turismo

Domingo, 14 de agosto de 2005

IGUAZU LA ARIPUCA Y SUS TRONCOS CENTENARIOS

No pisar el palito

En las afueras de Iguazú existe un pequeño parque temático al aire libre con una estructura llamada La Aripuca, construida con troncos de grandes árboles pertenecientes a especies en peligro de desaparecer. Esta aripuca es una réplica en tamaño gigantesco de una trampita que utilizaban los guaraníes para capturar animales sin lastimarlos, haciéndolos pisar un palito.

 Por Julián Varsavsky


Uno de los paseos alternativos para los turistas que llegan a las Cataratas de Iguazú es conocer el pequeño parque temático llamado La Aripuca, nombre de una trampa que utilizaban los guaraníes para capturar animales sin lastimarlos. Allí, una estructura construida con troncos de especies de árboles en peligro de desaparecer reproduce la aripuca indígena en tamaño gigantesco. Muchos de esos troncos fueron comprados en aserraderos donde estaban a punto de convertirse en tablones. Otros se recuperaron de chacras donde habían sido tumbados por tormentas o porque ya habían cumplido su ciclo vital.

La idea principal que expresan los creadores de este proyecto –una familia misionera de ascendencia europea– es mostrarles a las futuras generaciones los restos de lo que fue alguna vez la selva misionera. Al paso que avanza el desmonte, La Aripuca puede llegar a convertirse en un museo natural de especies extintas (o casi) de una selva enorme que alguna vez se extendió desde el sur del estado de San Pablo en Brasil, siguiendo el curso del río Paraná, hasta el sur de Misiones.

El paseo La Aripuca es un predio abierto de varias hectáreas al que se ingresa por un tronco muerto –de pie y clavado en el suelo–, de una gran cañafístula o ibirá-pitá que vivió más de mil años. El interior de ese gran tronco quedó totalmente hueco por la acción de las termitas, cuyo nido ya vacío se puede ver en una pared de la caña-fístula. Después de pasar una puerta de madera con dos hojas de 300 kilos cada una, que le dan al lugar un aspecto de morada prehistórica, se entra a una sala de madera por un pequeño túnel, todo construido con la abundante madera del mismo árbol. En la sala de interpretación hay unos muebles muy extraños hechos con raíces de cedro pulidas.

Al salir al aire libre el guía ofrece a los visitantes agua caliente para el termo de mate y yerba de Andresito para sintonizar mejor con la cultura misionera. Y de inmediato se ve una aripuca de tamaño natural que mide 30 por 30 centímetros, idéntica a la que utilizaban los indios. Esta trampita de madera con forma de pirámide se hacía con unos fragmentos de palo atados en sus extremos. Para cazar, se la colocaba en el suelo con un palito que la sostenía elevada por un solo lado. Adentro se ponía comida y cuando el animal pisaba el palito para entrar a la aripuca, la trampa se cerraba, atrapando a la presa sin matarla. Si el animal tenía alguna utilidad se lo sacrificaba, y si no era liberado sin hacerle ningún daño. Así caían especies que eran parte de la dieta del indio guaraní, como ser palomas, ardillas, gallinas de monte y conejos.

Al avanzar unos metros aparece tras la vegetación la gigantesca réplica de la aripuca construida con troncos de 30 especies de árboles. Los nombres guaraníes de estos colosos tienen su propia poesía: guatambú, petiribí, guayubira, timbó, tarumá y tacuarazú. Además están la grapia, el palo rosa, el alecrín y muchos otros. Los nombres de cada árbol están tallados en la corteza, y el visitante puede subir hasta lo alto de La Aripuca por unas escaleritas. El techo de la estructura se hizo con 16.000 tablillas de madera de timbó.

Artesanias guaranies Desde los inicios del proyecto de La Aripuca se contempló destinar un espacio para los integrantes de una aldea guaraní cercana al lugar, quienes ofrecen sus artesanías en una choza indígena construida con las mismas técnicas ancestrales. Entre las artesanías en venta hay cerbatanas, arcos y flechas que, junto con la aripuca, eran las armas de caza diarias, que ya casi carecen de utilidad por la irreversible disminución de las especies que produjo la llegada del hombre blanco. También hay yaguaretés y tucanes tallados en madera.

El otro acercamiento a la esencia misionera que ofrece La Aripuca es un pequeño bar circular construido con dos troncos de caña-fístula abiertos por la mitad, donde se vende yerba soluble para hacer mate cocido. Además hay helado de yerba mate y de pétalos de flor de rocelia. Y para apaciguar el calor se ofrece toda clase de jugos y licuados de frutas tropicales como mango, papaya (llamada mamón en estas tierras), ananá y banana. Entre los dulces está la rapadura, que es una especie de turrón misionero preparado con la melaza compactada de la caña de azúcar, maní y azúcar. Por último se puede probar la mandioca frita.

A un costado del bar hay una típica casa misionera de madera, donde se venden toda clase de artesanías, y otra casa levantada con piedras de la zona que ofrece piedras preciosas de las minas de Wanda. Muchos visitantes se sientan a descansar en los sillones de raíz de cedro para disfrutar de un arpista que interpreta clásicos del folklore paraguayo. Otras personas se interesan, en cambio, por la propuesta ecológica de apadrinar un árbol que luego será plantado en la selva y cuidado por 30 años.

Según afirma uno de los integrantes de la familia Waidelichu –creadora del parque temático–, la elección del modelo de La Aripuca obedece a un simbolismo muy concreto: “La idea es que el ser humano se cuide de no pisar más el palito y comience a compartir más la vida con el medio ambiente, ya que somos uno más dentro de la naturaleza, y no estamos por encima de otras especies de animales y vegetales. Somos apenas un eslabón más de la cadena y nos empeñamos en pisar el palito una y otra vez –destruyendo la selva–, y seguimos cayendo siempre en nuestra propia trampa de autodestrucción”.

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La simpática carita de un pibe misionero emerge de un cesto artesanal.
 
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