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Domingo, 16 de octubre de 2016

ESPAÑA > UN PASEO TOLEDANO

El triángulo de las culturas

Sobre los encantos de Toledo podrían escribirse libros enteros: pero esta vez optamos por zipear lo fundamental de su historia en solo un día: una caminata árabe, judía y cristiana, que es un auténtico viaje en el tiempo.

 Por Sebastián Benedetti

“La ciudad de las tres culturas”: es la frase que más se escucha desde que aparece el nombre de Toledo. La ciudad, corazón de Castilla-La Mancha, es un átomo de historia: entre sus murallas convivieron, se sucedieron y se solaparon procesos históricos y culturales a lo largo de miles de años. Abarcar todo ocuparía una vida. Por eso, en plan viajero, vamos a núcleo de este átomo y trazamos ciertas coordenadas para una estadía intensa. Y si una de las de las frases que más resuenan con la sola mención de Toledo es la idea de las “tres culturas”, hacia el centro de ese triángulo vamos.

LA BIENVENIDA Desde Madrid la distancia es corta y el viaje breve; por eso optamos por la alternativa que consideramos más cómoda: un boleto de ida y vuelta en bus turístico, que incluye un paseo guiado una vez en Toledo. El bus comienza su recorrido a través de la Gran Vía madrileña y se lo puede abordar en cualquiera de sus paradas.

Toledo se levanta elegante y madura en la curva que genera el río Tajo. Entre las murallas que sobreviven y las que ya no están, el bus nos deja muchos metros por debajo del nivel de la ciudad. Pero a no desesperar, que una serie de escaleras mecánicas nos ponen fácilmente en el mirador que hará las veces de punto de partida. En realidad, el kilómetro cero de los paseos por Toledo está unas cuadras más allá, adentrándonos ya en el mapa hasta la plaza de Zodocover. Este pequeño espacio es el centro neurálgico, y lo fue de diferentes maneras durante toda la historia. Ahora conviven en ella las fachadas centenarias con la oficina de turismo y hasta una casa de comidas rápidas multinacional. Pero, afirman, hubo días en que esta plaza tenía el aroma del cus-cus.

TOLEDO MUSULMÁN En esta plaza se instaló durante mucho tiempo un mercado árabe de pequeñas callecitas con aroma a té y especias, y desde aquí comenzamos el recorrido trazado por los días musulmanes de Toledo. Conquistaron la ciudad en el año 711 y dieron inicio a al-Andalus, nombre que tuvo la península bajo el poder musulmán durante la Edad Media, hasta el descubrimiento de América. Se dice que los reyes ingresaban por la puerta de la Bisagra, uno de los puntos más espectaculares. Para llegar hasta allí, partimos desde Zocodover hacia la derecha y, luego de caminar zigzagueantes cuadras, el premio es doble: cerca de la puerta de la Bisagra podemos también visitar la Iglesia de Santiago del Arrabal. Levantada en el siglo XII, considerada la mayor iglesia mudéjar (se denomina así a lo musulmán instalado en la península ibérica) de toda Castilla-La Mancha. Con su enorme fachada de piedra, algunos vértices redondeados y otros rectos, la iglesia tiene planta de cruz latina, con tres naves y ábsides.

Volviendo a entrar hacia el pueblo por la calle real del Arrabal, llegamos hasta la Puerta del Sol, una de las principales entradas en estilo mudéjar de Toledo, que data del siglo XIV y era el acceso a la ciudad amurallada. El nombre viene del relieve que aún hoy se puede ver entre los dos arcos, donde está tallado el emblema de la catedral; San Idelfonso bajo el sol y la luna. Y a unos pasos de esta Puerta del Sol, el caminar musulmán nos pone ante la bella Mezquita del Cristo de la Luz (antes mezquita de Bab al-Mardum), en el barrio de San Nicolás. Un edificio que pasó los mil años de vida y el tiempo convirtió en templo cristiano.

La leyenda dice que su nombre actual quedó plasmado desde el año 1085, cuando el caballo de Alfonso VI se arrodilló frente a la mezquita en su entrada a la ciudad. El gesto del animal –cuentan ahora los guías– provocó que se ordenase excavar en el lugar. Allí se materializó el milagro: una imagen de Cristo crucificado yacía junto a una lámpara de aceite que había estado encendida durante más de tres siglos. Con estas palabras aún sonando, el Cristo de la Luz queda atrás para adentrarnos en la historia hebrea de la ciudad.

TOLEDO JUDÍA Aquello de la convivencia entre el triángulo de culturas es tan complejo como discutible. Ni siquiera los historiadores se ponen demasiado de acuerdo en la cuestión: lo cierto es que fueron convivencias fueron muy particulares, con sus barrios delimitados y sus murallas interiores.

Desde Cristo de la Luz volvemos camino arriba hasta la calle del Comercio, el lugar donde puede encontrarse todo: desde pequeños bares donde probar un bocadillo con una cañita fresca antes de seguir la caminata, hasta los locales donde los artesanos trabajan los damasquinados (típicas artesanías con incrustaciones de hilos de oro) o las tiendas del acero más famoso del mundo. Por esa misma calle caminamos cruzando la ciudad hasta llegar a nuestro segundo gran destino: la Judería.

Los primeros registros escritos que hablaron de la presencia de judíos (sefardíes) en Toledo datan de las épocas romanas. Esta judería era en realidad un conjunto de barrios unidos, un tejido de muros y callecitas cerradas, con vías y puertas que comunicaban unas con otras y entre los distintos barrios. Caminando por senderos regados de pequeñas marcas y referencias judías en piso y paredes, llegamos hasta la sinagoga Santa María la Blanca, corazón de la ruta judía y la mayor de la judería toledana. Fue levantada en el año 1180 con sus arcos de herradura, el blanco dominándolo todo y pisos con mosaicos. Funcionó como sinagoga apenas poco más de 200 años y desde entonces se transformó en un edificio para el culto católico, aunque también supo ser refugio y cuartel militar. La permeabilidad y convivencia terminaron en el año 1480, cuando los Reyes Católicos sancionaron la separación del barrio judío y la expulsión de toda la comunidad.

TOLEDO CRISTIANO El viaje gira y volvemos algunos siglos atrás, hasta 1085, cuando los cristianos tomaron la ciudad en la Conquista de Toledo. Alfonso VI se proclamó emperador de las dos religiones, la cristiana y la musulmana. Los musulmanes recibieron la garantía de que serían respetados y se les permitiría seguir teniendo la mezquita mayor. Algunos siglos después los reyes prohibieron toda religión que no fuese la católica. De alguna manera esto desembocó en construcciones como la que visitamos ahora, muy cerca de Santa María la Blanca, que había sido nuestra última parada judía: es el monumental Monasterio de San Juan de los Reyes, el edificio más importante levantado por los Reyes Católicos. Los bajorrelieves del interior son imperdibles, y vale la pena detenerse a adivinar las gárgolas y reptiles en lo alto de la fachada.

Pero todo esto es apenas el preámbulo para ir tomando nuevamente alguna de los senderos que nos devuelven hacia el centro de la ciudad (arrancando por la calle El Ángel, luego Santo Tomé y La Trinidad) hasta llegar a la parada final, la Catedral.

Levantada sobre una antigua mezquita, la actual catedral Santa María de Toledo es un edificio gótico del siglo XIII, con algunos aires a Notre Dame de París y la vida de Cristo esculpida en la piedra. La fachada occidental es la principal y da a una pequeña plaza seca. Este frente se comenzó en el siglo XV y llama la atención la enormidad de su torre, en contraste con una segunda mucho más baja que nunca llegó a terminarse y está coronada por una cúpula pensada por el hijo de El Greco. No hay que perderse por nada una visita al Transparente, lo que algunos consideran la obra cumbre del barroco español. Se trata de un retablo de mármol (1732) pensado de tal forma que permite el ingreso de la luz natural, que termina llegando hasta el sagrario. De nuevo en la calle, solo resta retomar lentamente por la calle Hombre de Palo, que será luego la del Comercio y nos pondrá en la plaza de Zocodover. Ya son casi las cuatro y media de la tarde, y escaleras mecánicas abajo debe estar esperando el bus. Como una flecha, la caminata atravesó –en poco más de ocho horas– varias decenas de siglos y credos en Toledo, este triángulo de culturas

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En el corazón de Castilla-La Mancha, los muros de Toledo encierran una historia milenaria.
 
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