turismo

Domingo, 5 de mayo de 2013

BRASIL. EL MAYOR PARQUE ACUáTICO

Un juego de niños

Crónica de una visita al Beach Park, el parque acuático más grande de Latinoamérica. Diversión y adrenalina para toda la familia, en el paradisíaco nordeste brasileño.

 Por Guido Piotrkowski

Fotos de Guido Piotrkowski

Somos siete grandulones y parecemos niños con chiche nuevo. Ya nos tiramos del Ramubriká, del Hupa & Hopa, del Atlantis, del Zump Tchibum y de la Moreia Negra, una serie de toboganes de agua que forman parte de las atracciones “moderadas” del Beach Park. Al ser “moderadas”, resulta una buena forma de arrancar el día en este parque acuático, el más grande de Latinoamérica, situado en las afueras de Fortaleza, en el estado de Ceará, el tramo final del nordeste brasileño, donde las gloriosas costas del país vecino comienzan a virar hacia el norte.

Un rato después nos debatimos entre tirarnos o no del Insano, la atracción principal de este parque, un toboagua de 41 metros, la altura equivalente al piso catorce de un edificio. El Insano es una de las atracciones “radicales”, una caída libre a la que no todos los que vienen al Beach Park se le atreven. El Insano, dicen, es un shock de adrenalina en su más pura esencia.

Luis ya se tiró tres veces, y Fede, dos. Lucas lo hizo hace un par de años, pero esta vuelta dice que no. Luis arenga como el niño que lleva adentro, y Fede insiste también: “¡Dale, tirate!”, me incitan.

Subo la infinita escalera. Sufro un debate interno ¿me tiro o no? Llego a la cima con la lengua afuera y el corazón a mil. Una vez en la plataforma de lanzamiento, me siento un atleta de saltos ornamentales a punto de lanzarse al vacío. El Insano se transforma entonces en un mirador de privilegio: a mis espaldas tengo la playa de Porto das Dunas, la más hermosa de esta ciudad, con sus palmeras tropicales y sus olas revoltosas; a la izquierda los molinos de energía eólica que abundan en el estado de Ceará, la tierra de los vientos; al frente veo tres de los cuatro hoteles que forman parte del monumental complejo del

Beach Park: El Aqua Resorts, El Suites Resorts, y el Wellness. Más allá, las casas del barrio, y más acá, debajo del temible Insano, una panorámica del colorido parque.

Pero no vale hacerse el distraído, y tampoco es cuestión de pensárselo mucho, se corre el riesgo de bajar de la misma manera que uno acaba de subir: lentamente, peldaño a peldaño, derrotado por el vértigo. Aunque, a decir verdad, desde aquí arriba, este toboagua se percibe mucho más alto que desde allí abajo, donde un puñado de gente se sienta en las gradas dispuestas de frente al gigantesco tobogán, atentos a la pantalla de led para ver el instante preciso en que el próximo intrépido se lanzará al vacío desde las insanas alturas. Desde aquí, la caída libre por la que descienden los visitantes más audaces del parque, a más de cien kilómetros por hora, se ve mucho más pronunciada. Temeraria. Un desafío al vértigo, un coqueteo con la adrenalina.

Son cuatro segundos nada más –pienso–. Un abrir y cerrar de ojos –trato de convencerme–. Ya vi pasar como un rayo a una veintena de personas. Los vi llegar despatarrados, excitados y agitados a la pileta donde caen tras los cuatro segundos más veloces de sus vidas.

Carlos, que fue el primero en atreverse al tubo más alto y veloz del Ramubriká, una especie de agujero negro que da vueltas y vueltas en un caracoleo infernal, mira hacia abajo y duda. Titubeamos. Nos apoyamos en la baranda de madera y volvemos a mirar alrededor. Un montón de gente espera que nos lancemos. Nuestros compañeros de ruta saludan y arengan con las manos. Y basta con que Carlos, bromeando, diga: “Puede ser lo último que hagas en tu vida”, para que luego de cinco eternos minutos, luego de meditar si sí o si no, luego de que un brasileño suba y nos humille pidiendo permiso y se lance desaforado, luego de pensar y repensar y hacer un breve repaso mental de mi vida, decido que no, que soy un cobarde, y bajo caminando. Carlos me sigue, me siento acompañado en la derrota.

Aunque Luis y Fede hayan insistido en convencerme: “Es increíble, no pasa nada, no te vas a arrepentir”, y un rosario de frases por el estilo. Aunque las medidas de seguridad sean de una extrema seguridad. “Antes de liberar el juego se precisan más de tres mil descensos de prueba. Primero con muñecos, luego con técnicos de la empresa Water Toys –la firma canadiense que fabrica los juegos– y por último los instructores”, según afirmaba Marcelo Vieira, el encargado de relaciones públicas, esa misma mañana. Luego de que se tiren miles de personas a diario. Luego de recordar cómo vencí al vértigo al tirarme en parapente y descender en rappel. Luego de todo eso y envidiando a los valientes que bajan sonrientes y excitados por el shock de adrenalina, reafirmo mi cobardía. Pienso en todo eso que el Insano derrotó.

Entonces, los siete grandulones volvemos a divertirnos como niños a los otros juegos, que también reparten adrenalina, aunque en dosis menores al demencial Insano. Vamos ahora al Kalafrio, una hoya similar a una pista de skate. El brinquedo (juego en portugués) consiste en tirarse de a dos en una boia o flotador de goma por una pendiente de 90 grados que dibuja una curva y vuelve a subir hasta el filo de la otra pared, donde parece que el bote sobrepasará el nivel y saldrá volando. Pero no, todo está fríamente calculado en el Beach Park, y el flotador, cuando llega al filo, desciende a toda velocidad nuevamente.

El que va de espaldas la sufre –o la disfruta, eso queda a gusto del consumidor– mucho más. Así que yo, como me tocó en suerte Luis, el más valiente, el que se tiró tres veces del Insano, reafirmo mi cobardía y le cedo la espalda. Pero mala suerte la mía, el instructor no me lo permite. La razón parece ser simple, el pibe dice que el más liviano, por cuestiones de seguridad –y de física y tiempo y espacio calculo mientras maldigo internamente– tiene que ir de espaldas. No me queda alternativa. No hay lugar para arrepentirse otra vez. No. Sería un papelón mayor. Y entonces, mientras todos se relamen con mi cara de pánico, le doy la espalda al vacío.Y pasan un par de segundos que parecen eternos. Y el bote que apenas se inclina pero que no cae aún. Y parece que este pibe nunca nos va a largar. Y entonces el gomón se inclina un poco más, y siento el vacío a mis espaldas y ahora sí, grito y maldigo en portugués, castellano y japonés. Y me pregunto qué hago ahí, y parece que no caeremos nunca, y largo un alarido y veo cómo la cara de Luis va del espanto a la alegría y la emoción. Y caemos a la velocidad de un rayo. Qué alivio. Qué divertido. Qué felicidad.

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El tobogán de agua, casi casi vertical y bien llamado “Insano”.
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