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Domingo, 16 de octubre de 2016

CHUBUT > PARAISOS DE FAUNA MARINA

Camarones y pingüineras

La segunda reserva de pingüinos más importante del territorio chubutense se encuentra en Cabo Dos Bahías, dentro del Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral. Viaje al corazón de una naturaleza intacta, sin presiones turísticas, entre Trelew y Comodoro Rivadavia.

 Por Paz Azcárate

El mapa la ubica en un punto medio entre Comodoro Rivadavia y Trelew, dos ciudades con las que poco tiene que ver esta localidad de 2000 habitantes, adonde la señal de teléfono llega con esfuerzo e intermitencias. Camarones es el lugar donde veranean los que esquivan el tumulto turístico y las filas para ingresar a sitios de interés. Los que, en definitiva, buscan tranquilidad. Pero si la calma se encuentra en el interior de todas las provincias del país, ¿por qué llegar a este punto recóndito en el sudeste de Chubut para disfrutarla? La respuesta tiene que ver con la belleza de una geografía en estado virginal y la enorme biodiversidad que ostenta la zona. En Camarones se puede conocer la segunda pingüinera más importante de Chubut luego de Punta Tombo y embarcarse para recorrer el Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral, con más de 100 mil hectáreas protegidas. Para practicar pesca (principal actividad de la ciudad tanto a nivel deportivo como industrial) hay espacios específicos autorizados, y cada año en febrero tiene lugar la Fiesta Nacional del Salmón. Al mismo tiempo, la ciudad ofrece un paseo turístico que recorre la historia de los primeros navegantes europeos que intentaron instalarse en el país y las costumbres de un asentamiento marinero en sus inicios. Y recuerda en particular a Juan Domingo Perón, que vivió durante tres años aquí cuando su padre se desempeñó como juez de paz, y hoy tiene su museo.

Casa Rabal, el almacén de ramos generales y “shopping” de Camarones.

EN EL CAMINO Como preludio de una estadía en Camarones, el recorrido hasta llegar a la localidad cabecera de Florentino Ameghino empieza a mostrar parajes cada vez más distantes. A cada kilómetro el teléfono abandona nuevas funciones, hasta volverse un aparato que da la hora y que solo de a ratos entrega o recibe mensajes. En la RP 1, que bordea el océano Atlántico hasta llegar a nuestro destino, una pequeña hostería con almacén aparece como plantada en el medio de la nada chubutense. Frente a la construcción, una sola hamaca –por demás fotografiada por cada viajante que frena en este paraje– mira a la costa como apuntando que aquí hay algo para quedarse a ver. Se trata de El Cabo, uno de los pocos hospedajes que existen en Cabo Raso, un pueblo que a fines de siglo XIX cumplió funciones de puerto natural y conectó por tierra las localidades de la Patagonia costera. Sin embargo la pavimentación de la RN 3, que se hizo tierra adentro para achicar las distancias entre Comodoro Rivadavia y Trelew, alejó a Cabo Raso del tránsito cotidiano de los autos, y con él a sus habitantes. El éxodo fue tal que, para 1985, el pueblo se encontraba abandonado. Desde hace algunos años, el emprendimiento ubicado en el kilómetro 294 del camino provincial apunta a poner en valor esta localidad, que con la misma fórmula que Camarones –aunque con inferior estructura, pues el lugar se redujo a unos pocos habitantes– apuestan a ofrecer al turista aquella combinación, deseada y buscada por tantos, de desconexión (en el sentido más amplio del término), y una oportunidad de disfrutar espacios naturales que se rigen más por sus propios tiempos que por las rutinas turísticas.

Vista de la pingüinera –la segunda más importante de Chubut– en Cabo Dos Bahías.

AGUAS PROTEGIDAS Germán Solveira lleva 18 años trabajando como guardaparques y cuatrp como intendente en el Parque Patagonia Austral. Sentado en un gomón que navega por el Mar Argentino en dirección a la Bahía Camarones, explica por qué este lugar es habitado por tantas especies marinas. “Aquí la corriente cálida de Brasil se choca con la corriente fría de Malvinas, lo que hace que el alimento suba a la superficie y se generen condiciones excepcionales para la vida animal”, cuenta. Por lo valioso de este fenómeno es que 79 mil hectáreas, de las 132 mil que protege el parque, son de superficie marítima (las restantes son de superficie continental e insular). Son 180 kilómetros de costa preservadas con 39 islas y seis islotes, desde los que se pueden ver ballenas francas australes, orcas, lobos marinos de uno y dos pelos, toninas overas, delfines y aves.

Embarcar por la mañana, si el sol no se asoma entre las nubes, es un ejercicio de resistencia a las bajas temperaturas para el turista. Sin embargo, para Germán el viento helado en la cara parece formar parte de su ambiente natural. Avanzamos hasta bordear la isla Moreno, que se erige en medio del mar como una roca gigante colmada de gaviotas cocineras. Los picos de la isla están teñidos por el guano de las aves, que supo ser un poderoso fertilizante para el cultivo, pero luego fue reemplazado por productos artificiales de menor costo. Las aves no son las únicas que encuentran refugio en las islas de esta zona: también para mamíferos como los lobos marinos estas formaciones rocosas aparecen como un resguardo ideal.

La zona y las especies de flora y fauna que la habitan comenzaron a estudiarse a principios de este siglo. La Administración de Parques Nacionales, en conjunto con las municipalidades de Comodoro Rivadavia y Camarones, empezó a trabajar para impulsar la creación de un área protegida. Como resultado de ese trabajo, en el que también intervino Conicet, en 2007 se aprobó el tratado de creación del parque a partir de la ley 26.446, promulgada en 2009. "Lo novedoso de este parque para nuestro país es que se comprendió la necesidad de proteger al ambiente marino y con él a las especies que lo habitan", remarca Solveira. Gracias a esta decisión, las embarcaciones desviaron sus rutas y se redujo el impacto de la actividad humana en la zona.

Regresamos a nuestro punto de inicio para desembarcar y acercarnos, vía terrestre, a Cabo Dos Bahías, un Área Natural Protegida que se encuentra dentro del parque, 28 kilómetros hacia el sur de Camarones. Esta reserva de 14 mil metros de franja costera se encuentra preservada desde 1973 y cada año recibe unas 9 mil parejas de pingüinos de Magallanes, lo que la ubica como la segunda pingüinera más importante de la provincia después de Punta Tombo. Allí, puede verse a estas aves marinas cumpliendo su ciclo de reproducción, desove y cría, que comienza en septiembre y concluye en abril, cuando migran hacia las aguas de Brasil.

Recorremos la reserva acompañados del biólogo y presidente de la Global Pengüin Society (GPS), Pablo Borboroglu, quien explica el alcance de la decisión de preservar la superficie marítima. “En la década del 80 las cifras de mortalidad eran alarmantes, cada año morían 40 mil ejemplares y en los últimos años los registros indican que esa cifra se redujo a alrededor de 50”, sostiene el biólogo. “Esto responde no solo a que se alejaron las rutas de barcos petroleros –se explaya– sino también a que se les comenzó a exigir mayores medidas de seguridad a esas embarcaciones, que generaron rutas de ascenso y descenso para evitar colisiones, entre otras condiciones que se les impusieron a los navíos de carga”. Lo que ocurre con los pingüinos cada vez que un barco tiene una pérdida de petróleo o evacua intencionalmente residuos en el mar es que se daña de forma irreparable su plumaje, que lo aísla del frío del ambiente en que se mueve. Como consecuencia, muchos de ellos mueren de hipotermia, intoxicación o hambre, impedidos de volver al agua. Pero aquí se los ve sanos, como el propio Borboruglu nos comenta: “Están gorditos, bien alimentados, lo que significa que ha sido una buena temporada para ellos”.

A diferencia de Punta Tombo, la superficie de la pingüinera de Cabo Dos Bahías prácticamente no tiene inclinación, por lo que de un solo vistazo puede verse a casi toda la colonia dentro de sus nidos o trabajando en ellos. Y a pesar de tener una cantidad inferior a la de la principal colonia de toda la Patagonia, verlos todos juntos genera cierto efecto visual que hace parecer a esta colonia mucho más poblada que la de Punta Tombo.

CIUDAD CON HISTORIA Las anchas calles de Camarones están vacías cuando Margarita Vera –guía de turismo formoseña de nacimiento y chubutense por elección– cuenta la historia del pueblo frente a la plazoleta Nueva León. Sus comienzos se remontan a 1535, cuando Simón de Alcazaba y Sotomayor –enviado por los reyes de España– llegó al Cabo Dos Bahías, al sur de Camarones, y llamó al lugar Provincia de Nueva León, en lo que sería el primer esbozo de la fundación de una ciudad argentina por colonos europeos (incluso antes de la primera fundación de Buenos Aires, que llegaría un año más tarde). Para homenajear aquel episodio, el municipio fundó esta pequeña plaza, donde las piedras dibujan los contornos de los límites políticos de España y de Chubut. Más cerca de la costa se levantó un torreón que mira al puerto, un lugar clave desde donde los colonos se embarcaron para llevar y traer mercancías y materias primas a Europa.

Para estos primeros navegantes, el anhelo de establecerse en la Patagonia pareció concretarse. “En ese entonces la Patagonia era un lugar hostil y aislado, imagínense que si todavía hoy el lugar se encuentra algo apartado y apenas llega la señal, en el siglo XIX solo alguien muy tozudo podía insistir en instalarse de forma permanente en esta parte de Chubut”, relata Margarita. Los planes de llevar adelante esa primera fundación se frustraron tras el asesinato de Alcazaba, y hubo que esperar hasta el 10 de octubre de 1900 para que se fundara oficialmente la ciudad de Camarones.

A pocos metros de la plazoleta se encuentra Casa Rabal, un almacén fundado apenas un año más tarde que el pueblo. El comercio fue el primer emprendimiento en dar el servicio de mensajería en la zona: con viajes en carro, entregaba cartas, paquetes y mercaderías por los hostiles caminos de la Patagonia del siglo XX. Más de un siglo después, el comercio (atendido por los nietos de sus fundadores) mantiene una imagen restaurada de lo que fue durante sus primeros días: la construcción está prácticamente intacta, las paredes están pintadas de color crema y los aleros ornamentales de chapa se pintaron de gris, el mismo color con el que se escribió el nombre del comercio en su fachada. Adentro, el mostrador de pinotea sostiene una vieja caja registradora –la original– y todavía tiene su sótano, que supo usarse como lugar para conservar alimentos en frío. “Este lugar es nuestro shopping”, dice Margarita riendo. Es que en Casa Rabal los camaronenses consiguen desde insumos alimenticios hasta indumentaria y accesorios para la pesca. El mantenimiento de su estética inicial y la importancia del rol que cumplió en ese entonces -y que todavía cumple hoy- hicieron de Casa Rabal un atractivo turístico de visita obligada. Igual que Camarones, Casa Rabal mantuvo la esencia marinera de sus primeros habitantes, y una vida más conectada con lo natural que con lo urbano. Para quienes busquen acercarse a lo primero y alejarse de lo segundo, Camarones es el sitio.

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La costa de Cabo Raso, un pueblo que a fines de siglo XIX cumplió funciones de puerto natural.
 
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