turismo

Domingo, 4 de enero de 2015

LA RIOJA. TIERRA DE CóNDORES Y VINOS

Alta en el cielo

No son águilas guerreras sino cóndores los que, volando a pura libertad, se muestran casi al alcance de la mano en las alturas de la Quebrada del Cóndor. En el camino, vinos, ritmos y delicias riojanas le ponen sabor a la aventura.

 Por Frank Blumetti

El sol omnipresente apenas nos deja levantar la vista, implacable. Sobre nuestras cabezas, y a una distancia que parece ínfima, jóvenes cóndores de plumaje todavía gris disfrutan de sus primeros vuelos, suspendidos en las corrientes térmicas del aire contra un cielo de potente azul, sin nube alguna que lo interrumpa. Estamos a 1800 metros sobre el nivel del mar, en el mirador que es el punto culminante de la excursión a la Quebrada del Cóndor, en la Sierra de los Quinteros: nada menos que doce kilómetros entre ida y vuelta que pueden hacerse tanto caminando como a caballo (hasta cierto punto donde hay que continuar a pie), por empinados y pedregosos senderos de montaña.

LA CORTE DEL REY CóNDOR La aventura, que tomaría desde la media mañana hasta el atardecer (y que algunos de los presentes elegimos hacer a pie), nos llevó primero hasta el mirador Agua de la Garza, donde puede recuperarse el aliento y observar panoramas ya deslumbrantes. El trayecto continúa por la Cañada Redonda, primero, y De la Cumbre después, con un telón de fondo cambiante: por momentos hay rocas y paredones, aridez y pura montaña, matizada por algún cacto pletórico de flores amarillas y naranjas. Luego aparece la vegetación en forma de césped cortito y prolijo con flores pequeñitas y multicolores, desplegada a lo largo de anchos valles que aparecen sin aviso, al igual que rebaños de vacas y rocas de intrincadísimas formas, que semejan tanto un sapo como nidos con huevos o un túnel (en este último es posible meterse y asomar la cabeza como si se saliera de adentro de la piedra).

Eventualmente se accede al descanso El Molle, donde se yergue un frondoso ejemplar del árbol del mismo nombre, y allí quedan los caballos. El último tramo es por una escarpada ladera y la resistencia se ve duramente puesta a prueba: el sol y el aire finísimo no facilitan las cosas. Al culminar la subida, una sorpresa: los celulares empiezan a sonar, dado que la señal aparece mágicamente a tan tremenda altura... un providencial declive precede a la ya más suave y breve subida al mirador, dotado de una conveniente plataforma de madera de reciente construcción: parece que uno estuviera en el techo del mundo. Y es ahí donde, de a poco, tímidamente, los cóndores van haciendo su aparición. Planean suavemente, con placer, acercándose cada vez más (pero hasta una distancia prudencial) sobre el grupo de visitantes que los observan extasiados. Todo con un clamoroso silencio de música de fondo, apenas quebrado por el viento. La experiencia ha valido la pena. Cada minuto. Y el camino de regreso, como siempre, parece más corto y –de algún modo curioso– también familiar.

FINAL Y PARTIDA El punto de partida y de finalización de esta deslumbrante experiencia, que previamente había sido precedida por una visita a la Fiesta del Torrontés en Chilecito, fue La Posta de los Cóndores, un más que agradable complejo de cabañas de piedra ubicado a mitad de camino en el ascenso a la sierra, en el puesto de Santa Cruz, manejado por la mano sencilla pero sabia de los hermanos De la Vega, José –más conocido como Joyo– y Juan. La principal construcción es centenaria y allí funciona un salón comedor para 25 personas. El sitio supera los dos siglos de historia y se conserva una habitación donde, tras cuidar de su ganado, solía descansar el Chacho Peñaloza, mítico caudillo riojano cuya imagen se encuentra por doquier.

Una arboleda y un tranquilo arroyito de efecto sedante circundan el terreno, ideal para una vacación cuyo objetivo real sea descansar y, lo más importante, desenchufarse: allí no hay Internet, ni wi-fi, ni señal para celulares (salvo en ciertos puntos muy precisos), y el generador eléctrico de 220 V hace su aparición a partir de las ocho de la noche. Las cabañas son rústicas pero muy confortables: hay diez plazas en habitaciones dobles con baño privado, más un restaurante, cafetería y excursiones guiadas (cabalgatas, rappel, trekking, pesca, mountain bike). El restaurante incluye desayuno, almuerzo, cena y cafetería, con un menú usualmente compuesto de comidas típicas: guisitos de campo y empanadas caseras, por ejemplo, o bien keppe con vegetales, ya que la influencia de la inmigración árabe es notable en la zona. O un soberbio cabrito al horno de barro, de sabor incomparable y textura única, regado con variados vinos riojanos, con el que celebramos el anochecer de un día agitado pero a todas luces inolvidable. La luna y el silencio acompañaron un merecido descanso que nos dejó en óptimas condiciones para el regreso a la capital provincial.

FIESTA DEL VINO Antes de volver, la sexta edición de la fiesta dedicada al torrontés convocó la atención de todos. Cepa emblemática de los riojanos, la nativa torrontés (cuyo origen es materia de eterno y complejo debate) representa asimismo orgullo, trabajo e historia locales, y se la homenajea y festeja por todo lo alto, como ocurrió a fines de noviembre en las instalaciones del Club Atlético Independiente de Chilecito. Fue cita obligada no sólo para la gente del sector vitivinícola local, sino también para los aficionados que concurrieron en masa (se estimaban unas 8000 personas), atraídos principalmente por la elección de la reina y los espectáculos musicales, que incluyeron al Chaqueño Palavecino.

El vino tuvo su espacio en una carpa y stands circundantes donde la gente pudo informarse y degustar varios ejemplares de la producción casera local, que creció y mejoró recientemente gracias al mayor apoyo de la Secretaría de Agricultura Familiar de La Rioja, tal como explicaron María Macías y Maricel Ormeño, sus representantes en la fiesta. “Se está asesorando a los pequeños productores caseros de Chilecito, que hacen hasta 4000 litros anuales, desde el cultivo hasta la elaboración, y los resultados son alentadores”, comentan. Los vinos que probamos –frescos, muy suaves, aromáticos, de trago fácil– así lo demostraron: el torrontés es otro territorio riojano que amerita su exploración.

ALREDEDORES La excursión a la Quebrada del Cóndor estuvo matizada por entretenidas visitas al Parque de Dinosaurios en Sanagasta, de amplia extensión y con increíbles réplicas de los dinosaurios que vivieron en la zona. También hubo visitas a bodegas –desde la muy profesional Valle de la Puerta hasta la más casera Minnitti–, donde seguimos degustando ejemplares de torrontés, para culminar la visita en el complejo Qhawana con un excelente asado y música chayera a cargo de talentosas artistas locales. Las posibilidades de vacacionar, descansar, divertirse, asombrarse y disfrutar en La Rioja crecen cada año. Y vuelan cada vez más alto, como los cóndores con los que empieza este relato.

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El mirador de la Quebrada del Cóndor, en Sierra de los Quinteros, a casi 1000 metros de altura.
Imagen: Diego Díaz
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