turismo

Sábado, 24 de diciembre de 2005

RíO NEGRO > VERANO EN LAS PLAYAS DEL SUR

Las Grutas patagónicas

Las Grutas es “el” balneario de Patagonia. Pero también en San Antonio Oeste y Este hay balnearios. Con El Cóndor y Playas Doradas, son las opciones que la provincia de Río Negro ofrece este verano para quien quiere conocer su costa en lugar de su lado andino.

 Por Graciela Cutuli

Hace ya algunos años que la fama de Las Grutas empezó a superar ampliamente los límites regionales. Hasta entonces era uno de los secretos mejor guardados de la Argentina: al sur, en plena Patagonia, las aguas de este balneario pequeño que forma como un oasis de colores y movimientos en medio del desierto son notablemente más cálidas y azules que en el resto de las costas argentinas. Otro secreto –todavía– bien guardado: las playas de las vecinas localidades de San Antonio Este y San Antonio Oeste reservan otro tipo de sorpresas: infinidad, belleza, e historia. Las costas de Río Negro son un tesoro a descubrir para quien quiere nuevas opciones: además de Las Grutas, se destacan El Cóndor, cerca de Viedma, y Playas Doradas, entre San Antonio y Puerto Madryn, una playa donde en invierno se pueden avistar ballenas y en verano tener el gusto de sentir que el mar es para uno solo.

Mediterráneo argentino

Llegar a Las Grutas es como encontrar un oasis en medio de la estepa árida de la meseta patagónica. Desde donde se llegue (el norte o el sur por la Ruta 3, el norte por la 251 o el oeste por la 23) hay que recorrer distancias enormes, donde las horas pasan sin cambios notables ni en la ruta ni en el paisaje. Apenas unos kilómetros antes del acceso al balneario los carteles empiezan a anunciar su presencia. Muchas veces quienes emprenden el viaje desde Buenos Aires hasta Madryn, y viceversa, no se detienen, para no prolongar un viaje de por sí largo: sin embargo, el alto bien vale la pena. Quien conozca Las Grutas de paso, alguna vez la tendrá como destino exclusivo.

Fuera de temporada, Las Grutas alcanza apenas los 3000 habitantes. El pueblito vive entonces según el ritmo que le marcan los puertos vecinos de San Antonio Oeste y Este. Durante el verano, en cambio, es Las Grutas quien lleva la batuta, al compás del creciente turismo. Son remotas ya las épocas en que el balneario era visitado sólo por los lugareños y los habitantes de la Patagonia central: ahora llegan turistas de Buenos Aires y más lejos aún, para comprobar lo que parece a primera vista imposible: gozar de sus aguas cálidas. O mejor dicho, más cálidas que en el resto de la costa argentina.

Los lugareños explican este fenómeno con una corriente de aguas que vendría del norte y de las costas de Brasil, llegando hasta el fondo del golfo San Matías, donde se levanta Las Grutas. También ayuda la particular conformación de la costa. Tiene dos niveles de playas de arena, separados por una gran capa de rocas. Con marea alta, el mar llega hasta la playa de arena superior, muy angosta. Con marea baja, se retira hasta la segunda franja de arena, que está al pie de una extensa capa rocosa y plana, expuesta a un sol radiante durante largas horas. Cuando el mar sube de nuevo, esta placa rocosa calienta el agua por un tiempo: lo suficiente como para sentir una notable diferencia y alimentar el mito de las aguas calientes de Las Grutas.

Sin embargo, éste no es el único encanto de este balneario chiquito y alejado. Aunque esté en medio de la Patagonia, frente al Atlántico Sur, tiene cierto aire del Mediterráneo. Su costanera baja y sube siguiendo el acantilado rocoso, y está flanqueada por una pared baja y encalada que recuerda las construcciones griegas o andaluzas, con pórticos, bancos y paredes que llevan hasta promontorios donde se divisan las playas de arena, las sombrillas multicolores y sobre todo el azul intenso del agua. Por si hacía falta algo más, la costa reserva otra sorpresa: en la placa de roca que separa ambas playas, la alta y la baja, se tallaron piletas que se descubren cuando la marea baja. Hay de varios tamaños y varias profundidades, y hasta una muy chiquita para que los niños puedan aprovechar el agua del mar sin exponerse a las olas. Además, como las piletas se llenan con la marea alta, siempre queda algún banco de pececitos atrapados en ellas, y se los puede observar o nadar entre ellos en una y otra de las piletas.

Pulpos y fósiles

Pese a estar en medio del desierto, Las Grutas tiene más para ofrecer que sus aguas y playas. Una vez exploradas todas las ofertas del balneario (incluyendo las grutas de sus acantilados que le dieron nombre, los paseos en “banana” por el mar, el tobogán acuático, las atracciones del centro por la tarde, los negocios de recuerdos y sobre todo sus restaurantes especializados en pescado y mariscos), se puede ir hasta Piedras Coloradas, una playa de arena salpicada de rocas justamente rojas, y donde hay dunas de arena para practicar sandboard. Toda una proeza, el sandboard es como el más conocido snowboard, pero sobre arena: allí mismo se alquilan las tablas y enseñan la técnica a los principiantes.

En Piedras Coloradas, las rocas son de origen volcánico y recuerdan épocas geológicas remotas, como los caminos de toda la zona, donde se pueden encontrar fácilmente pedazos de fósiles y de ostras petrificadas, testigos de pasados lujuriosos en lo que es hoy una meseta árida. Antes de llegar a Piedras Coloradas, se puede parar en los puestitos humildes de la villa de los pulperos, un puñado de chozas donde los chicos venden pulpitos frescos y estrellas de mar. Símbolo del crecimiento del balneario y contraste desgraciadamente muy actual en la Argentina: enfrente de esta minivilla, se está loteando el primer barrio cerrado de Las Grutas.

Más allá de Piedras Coloradas, siguen la aventura y los descubrimientos. Este año, la novedad será dada por un operador que propone una combinación de buceo y otras aventuras en un paraje conocido como Fuerte Argentino, una especie de cerro de cumbre plana que domina la costa al sur de Las Grutas. Este programa nuevo se llama Overland and Diving. Se recorren las costas de la región a bordo de antiguos camiones militares norteamericanos preparados para el turismo. En el programa hay también avistajes de aves y exploración nocturna.

Desde Las Grutas se pueden realizar excursiones al bajo de Gualicho, una de las depresiones más bajas de todo el continente, y hasta la meseta de Somuncurá, el corazón de la Patagonia rionegrina, que recién se está abriendo al turismo y donde se pueden descubrir paisajes de una increíble belleza, así como yacimientos de fósiles.

Dos San Antonios

En pleno verano, al lado de la bulliciosa Las Grutas, San Antonio Oeste se muestra más somnoliento y provinciano. Un pueblo crecido olvidado por el tiempo, que rememora épocas doradas, cuando fue visitado incluso por un aspirante a rey de Inglaterra de viaje por la Argentina. San Antonio vio su suerte ligada al ferrocarril. Como él, tuvo su época de esplendor. Y como él, vive hoy de sus recuerdos. San Antonio Oeste está situado en la entrada de una caleta que se abre sobre el golfo San Matías. Enfrente, sobre el otro brazo que encierra la caleta, se encuentra San Antonio Este. Dos ciudades vecinas, que figuran muy cerca en los mapas y que están separadas por unos 50 kilómetros de ruta, ya que hay que rodear toda la caleta para ir de un puerto a otro. Hoy día, San Antonio Este es el más activo de los dos puertos. Recibe todas las frutas del Alto Valle y las despacha en barco hacia Buenos Aires y el resto del mundo. Sin embargo, a principios del siglo XX, era San Antonio Oeste el más importante de los dos, cuando la pesca y el comercio de la lana eran actividades florecientes. El ferrocarril que llevaba hasta Bariloche y la cordillera también participaba de esta prosperidad.

Hoy San Antonio ofrece playas muy campestres, sobre la albúfera, al ritmo de las mareas. Algunas sombrillas le dan a la costa un aire agradable de vacaciones, pero no se puede comparar con Las Grutas. En verdad su principal interés está en las calles de casas bajas, sus restaurantes donde se viven servicios de otros tiempos, y los vestigios de épocas de esplendor que se visitan de una punta a otra del barrio antiguo. En el viejo puerto, antiguos barcos varados esperan el regreso de los pescadores de salmones, abadejos y merluzas, que vuelven con marea alta. De vez en cuando se ven llegar lobos marinos que acuden en busca de comida fácil. Muy cerca está el barrio ferroviario: la antigua estación, las casas de madera y chapa de los obreros, la Casa del Médico, una de las más antiguas, construida en 1908, y la de la figura más conocida de San Antonio: la Casa del Ingeniero Jacobacci (el encargado de la construcción del ferrocarril entre San Antonio Oeste y Bariloche, cuyo nombre es recordado en una estación del ramal de la mítica Trochita).

Entretanto, San Antonio Este es una perla escondida. Como Las Grutas en otros tiempos, estas playas son un secreto bien guardado, y una verdadera sorpresa para quien no las conoce. Sobre kilómetros y kilómetros, están prácticamente desiertas, sin servicio turístico alguno: sólo las visitan las aves migratorias (hacen escala en sus vuelo entre el sur y el norte, y la zona fue declarada Area Natural Protegida de la Bahía de San Antonio para preservar este hábitat). Las aguas son transparentes, verde y turquesa, como en Las Grutas. Las arenas están cubiertas de millones de caracoles arrastrados por el oleaje. Los lugareños dicen que Punta Perdices es el más lindo paraje de esta costa: allí, el mar invade la tierra con marea alta, formando canales y brazos de increíbles matices.

Más playas rionegrinas

Alejadas de la región de Las Grutas, pero de paso para quienes llegan del sur (Playas Doradas) o del norte (El Cóndor), hay otros balnearios en las costas de la provincia de Río Negro.

El Cóndor está en la desembocadura del Río Negro, al sur de Viedma. Es la playa de la capital rionegrina por excelencia, aunque no la única. Su nombre se debe a un buque encallado que tenía un cóndor como mascarón de proa. La playa es muy extensa, y año tras año la villa balnearia está creciendo y ofreciendo cada vez mayores servicios, junto a sus hoteles e incluso un casino. Además de actividades de playa, se puede salir de pesca en alta mar en busca de corvinas y pejerreyes de mar, o avanzar hasta el Faro Río Negro, más al sur, el faro más antiguo en servicio de la costa argentina (fue construido en 1887).

Las demás playas de la zona son Playa del Faro, Playa Bonita (donde hay restingas de complexión curiosa que dan sombra y protegen de los vientos en bajamar, cuando se puede acceder a ellas) y el balneario La Lobería (se accede desde un acantilado a una hermosa playa de arena, y muy cerca hay una reserva de lobos marinos, con un centro de interpretación). Los más aventureros pueden seguir la costa por caminos de ripio en busca de playas totalmente agrestes, como las de bahía Creek, bahía Rosas, caleta Los Loros y punta Mejillón.

Al sur de Las Grutas, en camino a Puerto Madryn, está es la última de las playas de este recorrido: Playas Doradas, cerca de la ciudad minera de Sierra Grande. La antigua mina de hierro hizo surgir una pequeña ciudad de 8000 habitantes en la meseta, y Playas Doradas, que sigue figurando en algunos mapas como El Salado, se convirtió en su centro de recreo. Este sitio tiene, según comentan los lugareños, las arenas más finas del país. Hay servicios, y se ofrecen algunas actividades como buceo en verano. En invierno, se está desarrollando cada vez más el avistaje de ballenas, que empiezan a visitar las aguas de esta parte del golfo, como lo hacían en otros tiempos, cuando eran mucho más numerosas, antes de ser virtualmente masacradas por los balleneros a lo largo del siglo XX. Muy cerca de allí está el islote Lobos, una reserva faunística provincial que protege una colonia de lobos de un pelo. En bajamar, el islote está unido a la costa, pero su acceso está prohibido. Este último punto del recorrido por las costas rionegrinas cierra un itinerario que promete sorpresas, sol, una naturaleza virgen y avistajes de fauna patagónica. Todo lo que se puede necesitar para unas vacaciones como en el paraíso.

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El balneario rionegrino tiene dos niveles de playas de arena, separados por una gran capa de rocas.
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