turismo

Domingo, 19 de junio de 2016

BUENOS AIRES > PALEONTOLOGíA EN LA COSTA

Un tigre en Miramar

El hallazgo de huellas de tigres dientes de sable, de 50.000 años de antigüedad, revolucionó la ciudad balnearia y se convirtió en un nuevo motivo para descubrir los lugares que ya visitaba Florentino Ameghino en el siglo XIX. Un modo diferente de recorrer la costa bonaerense.

 Por Lorena López

Fotos de Daniel Boh

El nombre científico del tigre dientes de sable cuyas huellas se encontraron en Miramar es Smilodon populator, que hace referencia justamente a sus grandes colmillos de alrededor de 20 centímetros de largo. Cincuenta mil años atrás, este felino convivía con perezosos, mastodontes, toxodontes (parecidos a hipopótamos), macrauquenias (mezcla de elefante y camello), antiguos guanacos, ciervos y otros animales que aún existen. ¿Y seres humanos? No, para eso faltaba mucho ya que los registros más antiguos de nuestros antepasados en la provincia de Buenos Aires datan de apenas 11.000 años atrás.

El lugar del hallazgo se llama Punta Hermengo, un sector entre el muelle de pescadores y la entrada al bosque que ya visitaba Florentino Ameghino a fines del siglo XIX por su abundancia de fósiles. Antiguamente fue un pantano o borde de arroyo, con barro y más bien pequeño (no son más de 50 metros cuadrados) pero con una particularidad: que el terreno dificulta ver huellas u otras marcas dado que siempre hay una pequeña capa de arena que tapa los huecos. A esto se suma que sólo pueden verse al atardecer, cuando las sombras largas permiten observar las imperfecciones del terreno… es decir que a la mañana, al mediodía y cuando está nublado no se ve nada. Es el motivo por el cual las huellas no se descubrieron antes.

Comparación entre las siluetas de un ser humano y uno de los antiguos felinos.

PATRIMONIO POR CUIDAR “Para la ciencia este hallazgo es muy importante porque representa la primera vez que se puede ver la forma de la pata del tigre”, explica Daniel Boh, director del Museo Municipal Punta Hermengo de Miramar. “Debido a que la posición de las huellas es rara, parece que fueran dos ejemplares los que andaban por ahí, lo que probaría hábitos de grupo. Esto lo podremos corroborar cuando encontremos más pisadas”.

Los tigres dientes de sable eran animales corpulentos, de cola corta, miembros anteriores más robustos y con grandes caninos en forma de sable. El resto de los felinos tienen caninos cónicos, lo que les permite romper los cuellos de sus víctimas, mientras los Smilodones tenían que inmovilizar a su presa para luego cortarles las arterias del cuello. Sus dientes eran delicados en comparación con los leones.

El Smilodon de América del Sur era más grande que su antepasado norteamericano y llegó a este continente hace unos dos millones de años, luego de la unión de las dos Américas a principios del Pleistosceno o Era Glacial, junto a antiguos caballos, mastodontes, guanacos, ciervos y hasta pumas. Todos los Machairodos o Maquerodos (subfamilia a la que pertenece el tigre en cuestión) se extinguieron hace unos 10.000 años, junto con la desaparición de sus grandes presas.

Actualmente las réplicas de las huellas pueden verse en el museo (no las verdaderas, por una cuestión de cuidado) y el especialista indica que ante el encuentro casual de un fósil o cualquier objeto de valor histórico lo primero por hacer es avisar al museo más cercano al lugar donde se vive o vacaciona. Lo mejor es tomar una foto y no sacarlo por iniciativa propia, ya que suelen ser elementos muy frágiles que se dañan con facilidad.

“Con una huella, normalmente el procedimiento consiste en hacer un molde negativo en yeso, o si se tienen más recursos, con caucho y fibra de vidrio. En este caso, ya que las huellas son únicas, preferimos cortar el terreno y hacer un bloque que reforzamos con un anillo de hierro y yeso”, describe Boh.

La noticia de los rastros del tigre causó gran revuelo e interés de pobladores y turistas, en especial de los chicos, que son los más entusiastas con este tipo de descubrimientos. Ante la gran catarata de preguntas, el especialista aclara que en la zona no es posible hallar fósiles de dinosaurios: “En esa época lo que es hoy la provincia de Buenos Aires –y varias otras- se encontraban bajo el mar”, explica. “Cuando las aguas se retiraron los restos desaparecieron o fueron tapados por centenares de metros de sedimento, por lo que los posibles restos de dinosaurios estarían a mucha profundidad bajo tierra”.

Un llamado del pasado. Las pisadas del tigre fueron encontradas por Mariano Magnussen.

PASEO COSTERO Ir a conocer las huellas del tigre a Miramar también brinda la posibilidad de descubrir otros lugares de esta tradicional ciudad de veraneo. Como el primer Parque de Murales de la Argentina, un espacio verde cerca del mar donde se levantaron 24 paredes de dos metros de alto por tres de ancho para que diversos artistas realizaran obras con técnica de grabado, pintura, escultura y mosaiquismo. Además de las ya clásicas cabalgatas y la visita al bosque energético, también está la posibilidad de divertirse en los médanos practicando sandboard o animarse a un vuelo de bautismo en el aeroclub donde se puede volar en un Piper biplaza, un Cessna y hasta en planeador.

También es interesarse darse una vuelta por los talleres de los artesanos, donde se destacan el trabajo en cuero y la cuchillería y, más allá de las compras, se sale sabiendo curiosidades como la forma de comprobar la calidad de una pieza: al dar vuelta un cuchillo envainado, nunca se tiene que caer dado que metal y cuero deben formar una perfecta amalgama. Otra opción es ir a practicar tiro con arco con especialistas que están todo el año y ofrecen la posibilidad de practicar al aire libre o en un lugar cerrado, según el clima. La actividad resulta muy placentera y descansa la mente, ya que requiere un alto nivel de concentración: no es posible pensar en otra cosa que no sea el arco y el blanco. Para complementar el descanso y la “desintoxicación”, en Miramar tienta la propuesta de realizar una jornada de comida vegana de la mano de la cocinera Carla Prieto, del restaurante Lotus, cosechar verdura agroecológica, tomar una clase de comida consciente y animarse a una meditación frente al mar. No sin comprar productos artesanales y orgánicos en la Feria Verde. Todo con la idea de que una “escapada” sea mucho más que eso y se convierta en la oportunidad de conectarse con cuestiones más ligadas a la naturaleza y a uno mismo.

Finalmente, si la idea es “salir de la ciudad” por completo, es inevitable el paseo por Mar del Sur, pueblo ubicado a 15 kilómetros y conocido por su restaurante Makarska de comidas croatas, su antiguo hotel (en proceso de restauración) y ahora también por tener un teatro nuevo y de gran capacidad donde se realizan obras y festivales. Muy cerca de allí se encuentra la laguna La Ballenera, un paraje recreativo de 41 hectáreas integradas casi en su totalidad por la laguna, formada por el arroyo del mismo nombre y con una profundidad promedio de 1,20 metros. Se pueden alquilar botes, adquirir carnada y líneas de pesca, además de ser un lugar ideal para para safaris fotográficos. Otra opción es recorrer 45 kilómetros y llegarse hasta Mechongué, visitar el Paseo de los Murales, el Museo Ferroviario, conocer el trabajo de las tejedoras y tomarse una copa en el almacén del pueblo. Todas propuestas que permiten conocer la ciudad más allá del sol y la playa.

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Daniel Boh, director del Museo Municipal Punta Hermengo, donde hallaron las huellas.
 
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