turismo

Domingo, 25 de mayo de 2014

ISRAEL. TIERRA SANTA Y COSMOPOLITA

Sagrada y milenaria

Crónica de un periplo desde Jerusalén, histórica y religiosa, a la moderna y vibrante Tel Aviv, pasando y flotando en el Mar Muerto. Una tierra de leyendas, creencias y entrecruzamiento religioso, donde la vida cotidiana les da la espalda a los conflictos y florece entre tradición e innovación.

 Por Guido Piotrkowski

Fotos de Guido Piotrkowski

Abraham, Jesús, David, Salomón, Herodes, Nabucodonosor; romanos, cruzados, babilonios, bizantinos, otomanos; judíos, cristianos, musulmanes; Ultima Cena, Vía Dolorosa, crucifixión; Santo Sepulcro, Domo de la Roca, Muro de los Lamentos.

Más de cinco mil años de historia fluyen ahora bajo mis pies, a mi alrededor, en un kilómetro cuadrado cercado por una muralla de ocho puertas que recibe peregrinos de todo el planeta. Quieren ver, tocar, abrazar, sentir, rezar. La Ciudad Vieja de Jerusalén es apabullante, inabarcable, misteriosa. En excavación constante, siempre habrá algo nuevo por descubrir: Jerusalén es el súmmum del arqueólogo, la iluminación del peregrino, el destino inevitable del viajero.

Veinte horas de vuelo con escala en Roma se necesitan para llegar desde Buenos Aires hasta esta tierra, santa y prometida para muchos. El aeropuerto Ben Gurión de Tel Aviv es tan moderno como algunos rincones de la capital financiera de Israel, una ciudad cosmopolita que no descansa, emblema secular en un país atravesado por la religión. Jerusalén, a una hora de viaje, es el punto de partida de un itinerario que continúa flotando por el Mar Muerto y acaba en la ecléctica Tel Aviv.

El Muro de los Lamentos, vestigio del templo de Jerusalén y sitio sagrado del judaísmo.

CUNA DE RELIGIONES Cuatro barrios: el judío, el cristiano, el armenio y el árabe se encuentran en la Ciudad Vieja. Por fuera de esos muros tan bien conservados –cuya roca, la piedra de Jerusalén, se replica en toda la ciudad como norma inalterable de una construcción preservada– la leyenda continúa. En el Monte de los Olivos, y una panorámica grandiosa que permite ver la historia amurallada como si fuera una maqueta. En sus laderas se despliega un cementerio judío de tumbas límpidas; más abajo, al final de la senda que recorrió Jesús el Domingo de Ramos, la iglesia de Getsemaní. A su lado, el mismo olivo que vio el hombre que sería crucificado un día después, quien pasó esa última noche dentro de una gruta cercana. Enfrente, pegado a las murallas, el Monte Sion, otrora intramuros, donde se cree que está la tumba del rey David; donde fue la Ultima Cena, donde se instaló el barrio armenio. “Podemos hacer un tour de diez días allí dentro”, dice Nurit Baram, guía del Ministerio del Turismo de Israel.

Jerusalén es Patrimonio de la Humanidad. Cada baldosa de esta ciudad contenida en la muralla de ocho puertas construida por el turco Suleimán en el siglo XVI alberga una porción importante del Viejo y el Nuevo Testamento; narraciones épicas, tradiciones milenarias, invasiones, destrucciones y reconstrucciones, mesías, santos y guerras santas.

Las puertas de Yafo y de Sión son las más cercanas al Muro de los Lamentos, en el barrio judío. Frente a ese paredón sagrado, el murmullo es permanente. Cada tanto, alguna voz se alza por sobre las demás. Un grito, un ruego, un canto, una súplica. Un rezo. Los judíos ortodoxos deambulan vestidos de riguroso negro, largas barbas y sombrero. Rezan sentados en pupitres o de pie, inclinando su cuerpo una y otra vez; caminan con la mirada perdida mientras murmuran plegarias, algunos parecen dormidos. ¿O están en trance? Otros apoyan su rostro y se aferran a un pedazo de esa roca sagrada, entre cuyos recovecos hay millones de papelitos enrollados que dejan turistas y peregrinos, con plegarias impresas a mano alzada.

Estas piedras son el único vestigio del Segundo Templo, destrozado por los romanos, aquel que reconstruyera el rey Herodes, hijo de Salomón, luego de que los bizantinos destruyeron el primero, el que contenía el Arca de la Alianza. Al costado, separadas por una valla rezan las mujeres, que según las reglas del judaísmo ortodoxo no pueden mezclarse con los hombres en los sitios sagrados. Tienen faldas largas, pañuelos que cubren sus cabezas. También deambulan, se sientan, se aferran al muro. También piden, agradecen, alaban.

Al otro lado está el barrio árabe, el más grande de los cuatro sectores. En la Explanada de las Mezquitas, sobre el Monte Moria, se encuentran el Domo de la Roca y la Mezquita del El Aqsam, uno de los lugares más sagrados para el Islam. Según el Corán (la escritura sagrada del Islam), es en el Domo donde el profeta Mahoma habría ascendido al cielo para encontrarse con Alá. El lugar es también de importancia vital para el judaísmo: el Antiguo Testamento dice que fue aquí donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac, y donde se puso la piedra fundamental para construir el mundo.

Los horarios para visitar el Domo y la Explanada de las Mezquitas son restringidos para los que no practican el Islam. La puerta de Damasco es la entrada directa al barrio árabe, un shuk (mercado) infinito donde el regateo es regla y se vende de todo: souvenirs, objetos religiosos, alfombras persas, camisetas de fútbol, comidas callejeras típicas como el falafel (pasta de garbanzo frita en pan árabe) y el shawarma (carne de cordero en fetas dentro de pan árabe). Por esas mismas calles se pasa al barrio cristiano, la Vía Dolorosa y la Iglesia del Santo Sepulcro, donde Jesús fue crucificado, enterrado, y donde también resucitó. La Ciudad Vieja es un gran mercado a cielo abierto. Un entramado de callejuelas donde cada paso es sagrado.

Tiempo para un asado a orillas del Mar Muerto, en hebreo Iam Ha Melaj o Mar Salado.

POSTALES DEL MAR MUERTO Israel tiene una superficie de 20.700 kilómetros cuadrados, menor que la de Tucumán. Las distancias son cortas, y entonces se puede ir desde Jerusalén, a 800 metros de altura, hasta el Mar Muerto –el punto más bajo de la Tierra, una depresión a 416 metros bajo el nivel el mar– en poco más de una hora, en un viaje de cien kilómetros surcando el desierto de Judea.

En la misma ruta está Massada (fortaleza), la mítica ciudadela construida por Herodes, que fue el último bastión del pueblo hebreo en la guerra contra los romanos, alrededor del año 60 a. C. El asedio romano terminaría en el suicidio colectivo de toda la población. Las ruinas, en lo alto de una meseta y con preciosa panorámica del Mar Muerto, son Patrimonio de la Humanidad. Vale la pena detenerse. Lo ideal es subir en teleférico y bajar a pie.

Unos kilómetros más adelante está el complejo hotelero del Mar Muerto, que en hebreo es Iam Ha Melaj o Mar Salado. Aquí hay una docena de hoteles cuatro y cinco estrellas, y un par de centros comerciales que venden productos cosméticos elaborados con minerales del Mar Muerto. Se dice que estas aguas tienen propiedades curativas. Por eso los turistas se embadurnan con el lodo, como las dos rubias ucranianas que se divierten en la orilla, o la familia polaca que posa flotando para las fotos: panza arriba, panza abajo, manos al cielo; aquí no hay cómo hundirse, y hacer la plancha es lo más simple: el Mar Muerto tiene un altísimo índice de salinidad, que alcanza el 28 por ciento.

Se acerca un feriado largo y hay muchos turistas locales. Judíos y árabes se entremezclan en las sulfurosas aguas de este piletón salado de 800 kilómetros cuadrados, que limita con Jordania. Dos hombres, que dicen vivir cerca de Gaza, avivan el fuego de su asado e insisten para que este cronista los acompañe. Aseguran que no hay problemas en la frontera, que todos los días andan por ahí. Un grupo grande de familias árabes charla en la orilla. Algunas de las mujeres se bañan con las túnicas puestas, mientras hombres y niños chapotean. Atardece y el cielo vira a un anaranjado-violáceo. Sólo queda echarse a flotar.

Una mujer árabe israelí en Yafo, localidad costera situada sobre una colina al sur de Tel Aviv.

TEL AVIV, LA CIUDAD BLANCA “Menos es más. Y Dios está en los detalles”, dice Sharon Golan, arquitecta del departamento de conservación de Tel Aviv. La religión también se cuela de alguna manera en la ciudad de la cultura secular. Una metrópoli que ostenta cuatro mil edificios del estilo Bauhaus, razón suficiente para que la Unesco le diera el título de Patrimonio Mundial. La Bauhaus (“bau”, construcción; “haus”, casa en alemán) fue una escuela de diseño, arte y arquitectura alemana, una usina del pensamiento del arte contemporáneo nacida a principios de siglo pasado, fundada por el arquitecto berlinés Walter Gropius. “Simplificar las formas y reducir el objeto a la mera funcionalidad”, pregonaba el hombre. La unión entre el uso y la estética. Diseños simples, minimalistas, líneas rectas.

“Tel Aviv estaba buscando un estilo que la defina, que hablara de las ideas socialistas, de ajustarse al espacio y a las condiciones climáticas. Este no es el estilo que vino de Europa, sino uno nuevo que simbolizaba esa utopía”, señala la arquitecta. Tel Aviv es también una ciudad-jardín, como la soñó y proyectó el paisajista escocés Sir Patrick Geddes. Limpia, prolija, una urbe con estilo europeo en el corazón de Medio Oriente. Amplios bulevares y arboledas, un delicado equilibrio entre los hoteles cinco estrellas que se alzan frente a la playa, los rascacielos modernos y los edificios bajos y racionalistas de la Bauhaus.

Hay un shopping ochentoso como el Dizengoff Center y una calle comercial como Ben Yehuda. Locales de ropa vintage y vestidos hippies de India, algunas librerías, puestos de comida callejera, panaderías, bares. El shuk Carmel es un lugar bullicioso y caótico, pero al mismo tiempo limpio y organizado. Un festival de colores, sabores y aromas, donde se consiguen especias, carnes y verduras frescas; comidas típicas como el falafel, souvenirs, DVD, ropa, zapatos, y más.

Tel Aviv tiene 405.000 habitantes en 50 kilómetros cuadrados y unos diez kilómetros de playa frente al Mar Mediterráneo. Yafo, el casco histórico, es uno de los puertos más antiguos de Medio Oriente. Actualmente es un pintoresco barrio de casas de piedra y un laberinto de callecitas que se abren, suben y bajan desde y hacia el mar. Hay mezquitas, museos, galerías de arte y bares abiertos hasta altas horas de la noche. A la vera del mar, sobre la rambla, hay un viejo almacén portuario reciclado, una especie de hangar vidriado que contrasta con las edificaciones antiguas que predominan aquí. Adentro hay negocios variopintos y restaurantes para paladares exigentes. Afuera, el mercado de pulgas se extiende por varias calles. Son más de 150 puestos donde se entremezclan alfombras persas con telas y vestidos del Lejano Oriente, muebles de segunda mano, bijouterie, recuerdos religiosos.

La casa-museo de Ilana Goor, una artista inclasificable y extravagante que trabaja con esculturas en bronce, confecciona ropa, joyas e instalaciones, fue la primera hostería para peregrinos judíos camino a Jerusalén. Treinta años atrás compró este caserón de trescientos años en el corazón de Yafo, y lo recicló tal como lucía antaño. Hoy son tres pisos con obras de arte de todo tipo, que desembocan en una terraza con una vista espectacular. Ilana viaja alrededor del mundo revolviendo mercados y consigue objetos únicos e invaluables que forman parte de su colección de más de 500 piezas, entre las que tiene esculturas de artistas como Henry Moore y Giacometti.

El Museo de Arte de Tel Aviv alberga una enorme colección de arte israelí; junto con ella hay obras de Chagall, Cézanne, Monet y Van Gogh. El nuevo edificio, inaugurado en 2011, está emplazado en el Shaul Ha Melech Bulevard, un complejo cultural al aire libre donde también están la Biblioteca, el Centro de Artes Escénicas y el edificio de la Corte. La movida alternativa de arte y diseño emerge con fuerza en el barrio de Noga, como un SoHo en minatura. Son un par de calles nomás, pero hay varios locales y gente joven con ímpetu y espíritu emprendedor. Bloomfield es un espacio que agrupa varios diseñadores. “Si alguien te dice que no mezcles trabajo con placer, no lo escuches”, pregona Ofer Shahar, que hace muebles reciclados.

En Tel Aviv se puede salir todos los días de la semana “hasta que se vaya el último cliente”, como suelen decir por aquí, en esta ciudad que no descansa, con bares y boliches por doquier, sobre todo en la calle Bograshov y las inmediaciones del bulevard Rotschild.

La playa es un espectáculo aparte. En la rambla se anda en bicicleta, en rollers y se corre. Unos veteranos le dan fuerte a la pelota paleta. En la arena hay fútbol, vóley, y fut-voley. También hay quien toca melodías de fogón, pibes con amplificadores que despiden un tecno rabioso y música en los paradores. Andando por la rambla, en las inmediaciones de Yafo, se ven mucho más árabes que en Golden Beach, la playa céntrica. La convivencia parece ser buena, aunque árabes y judíos no se entremezclen. Las mujeres se bañan en el mar con sus velos de colores y vestidas hasta los tobillos. A su lado, un par de rubias nórdicas toman sol de espaldas y una pareja israelí hace un picnic playero.

Cae el sol y los bares del puerto de Yafo son un buen lugar para disfrutar de una cerveza frente al Mediterráneo.

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La Ciudad Vieja de Jerusalén, donde se concentran cinco mil años de historia y religión.
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