turismo

Domingo, 29 de octubre de 2006

CORDOBA > PAISAJES DE MINA CLAVERO

Edén tras la sierra

Un viaje por el valle de Traslasierra visitando el Camino de las Altas Cumbres –con su singular Pampa de Achala–, un circuito en la montaña con restos arqueológicos de los comechingones y un recorrido por el Parque Nacional Quebrada del Condorito.

 Por Julián Varsavsky

Al final del Camino de las Altas Cumbres –150 kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba–, un camino que caracolea sobre la cadena montañosa de las Sierras Grandes conduce al poblado de Mina Clavero. A la izquierda de la ruta de cornisa se abre el profundo valle de Traslasierra, mientras que a la derecha se levanta una pared rocosa de la cual brotan pequeños manantiales. Mina Clavero es una villa turística que recibe viajeros todo el año, especialmente en verano debido a las playas de río con aguas transparentes donde se puede nadar e incluso practicar clavados desde una roca de 18 metros de altura. Gracias a su diversidad hotelera y gastronómica, el pueblo se utiliza como base para recorrer todo el valle de Traslasierra.

MUNDO COMECHINGON

Una excursión que permite internarse en los restos de la cultura comechingona es una caminata que parte desde el paraje Quebrada de San Lorenzo, a 16 kilómetros del pueblo en la zona de Toro Muerto. El paseo sólo se puede realizar con un guía especializado, ya que es fácil perderse entre esas sierras de origen precámbrico surgidas durante el primer plegamiento ocurrido en el planeta. Al ser tan antiguas, en estas formaciones serranas no se han encontrado fósiles, ya que la vida era muy precaria en aquel tiempo inconcebible. Hoy en día predominan los pastizales bajos donde crecen hierbas medicinales como la carqueja y la peperina. Y entre la vegetación brotan pequeñas filtraciones de agua que desaparecen bajo el terreno y reaparecen unos metros más adelante, donde se asiste al asombroso nacimiento de un arroyo.

Un árbol muy común en la zona es el aguaribay o molle pimentero, aunque los baqueanos siempre los arrancan porque consideran que si crece cerca de su casa, ésta se convertirá en poco tiempo en una tapera. Con el frutito del molle los indígenas comechingones preparaban la chicha fermentada con la que festejaban el año nuevo y las cosechas.

De inmediato la caminata desemboca en una pequeña área de cultivo de los comechingones donde hay una pileta de contención de agua de lluvia que funcionaba como un dique de irrigación. En una esquina se ve un pequeño canal tallado a mano sobre la roca para que circulara el agua. Más adelante aparece en el suelo rocoso una hendidura redondeada con una pigmentación rojiza en el fondo. Se trata de una cavidad tallada en la roca que se utilizaba para teñir los tejidos con que los aborígenes hacían su indumentaria. Y muy cerca de allí aparece también una vega (mallén para los indígenas) donde se extraía arcilla para hacer recipientes de cerámica y pequeñas esculturas. Además aparecen en el camino abundantes conanas y morteros tallados también en la roca para moler granos.

El pueblo comechingón vivió en la actual zona de Córdoba durante ocho siglos, aproximadamente entre los años 1100 y 1900. Entre los vestigios más emocionantes que dejaron está un alero de 40 metros de largo en la montaña donde dibujaron motivos zoomorfos, antropomorfos y geométricos hace unos 300 años.

El último tramo asciende a un pequeño cerro –un atalaya según la terminología hispanocolonial– donde se obtiene una vista completa de los alrededores y se cree que servía de punto de vigilancia en tiempos de conflicto con el español. Allí se puede entrar a una pequeña cueva que podría haber pertenecido a un cacique comechingón, cuya morada solía ubicarse en la altura por razones de prestigio social.

El circuito comienza y termina en una típica casa serrana en el paraje San Lorenzo, donde la familia Guzmán lleva cinco generaciones viviendo en plena montaña. Allí los dueños de casa esperan a los viajeros –que llegan hambrientos luego de tres horas de caminata– con un matambrito a la pizza para el almuerzo. Por la tarde, la jornada se completa con más actividad: escalada, rappel y también tirolesa para cruzar un río de lado a lado.

ALTAS CUMBRES

El circuito más completo e ilustrativo de la geografía de la zona es el conocido como Altas Cumbres, que se puede hacer en vehículo propio o en una excursión. Parte desde el pueblo por la Ruta Provincial 34 y recorre el lugar llamado Nacimiento del río Mina Clavero, la Pampa de Achala, una aproximación al Parque Nacional Quebrada del Condorito y un regreso por la Ruta de los Artesanos.

La primera estación del paseo es en la cascada del río Manzano. Esta espectacular caída de agua de 100 metros de altura precede a un cañadón de 180 metros de profundidad que ofrece uno de los panoramas más vistosos de toda la zona. En este lugar el río Manzano se une con el arroyo La Palmita formando el río Mina Clavero. Las horas ideales para visitar la cascada son a las 9 de la mañana –cuando parten los cóndores– o a las cinco de la tarde cuando se los ve llegar desde la lejanía luego de la jornada diaria de búsqueda de comida. Y a esa hora suelen regresar también a sus casas los paisanos que salen en burro a recolectar plantas aromáticas como muña muña, vira vira, carqueja, cola de quirquincho y salvia de la puna. Estas especies son características de la provincia fitogeográfica a la que pertenece este sector, conocida como Chaco Serrano, de características semiáridas y lluvias estacionales. Cabe aclarar que el vecino Parque Nacional Quebrada del Condorito pertenece en cambio a la provincia andino–patagónica.

El paseo continúa por la Ruta Provincial 34 rumbo al Parque Nacional, y al costado del camino aparece una seccional de guardaparques instalada en una típica casa serrana. Según el guía estas casas muy bajas se caracterizan por sus puertas y ventanas pequeñas para mantener la temperatura interior, ya sea fría o cálida. Además suelen tener techo de paja a una o dos aguas, paredes asentadas en barro construidas con piedras irregulares, y piso de tierra compactada. Junto a esta casa de los guardaparques todavía hay una antigua fiambrera, una “jaula” cubierta con tela mosquitera donde a veces se coloca carne charqueada, manteca y fiambre. A un costado está también el corral pircado –con un cerco de piedras– para guardar las ovejas. Y por lo general estas casas tienen un alero de piedra para acumular bosta de vaca, un combustible que alimenta las cocinas “económicas”.

La Ruta 34 atraviesa el Parque Nacional y por un desvío de ripio –ex Ruta 14– el vehículo se interna en un paraje que cambia absolutamente de aspecto llamado Pampa de Achala, una altiplanicie que se extiende entre los 1900 y los 2300 metros de altitud. Además de su singular belleza paisajística, la Reserva Provincial Pampa de Achala –que prácticamente rodea al Parque Nacional Quebrada del Condorito– es una muestra de la notable variedad de ambientes que hay en la zona. Su fauna, por ejemplo, es un verdadero mosaico de especies, en su mayoría ligadas con la región andina. Algunas de las especies son endémicas (no existen en ningún lugar del planeta), como el lagarto achalensis de color verde flúo, un sapito color pardo conocido como bufo achalensis, y otras especies más comunes como el puma americano, el gato pajero, el zorro colorado y el águila escudada. La combi se detiene en medio de la nada para que el viajero experimente en carne propia el frío –la temperatura media anual es de 8 grados– y un viento permanente que agita los pastizales, digno de la Patagonia.

LA FUNDACION CONDOR

La visita al Parque Nacional es un paseo en sí mismo que requiere de un día casi completo, pero dentro de la excursión por el Camino de las Altas Cumbres –que atraviesa el parque– se visita la sede de la Fundación Cóndor, ubicada en el kilómetro 69 de la Ruta 34. Allí hay un restaurante con una vista espectacular a las sierras donde se sirven a precios económicos suculentos platos criollos como locro, empanadas y zapallitos en almíbar. En la sede de la Fundación recibe a los visitantes Fabián Ramallo, quien ofrece una visita guiada gratuita por las instalaciones mientras explica su trabajo. Desde hace ya 30 años este conservacionista se dedica a tiempo completo al cuidado de los cóndores. Partió de la grave situación en que se encontraban los cóndores –a punto de extinguirse–, rescatando a los que estaban ilegalmente en manos de personas que los tenían “miserablemente encerrados en un gallinero”. El paso siguiente fue rehabilitarlos y devolverlos a su hábitat natural. Al mismo tiempo, Ramallo fue organizando una red informativa con los pobladores de la zona, quienes cuando se les muere un animal se lo entregan a la fundación para alimentar a los cóndores. Durante la visita se explica que estas aves –que alcanzan hasta 3,2 metros de ancho con las alas extendidas– son de rapiña, o sea que no cazan sino que comen cadáveres de otras especies.

Un aspecto que sorprende a todo el mundo es la longevidad de los cóndores, que en cautiverio viven entre 90 y 100 años, y probablemente en libertad lleguen a vivir bastante más. Los pichones, por su parte, son alimentados en la boca hasta los 8 meses y de a poco van recibiendo clases de vuelo. Además viven en comunidad con sus progenitores hasta los 8 o 10 años, cuando su plumaje cambia a negro.

De alguna manera, Fabián Ramallo es un fanático del lugar y de los cóndores. Por eso se instaló a vivir en la Fundación –dentro del parque– e impulsó la creación misma de ese parque en 1996. De los aproximadamente nueve cóndores que había en la zona hace 30 años, se calcula que hoy hay más de trescientos.

El regreso es por la Ruta de los Artesanos –o Camino Viejo de las Altas Cumbres–, a lo largo de los 18 kilómetros de ripio. A la vera del camino una docena de familias con antigua tradición artesanal se dedica a producir trabajos en cerámica negra y tejidos en telar. En su mayoría, los artesanos son oriundos de la zona quienes siguen técnicas que aprendieron de sus mayores. Entre casa y casa puede haber hasta un kilómetro y los carteles con el nombre de la familia señalan la especialidad de cada una. Como buenos artesanos de campo, trabajan en grupo familiar y reciben a los visitantes en su propia casa-taller. Un cartel señala un estrecho sendero que conduce hasta la casa del artesano López, prácticamente rodeada por un arroyito y un bosque de frutales. En primer lugar, el señor López cuenta que la arcilla que usa la trae de un arroyo en la montaña, a tres kilómetros de su casa. Entonces la coloca en unos piletones donde decanta la arcilla y se limpian las impurezas. Allí la mantiene durante meses y la va usando para diseñar distintos productos. Por lo general no se trata de adornos sino de piezas funcionales como jarras, cazuelas, veladores, fuentes y ollas, en las que imprime su “sello” personal, con detalles de motivos geométricos de los indios comechingones. De hecho, el artesano afirma que “quizá las técnicas sean aborígenes, ya que las he aprendido de mi padre –quien las aprendió de mi abuelo– y sólo utilizo las manos y productos naturales”. En el taller no hay tornos ni esmalte alguno. El brillo negro de la cerámica se obtiene sólo por la selección de la arcilla y mediante la cocción de cada pieza en un horno a leña. Su principal ayudante y aprendiz –siguiendo la tradición– es su propia hija.

CASCADA ESCONDIDA

La excursión regresa a la zona serrana para visitar una de las rarezas geográficas más curiosas de toda la región: la Cascada Escondida. A este lugar se llega a pie desde la ruta, bordeando un arroyo para entrar en una especie de socavón rocoso de origen natural que desemboca en una pared de piedra con una abertura que parece un boquete. Pero lo más extraño es que por ese “boquete” sale el agua de un pequeño estanque que se forma del lado de adentro, en una hoya alimentada por una cascada. El lugar resulta increíble –especialmente en verano–, cuando los viajeros disfrutan de esta pileta natural y se bañan bajo el chorro de agua.

A 200 metros de la Cascada Escondida está la imperdible Quebrada del Batán, formada por un curso de agua que fue horadando la piedra hasta crear esta quebrada de 350 metros de profundidad, con paredes de piedra muy escarpadas.

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Un burrito, pieles de cordero para la venta y la vasta planicie en un puestito de venta de artesanías junto a la ruta.
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