turismo

Domingo, 25 de noviembre de 2012

CHUBUT: PESCA, NAVEGACIóN Y GALESES EN ESQUEL

Del abrojal a los alerces

La temporada de pesca en la Patagonia acaba de comenzar. Un viaje a las pequeñas y entrañables ciudades de Esquel y Trevelin para aprender los misterios de la pesca con mosca, navegar y caminar por el Parque Nacional Los Alerces y conocer la rica historia de los galeses en la región.

 Por Guido Piotrkowski

“La pesca con mosca es apasionante. Es la forma de pescar más técnica que hay, la más sutil y una de las más difíciles de desarrollar. Es como darle un Fórmula Uno al que le gusta manejar”, define Nicolás Alvarez, guía del Challhuaquen Lodge. Challhuaquen significa en mapuche, precisamente, “lugar de pesca”. Y hasta aquí llegamos para inaugurar la temporada que recién comienza.

Estamos ahora en medio del río Futaleufú, al pie de la Cordillera de los Andes, en el valle de Trevelin y a 60 kilómetros de Esquel, en el corazón de la Comarca de los Alerces. El río marca la frontera entre el Parque Nacional Los Alerces y Trevelin.

En el Parque Nacional Los Alerces, los lagos son espejos inmóviles del paisaje.

La lancha flota sobre las aguas cristalinas del Futaleufú, que traslucen el fondo nítidamente, sobre todo cuando brilla el sol, que ayuda a mitigar los embates del viento patagónico. Hacia el norte, sobre un cerro que la imaginación popular decretó que se asemeja al rostro de una monja, todavía hay nieve que se resiste a los primeros calores: esa misma nieve que bajará hasta diluirse en este río helado y delicioso, donde las truchas prosperan desde hace un siglo, cuando fueron introducidas con el fin de fomentar la práctica de la pesca deportiva.

La trucha se alimenta sobre todo de insectos acuáticos y terrestres, y la mosca, que funciona como señuelo, precisamente imita a estos insectos. Existen miles de moscas diferentes: hay pescadores que simplemente van y las compran y están aquellos que prefieren armar las suyas. “En la pesca con mosca se trata de engañar al pez con lo que él realmente come en distintas etapas”, explica Nicolás, mientras enseña la técnica para el lanzamiento. Hay que tirar la caña hacia atrás tensando la línea, frenar en seco, tirar hacia el frente, y recién ahí soltar la línea. Todo de un movimiento rápido, como si fuera un latigazo. Al principio resulta bien complicado, pero a medida que pasan los intentos la mosca va tomando vuelo, aunque para poder realizar buenos lanzamientos se necesita mucha práctica. “Hay que sostenerla tensa, como si tuviera una cinta en el viento. Una vez que tenemos el señuelo en el agua, la pesca en sí no dista mucho de la tradicional. Lo que cambia es la lucha que uno tiene contra el pez. Al ser un equipo tan livianito, se siente mucho más. Una vez que pica lo clavás, lo peleás y lo traés al bote. Tener éxito o no depende de muchos factores, principalmente de la suerte.”

Lanzamiento y pique con los guías del Challhuaquen Lodge: el arte de la pesca con mosca.

La temporada de pesca, con devolución obligatoria en la mayoría de los cursos de agua patagónicos, comenzó el 1 de noviembre y va hasta el 1 de mayo. Existe un reglamento para toda la región, que viene junto con el permiso (cuesta 80 pesos para residentes). Cada provincia, parque nacional, y hasta lago o río tienen sus particularidades. “La pesca con mosca es muy deportiva, muy conservacionista. No se trata de sacar el pescado del agua, sino de estar pescando, estar en el bote viendo qué está comiendo –comenta Nicolás–. Lo lindo no es traerte una heladera de pescado, sino ir a pescar, tomarte un mate, buscar la trucha, ver qué trucha vas a pescar. Deja de ser algo alimentario y pasa ser algo que uno hace por placer.”

ANDAR Y NAVEGAR

Esquel significa “abrojo” o “abrojal” en la lengua de los tehuelches. Un nombre que no es caprichoso dada la vegetación del lugar, poblado de arbustos como el coirón, el neneo y el calafate. Pero aquí, en el Parque Nacional Los Alerces, también habitan grandes y longevos árboles típicos de la Patagonia, como el coihue, la lenga o la especie que le da nombre al lugar.

El Parque Nacional fue creado en 1937 con el objetivo de asentar la soberanía y proteger esta especie típica de la flora andino-patagónica. “El alerce es una conífera que puede llegar a vivir miles de años, y habita en un lugar determinado por el clima, por la cantidad de lluvia que cae. Necesita mucha humedad y crece muy lentamente, sólo un milímetro por año”, explica el guardaparques Mario Cárdenas. Justamente por ello no encontramos alerces en todo el territorio del parque, sino solamente en una porción muy particular: en los dominios de la selva valdiviana, el bosque húmedo. Y hacia allá vamos, a conocer el Lahuán, o el famoso “árbol abuelo”.

Antes, Cárdenas nos guía en un pequeño recorrido por dos de los 16 senderos de este parque de 260.000 hectáreas, de las cuales unas 75.000 están habilitadas al público. Ambos senderos son de baja dificultad y aptos para recorrer con niños. Primero visitamos la cascada Yrigoyen y luego vamos hacia las pinturas rupestres.

Poco después, ahora sí, vamos hacia el Alerzal Milenario, la morada del árbol abuelo en Puerto Sagrario. Hasta aquí se puede llegar navegando el lago Menéndez, el más grande de los nueve que hay en este parque, partiendo de Puerto Chucao. Para llegar atravesamos gran parte del parque en vehículo y cruzamos a pie la pasarela sobre el río Arrayanes. Enseguida nos internamos en un sendero con algunos alerces, uno de ellos muy curioso: su tronco está enredado, casi desde la raíz, con un arrayán. Finalmente, abordamos el catamarán y navegamos una hora en cubierta disfrutando de fantásticas panorámicas, sobre todo de la privilegiada vista del glaciar Torrecillas.

Puerto Sagrario, el hogar del Lahuán o “árbol abuelo”, un alerce de venerable edad.

Una vez en el Alerzal, sólo resta internarse en esta selva fría y andar, entre la caña colihue, los hongos y el musgo que crece entre las ramas caídas, acompañados de los chucaos, pajaritos muy sociables. Existen dos circuitos: el largo, de unos 1900 metros, y el corto, un sendero autoguiado con dos modalidades. En una de ellas, sin dificultad, en escasos metros se encuentra el gran alerce abuelo (o Lahuán), de 57 metros de altura, dos de diámetro y 2600 años de historia. La otra es más extensa y después de 650 metros permite llegar a la cascada del río Cisne.

RUTA GALESA

Trevelin, junto a Gaiman y Rawson, son los principales asentamientos galeses en nuestro país, fruto del asentamiento de unas 150 almas que llegaron en 1869 a bordo del velero La Mimosa. Desembarcaron en Puerto Madryn, donde se asentaron por un tiempo, pero fueron corriéndose hacia el oeste y fundaron así Rawson, Gaiman y más tarde Trevelin.

En Trevelin visitamos a dos personajes muy particulares, encargados de preservar la historia de esta colonia e ilustrarla con histrionismo a través de fotografías, documentos y leyendas de una Patagonia indómita que ya no es lo que era. Son Clery y Mervyn Evans, que no son parientes ni mucho menos: pero como bien se encargará de aclarar Mervyn, Evans es a los galeses lo que Pérez a los españoles.

El costado más rural de la Comarca de los Alerces, que tentó a los colonos galeses.

Clery construyó un pequeño museo en el jardín de su hogar, donde plantó algarrobos que desparraman su fruto por doquier. Ella los junta y almacena en unas casitas de madera en miniatura, para regalar a los niños que la visitan. Clery es la nieta de John Daniel Evans, una especie de héroe argentino-galés a quien, según el relato de su mismísima nieta, le debemos parte de la soberanía cordillerana.

“¿Saben la historia? ¿Tienen idea? –interroga la mujer, mientras abre la puerta de la casa museo–. Pasen, tomen asiento. Donde gusten.” Y arranca la épica del abuelo y el famoso Malacara, el caballito valiente.

En la pequeña y cálida sala,

Clery atesora un sinfín de libros, revistas, mapas, fotografías y documentos que ilustran la historia de su linaje en la región. Los galeses trabaron amistad con los tehuelches: los aborígenes les enseñaron a cazar y sobrevivir en la Patagonia, mientras los galeses les convidaban pan (bara en galés) y les cocinaban guanaco en sus hornos de barro. “Mi abuelo cuenta en sus memorias que conoció al cacique Huisel, y fue él quien le indicó el camino a seguir”, dice Clery mientras enseña una foto del aborigen. “Seguí el sol porque aquí no hay vida, y donde el sol se esconde, en el poniente, hay montaña, nieve, pasto y oro”, cuenta Clery que le dijo el cacique a su abuelo. Y así fue que John Evans, a los 20 años y junto a tres amigos y 18 caballos, se fue en busca del oro y la abundancia. “Remontaron el río Chubut y anduvieron seis meses buscando el oro. Hicieron 600 kilómetros y llegaron a la cordillera el 27 de febrero de 1884”, precisa la mujer.

Pero allí se encontraron con los mapuches, quienes creyeron que eran hombres del ejército del general Roca, que estaba en plena campaña de exterminio. Así fue que los persiguieron “seis días y seis noches”, hasta que los alcanzaron. “Fueron 32 lanceros que bajaron por el río para no levantar tierra. Cuando los rodearon, el Malacara galopó dos cuadras y se encontró con un barranco de cuatro metros. Miró hacia abajo y mi abuelo, del miedo, apretó los talones. El caballo saltó y cayó en el fondo del barranco. Cuando mi abuelo quiso bajarse, el Malacara se levantó y siguió galopando hasta llegar a Rawson.” Sus compañeros no corrieron la misma suerte, fueron atrapados y descuartizados.

A la cascada Yrigoyen se llega por un sendero de baja dificultad en el Parque Nacional.

En 1885, el flamante primer gobernador del Territorio Nacional del Chubut, el teniente coronel Luis Jorge Fontana, enterado de la proeza del abuelo de Clery, y urgido por sentar soberanía en los límites con Chile, organizó una expedición para ocupar las tierras cordilleranas. Así convocó a Evans y formaron un contingente de 29 jóvenes, a quienes les entregaron una veintena de rifles Remington. Por eso pasarían a la posteridad como “Los rifleros”. Salieron de Rawson, plantaron bandera en la cordillera y al regresar, el gobierno les cedió una legua de campo a cada uno, con el objetivo de que vivieran en estos parajes, bajo el pabellón argentino.

El otro Evans, Mervyn, vive en el Valle Hermoso, en medio de un vergel verde intenso donde crecen lupinos coloridos y corre un pequeño arroyito. Al llegar, un par de caballos de pelaje reluciente se acerca a saludar, aunque en realidad buscan comida. Mervyn los tiene mal acostumbrados: apenas llega, saluda y pone un puñado de avena en las manos de cada uno, para que les convidemos.

El hombre reconstruyó un molino, eje fundamental de la producción del valle y razón de ser de este lugar: Trevelin en galés significa “pueblo del molino”. El hombre hizo de este instrumento de trabajo un museo. “¿Alguna vez visitaron un sitio donde las cosas funcionan?”, pregunta e invita a pasar. Dentro de esa casita de madera, que parece extraída de las páginas de relatos celtas, reconstruye la historia del trigo en Chubut, enseña cómo funciona el molino y cuenta las tribulaciones de su pueblo.

En uno de los cuartos del museo Nant Fach, Mervyn atesora objetos de uso cotidiano de aquellos inmigrantes galeses. Entre los instrumentos hay un antiguo órgano, donde el hombre se sienta a tocar unos acordes; una victrola, una máquina de coser, una plancha, curiosidades como una taza con bigotera. Mervyn despliega una bandera galesa, y despotrica, una vez más, en contra de los ingleses.

Al despedirnos, pedimos agua para unos mates y Mervyn nos invita a pasar a su casa. Frente a la ventana, hay un arpa y una gaita. Y un Mervyn más relajado se sienta entonces a contraluz y acaricia las cuerdas. Ensaya unos acordes, toca unas melodías de las lejanas tierras de sus antepasados. Y así nos vamos, tarareando bajo el dulce sonido de las cuerdas celtas


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Alerces milenarios. Longevos y de lento crecimiento, sólo prosperan en la selva valdiviana.
Imagen: Guido Piotrkowski
 
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