el Ascochinga Polo Club, creado hacia 1966 por familias porteñas que venían a veranear a la zona.

PERDIDOS EN LA HISTORIA En expresión indígena, Ascochinga remite a ashco-chingasca o “perro perdido”. Andar por este pueblito implica imitar a ese animal, y dejarse llevar por las callecitas rodeadas de frondosas arboledas que conducen a distintos sitios, sin dejar de hacer un alto en las parrilladas con cabritos y asado serrano.

A medida que se camina para “poner la mente en verde” van apareciendo un rosario de lugares históricos como la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, otro testimonio de la influencia de Roca. Su gran campanario, levantado con bloques de piedra como el resto de la construcción, se observa incluso antes de llegar al pueblo desde el camino. El templo, de estilo neogótico, fue inaugurado en 1900 gracias al impulso de un grupo de mujeres porteñas adineradas y el apoyo del entonces presidente Roca. Seis vitrales dejan pasar la luz hacia el interior, donde se destacan obras en mármol de Carrara como el altar mayor y el púlpito.

Varias cuadras más allá del templo, el río permite aprovechar la primavera junto a los balnearios con asadores, donde algunos cordobeses buscan dormir una siesta bajo los árboles, mientras los vendedores de tortillas intentan hacer unos pesos. Este año, por lo menos, se dice que el río suena y agua trae, de la mano de las últimas lluvias que prometen un verano con buen caudal.

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