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Domingo, 1 de agosto de 2004

NOROESTE - TURISMO INVERNAL EN JUJUY, SALTA Y CATAMARCA

A las puertas de la Puna

Con su inagotable caudal de historia, leyendas y fiestas, el Noroeste argentino es un destino ideal para recorrer sus impactantes paisajes en la época invernal. En Salta, un itinerario entre Cafayate y San Antonio de los Cobres; en Catamarca, una excursión por la Ruta del Adobe; y en el pueblito jujeño de Casabindo, la insólita corrida de toros que, cada 15 de agosto, sacude la calma y el silencio de la Puna.

 Por Graciela Cutuli

Los circuitos del Noroeste tienen un encanto especial en invierno. La luminosidad de un cielo siempre despejado y el clima templado, aunque con noches frías, hacen de esta época una de las mejores para internarse en los caminos de una región que vive el cruce continuo de su pasado indígena, la influencia colonial y el despertar turístico internacional de los últimos años. Tres propuestas, en Salta, Jujuy y Catamarca, invitan a recorrer los valles y quebradas andinos a las puertas de la Puna.

UN TRAMO DE LA RUTA
40 La Ruta 40 ya es un mito del turismo argentino, por su extensión y la diversidad de paisajes que recorre de un extremo al otro del país. También es un mito, sin embargo, por las dificultades que puede ofrecer recorrerla en algunos tramos, dignos del más puro turismo aventura por las condiciones en que se encuentra. Sin embargo, este detalle no detiene a quienes la recorren en busca de rincones casi vírgenes o paisajes tan imponentes como los que se pueden apreciar en el tramo salteño que va de San Antonio de los Cobres hasta Cafayate, la reina de los vinos.
El antiguo asentamiento minero de San Antonio de los Cobres, punta de riel del Tren a las Nubes, se levanta sobre una planicie rodeada por una cadena montañosa a la sombra de los Nevados del Acay, Chañi y Cachi. A 20 kilómetros, se puede llegar hasta el vertiginoso Viaducto de La Polvorilla, donde concluye el recorrido turístico del tren.
Saliendo de San Antonio de los Cobres, el camino hasta la localidad de Payogasta, en los Valles Calchaquíes, es de gran hermosura: el itinerario –vale recordar que es un camino difícil y de riesgo, bastante mal conservado, por lo que puede ser intransitable con nieve en invierno– pasa por el Abra del Acay, a más de 4800 metros de altura, el pueblo de La Poma (levantado sobre los restos del anterior poblado destruido por un terremoto) y la impresionante Garganta del Diablo, una pared de ónix erosionada por el río con tal fuerza que formó un cañón, por el que se puede ingresar, de más de 50 metros. Más adelante empiezan los cultivos, hasta el desvío que lleva al imperdible Potrero de Payogasta, un sitio que formó parte del camino incaico que lo unía con el poblado de Tastil. La ruta sigue hacia el pueblo de Payogasta, rodeado de vistosos sembradíos de pimiento, y más adelante empalma con la RP 33 que lleva a Salta a través de la Cuesta del Obispo.
Siguiendo la dirección contraria, se llega en cambio a Cachi, que es uno de los pueblos más lindos de la región y equipado con servicios suficientes como para servir de punto de partida a excursiones por la zona. Aquí hay que visitar la Iglesia de San José y el Museo Arqueológico, con buenas colecciones de objetos locales, sin dejar de pasar por el mercado artesanal que exhibe los tejidos y cerámicas de los artesanos de Cachi. Cuando se deja atrás el pueblo con rumbo sur, siempre por la Ruta 40, el destino siguiente es Seclantás, catalogado como Lugar Histórico Nacional, cuya población vive del cultivo de pimentón, ají y cebollas. Aquí, como en tantos otros puntos del itinerario, se respira esa calma especial de los valles salteños, ese ritmo que parece inamovible dictado por las siestas y la campechanía de una gente para la que Buenos Aires parece más lejana que la luna. Y no por distancia, sino por estilo de vida.
El último tramo antes de concluir el itinerario pasa por Angastaco, San Carlos y Animaná, hasta que a 1660 metros de altura el turista es recibido con los brazos abiertos por Cafayate, símbolo de los buenos vinos salteños. Abstemios, abstenerse: hasta los helados aquí se hacen con vino. El cultivo de la vid –sobre todo la variedad de uva torrontés– se ve favorecido por un microclima muy especial, que desembocó en el asentamiento de importantes bodegas. Se pueden visitar la bodega La Rosa, La Banda (la más antigua de Cafayate), Nanni y Etchart, sin dejar de pasar por el Museo de la Vid y el Vino para completar el panorama sobre laelaboración de estos vinos argentinos que pueden encontrarse en las mejores mesas del mundo. Después de haber dejado pasar el tiempo suficiente para disfrutar de la ciudad y disipar los vapores de los vinos, hay que aprovechar para visitar la Quebrada del Río Las Conchas y sus raras esculturas naturales, pacientemente moldeadas por el agua y el viento.

LA CORRIDA DE CASABINDO
La Puna jujeña, paraje del silencio y la desolación, se está preparando para vivir una de sus fiestas más vistosas y tradicionales en el pueblito de Casabindo, que cada 15 de agosto celebra el día de Nuestra Señora de la Asunción con un ritual entre cristiano y pagano matizado por una inesperada corrida de toros. El lugar es excepcional: 3900 metros de altura, en medio de la nada, son el escenario de Casabindo, su iglesia y su plaza, que en pocas horas se llena de gente llegada quién sabe de dónde –porque los caminos de la región parecen siempre desiertos– y se despliegan en una celebración multicolor e inolvidable.
Aunque hoy es apenas un punto en la Puna, en el siglo XVI Casabindo tenía su importancia, y para 1590 contaba incluso con párroco estable: es que por allí pasaba el Camino del Inca rumbo a Chile, y durante el período colonial fue capital de la Encomienda. No mucho parece haber cambiado desde entonces: las casas son de adobe y piedra, casi mimetizadas en el paisaje escarpado rodeado de cerros, y los pocos habitantes se dedican como entonces a la cría de ovejas y la elaboración de ponchos y mantas de lana ovina o de llama.
La tradicional corrida de Casabindo se presiente ya en la víspera del 15 de agosto, cuando campanas y bombas de estruendo imponen un insólito rumor que anuncia la fiesta. Por la noche, se cantan las vísperas, y más tarde la gente baila en la puerta de la iglesia. Al alba del 15, ya todo es alegría: la iglesia se llena de gente que espera la primera misa, a la que sigue la procesión en torno a la “plaza de toros” (en realidad, la plaza frente a la iglesia, rodeada por una pared de piedra). Ese es un buen momento para admirar las decoraciones cuzqueñas de los altares en el interior del recinto, levantado en 1772. La procesión va acompañada por la Danza de los Samilantes, un grupo de bailarines ornados con plumas de avestruz y cascabeles en las rodillas, cortejados por las cuartetas, mujeres que sacuden cuartos de carnero al ritmo de los erques. Estos tradicionales instrumentos de viento andinos le ponen a la ceremonia un emotivo son grave y profundo, que parece brotar de las entrañas mismas de los cerros. Cierran el grupo dos niños que simulan perseguir a un tercero, que lleva en la cabeza un muñeco semejante a un toro. Largo tiempo dura la danza y la procesión, entrando y saliendo de la iglesia, mientras en los alrededores sigue su alegre curso una feria regional donde se despliega lo más exquisito de los dulces y otras especialidades puneñas.
Pero el verdadero festejo es después del almuerzo. Es entonces la hora del Toreo de la Vincha, una particular corrida totalmente incruenta, que busca arrancar de entre los cuernos del toro una cinta roja de terciopelo adornada con antiguas moneda de plata, la misma que durante la procesión había estado a los pies de la imagen de la Virgen. La corrida es para los más ágiles, y los que no le teman al toro: de Casabindo, y de otros pueblos vecinos, llegan quienes están dispuestos a desafiar al animal y a divertir a la gente, vestidos con ropas vistosas pensadas para azuzar a los toros junto con las tradicionales capas rojas. Tanta agitación no puede menos que excitar a los toros, habitualmente calmos, y durante unas horas el plácido paisaje jujeño se presta a la alegría, el ruido, la música y el desenfreno de la celebración, bien regada por el alcohol que incita a los valientes a ponerse frente a los cuernos del toro, y los ayuda a olvidar más rápido las inevitables lastimaduras. Habrá un toreador premiado, como en toda corrida, y finalmente un tranquilo fin de fiesta. A esta hora, Casabindo empieza a contar de nuevo –sumergida en el silencio,la quietud y otra vez el abandono– los días que faltan hasta el próximo 15 de agosto.

ADOBE Y ALTAS CUMBRES
La provincia de Catamarca se propuso pocos años atrás recuperar un valioso circuito histórico entre las localidades de Tinogasta y Fiambalá, donde una serie de capillas y oratorios de adobe sigue milagrosamente en pie: el itinerario, bautizado “la Ruta del Adobe”, recupera una valiosa porción del pasado del noroeste argentino. Partiendo de la capital, se recorre primero un tramo de aproximadamente 300 kilómetros hasta Tinogasta, a los que siguen los 50 kilómetros de la ruta propiamente dicha, hasta Fiambalá. Si en la primera parte del camino, en la Quebrada de la Sébila, el paisaje está dominado por el verde apagado de tunas y cardones, en el siguiente predominan los verdes más intensos de los olivares, hasta que en el último tramo se empieza a ganar altura y la vegetación ralea. Lo que nunca afloja, en cambio, es el viento. El Zonda es dueño y señor de estas serranías, arrastrando un polvo capaz de ensombrecer la luz siempre brillante del sol del Noroeste. Las construcciones de adobe se adaptan perfectamente a este clima árido y seco, y por eso son tan abundantes en el oeste de Catamarca y en la Puna. Además tienen la propiedad de resistir bastante bien los movimientos sísmicos que periódicamente afectan la zona, aunque estos sismos no dejaron de dañar en el tiempo varias de las construcciones más valiosas.
Dejando atrás Tinogasta, la primera parada de la Ruta del Adobe es en El Puesto, un pequeño pueblito de calles silenciosas donde se construyó, en 1745, el llamado Oratorio de los Orquera. El pequeño templo está compuesto de una nave única, cubierta por un techo de vigas curvas de algarrobo, y con torre campanario. Los descendientes de la familia Orquera aún cuidan el lugar y las reliquias religiosas guardadas en su interior. Después de El Puesto, la iglesia de Nuestra Señora de Andacollo, en el pueblo de La Falda, también es una construcción de adobe en estilo neoclásico, con molduras de cemento y cal, que hace un par de años sufrió graves daños por un movimiento sísmico.
La Ruta del Adobe sigue en Anillaco, homónimo del más famoso pueblo riojano, en cuyas afueras se encuentra la Hacienda de Juan Gregorio Bazán y Pedraza, un conjunto residencial, agropecuario y religioso levantado a principios del siglo XVIII. Gran parte de la antigua hacienda está en ruinas, aunque enfrente se conserva una capilla que está considerada como la más antigua de Catamarca, declarada Monumento Histórico Provincial. A esta altura, ya se está cerca de Fiambalá: aquí se encuentra la antigua Comandancia de Armas, construida en 1745 y aún en pie. El trabajo de restauración, como todo el realizado a lo largo de la Ruta del Adobe, buscó conservar las técnicas originales de construcción: las paredes están hechas con bloques de adobe (barro y paja secado al sol, con guano para darle resistencia) y los techos con cañas atadas con tiento, apoyadas en vigas de madera. Las paredes, revocadas con barro, contienen también hojas de penca recién cortadas: aquí está uno de los secretos de su resistencia, ya que las hojas liberan un líquido viscoso que les da una buena adhesión. El punto final de la Ruta del Adobe, Fiambalá, es a su vez el punto de partida ideal para nuevas excursiones de aventura en las altas cumbres de la región, que algunos utilizan como ambiente de aclimatación previo a una salida al Himalaya. Otra opción, que atraviesa paisajes de belleza sobrecogedora, es el cruce a Chile por el Paso San Francisco, en perfectas condiciones hasta la frontera. Este paso, concebido como alternativa a los pasos mendocinos frecuentemente bloqueados por la nieve, pero en realidad poco usado, alcanza una altura máxima de 4830 metros, de modo que sólo puede realizarse en vehículos bien preparados, y teniendo en cuenta que a esta altura el apunamiento es común. Las faldas cordilleranas, los valles sólo coronados de cactáceas donde asoman manadas de guanacos, las impresionantes cumbres de cerros, como el Aguascalientes (5517 m), Incahuasi (6638 m) o San Francisco (6016 m), van marcando el camino hastala frontera. Allí, en la altura máxima, se comunican Catamarca con la provincia chilena de Atacama: después del paso, otros 17 kilómetros llevan hasta la Laguna Verde, un hermoso espejo color turquesa de agua salada, con el atractivo adicional de tener desde aquí las vistas del imponente volcán Ojos del Salado (6864 m)

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El invierno es una de las mejores épocas para conocer una región impregnada por su pasado indígena y colonial.
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