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Domingo, 22 de mayo de 2005

INDONESIA > EL TEMPLO DE BOROBUDUR

La montaña del Buda

En la isla de Java se encuentra el mayor monumento budista de todos los tiempos: el templo montaña de Borobudur. Construido entre los siglos VIII y IX después de Cristo, tiene la forma de una gran pirámide escalonada y está decorado con 500 estatuas de Buda y 1500 paneles en bajorrelieve que ilustran la vida del “Iluminado”. El camino hacia la cumbre del templo es una ascensión simbólica a la vacuidad del nirvana.

 Por Julián Varsavsky

Desde sus remotos orígenes en la India, el budismo como fe se expandió hace 2500 años y siempre recurrió a la estética religiosa para expresar su complejidad filosófica y mitológica. La belleza artística de sus santuarios más pequeños, la refinada imaginería de esculturas en piedra, así como los grandes complejos arquitectónicos, conforman la sofisticada iconografía de la única gran religión que no recurrió al fuego y el metal para imponer sus creencias.

Fue el emperador Asoka de la India quien en el 225 a.C. declaró al budismo “religión oficial” de su vasto imperio y comenzó a erigir por todos lados unos hermosos pilares de piedra de los que sólo ha quedado uno en la legendaria ciudad de Benarés, a orillas del río Ganges. La pacífica religión del Buda se expandió rápidamente a lo largo de la India –donde el hinduismo tenía ya una tradición milenaria–, alcanzando diversos puntos de Asia como Nepal, Tíbet, China y más tarde la zona del sudeste asiático, incluyendo la isla de Java en la actual Indonesia.

Entre los años 600 y 800 d.C. existió en Asia una era dorada en la que la construcción de templos acompañó el florecimiento de importantes reinos que abrazaron el budismo y el hinduismo. Uno de esos templos fue Borobudur, atribuido a la dinastía Sailendra, y se mantiene hasta hoy como el monumento budista más grande jamás construido en 2500 años de religión. Cuando en el siglo X el templo fue abandonado, aparentemente porque la corte se trasladó a otro sector de la isla de Java, fue tragado por la selva y recién fue descubierto diez siglos más tarde, en 1814, por el entonces gobernador inglés Sir Stanford Raffles.

Historia en la piedra

Una calzada de piedra flanqueada por dos hileras de palmeras abre un tajo gris en medio de un amplio valle tropical. Y tras una colina aparece de repente el templo montaña de Borobudur, una soberbia pirámide escalonada construida con dos millones de bloques de piedra volcánica hace alrededor de trece siglos.

El súbito encuentro con esa mole de piedra, cuyos lados miden 120 metros cada uno, toma por sorpresa a los visitantes, ya que cinco segundos antes no se veía otra cosa que un extenso verdor que llegaba hasta el pie de un volcán. Pero el misterioso Borobudur está ahí, de cuerpo entero, con centenares de Budas contemplativos cuyos ojos de piedra parecen otear el infinito con la mirada perdida.

A diferencia de otros templos del sudeste asiático, Borobudur no fue amurallado porque se construyó para el uso de los fieles en general y no sólo en función de una elite monacal. Por eso es una especie de templo a cielo abierto con diferentes terrazas que simbolizan la ascensión al Nirvana como etapa superadora de la existencia terrenal.

Borobudur no tiene una entrada principal ni tampoco un altar central donde adorar a una divinidad. Por el contrario, cada nivel y subnivel es parte de un todo, un camino que se debe transitar, indefectiblemente, sin saltear ninguna etapa. Para el budismo, recorrer estas etapas es una experiencia prácticamente empírica que conduce al aprendizaje de la doctrina.

Se puede entrar al azar por alguna de las cuatro entradas que flanquean dos leones de piedra con cabeza de mono. La tradición obliga a circular por las terrazas concéntricas en el sentido de las agujas del reloj. Allí las paredes son un libro de cuentos magistralmente tallado en bajorrelieve, con 1500 paneles de piedra que relatan la vida del príncipe Siddharta –futuro Buda– y su camino hacia la “iluminación”, el nirvana.

El relato comienza exhibiendo las orgiásticas escenas de Siddharta con las mujeres de su harén. Y prosigue con el inocente príncipe descubriendo los perfiles trágicos de la vida: la enfermedad, la vejez y la muerte, que le son reveladas cuando a los treinta años sale por primera vez de su palacio. Al avanzar se asiste a una emocionante clase de historia tallada en la piedra que muestra al Buda convertido en asceta y sentado sobre sus piernas enroscadas en posición de loto, mientras ofrece su hermoso primer sermón de Benarés en el Parque de las Gacelas. Allí predicó –después de haber vivido los excesos y las carencias más extremas–, que la manera de eliminar el sufrimiento en la vida era mediante la supresión del deseo de cosas mundanas. La historia continúa con el Sermón del Fuego y culmina con la muerte de Buda.

LAS ESFERAS DEL NIRVANA

Borobudur no es en sí un templo sino una gigantesca stupa, una clase de monumento funerario hindú anterior incluso a la época del Buda. El modelo general de la stupa –un montículo que sobresale en la tierra como una media esfera– fue tomado como propio por la arquitectura budista e incluso se transformó en el símbolo del Buda en su estado trascendental de la inmortalidad. Según la tradición, Buda determinó la forma de la stupa colocando sus harapos hechos un embrollo sobre el suelo, con su cuenco mendicante invertido encima. Y para coronar el ascético símbolo le colocó arriba un palito, que hoy en día corona también todo monumento budista.

El budismo –en cierta medida– derivó del hinduismo, la religión que profesaba el mismo Buda. Dentro de las fusiones y sincretismos entre las dos religiones, la stupa budista también simbolizaría al sagrado Monte Meru de la India, el centro del universo, la montaña cósmica que llega hasta el cielo. Y éste sería, por lo tanto, el caso de Borobudur, una analogía de la montaña cósmica dividida en tres niveles principales que coinciden con la vertiente mahayana del budismo.

Cada nivel cósmico de esta representación universal tiene varias subdivisiones, que en el monumento suman diez terrazas en total. El nivel más bajo es el Kamadhatu, que simboliza la esfera del deseo más primitivo y está ilustrado en los paneles con las delicias del mundo terrenal y su relación con la ley del Karma (basada en el manuscrito sánscrito Maha Kharmawibhanga). A medida que se sube por las terrazas se llega al segundo nivel de desarrollo espiritual, que es el Ruphadatu o Esfera de la Forma. Se trata de un momento de transición ubicado entre el hombre común y el “iluminado”, cuyo espíritu en esta etapa está libre ya de la codicia pero aun no es capaz de trascender el mundo material. Por último, luego de mucho esfuerzo, se alcanza el punto más alto del templo: el tercer nivel, llamado Aruphadatu o Esfera de la Falta de Forma. Esta dimensión simboliza la llegada al nirvana, un mundo de pura abstracción que no puede representarse en imágenes. Por esa razón aquí no hay paneles tallados sino cuatro terrazas concéntricas y circulares –o sea sin comienzo y sin fin– con 92 stupas de un metro y medio de alto y forma de campana con muchos agujeros romboidales. Al mirar a través de ellos se descubre que cada stupa tiene en su interior una estatua de Buda que prefigura una postura diferente. Estas posturas –de bendición, meditación, coraje y aprendizaje– se llaman “mudras” y varían según la posición de la mano del Buda.

Pero lo más importante del simbolismo de la tercera esfera es que el nirvana es la última instancia del ciclo de las incontables reencarnaciones (el samsara), cuando el espíritu deja por fin de reencarnarse en la impureza del cuerpo y se libera del sufrimiento de la vida terrenal, incorporándose así para siempre a la nada del universo. Esta es la idea abs-

tracta del nirvana –que en verdad estaba presente ya en el hinduismo– y que según las diferentes vertientes del budismo (zen, theravada y mahayana), se puede alcanzar en vida o después de la muerte o de muchas muertes.

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Uno de los centenares de Budas contemplativos del misterioso templo de Borobudur.
 
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