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Domingo, 25 de septiembre de 2005

ESCOCIA > LOS CASTILLOS DEL MEDIOEVO

Señores feudales bien protegidos

Con la invasión normanda de Guillermo el Conquistador, en 1066, comenzó en Bretaña la proliferación de castillos, sobre todo en la campiña escocesa. Muchos de ellos perduraron hasta nuestros días, como el ya legendario castillo de Edimburgo y el famoso castillo de Glamis, donde transcurren escenas antológicas de Macbeth, el clásico shakespeareano.

 Por Julián Varsavsky


Desde los inicios mismos de la civilización, el hombre ha tenido serios problemas para coexistir en paz con sus vecinos. Esto lo llevó a construir defensas amuralladas y fortalezas, así como también los famosos castillos que proliferaron por toda la Europa medieval. En realidad eran residencias familiares fortificadas, cuyo modelo original fue introducido en Bretaña por Guillermo el Conquistador, quien en 1066 cruzó desde Francia para invadir Inglaterra.

Conocido también como el duque de Normandía, el invasor derrotó a los ingleses en la batalla de Hasting y fue coronado rey de Inglaterra. Una de las formas más efectivas que encontró el rey Guillermo para consolidar su poder fue la construcción de castillos en los nuevos territorios conquistados de Gales, Inglaterra y Escocia. Aquellos castillos no eran usados por el rey, sino que se los otorgaba a los caballeros y barones leales. Además eran todo un símbolo del poder del rey a nivel local, lo cual contribuía a someter a los súbditos y evitar rebeliones y resistencias al cobro de la renta de la tierra para la corona. Aquellos primeros caballeros que respondían al rey eran conocidos como “los normandos” y llegaron a ser muy poderosos. Muchos de los centenares de castillos que construyeron por toda Bretaña se han conservado hasta hoy.

LA ESTRUCTURA Al visitar alguno de los castillos que abundan en la campiña escocesa se observa que casi todos siguen un patrón similar. El edificio central estaba rodeado por un muro exterior desde cuyas torres se podía vigilar el posible acecho de invasores. El muro se atravesaba por un portal que en un principio fue el punto débil de toda fortaleza, hasta que comenzó a sofisticarse con la apertura de profundos pozos a su alrededor, a veces llenos de agua. Para facilitar el ingreso al castillo de quienes eran bienvenidos se crearon los ingeniosos puentes levadizos de madera.

Todo castillo tenía en su interior varios cuerpos edilicios, entre los que sobresalía la torre central donde habitaba el caballero real. Su forma pasó rápidamente de rectangular a circular por razones militares: la curva de su borde hacía que muchas balas de cañón y otra clase de proyectiles rebotaran en la pared sin hacer mucho daño.

El diseño de los castillos comenzó a variar en la época de las Cruzadas, cuando muchos caballeros europeos viajaron en el siglo XIII a Medio Oriente donde conocieron pueblos amurallados y fortalezas de piedra con una sofisticación defensiva nunca vista hasta el momento, ante la cual las técnicas de asalto y asedio resultaron inefectivas. Al regresar a Europa, los cruzados comenzaron a incorporar esas concepciones defensivas en el emplazamiento y la construcción de los nuevos castillos: para hacerlos más inaccesibles, fueron levantados en islas o penínsulas, y rodeados con murallas concéntricas y decrecientes en altura desde adentro hacia afuera. De esta forma quienes estaban detrás podían disparar sus armas por sobre la cabeza de los compañeros apostados adelante.

A comienzos del siglo XIV, la aparición de la pólvora en Europa marcó la declinación del castillo medieval. A partir de entonces, tirar abajo los muros de un castillo a cañonazos se volvió casi un juego de niños. Es así que ya en el siglo XV, la mayoría de los nuevos edificios de las personas poderosas, si bien se rodeaban con una estructura defensiva básica, eran diseñados principalmente para disfrutar del placer de la vida.

EL CASTILLO DE EDIMBURGO Cuando un edificio histórico pierde su valor de uso, por lo general es abandonado a la desidia del tiempo. Y eso pasó con muchos castillos medievales escoceses hasta que el florecimiento del turismo a partir de la segunda mitad del siglo XX los salvó de la desaparición completa. De esta forma decenas de castillos fueron restaurados casi a nuevo y ahora funcionan como un centro de visita e incluso como lujosos alojamientos para el viajero.

El castillo más famoso de Escocia –“castillo de castillos”–, es el de Edimburgo, que domina toda la ciudad desde lo alto de una rocosa montaña. Existe evidencia de que hace ya 2000 años los altos de esta colina se utilizaban como una estratégica posición defensiva. En la actualidad un foso rodea los elevados muros del castillo, al que se ingresa cruzando un arco almenado y un gran portal de madera. El paseo continúa por las empinadas calles empedradas de interior, que suben y bajan surcando este microcosmos amurallado. Allí el visitante se pierde en un laberinto de escaleras y recovecos que conducen a patios internos y largas balconadas con cañones apuntando hacia el mar.

En al castillo de Edimburgo hay varios museos de armas antiguas, un cementerio de fieles perros de caballeros medievales, un cañón con balas del tamaño de una pelota de básquet y una sala con las famosas “joyas de la corona”. Entre ellas está la “piedra del destino”, sobre la que desde el año 842 se coronó a los primeros reyes escoceses; la corona de Escocia, hecha de oro y decorada con perlas, diamantes y amatistas; un cetro de plata rematado con una esfera de cristal de roca y la Gran Espada del Estado.

EL CASTILLO DE URQUHART Ubicado en el extremo de una pequeña península rocosa del famoso lago Ness, el castillo de Urquhart está rodeado por agua en sus tres lados principales. Construido en el año 1275, fue casi inaccesible en aquellas épocas.

El castillo era parte de una cadena de castillos planificada por una familia escocesa de barones, los Comyns. Su dueño original fue asesinado en 1306 por negarse a participar de la rebelión independentista escocesa impulsada por Robert The Bruce contra los ingleses. Hoy el castillo está en ruinas –fue escenario de numerosos asedios–, pero mantiene incluso mejor que muchos otros su magia y la estructura original.

EL CASTILLO DE MACBETH A una hora de Edimburgo está el legendario castillo de Glamis, donde transcurrieron algunos de los episodios más importantes de la vida de Macbeth –el personaje histórico que William Shakespeare recreó en su famosa obra–, quien después de matar en batalla al rey Duncan I para apropiarse de la corona, fue muerto también en batalla por el hijo del antiguo rey. Se cree que el mismo Shakespeare visitó el castillo alrededor del 1600 y allí habría conocido las historias de brujas y fantasmas que se contaban entre sus muros por entonces ya varias veces centenarios. Las habladurías sobre brujas y aquelarres se tomaban muy en serio en aquella época: en el propio castillo quemaron viva a lady Glamis (Janet Douglas) en 1537, bajo la acusación de brujería y de haber conspirado para matar de James V. Un hecho trágico, ya que poco tiempo después de su muerte se reconoció su inocencia.

El aspecto del castillo de Glamis ha variado un poco con los años, y hoy en día es una reluciente mansión neogótica escocesa de granito cuya última remodelación data del siglo XVII

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Edimburgo. El “castillo de castillos” domina la ciudad y alberga las joyas de la corona.
Imagen: Oficina de Turismo Británico en Buenos Aires
 
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