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Domingo, 3 de enero de 2016

CORRIENTES > AVISTAJE DE AVES EN EL IBERA

Los esteros de la vida

Apenas se levanta el día, la fauna del humedal correntino se despliega en su inmensidad de especies de aire, agua y tierra. Un viaje siguiendo en particular el vuelo de las aves por los portales Cambyretá y San Nicolás, bajo el signo de la conservación y la recuperación de la naturaleza de un ambiente extraordinario.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

“Un mundo aparte”. Natalia Tenaglia –con quien nos encontramos muy temprano una mañana de diciembre, apenas llegados a la estación de Ituzaingó, en el norte de la provincia de Corrientes– define así a los Esteros del Iberá. Un mundo de un millón y medio de hectáreas de naturaleza floreciente, dueño de una cultura propia forjada por la confluencia de la historia y el alma correntinas. En el mapa de la provincia tienen casi la forma y la ubicación de un corazón: una involuntaria metáfora de la naturaleza, porque aquí late una vida amenazada por el avance de la actividad humana sobre el humedal. Sin embargo, esa vida también tiene sus defensores, los responsables de impulsar la creación de un futuro Parque Nacional sobre miles de kilómetros cuadrados de lagunas, juncales, pantanos y cañadas cuya riqueza en fauna y flora resulta sencillamente asombrosa. El nombre más conocido entre ellos es el de Douglas Tompkins, creador de la ONG Conservation Land Trust (CLT), que realizó un ingente trabajo conservacionista en Chile y en la Argentina: fallecido hace menos de un mes en un accidente de rafting, fue su viuda Kristine McDivitt la encargada de anunciar la futura donación de tierras de la ONG para la creación de un Parque Nacional en los Esteros del Iberá. El objetivo consiste en unir unas 150.000 hectáreas del CLT a tierras provinciales para conformar un área protegida de unas 700.000 hectáreas, es decir, uno de los Parques Nacionales más grandes del país. Más allá de la superficie, el impacto está dado por su asombrosa biodiversidad. Los pasos del proceso, que implican entre otros pasar las tierras bajo jurisdicción correntina a la órbita nacional, llevarán no menos de dos años de trabajo conjunto.

Mientras tanto, en Ituzaingó la mañana despejada parece celebrar la noticia, después de varios días de lluvia. La ciudad sobre el Paraná es uno de los nuevos accesos a los Esteros del Iberá: si tradicionalmente se visitaban desde Colonia Pellegrini, sobre el borde oriental del humedal, Ituzaingó funciona ahora como punto de partida hacia el portal Cambyretá, en el norte del área protegida, mientras desde el borde occidental se puede entrar por el portal San Nicolás. Todos desembocan en este mundo de agua y verde que parece brillar hasta el infinito: pero al mismo tiempo cada uno ofrece una perspectiva diferente sobre su riqueza natural.

Fotografiando aves a orillas del humedal, donde se concentran numerosas especies.

CAMBYRETA Y DON LUIS Mientras maneja los 15 kilómetros que separan Ituzaingó de Cambyretá, y desde allí otros 40 hasta el ingreso de la reserva Don Luis, Natalia subraya que “todo esto fueron estancias jesuíticas. Los que no quisieron servir al criollo se metieron en el Iberá, un mundo aparte todo de agua, donde se preservó la cultura guaraní”. A pesar de lo intraducible del idioma nativo, Cambyretá (de kamby, leche en guaraní) es lo más parecido a “tambo”. Es decir que esta era una zona ganadera y productora de leche nacida sobre lo que resulta ser un suelo de arenisca, un sedimento arrastrado por el agua hace miles de años y que, tras desviarse el río, es lo que mantiene vivo el humedal del Iberá.

Y donde hay agua, hay aves. Es difícil imaginar un lugar más apasionante para los amantes del avistaje de avifauna que este horizonte llano donde la vista se engaña al rebotar sobre una superficie verde que se diría densamente vegetal y arraigada en la tierra, pero que en realidad es sólo flotante. Y por lo tanto versátil y cambiante. Lo que no se modifica tanto –comenta Natalia con convicción– son las costumbre y tradiciones.

No hace falta buscarlas: van saltando a la vista mientras transitamos de tranquera en tranquera hacia la reserva: allí están los puestos a la vera de la ruta donde se rinde culto a los muertos; los gauchos con sus polainas a rayas (un trozo de lona que se enrolla y se sujeta con las alpargatas en los pies y un tiento en la cintura); los hombres con sus pañuelos azules al cuello, que indican sin necesidad de palabras la filiación liberal, mientras en otros rincones de la provincia serán rigurosamente rojos, y por lo tanto autonomistas.

A medida que avanzamos, no cuesta nada captar la diferencia entre los campos en explotación –no todo el conjunto de los esteros está protegido– y las áreas de reserva del CLT, donde ya no hay ganadería (además de las tradicionales vacas se está incursionando con las búfalas) ni plantaciones forestales de pinos, que se aprovechan para la madera y resina pero generan una suerte de vacío biológico a su alrededor. Porque son especies exóticas, y como tales provocan una interrupción en la cadena trófica y el equilibrio de un ecosistema profundamente encadenado.

“En el mundo hay pocos lugares tan ricos y variados como el Iberá para ver aves. Por eso viene gente de todas partes. Es una actividad que cambió bastante: antes era para biólogos y ornitólogos, pero ahora son muchos más los que se interesan. Está el observador hardcore, que tiene su checklist, marca la especie que quería ver y se va; está el que se dedica exclusivamente a grabar los cantos; el que quiere sacar la foto de un último ejemplar en vías de extinción; el que quiere ver las aves para pintarlas”, comenta Natalia mientras vamos transitando por el camino artificial que permite circular en vehículo. En caso contrario hay que pasar por el agua, a caballo o en embarcación: y a lo lejos se ve, precisamente, una canoa comunitaria que utilizan los pobladores para cargar los avíos y que no se tiene que mojar. Se usa, y se deja para el siguiente en llegar.

En la entrada de la reserva Don Luis nos espera Alejandra Boloqui, responsable de Turismo Diversidad, con quien pasaremos la noche en la casa que habitualmente sirve de parador y estación científica para investigadores y biólogos en la región. “En 2010 –cuenta– hubo una charla del CLT en Ituzaingó donde vinieron a contar los proyectos de Tompkins. Hasta ese momento, Iberá era Colonia Pellegrini, pero Ituzaingó tiene geográficamente el 65 por ciento de los esteros”. Así, junto con Cepriano –Cepi- Oporto, que era guía de pesca y conocía muy bien el terreno por haberse criado aquí, Alejandra comenzó a diagramar la excursión que hoy ofrece para explorar el Iberá entrando por Cambyretá. “Fuimos dando distintos servicios y complementándonos con el CLT. Hay muchas opciones, desde kayak y bautismos de buceo hasta pesca con devolución en el Paraná, pero para los observadores de aves en particular se realiza una excursión full day, que por supuesto comienza muy temprano. A las seis de la mañana salimos de Ituzaingó para empezar los avistajes”, explica en la puerta del lodge que hizo levantar Miranda Collett, una inglesa que fue durante décadas comandante de aviones Boeing 747 y cuando se retiró encontró aquí su lugar en el mundo, colaborando en conservación con el CLT y mediante su propia fundación.

Un mediodía de primavera el sol pega fuerte. La única que no se inmuta es Rosita, una cierva de los pantanos que quedó guacha y fue criada por los pobladores de la zona: curiosa y sociable, tan acostumbrada a la presencia humana como no lo están sus huidizos congéneres -que se dejan ver de vez en cuando entre los pastizales- suele andar por aquí con toda confianza. Cuando se echa a la sombra de un ambay, seguimos su ejemplo en la galería de la casa. Y será en torno a las cuatro de la tarde cuando volvamos a salir en busca de aves y otras especies por los caminos de los alrededores. En realidad, sin movernos del lodge ya divisamos un federal de furioso color rojo, una familia de cabureís y un poco más allá -junto al mirador de una laguna- un par de espátulas rosadas que parecen contemplar inmóviles su reflejo en el espejo de las aguas. Tal vez por eso “buscar” parece demasiada palabra: pájaros y otros animales salen al cruce de los visitantes sin cesar. No sólo andan acá y allá revoloteando o capturando presas la cachirla dorada, el martín pescador, las dominicas y lavanderas, cuyos pichones están apenas asomando la cabeza del nido: también nos cruzamos con las emblemáticas tijeretas y la “figurita difícil”, el yetapá de collar, una especie vulnerable cuyo hábitat se redujo notablemente en los últimos años y que algunos observadores buscan con exclusividad como “trofeo” de sus listas de avistaje.

Pero no es todo. Hay que andar esquivando carpinchos y yacarés como en la ciudad podrían esquivarse peatones y autos; de vez en cuando zorros –que hacen pensar en el domesticado por el Principito– se dejan ver cautelosos; y la presencia de algunos ciervos machos se ve traicionada cuando les asoman los cuernos por encima de la línea del pastizal donde se esconden. Regresamos a la hora en que el sol se pone sobre la laguna, arrojando destellos rojizos que recuerdan el significado de Iberá: las aguas que brillan.

La tijereta, vistosa y emblemática especie de las aves correntonas.

RUMBO A SAN NICOLAS El único despertador es el canto sonoro de las aves, que comienza con el amanecer. Bien temprano, salimos de Don Luis para encontrarnos con Alexandra Fellinger, que trabaja para el CLT y será la encargada de trasladarnos hasta San Miguel, punto de acceso a la reserva San Nicolás. Pero antes la naturaleza se encarga de brindarnos otro espectáculo inesperado: entre las garzas y espátulas que amanecen en los esteros, entre las jacanas y los patos que alzan el vuelo al menor ruido, anda una pareja de jabirús –la impresionante cigüeña americana de cabeza negra, cuello rojo y cuerpo blanco– en pleno cortejo amoroso. Es la danza fascinante de dos gigantes que alcanzan prácticamente la altura de una persona, que giran en círculos con las alas desplegadas y finalmente se alejan entre los juncos deteniéndose de vez en cuando para capturar peces con sus temibles picos.

“Los correntinos –dice en el camino Alexandra, que es austríaca y hace un par de años que adoptó la vida del Iberá– son gente abierta, hospitalaria. Enseguida te invitan, te ofrecen un mate, charlan. La gente de los esteros tiene una vida de otro mundo. Una capacidad de supervivencia pura en la naturaleza: a veces cuesta más el primer contacto, pero hay que tomarse el tiempo de escucharlos. Son otros manejos de los tiempos: lo que no se puede hacer hoy se hace mañana, y eso es algo que aprendí a valorar mucho”.

Cuando ya estamos entrando en la reserva, divisamos los típicos “mogotes de monte”, bosquecitos de vegetación más densa que sobresalen en el horizonte infinitamente plano: suelen estar en las zonas más altas y constituyen un excelente refugio para las familias de monos aulladores que viven en los alrededores y que a veces se oyen antes de dejarse ver. Nos lo explican Jorge Mazzochi y Adolfo Cardozo, que junto con Lisandro Braillard conformaron en la capital correntina el emprendimiento Experiencia Iberá y hoy son nuestros guías en la reserva San Nicolás. “Después de viajar por el mundo empecé a ver Iberá de otro modo. En ningún lugar vi tanta naturaleza. Trabajé como voluntario en el CLT y así nació la iniciativa de este destino emergente, donde queremos ser un factor más de toda la creación de trabajo”, cuenta Adolfo. El grupo trabaja en el sector oeste de los esteros –Concepción, San Miguel, Mburucuyá– y recibe a gente que quiera tener una aventura en el Iberá, descubriendo su flora y fauna a pie, embarcados, en bicicleta. Porque aquí lo fuerte –recuerda Jorge– “es la navegación en kayak o en canoa con botador, la forma más tradicional de moverse en el humedal”. Los chicos de Experiencia Iberá son los únicos que llevan gente al Sendero Curupí, que sale desde la propia reserva, transitando unos siete kilómetros entre ida y vuelta. Y sobre todo buscan involucrar al poblador en los servicios: por eso recorrer San Nicolás con ellos es una vivencia integral que, más allá de acercarse a un lagarto overo en un arrebato de confianza, o de ver a las jacanas empollando los huevos sobre el agua, implica también disfrutar la cocina de Norma, cocinera de la cooperativa Yasí Berá, que con manos mágicas sirve tortas fritas crocantes, empanadas y una poderosa polenta correntina a base de harina de maíz, carne y queso que funciona como un increíble multiplicador de energía después de las horas de caminata.

Con Jorge y Adolfo ponemos rumbo a Puerto Carabambola para salir en botador entre el camalotal y los embalsados. Nuestro destino no está muy lejos pero requiere bastante pericia del baqueano para manejar la caña tacuara en las partes más profundas: y sin embargo, sin dificultad llegamos a las cercanías de un enorme garzal, donde las garzas y espátulas -muchas juveniles- son una auténtica multitud posada sobre las ramas. “Desde lejos se ve una franja blanca arriba y una rosa más abajo”, cuenta Jorge. No vemos tantos yacarés como el día anterior, pero sabemos que están allí: en los paseos nocturnos, es más fácil adivinarlos porque los ojos les brillan como amenazantes lucecitas rojas en plena oscuridad. Y ya de vuelta, las aves siguen saliendo al paso en asombrosa variedad y abundancia: una vez más, comprobamos por qué el Iberá es el paraíso terrenal de los que salen a “pajarear” y sacar fotos con entusiasmo irrefrenable. Y aún no lo hemos visto todo, ni mucho menos: todavía nos espera un jabirú en lo alto de su nido; águilas negras que emprenden un vuelo rasante y majestuoso al adivinar nuestra llegada; chajás que avanzan silenciosos por el agua seguidos de sus crías; la ranita hocicuda que Jorge captura con inefable habilidad en la mano... y una yarará perfectamente enroscada y alerta a la sombra de un mogote de monte, cuando recorremos de punta a punta el Sendero Curupí. Por la tarde, nos toca presenciar la segunda puesta de sol sobre los esteros: un sol de fuego se oculta de a poco y recorta la silueta negra de los árboles contra el cielo. El paisaje se va poniendo más oscuro y dejamos la reserva hacia el Parque Nacional Mburucuyá, que es –otra vez– un mundo aparte. Y otra revelación, otra nota, en esta orilla occidental de los esteros que conforman un paraíso inmenso pero frágil de vida natural.

Martín Pescador al borde del río, listo para capturar peces con su pico puntiagudo.

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Jabirú desplegando las alas durante un tempranero cortejo.
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