turismo

Domingo, 14 de diciembre de 2014

CUBA LAS PARRANDAS DE REMEDIOS

Navidad bajo fuego

Entre la arquitectura colonial de Remedios se celebra una Navidad muy poco ortodoxa, en la que se enfrentan festivamente dos barrios a través de un sinfín de fuegos artificiales, desfiles de carrozas y congas callejeras. Gana el que hace el espectáculo más deslumbrante y el veredicto es resultado del clamor popular.

 Por Julián Varsavsky

En todo el mundo hay ciudades donde los barrios se identifican y enfrentan simbólicamente a través de los clubes de fútbol. Pero en la ciudad cubana de Remedios, en el centro-norte de Cuba, estas rivalidades se manifiestan de manera muy distinta. Dos barrios casi completos salen en masa a la calle y batallan frente a frente con explosivos y ataques de mortero. Pero lo que lanzan los pobladores de El Carmen y El Salvador son decenas de miles de fuegos artificiales apuntando al cielo. Gana el que hace el espectáculo más asombroso por tener más y mejor “artillería”, y los “carros de combate” más vistosos, que son las carrozas y estructuras con juegos de luces.

La competencia es de todas maneras feroz. Los preparativos arrancan meses antes con la compra de las “municiones” a las fuerzas armadas de Cuba. Porque la fiesta es cosa muy seria: es el orgullo del barrio que está en juego. Y cada uno de los “combatientes” daría todo por alcanzar la victoria en esta contienda, que es la fiesta más antigua y popular de Cuba.

DESDE LA COLONIA Podría decirse que las Parrandas de Remedios surgieron por error, con un fin más bien opuesto al que resultó ser. Se cree que fue en la Navidad de 1824 cuando el padre Francisco Vigil de Quiñones –alias Francisquito–, alarmado por la falta de asistentes a las Misas de Aguinaldo, contrató a unos niños para que hicieran un alboroto infernal por las calles en torno de las cuatro de la mañana.

¿Gallo o gavilán? es la pregunta que definirá al ganador de la contienda.

Los niños, felices de la vida, despertaban a los dormilones con el sonar de matracas, pedazos de reja, pitos y latas llenas de piedras. Con los años esos ruidosos despertares se hicieron tradición, al igual que unas serenatas mañaneras que otros hacían con guitarra y mandolina. Parece ser que ambas costumbres se fusionaron y recibieron el agregado africano de la percusión, desatándose un fervor popular que ya nadie pudo detener.

El cura que generó semejante fiesta más bien profana –que lleva casi dos siglos– nunca habrá imaginado en qué terminaría su poco ortodoxo método de atraer fieles a la misa. Y tampoco se sabe si, en su tiempo, el bochinche dio los resultados esperados.

Los que se quejaron de esta movilización popular mezclada con la festividad percusiva de los negros fueron las clases altas de la Colonia, que por supuesto tenían voz privilegiada en la prensa: “Hemos observado con disgusto que, mientras en las demás poblaciones cultas de la isla se ha prohibido en absoluto el tambor de los ñáñigos, nosotros sufrimos aún esa fea costumbre incompatible con la civilización que alcanzamos”, escribió un cronista a mediados del siglo XIX refiriéndose a las parrandas navideñas.

LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS La fiesta comienza el 24 de diciembre a las 5 de la tarde, y dura hasta el amanecer del día siguiente. Esa tarde los dos barrios entran a la plaza central de la ciudad por separado, lanzando las primeras salvas de fuegos artificiales. Y lo hacen en masa, con sus músicos y la gente bailando el tradicional “arrollado” de los piquetes callejeros, que interpretan una mezcla de rumba afrocubana con la polca remediana. La banda se conforma de dos trompetas, dos trombones, dos clarinetes, un bombardino llamado atambora y una paila.

El sector oeste de la plaza –dividida al medio por una línea imaginaria– es el territorio de los pobladores de El Carmen, representados por el color marrón y la imagen de un gavilán, mientras que los de El Salvador pintan de rojiazul sus estandartes con la representación de un gallo. Esta estructura binaria de la fiesta se configuró en 1851 y se fue acentuando con los años. Hacia 1890, los de El Salvador inflaron un globo enorme que lanzaron al aire y fue atrapado por los de El Carmen, quienes se lo guardaron como trofeo de guerra. Ofendidos por el robo, los habitantes de El Salvador adoptaron como imagen al gallo en señal de pelea. En respuesta, El Carmen cambió su estrella original por el gavilán.

La ciudad se llena de altoparlantes que emiten música a toda hora. A eso de las diez de la noche comienza a recalentarse el ambiente y los dos barrios revelan sus secretos, ocultados férreamente durante los preparativos para sorprender al adversario. Después de los fuegos artificiales desfilan las espectaculares carrozas decoradas con motivos mitológicos y fantasiosos, un poco al estilo de las del carnaval carioca pero sin bailarines encima, sino con unas “estatuas vivientes” que apenas se mueven: aquí el baile es en la calle.

Los barrios presentan entonces sus “trabajos de luces”, unos grandes tableros movibles de 30 metros de altura con miles de lamparitas de colores en movimiento, vistosos diseños y música propia.

A media noche hay un relativo armisticio en Remedios. Los artilleros se apaciguan un poco –aunque no detienen del todo sus bombardeos– mientras se desarrolla la Misa de Gallo en la Parroquia Mayor, con el cura indiferente a las explosiones.

Terminada la misa comienza la madre de todas las batallas: los barrios despliegan su mayor arsenal de explosivos y luces para definir quién es el ganador. Esta parte del enfrentamiento alcanza su clímax entre las dos y las cinco de la mañana, cuando el cielo se ilumina una y mil veces.

Cada barrio se atrinchera en una calle a los lados de la plaza, cercándola para que la gente no se acerque demasiado y evitar accidentes. Allí colocan sus lanzaderas de cohetes (tubos parados en el suelo) con las que cada bando hace gala de su arsenal pirotécnico. La primera andanada de El Carmen llena el cielo de humo ocultando las estrellas y a los diez minutos se detiene. Es el turno de El Salvador, que se defiende con una batería de morteros alineados en el suelo frente a la Parroquia Mayor. El traqueteo bélico no tiene pausa durante horas. Y cuando se detiene es para tomar impulso.

Un grupo de “gavilanes” aparece cargando unas largas mesas con miles de cohetes que acomodan en fila. Un hombre pasa corriendo para encenderlas todas de una vez y el cielo explota en fulgores de fuego antiaéreo. Al acabarse el armamento los artilleros acuden a un carretón bautizado El Troyano, donde almacenan los proyectiles. Para la batalla estos hombres usan protectores en los oídos, sombreros para cuidarse de las cañas ardientes que a veces regresan desde el cielo (lo mismo se recomienda a los viajeros), camisa de manga larga y pañuelo para cubrirse el rostro.

Hacia las 5 de la mañana las carrozas rodean la plaza hasta quedar enfrentadas y los más fanáticos se suben a las estructuras rodantes gritándoles de todo a los contrincantes: prácticamente no hay policía y sin embargo nunca ocurre el menor altercado.

¿GALLO O GAVILáN? La anterior es la pregunta que, sobre el final de la fiesta, todos se hacen. Y se refieren al ganador. Cada vecino está firmemente convencido de que su barrio ganó la contienda y tanto El Salvador como El Carmen recorren las calles de manera triunfal, dedicándose marchas fúnebres.

Como no hay un jurado tampoco hay ganador oficial. Los argumentos más irracionales se utilizan en estas discusiones de criterio estético al clarear del alba, hasta que todos se van retirando de a poco bajo el fragor de las últimas explosiones, algunos completamente borrachos.

Al día siguiente, la prensa se hace eco de cierto consenso extra- oficial acerca de cuál ha sido el ganador. A veces es muy clara la superioridad de un barrio, pero otras no. De todas formas, hay un veredicto popular que termina siendo más o menos aceptado. Así concluyen estas navidades tan poco ortodoxas y bastante profanas, marcadas por la expresividad corporal y musical de la impronta africana, como no existen otras siquiera parecidas en ningún lugar del planetaz

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Pura diversión en el festivo enfrentamiento de dos barrios en la colonial Remedios.
Imagen: Kaloian Santos Cabrera y Julián Varsavsky
 
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