turismo

Domingo, 4 de noviembre de 2012

BUENOS AIRES. TRADICIóN EN SAN ANTONIO DE ARECO

Días en la tierra gaucha

Durante toda esta semana, hasta el 11 de noviembre, se realiza en San Antonio de Areco la Fiesta de la Tradición, con sus desfiles gauchos y sus exhibiciones de doma y folklore. Un fin de semana durmiendo en estancias o posadas de campo, para cabalgar por la inmensidad y visitar históricas pulperías, conociendo artesanos plateros y disfrutando de la paz pampeana.

 Por Julián Varsavsky

Fotos de Julian Varsavsky

Ya en las afueras de San Antonio de Areco aparecen junto a la ruta los primeros signos del mundo agroganadero: camionetas embarradas, silos cerealeros, molinos y gente a caballo. Al llegar a la zona urbana se descubren casonas centenarias de estilo colonial, que dejan a la vista sus ladrillos alargados del siglo XIX. Un reflejo lejano de la mítica cultura gaucha se ve también en la vestimenta de muchos pobladores, que lucen vistosos cintos con monedas incrustadas, bombachas de campo, alpargatas, boinas y chiripás. Y además de la Fiesta de la Tradición –toda una semana de espectáculos de doma y desfiles gauchos– parte de la impronta gauchesca perdura todo el año en las estancias abiertas al turismo y en los virtuosos trabajos de los artesanos plateros y sogueros.

Atardecer en la llanura pampeana. Toda la calma para disfrutar en sulky.

SUEÑOS CAMPESTRES Por su cercanía con la ciudad de Buenos Aires, San Antonio de Areco se puede visitar perfectamente en el día, volviendo a dormir a casa luego de una jornada de campo. Pero para saborear a fondo el ambiente del lugar y relajarse en la inmensidad de la llanura pampeana, lo ideal es quedarse a dormir al menos una noche, ya sea en las estancias tradicionales o en alguna posada de campo.

El Ombú es una de las estancias que recibe turistas en las afueras de San Antonio. Creada en 1880, es una de las más antiguas de la Argentina entre las que combinan turismo con producción agropecuaria. Su deslumbrante casco en estilo neoclásico italiano es también de 1880, y está rodeado por una señorial galería con balaustrada que da ingreso a nueve cuartos decorados con muebles antiguos y camas de bronce centenarias. Para los días de calor hay un tanque australiano de 18 metros de diámetro y una piscina más pequeña e intimista.

Allí se puede pasar un día de campo con asado y exhibiciones de destreza gaucha con caballos. La continuación natural es quedarse a dormir. Sin embargo el espectáculo mayor que ofrece El Ombú es la posibilidad de sentarse a dormitar bajo un árbol frente a la inmensidad de la planicie pampeana, donde la mirada se pierde sin obstáculos hasta el infinito.

En la estancia, la pampa se recorre también a caballo, bajo la dirección de don Oscar Pereyra, un gaucho del pago de Areco que ha sido peón de campo por más de 50 años. Durante la cabalgata don Pereyra cuenta a quienes se lo pregunten que la estancia originalmente tenía 600 hectáreas y hoy mide la mitad. En un bañado se practica cría e invernada de vacas, y hay cultivos de trigo, soja y pasturas.

A la hora del asado, en mesas al aire libre –a la sombra de álamos, robles y un ombú bicentenario–, don Pereyra abraza su guitarra y con unos virtuosos arpegios acompaña unas milongas camperas que canta a viva voz.

Eva Boelcke, la encargada de recibir a los visitantes, es nieta de Enrique Boelcke, un descendiente de alemanes que compró el campo en 1934. Ella explica a los huéspedes que pueden disfrutar de la estancia a su gusto y placer, ya sea jugando al sapo, saliendo a recorrer la pampa en alguno de los 70 caballos del potrero, en sulky, a pie o en bicicleta, o leyendo un libro tomado de los anaqueles de la vieja biblioteca. Quien quiera, podrá jugar al ping pong, metegol, fútbol o billar en un antiguo living con hogar a leña que es en sí mismo un viaje a los tiempos señoriales de la Argentina “granero del mundo”.

El centenario casco de la estancia El Ombú, de porte pampeano y señorial.

POSADA DE PUEBLO La Posta de Vagues es una adorable y pequeña posada de campo a cuatro kilómetros de San Antonio de Areco, en pleno campo y equipada con sumo confort. El pequeñísimo pueblo de Vagues le debe su nombre a la primera persona que se apostó en este paraje en 1730. Y por cierto el lugar no ha crecido mucho desde aquel entonces, porque sólo tiene un casco urbano de quince casas –algunas muy antiguas– donde viven 90 personas. Además hay una vieja estación de tren abandonada, campos sembrados y haras de caballos de polo en los alrededores.

En este marco de tranquilidad, sin autos y casi sin gente, está la Posta de Vagues, una casa de campo con pileta en un predio de 8000 metros cuadrados donde, por sobre todas las cosas, se viene a descansar. Las habitaciones están alineadas en una galería de ladrillos a la vista con un techo decorado con cenefa de chapa recortada y sostenido por troncos rústicos que ofician de columnas. Las puertas y ventanas de las diez habitaciones son recicladas de viejas casas de campo de la zona. En la noche el silencio es casi total, salvo por el palmeteo de las hojas de los árboles cuando se levanta brisa, el ruido metálico de las aspas de un molino lejano y los mugidos a deshora de algunas vacas insomnes.

La Posta de Vagues funciona también como restaurante de campo, donde se almuerzan asados de costillar en cruz y se cenan comidas criollas como empanadas fritas en grasa. O gastronomía de cacerola: locro y guisos de lentejas y mondongo. Entre los servicios hay una agradable piscina para los huéspedes, una sala de masajes y un hermoso jardín con un estanquecito donde una pata y sus patitos retozan en libertad.

El refinado arte del orfebre Mariano Draghi, experto en el repujado de plata.

PLATERIA GAUCHESCA El origen de la emblemática platería criolla de la Argentina se remonta a los artesanos el continente europeo. Todo comenzó cuando a fines del siglo XVII llegaron al país los primeros plateros españoles y lusitanos traídos para producir elementos litúrgicos y decorar los altares de las iglesias. Pero muchos de ellos terminaron dedicándose a fabricar utensilios hogareños, como bandejas, platos, cubiertos y mates para las familias de la alta sociedad colonial. Además hacían aperos para caballos: fustas, espuelas, facones y otros accesorios de plata cincelada. Las riendas de campo también se hacían con mallas de finísimos hilos de plata que imitaban los trenzados de tiento de potrillo. Y además se fabricaban cabezadas, bozalejos y fiadores. Todo esto es lo que hace hoy en día la familia Draghi en su taller de San Antonio de Areco, creado hace décadas por don José y hoy a cargo de su hijo Mariano, quien, además de aprender de su padre, estudió en la Academia del Arte del Metal de Florencia. Mariano obtuvo el difícil título de Orfebre Oficial de Florencia y trabajó como medallista en el Vaticano. Además es escultor.

Mariano Draghi sólo trabaja por encargo y crea mates de plata repujada, esculturas en piedra, recados completos, cuchillos y facones y trofeos de polo (ha cincelado en plata y oro la Copa Windsor de Polo entregada por la reina de Inglaterra).

El taller de los Draghi está en una casona centenaria de estilo neoclásico italiano ubicada frente a la Plaza Ruiz de Arellano. Allí está además el Museo Nacional de Platería Gauchesca, que resguarda testimonios históricos del origen de la platería en el país y trabajos en oro y plata de la familia. En el museo, un guía recibe a los visitantes y les cuenta que José Draghi comenzó a dedicarse a las artesanías en 1960, con la intención expresa de recrear la platería tradicional. En primer lugar se recorren dos salas con exposiciones temporarias de cuadros con temática gaucha. En la sala principal hay un techo con un gran vitral formando una cúpula muy colorida, por donde entra la claridad necesaria para observar las 180 piezas instaladas en vitrinas.

Durante el recorrido, el guía explica el origen de la platería gauchesca y su desarrollo a partir de dos estilos diferenciados: el porteño –de influencia española con líneas planas despojadas de mucha decoración– y el mesopotámico, que tenía el sello de los artistas portugueses de Brasil, inclinados hacia cierta sobrecarga de barroquismos rococó. Esta distinción se ve graficada con ejemplos en las vitrinas, donde se ven dos pares de espuelas, uno con cada estilo. Entre las rarezas expuestas están los mates de porcelana que las familias tradicionales de Buenos Aires se hacían confeccionar en Europa, tras comprender que los suntuosos mates de plata eran mejores de adorno, porque les quemaban las manos. En la tienda del museo se pueden comprar hebillas para cinturón, llaveros, yuntas de oro macizo, cuchillos de colección confeccionados en oro y emprendados para el caballo.

Un gaucho de pura cepa, durante el desfile de la Fiesta de la Tradición.

LA FIESTA DE LA TRADICION Hasta el 11 de este mes se está desarrollando en San Antonio de Areco la Fiesta de la Tradición. Durante toda la semana llegan paisanos de otros pueblos y, sobre todo, los pobladores de Areco, mientras los tríos y cuartetos musicales van animando los días y noches con ritmos criollos del campo bonaerense: gato, triunfo, huella, triste y estilo. No se oyen, en cambio, chacareras.

Centenares de jinetes a caballo vienen desde Azul, Arrecifes, Salto, Rojas y otros pueblos bonaerenses. Pero lo más llamativo son los gauchos que traen su tropilla de caballos –casi todos del mismo color– arreados desde los diversos pueblos sin necesidad de atar ni a uno solo: la yegua madrina es quien los guía con su cencerro. Durante toda la fiesta arriban al pueblo entre 60 y 70 tropillas, cada una integrada por unos doce caballos y con un solo gaucho al frente. De hecho, para un gaucho es un gran orgullo poseer una tropilla completa de animales de un mismo pelo. Estos caballos pueden ser overos (con un tono general claro y manchas oscuras que crecen de abajo hacia arriba), tobianos (como el overo pero con las manchas de arriba hacia abajo), gateados (con una crin que se extiende como una franja sobre el lomo hasta la cola), colorados, bayos, tordillos y pampas. Antes de enfilar hacia el Parque Criollo, las tropillas dan una vuelta al pueblo y desfilan frente a la municipalidad.

Por las tardes llega la parte más emocionante y vertiginosa de la fiesta: las competencias de destreza criolla. La jineteada es la prueba más tradicional, que consiste en montar a un caballo no domado durante el mayor tiempo posible. La “piolada puerta afuera” es otra prueba muy popular: se trata de enlazar a un caballo desbocado antes que cualquier otro de los contendientes. Además hay carreras de sortija y cuadreras (carreras de caballo a campo abierto). Por la noche se puede asistir al fogón de la pulpería La Blanqueada. Como los miles de turistas llegan el domingo, el sábado es un buen día para disfrutar del ambiente criollo sin aglomeraciones.

Los días de desfile de gauchos la fiesta comienza a las 10.30 con unos 2000 gauchos y todas las tropillas llegadas desde cada rincón de la provincia. Al frente del desfile va el gaucho abanderado, montado en un caballo de raza con un elegante emprendado de plata (cabezada, freno, collar y pretal). Luego de pasar frente a la plaza, la municipalidad y la parroquia de San Patricio, todos se dirigen otra vez al Parque Criollo para almorzar.

El Parque Criollo es un predio de 90 hectáreas al aire libre donde se concentran todos los visitantes. En los puestos se venden choripanes y carne al asador (se recomienda llevar cubiertos). También hay pastelitos de dulce de membrillo y batata. Como una rareza ya casi inexistente en la gran ciudad, en Areco y en su fiesta todavía pasan el heladero y el garrapiñero. Para los niños hay un juego criollo –se cree que proviene de los indios– que consiste en atar un cuero de vaca a un caballo que lo arrastra con los chicos encima. Fiesta pura, y tradición pura también.

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Mates de plata en el Museo Nacional de Platería Gauchesca del taller de los Draghi.
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